sábado, 21 de enero de 2012

Gian Lorenzo Bernini, maestro del Barroco

Bernini (Nápoles, 1598-Roma, 1680) es uno de los nombre que siempre viene a la cabeza cuando hablamos de escultura. Considerado el heredero de Miguel Angel y uno de los  creadores del barroco italiano, tuvo como maestro a su  padre que era tallista y que también fue quien lo relacionó con los mecenas o protectores de la época imprescindible para realizar estos trabajos artísticos.

Además de  escultor,  arquitecto y pintor, también ejerció como escenógrafo realizando espectáculos pirotécnicos y  autor teatral.  En 1629, Gian Lorenzo Bernini fue nombrado arquitecto de la Basílica de San Pedro por el papa Urbano VIII y desde entonces hasta su muerte trabajó casi ininterrumpidamente para los distintos pontífices, salvo durante el pontificado de Inocencio X, que prefirió a otros artistas y le encargó pocas obras. 

En su estilo observamos influencia de Miguel Angel, del clasicismo greco-romano, o del naturalismo de Caravaggio. Su arte se caracteriza por su energía, por el movimiento que refleja sus esculturas. El espectador cree formar parte de la obra desde el momento que puede percatarse de la textura de los ropajes, de la emoción de los rasgos y de la energía de las figuras. Desde casi sus primeras obras  - “Eneas” o  “El rapto de Proserpina”- se observa esa fuerza dramática y grandiosa que se convirtió en su seña de identidad. Una de sus obras más aplaudidas, incluso en su época, fue la columnata que rodea la plaza de la Basílica de San Pedro. De gran  dimensión, armónica y con disposición elíptica  está  rematada con las monumentales estatuas que descansan en su parte superior y que forman  un conjunto majestuoso y solemne.

Toda su vida la dedicó al trabajo y su trayectoria se caracteriza por el gran número de proyectos que emprendió. Desarrolló su carrera casi por completo en Roma. Pero su influencia fue enorme durante los siglos XVII y XVIII, como puede comprobarse en la obra de maestros como Pierre Puget, Pietro Bracci y Andreas Schlüter.


Texto de Rocío Pérez Izquierdo

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