martes, 27 de septiembre de 2011

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (29) El progreso.

En la conocida sección «Encuentros en la Academia» del "Diario de Cádiz", escribe un artículo el académico de Bellas Artes Santa Cecilia doctor Ángel Salvatierra Velázquez, en el que hace una breve e interesante reflexión sobre la idea de progreso y lo que ella conlleva.

El Progreso

 Si bien parece que la humanidad tiende a arrogarse el dudoso prestigio de vivir cada época como la más difícil de la historia, no cabe duda de que la actual es la que soporta los cambios más vertiginosos que jamás se han dado. La mundialización de la economía, de la comunicación y de la cultura, el continuo avance científico y tecnológico, así como los cambios sociales, laborales y familiares han provocado un cambio estructural insólito y de difícil digestión. El “progreso”, promesa de bienestar y seguridad, lo vivimos como amenaza de cambio continuo e ineludible que acarrea precisamente lo contrario: malestar e inseguridad. Los lazos humanos, imprescindibles para el equilibrio psicológico y emocional, son cada vez más inconsistentes y efímeros. La sociedad que estamos configurando tiende más que nunca a la individualidad, a la competitividad, al materialismo, a la falta de compromiso y, sobre todo, a la incertidumbre.
Hasta hace poco tiempo, la humanidad se regía por principios trascendentes que daban sentido y protección ante lo desconocido y enigmático. Las religiones ofrecían no solo un modelo de vida, sino un consuelo y una promesa de futuro. La secularización progresiva que la sociedad ha ido llevando a cabo, fundamentalmente tras Copérnico, Galileo y Darwin, así como el fracaso de las utopías trascendentes –revolución, nacionalismo, etc.- han dejado a la humanidad casi inerme ante la incertidumbre que caracteriza al complejo y voluble mundo actual. Hoy sabemos, sin ninguna duda, que la Naturaleza es neutra, insensible y que impone la ley del más fuerte y el dominio de los instintos. Los humanos somos los únicos seres vivos conocidos que debemos y, hasta cierto punto, podemos transformarla. Por una parte, la transformación, guiada por nuestra intrínseca naturaleza primitiva, no ha hecho más que contribuir a incrementar la incertidumbre; pero por otra, mediante laboriosas conquistas, esencialmente “antinaturales”, ha permitido proclamar la igualdad de todos los hombres, el derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad.  
Probablemente, la actitud individual para coexistir con la incertidumbre requiera vivir el presente con la mayor atención, guiados por la razón, la intuición, las experiencias históricas y las propias. También puede ser necesario estar dispuesto a un incesante renacer para adaptarse y ganar una cierta independencia respecto al entorno. Pero tal vez lo fundamental es impedir que en nuestra orientación pierdan vigor valores como la verdad, la bondad, la belleza y, sobre todo, el amor.
En la sociedad civil y en sus representantes políticos está la esperanza de una renovación ética, que con un ejercicio compartido de corresponsabilidad, cooperación y solidaridad sitúe en su centro  la dignidad de la persona, la justicia y la fraternidad.

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