domingo, 22 de enero de 2012

Paseando con un poeta: Juan Meléndez Valdés

Por exigencias familiares -hace unas semanas- pasé unos días en Ribera del Fresno, pueblo casi en el centro geométrico de la provincia de Badajoz. Soleado, de amplias calles con trazado regular, construcciones interesantes del XVII y del XVIII. Lleno de aromas campestres como otros lugares de la Tierra de Barros, sus riquezas son los cereales, las vides y los olivos, sin olvidar el ganado lanar. 

Meléndez Valdés retratado por Goya (1797)
Cuando el intenso frío de la mañana me lo permitía, dedicaba muchas de mis horas a dar largos paseos, y en ese deambular consagré muchos momentos a pensar en tres ilustres personajes que nacieron en esta población que ahora tiene unos 3.500 habitantes. Tres hombres muy notables, con los que formaba un triangulo en mi mente y los colocaba en cada uno de sus vértices, eran el santo Juan Macías, el constructor de la hoy inmensa metrópolis de México, Alonso García Bravo, de la que fue primer director de Obras, y Juan Meléndez Valdés, probablemente el poeta de más prestigio en el siglo XVIII español.

Recordando que Meléndez Valdés había estado en contacto en Salamanca con una de las figuras más curiosas y simpáticas del Setecientos español, el gaditano José Cadalso, me centré en el poeta ribereño olvidando al santo, y al eximio constructor.

Meléndez Valdés fue un poeta con dos vertientes. Una, sentimental y muy agitada por un conjunto de circunstancias adversas, además de por profundas preocupaciones filosófico-morales que de alguna manera ya señalaban la proximidad de un cambio en las corrientes literarias de la época. El otro rumbo como poeta, era el de la lírica bucólica que seguía la tradición del culto ambiente poético de Salamanca de cuya universidad fue catedrático de Humanidades.

También hombre de leyes ejerció de magistrado en Zaragoza y Valladolid. Perteneció al bando afrancesado y el rey José Bonaparte lo nombró Presidente de Instrucción Pública, el equivalente a lo que hoy es el Ministro de Educación. 

Uno de aquellos días escribí en un papel un fragmento de una poesía titulada "De mi vida en la aldea" y lo leía paseando por Ribera, intentando captar o percibir algo de aquello que expresaba el poeta: 


Me entristecía pensar cómo muchos poetas, y entre ellos Juan Meléndez, se veían siempre abocados a cantar la emoción sentimental de la soledad, del dolor, del desengaño, de las tinieblas y la noche. Cuando terminó la invasión napoleónica hubo de abandonar España. Murió en Montpellier en 1817. 



El vagar de aquel día me había llevado hasta la puerta de la casa-palacio de los Vargas-Zúñiga, me paré un poco allí recordando que la visité hace años y quedé impresionado por el magnífico -aunque ya deteriorado- salón de baile. No había ruidos en la calle, el silencio sobrecogía un poco; me pareció que desde dentro salía algo de música... Sí; la oía... ¡era Mozart!
Ignacio Pérez Blanquer
Académico electo de Santa Cecilia

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