viernes, 23 de marzo de 2012

Paseando con un poeta: Pedro Salinas

    Nuestro encuentro fue casual, no estaba programado en esa fecha ni en ese lugar. Desde la barandilla de aquel puente contemplaba el río, pensaba en los ríos, ¿hay alguno ─pequeño o grande─ que tenga significado en nuestras vidas? ¿Son sólo una metáfora inequívoca? ¿Una evocación de aquellos versos tristes de Manrique? Entonces lo vi a mi lado, a la derecha, mi sorpresa fue grande, no lo reconocí. Él fijó su mirada en mí, advertí un deje de sorna en sus ojos, los mantenía firmes; apoyaba los antebrazos sobre la baranda y tenía entrecruzados los dedos de sus manos. Sabía que le conocía, que era unos de mis poetas, pero se me había perdido su nombre en algún recoveco de la memoria. Puse mi atención en su atuendo, y con rapidez lo situé en la generación del 27. Le pregunté con lentitud y timidez:
    ─¿Pedro? ¿Pedro Salinas? 
   Amplió su sonrisa, se hizo más alegre y asintió con movimiento leve de la cabeza.
   De repente empezaron a afluir datos, mi mente se llenó de ellos en unos breves instantes:  Poeta español, madrileño, nacido a finales del XIX, de la Generación del 27, en la que sobresalió como poeta del amor. Gran intelectual y humanista, que se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras. Fue lector de español en la Universidad de la Sorbona y allí se doctoró. Después catedrático de Lengua y Literatura españolas en las Universidades de Sevilla y Murcia. En 1936 emigró a Estados Unidos, donde estuvo de profesor en varias universidades, y vivió hasta su muerte, salvo algunos períodos en que impartió clases en la Universidad de San Juan de Puerto Rico.
   Me dio la impresión de que él conocía perfectamente ese bullir de información que se estaba produciendo en mi cerebro; seguía asintiendo con un ligero movimiento.
   Recordé los primeros versos de su obra más conocida: "La voz a ti debida", no los recité en voz alta, ni siquiera se movieron mis labios.
Tú vives siempre en tus actos.
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.
...
    El poeta hizo vagar su mirada en las aguas del río, viéndolas discurrir solemnes y calmadas; alzó un poco la voz y sonó profunda:
Aquí,
en esta orilla blanca
del lecho donde duermes,
estoy al borde mismo
de tu sueño. Si diera
un paso más, caería
en sus ondas, rompiéndolo
como un cristal. Me sube
el calor de tu sueño
hasta el rostro. Tu hálito
te mide la andadura
del soñar: va despacio.
    Prefería los versos cortos de sencillez aparente y compuestos sin rima. Los intentaba impregnar siempre de autenticidad, belleza e ingenio.
    Se distinguen en su producción poética varias etapas, la más conocida es la denominada etapa de plenitud que abarca desde 1933 a 1939 en la que escribe la ya citada obra "La voz a ti debida", y que forma una trilogía con "Razón de amor" y "Largo lamento". Una terna amorosa inspirada en su delirio por una estudiante estadounidense, Katherine Whitmore, que conoció en España.
...
La realidad es un sueño. Si soñamos
que la piedra es la piedra, eso es la piedra.
Lo que corre en los ríos no es un agua,
es un soñar el agua, cristalino.
La realidad disfraza
su propio sueño, y dice:
"Yo soy el sol, los cielos, el amor."
Pero nunca se va, nunca se pasa,
...
   Me puse en idéntica postura a la de él, clavé los ojos en el agua. Y dos extrañas preguntas me asaltaron: ¿Se palpa un río en el aire de su alrededor? ¿Se oye la música del reflejo de la luna en el agua?  Me sentí turbado y dirigí la mirada hacía la barrera tupida de eucaliptos de la orilla, y otra vez resonó la voz del poeta evocando a su amada:
Dime, ¿por qué ese afán
de hacerte la posible,
si sabes que tú eres
la que no serás nunca?
Tú a mi lado, en tu carne,
en tu cuerpo, eres solo
el gran deseo inútil
de estar a mi lado
en tu cuerpo, en tu carne.
...
    Se produjo un gran silencio, quizás el más gran silencio que jamás haya oído, un gran vacío. Después ya no sé que sucedió.
    Hace frío, estoy casi refugiado en el salón muy grande de la hermosa casa de mis amigos, casi en la orilla izquierda del Guadiana; arrimado a los leños que a mi izquierda arden de manera incesante. La ventana está cerrada, una mesa de madera de siglos está delante de ella; al otro lado hay también un brasero encendido. Paradoja: hoy comienza la primavera. Estanterías incrustadas en la pared de varias baldas con libros y fotografías; hay otra igual al otro lado de la chimenea... No olvido sus palabras; la poesía como inmersión profunda en la realidad: «... una aventura hacia lo absoluto. Se llega más o menos cerca, se recorre más o menos camino: eso es todo».
    Aún veo el río desde la baranda ─en el puente─ el sereno fluir de sus aguas, marcha en perpendicular a la frontera, para allí girar hacia el sur y encontrarse a lo lejos con el mar, en las tierras de Juan Ramón.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico electo de Santa Cecilia
Marzo de 2012

4 comentarios:

  1. Ignacio:
    Estupendo encuentro, esta vez con nuestro gran amigo madrileño Pedro Salinas.
    De nuevo ¡¡¡FELICIDADES!! por tu modo de trasmitirlo. Respondiendo a tu pregunta ¿se oye la música del reflejo de la luna en el agua?, creo sinceramente que no solo se oye y se siente la música, si no que, dependiendo quien lo mire, se pueden sentir muchas y muy grandes cosas más.
    Gracias, por compartirlo, es mi deseo seguir paseando contigo y con quien corresponda.
    Saludos.

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  2. Ignacio,como siempre me ha encantado leerte.Muchas gracias por compartir estas cosas tan bonitas con todos nosotros.Un fuerte abrazo.

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  3. Esta mañana nublada de sábado portuense es buena para leer a Pedro Salinas. Gracias.

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  4. Estupendo artículo Ignacio. Mucho más clarificador que los versos del poeta que entrevistas. Sus versos, aún sin rima, me recuerdan a Góngora y su culteranismo casi incomprensible. Quizás el más difícil de leer del 27.

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