lunes, 29 de octubre de 2012

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (87)

La larga sombra del Tenorio
Con la llegada de noviembre aparece una vez más ante nosotros la alargada sombra del eterno Don Juan. Una de las ventajas de los clásicos es que las gentes conocen sus peripecias y hasta sus frases, hayan visto o leído, o no, la obra. ¿Quién no conoce la famosa redondilla con que comienza la obra de Zorrilla?: ¡Cuán gritan esos malditos! / Pero, ¡mal rayo me parta / si en concluyendo la carta / no pagan caros sus gritos!
Y quién no sabe de memoria aquello de: Yo a las cabañas bajé / yo a los palacios subí, / yo los claustros escalé, / y en todas partes dejé / memoria amarga de mí.
O los famosísimos versos de la llamada escena del sofá, que por cierto Zorrilla escribió sin poner ningún sofá en su obra, que dicen: ¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, / que en esta apartada orilla / más pura la luna brilla / y se respira mejor?
Los mitos son fuentes culturales donde se recogen componentes esenciales de nuestra existencia, que van tomando, con el tiempo, una determinada simbología. Al acudir a los tres grandes mitos de nuestra cultura: La Celestina, el Quijote y don Juan, vemos que sólo este último es un mito esencialmente escénico. Don Juan necesita ser "actuado" para ser posible, es decir, es un ser "de teatro". De "la vida es sueño", de Segismundo, a "la vida es teatro", de don Juan.
Al decir "teatro" nos estamos refiriendo a un ámbito determinado, con unas reglas precisas que tiene poco que ver con las reglas de la vida. La primera es que el escenario puede traspasar los márgenes de la vida real y adentrarse en terrenos imaginarios: fantasmas, voces interiores, muertos y seres de ultratumba, etc.
La segunda, que la comunicación con el espectador está basada en una síntesis de espacio, tiempo y causalidad. El teatro no es un jardín, es un frasco de esencia de rosas. Representa mucho más que a sí mismo, ya que se sirve del escenario como lupa multiplicadora de sentido. Don Juan en esta obra vive, grita, pelea, ama y muere en sólo dos horas, el tiempo en el que en la vida real nos echamos una siesta. Por ello es muy impaciente, siempre tiene prisa porque sabe que va en un tobogán hacia el final  toda velocidad. A las ocho está en la hostería del Laurel, y ese mismo día es la escena de la apuesta con don Luis, lo detienen, sale de la cárcel, ve a Brígida y a la criada de doña Ana, entra, va y viene, y dice a Ciutti sus planes para conseguir ese mismo día a doña Inés y a doña Ana: A las nueve en el convento, / y a las diez en esta calle.
¡Las cosas que hace este hombre en una hora! Al público le gusta esa síntesis porque refleja que el tiempo del escenario es el resumen del tiempo breve de nuestro vivir. Por ello el personaje va a toda prisa de un lado para otro. Y cuando le preguntan cuantos días necesita para cada mujer que seduce, contesta que seis: Uno para enamorarlas, / otro para conseguirlas, / otro para abandonarlas, / dos para sustituirlas / y una hora para olvidarlas.
Como ha conseguido en su famosa lista del primer acto de su apuesta con don Luis setenta y dos conquistas, divididas en los días que tiene un año nos muestra que no ha descansado el hombre ni los domingos. Agotador. Pero así es él, o, mejor dicho, así tiene que ser para ser, precisamente: don Juan. 
La tercera de las reglas de la teatralidad es la necesidad que tiene los personajes de que sus actos sean representativos de su personalidad, ya que por ellos les irá conociendo el público. Por eso se esfuerza en ser ocurrente y brillante, burlador y transgresor, seductor y libertino, y en quedar como diferente de todos, por eso va siempre de un lado para otro en busca de lances: Pues por doquiera que voy / va el escándalo conmigo... Nos dice el hombre, encantado de sí mismo. Y preso de ese frenesí va poniendo por todos los lugares por donde pasa su famoso cartel: Aquí está don Juan Tenorio / para quien quiera algo de él.
Zorrilla hace que el escenario parezca el mundo, y dos horas la vida entera del personaje. Por eso en dos horas pasa de todo en los pocos metros cuadrados del escenario. Pasan ciudades, conventos, carnaval en Sevilla, la Hostería del Laurel, música, vino, apuestas, peleas, enredos, gritos, risas, aventuras, capas y espadas, orillas del Guadalquivir, caballos que galopan en las noches de Sevilla, muros que se suben, muros que se bajan, desafíos, deseos y pasiones, olor a jazmín, cementerio, sepulcros que aparecen y desaparecen salmos penitenciales, estatuas de piedra, calaveras, banquete de fuego y cenizas, sudarios, sombras y espectros, sangre y muerte, la celestial doña Inés, flores y angelitos, misericordia de Dios y apoteosis del amor.
José Luis Alonso de Santos
Académico de Santa Cecilia

1 comentario:

  1. Excelente y oportuno artículo.
    Alberto Boutellier

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