domingo, 15 de diciembre de 2013

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (147)

LA GIOCONDA
Mi asombro crece y crece, cada vez que levanto una esquina del tapete que cubre la mesa de juego, sobre la que se han ido desarrollando los acontecimientos de esta trascendente costumbre de considerarnos parte esencial y creativa de un todo vital dentro del cual no somos más que meras circunstancias, sin profundizar en un análisis que, tal vez, nos llevase a la conclusión de tener que aceptarnos como simples accidentes. Parece que, más o menos conscientemente, nos adentramos en lugares donde nadie nos ha llamado.
Uno de estos lugares podía posicionarnos ante el eterno retorno de Nietzsche, quien sitúa al hombre ante la tremenda alternativa de retornar al animal que le precede o conseguir la superación de sí mismo, para convertirse en el superhombre, encarnando el orgullo y la astucia de los animales emblemáticos de Zaratustra, el águila y la serpiente.
Parafraseando a Manuel Machado en su “Adelfos”, ni me seduce el vicio del estilo poético de Zaratustra ni adoro sus artificios de profundo y profuso sentido filosófico.
Pero ahora el motivo de mis reflexiones se refugia en los rodales umbrosos, más propios del encuentro del alma con la vida, sobre los lechos que Sigmund Freud diseñaba, para desarrollar la génesis de los sentimientos sobre los que, supuestamente,  se desenvolverán los actos y los pensamientos de la especie humana, que nunca puede olvidar su componente animal
 Esta dualidad  nos la confirma Kierkegaard cuando señala, que en la personalidad de Mozart se yuxtaponen su genio musical con su sentimiento erótico.
Es conocida la decisiva influencia y, más que influencia, el condicionamiento que Freud atribuye a la libido, cuyas consecuencias, juntamente con la teoría del mito y la idea del inconsciente colectivo, serían algunos de los elementos causantes del alejamiento de su “querido hijo” Jung.
Y así cuando Freud quiere explicarnos la homosexualidad de Leonardo da Vinci soslaya la teoría del milano que, con su cola, estando él en la cuna, le abría la boca, en alusión al milano del antiguo Egipto y que solo justificaba el hecho de ser hijo ilegítimo.
Lo que condiciona, sin embargo, su homosexualidad es el amor exclusivo de su madrastra, que “como todas las madres insatisfechas, dice Freud, pone al hijo en lugar del marido y le sustrae una parte de su masculinidad, mediante una maduración anticipada de su erotismo”.
Apoyándose en esta teoría de Freud y ahondando en ese misterio, en ese halo recóndito y oculto que ampara y sublima a la Gioconda y que aún va más allá de lo real y teniendo en cuenta todas las variantes de copias que realizó de dicho cuadro y el que todas las figuras de mujer que salieron de su pincel se pareciesen a ella y que su rostro esté en todos los san Juanes, los Bacos y los efebos y sin poder olvidar esa enigmática sonrisa cerebral, todo ello induce a la hipótesis de considerar que el retrato de Mona Lisa es el retrato de la persona que a Leonardo le hubiese gustado ser.
Eugenio Martínez Oreja
Socio colaborador de la Academia

3 comentarios:

  1. Excelente ensayo del autor y su sorprendente conclusión. Espero continúe deleitándonos con sus reflexiones filosóficas.

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  2. Inteligente y profundo artículo de "Encuentros en la Academia". La de Santa Cecilia, debería prodigarse más con estos interesantes textos. Mis felicitaciones al autor y a la Academia.

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  3. Felicidades al autor, no así a la academia, por qué, sin están anclados en el pasado. Demasiado nivel para sus dirigentes., ¿no le parece, Sr./Sra. Gondiazar?

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