martes, 22 de julio de 2014

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (176)

Cartagena de Indias 1.741: Más que una victoria.

Si bien su situación geográfica podría llevar a suponer una profunda conciencia marítima en nuestra Nación, dos circunstancias, estimo, han dificultado que esta cuajase: Física la una (dos altas y aisladas mesetas, etc.), de carácter (forjada en un interminable guerrear en tierra) la otra.

Y sin embargo, desde siempre, en su estrecha faja litoral la gente de mar supo que por la Mar llega el futuro, que en ella es donde el Hombre, a sus únicas fuerzas librado, puede alcanzar… cuanto soñar sueñe. No, nunca faltaron grandes navegantes y guerreros por mar en nuestra España; a ellos, y a la Mar, debió España su grandeza, y la conciencia de que el Mundo estaba al alcance del Hombre, la Humanidad.

Unos pantallazos, con óptica naval, a la historia europea, llevándonos desde el siglo XIII a los umbrales del XVIII, intentan mostrarnos la verdad de lo dicho, y si apuntan las causas remotas que a la guerra de 1.739 llevaron, también señalan una de las que bien pudieron llevar a la derrota británica: el menosprecio al enemigo.

Engolfados ya en el XVIII, y “reducida” España tras Utrech a Castilla y Aragón, las Indias y las Filipinas, su hacienda reflota y su Marina de Guerra comienza a ver sus escuadras nutridas y sus arsenales surtidos; a tiempo, pues el siglo sería pródigo en conflictos en los que, como en el que nos ocupa, la mar sería ámbito concluyente.

Latentes las causas remotas de conflicto, si para España era harto difícil sostener el monopolio del comercio con sus posesiones en las Indias, las concesiones que se había visto obligada a hacer lo dificultaban sobremanera, y los incidentes proliferaban; uno de esos incidentes -que a esta guerra da nombre- hábilmente aprovechado por la oposición al ministro Walpole, fue el detonante que llevó a que el Reino Unido declarase la guerra a España en octubre de 1.739.

La ambición del objetivo británico iba más allá de romper el monopolio comercial en el Caribe; pretendía, cortando en dos la América hispana, sentar las bases para apoderarse de toda ella y, naturalmente, privar a España de sus caudales. Y para ello puso en pie la mayor expedición naval de la historia hasta el siglo XX, al mando del que pasaba por su mejor hombre para la ocasión, el Almirante Edward Vernon.


Y España, dispuesta a mantener su derecho, fiando más en hombres como los que el Mundo habían completado (amén de que en flotas nutridas como las británicas no podía) había enviado a su más notable Almirante de la época: Blas de Lezo y Olabarrieta.

Tras los combates, si al uno le recomiendan “transportar carbón de Irlanda a Londres”, del otro tan solo cabe repetir las palabras de Gaytán referidas a Diego de Carvajal:
¡Señores, que capitán, el capitán de aquel día!

Ángel Sande.
Almirante (R)

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