martes, 5 de junio de 2012

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (66)

Progreso y evolución


Es indudable que la sociedad progresa a un ritmo vertiginoso. Fabricamos coches de ultimísima generación, móviles con un sinfín de prestaciones inimaginables tan solo hace veinte años, nos comunicamos mediante Internet hasta en los lugares más recónditos del planeta, etc. Estas y otras muchas maravillas derivadas del progreso hacen que vivamos más confortablemente y con más información que nunca en la historia de la Humanidad. Pero, ¿realmente estamos evolucionando como seres humanos al mismo nivel que progresamos? ¿Nos sentimos hoy más felices y realizados que hace veinte o más siglos? Podemos negarlo rotundamente, sin temor alguno a equivocarnos. Analizar este hecho sería absurdamente pretencioso por mi parte, por lo que me limitaré a esbozar una simple observación:
¿Puede ser feliz una persona que realiza habitualmente labores ingratas, como barrer las calles o defender judicialmente a criminales? ¿Podemos ser felices viviendo en la vorágine alienadora de los tiempos actuales?
Todos, en algún fortuito y breve momento de nuestra vida, hemos experimentado una sensación de bienestar que nos inunda desde lo más profundo y que quisiéramos atrapar para siempre. Al parecer, en la mayoría de las ocasiones, esta sensación está asociada a la realización de acciones por los demás, completamente desinteresadas. Sin embargo, por razones poderosas y en gran parte crípticas, tendemos a buscar más la diversión que la propia felicidad. Superficial y temporalmente nos encontramos más cómodos cuando nuestro cerebro actúa pasivamente, dejando que nos invadan las sensaciones, pues éste se resiste a ser frenado y dominado por nuestra voluntad. Si, por ejemplo, le pedimos a alguien que no piense en que llevo puesta una chaqueta, su principal pensamiento pasará a ser que llevo puesta una chaqueta. La diversión mediante actividades pasivas, como por ejemplo ver la televisión, resulta placentera porque nuestro cerebro produce endorfinas que actúan como auténticas drogas internas que favorecen el desarrollo del cerebro más primitivo en detrimento del que rige las funciones superiores. Tal vez, como hacen las drogas exógenas, una vida “divertida” y basada en actividades casi exclusivamente externas y pasivas, atrofiará progresivamente nuestra humanidad. 
De entre los grandes ejemplos de luchadores por salvaguardar lo que de humano hay en el hombre, como músico que soy, me viene a la cabeza el nombre de Beethoven, quien dijo que el espíritu debe desprenderse de la materia donde el fuego divino está prisionero. Él transformó su dolor en belleza sonora para las generaciones futuras e hizo resonar, sobre la armonía del trombón bajo y la cuerda grave, los versos de Schiller que invitan al mundo entero a unirse en un inmenso abrazo. 
Solo ejercitando nuestro núcleo de verdadera humanidad, retándonos cada día a olvidarnos un poco de nosotros mismos, podremos adecentar las calles de nuestro corazón, a la vez que barremos las de nuestro mundo.
Pedro Salvatierra Velázquez
Académico de Santa Cecilia

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