viernes, 5 de julio de 2013

DE NUESTROS ACADÉMICOS

      EXPRESO (2)


Lluvia, vapor y velocidad de Joseph Mallord William Turner

Tal vez, de madrugada, algún viajero,
contemplando la triste asimetría
de la ciudad partida en dos por ese
terraplén elevado por el que se desliza

su tren, o meditando
a la luz de las lámparas veladas
de los compartimentos, repare en mi ventana
encendida. Tal vez incluso advierta

mi sombra recortándose
tras los cristales. Poco ha de durar
este espacio común de noche entre nosotros:

el viajero recuerda extrarradios hostiles
en la oscuridad; yo trenes que pasan
de largo a intervalos regulares.

                    
(José Manuel Benítez Ariza, 1963- )

   Siempre repito que lo que justifica la validez de un poema es la emoción, pero no la que lo ha provocado (no la del autor) sino la que es capaz de suscitar (la del lector); y también, al hilo de esto, añado que la emoción de un buen poema no se mide en cantidades, sino en calidades, es decir, lo rica que ésta es en sutilezas difíciles de comunicar (la sentimentalidad primaria no es cosa de un buen poema).
   También repito siempre en clase que, ante un poema, lo primero es disfrutar de él sintiéndose uno identificado y explicado íntimamente en sus provocaciones emocionales y sólo después, y como curiosidad filológica, cabe hincar el bisturí para diseccionarlo y buscar el mecanismo que ha hecho posible ese efecto.
   Dicho esto y disfrutado el poema, diré que "Expreso (2)" fue el texto central de un tríptico que engrosó un breve cuaderno, en 1988, con el que José Manuel Benítez Ariza ganó el 1º Premio de Poesía del Ayuntamiento de Rota. Más tarde formó parte, liberado de uno de sus trillizos y distanciado del otro, del libro Cuento de Invierno (Col. Maillot amarillo, Diputación de Granada, 1992).
   Siempre me emocionaron estos versos que me hablan con precisión y sobriedad de un convencimiento que yo tenía por muy mío: la precariedad de la compañía humana (sí, de eso me hablan bajo la anécdota del tren que atraviesa una ciudad donde bultos desconocidos tras sus ventanas observan cómo pasan otros bultos que viajan tras sus ventanas); me hablan de eso porque esa es la emoción que me provocan: la aceptada impotencia de saber que respecto a lo que de verdad nos afecta, esto es, respecto a nuestros sentimientos íntimos, la completa comunicación es un imposible; podemos acompañar pero ¿compartir la exacta clase de felicidad, el dolor concretísimo, el temor oscuro ese...? La comprensión que se nos ha dado no es más que ese cruce fugaz de miradas en medio de la noche que describe el poema.
   Pero la clave de un poema no es sólo una imagen, la clave de   toda poesía está también en las connotaciones que entreteje su forma, la música de sus palabras. El equilibrio sereno de estos versos que produce la sensación de aceptación senequista de esa soledad radical está en la estructura esencial de soneto que tiene (sí, sí, estructura esencial de un soneto, pero sin serlo, claro): los catorce versos agrupados en cuatro estrofas (dos de cuatro versos, dos de tres, aunque sin rima)y la acentuación prosódica de los versos que es en todos los casos la propia de los endecasílabos de procedencia italiana, el endecasílabo natural de los sonetos en España: acentuación en sílaba 6ª o en la 4ª y a la vez en la 8ª. Por eso no importa que algunos versos sean heptasílabos o incluso que alguno sea un alejandrino (7 sílabas, pausa interna o cesura y 7 sílabas), porque en todos los casos el esquema 
acentual propuesto se respeta cuidadosamente.
   En realidad todo soneto es una estructura apropiada para recoger un silogismo: cada cuarteto una premisa, los tercetos la conclusión. Este poema en lugar de premisas tiene personajes: "el viajero" y "yo" y su conclusión, como está representada en la  fugacidad del paso del tren, nos llega mientras está pasando, a mitad de estrofa, a mitad de verso: "Poco ha de durar / este espacio común de noche entre nosotros". Ésa es la conclusión de las premisas del poema y ése es el escalofrío, y, a lo largo del poema, una serie de pildoritas confirman el escalofrío final: la ciudad "partida en dos" que es observada en su "triste asimetría", el "espacio común" entre los personajes que no puede ser otro que "la noche", los "cristales" que separan a cada personaje del mundo que comparten...
   Podría seguir escribiendo sobre este poema, pero he excedido con mucho el espacio que me propuse. Sólo añadiré que es curioso que la segunda novela que publicó Benítez Ariza se titule Las islas pensativas (pre-textos, Valencia,2000).

Tomado del blog "delibrosygentes" de nuestra académica Inmaculada Moreno


1 comentario:

  1. Tras leer y releer la lección magistral de Dª Inmaculada Moreno, siento una doble sensación: la claridad para entender el mensaje y la dificultad para conseguir ponerlo en práctica. De ahí que mis intentos de escribir poesía en alguna oportunidad, hayan tenido como destino la papelera o en su defecto, el archivo; y cuando he tenido la osadía de publicar alguna, se reafirma mi frustración. Claro está, hablo de poesía con mayúsculas. ¡Qué arte tan difícil! Gracias por el regalo del artículo.
    Alberto Boutellier

    ResponderEliminar