domingo, 14 de septiembre de 2014

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (183)

BREVE RECUERDO A CHOPIN

Federico nació el 22 de febrero de 1810 en Zelazowa Wola, pueblo que se hallaba a 35 Km. de Varsovia. Sobre las seis de la tarde vio la luz de la tierra el pequeño Federico en una habitación, desde cuyas ventanas se podían contemplar las llanuras regadas por el río Utrata y un bello manto de nieve. Cuenta la leyenda que un grupo de músicos ambulantes en busca de algún dinero, se pararon debajo de aquella habitación, ofreciendo una serenata a ese bebé que años más tarde sería el músico más genial que diera Polonia. Por primera vez sus oídos escucharon la música popular polaca que él ennobleció posteriormente en sus obras.

Fue niño prodigio y, a los ocho años, ya era aplaudido como un virtuoso del piano. Terminados sus estudios a los 19 años en el Conservatorio de Varsovia, se desplaza a Viena, donde conoce a grandes músicos que vivían por aquel entonces en la capital. Con 20 años tiene que abandonar su tierra por causa de la invasión rusa, no volviendo jamás a ella. Se marcha llevándose consigo un puñado de tierra de su pueblo en una copa de plata que le acompañará siempre.

Deja tras de sí sus más íntimos sentimientos y llega a París, donde conoce a los grandes ídolos del momento como Rossini, el pianista Kalkbrenner, considerado el más grande de su tiempo. Le ofrecen la oportunidad de tocar en la sala Pleyel de París y acepta, interpretando obras propias. A partir de ahí los más importantes representes de las artes y las letras, así como los más destacados editores, le ofrecen sus servicios, los cuales aprovechará para publicar sus obras, como también para ofrecer algunos conciertos muy bien remunerados.


En 1835 se desplaza a Dresde, donde conocerá a María Wodzinska, de la cual se enamora, pero los prejuicios paternos de ella obstaculizan dicha relación. Este episodio provoca en Federico una hondísima pena y cae gravemente enfermo. Él continúa trabajando incesantemente en sus composiciones y conciertos, impartiendo clases, y esta actividad, junto a la nostalgia de su patria y a la falta de indicios de su amada María, agravará su tisis minando seriamente su salud. 

En esta etapa de su vida se cruza con la escritora George Sand, a la que en principio rehuye, pero finalmente accede a una relación. Juntos marcharán a Mallorca con la esperanza de encontrar en aquel lugar un clima idóneo para la enfermedad de Federico. La estancia en este lugar supone una decepción para la escritora, mientras que para el compositor, que se recluye en su celda de la Cartuja de Valldemossa, significa toda una inspiración, componiendo febrilmente preludios, polonesas, scherzos, la segunda balada, etc. Desgraciadamente el otoño e invierno agravan más su salud y se vuelven a Francia donde vivirán casi una década juntos pero sus caracteres opuestos les llevarán a una dolorosa separación.

Un año antes de su muerte, que acaece en octubre de 1849, ofrece su último concierto en París, en aquella sala Pleyel, que presenció su primer concierto. Dos días antes de morir, estando ya en su lecho de muerte, tiene el deseo de escuchar cantar a la condesa Delfina, a la cuál admiraba, y así es, de tal manera que el piano es llevado a la puerta de su habitación para que ella pueda cantarle la música de Marcello. Federico vive dos días más. Su última noche parece inacabable. Un sacerdote está arrodillado en su cama rezando junto a los amigos más íntimos. Sobre la una de la madrugada el doctor, acercándose a él, le pregunta suavemente si sufre, contestándole Federico en forma de suspiro: “Mas”. Esas fueron sus últimas palabras, falleciendo a las dos de la madrugada.

El se fue, pero como buen ser humano que era nos dejó el incienso de su música, flotando en la tierra para fragancia de nuestros anhelos más íntimos.
Pedro Salvatierra Velázquez.
Académico de Santa Cecilia.

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