lunes, 23 de febrero de 2015

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (207)

MEDITACIÓN DE LAS RUINAS

Durante un paseo sabático por el centro de El Puerto, la melancolía y la conciencia decadentista –propiciadas por esta estación invernal– descargan mi mirada sobre el verdín de unos resquebrajados muros. Le digo al Señor Lobo, compañero de mi andada vespertina, que no está bien alzar la pata sobre una pared resquebrajada y abatida, pero el número de inmuebles en estado ruinoso hacen de la excepción una regla. Le explico la diferencia entre una casa vieja y herida de muerte y una casa antigua que sostiene habitable la dignidad de los años. Aunque por desgracia abundan de las primeras, en nuestro deambular nocturno no suelo pensar en la gestión política del postmoderno pintado de fachada que empuja los edificios a una simulada existencia de decorado cinematográfico; ni pienso en el desperdicio económico que supone un centro histórico con tantas ruinas como comercio arruinado; tan sólo aprovecho y medito sobre el caimiento y la decadencia. Al fin y al cabo, soy un mero paseante con perro.

Toda ciudad espeja el estado crítico de una época, donde incluso las realidades e idealidades en que vivimos alcanzan el lamentable estado de ruina. La “ruina” es la “caída”, el acabamiento de algo tal como nos era conocido. En plural, las “ruinas” designan restos de mundos decaídos o destruidos, vestigios históricos de una quiebra del ser; realidad presente de aquello que ya no es, pero que en algún momento fue. Con acierto, Georg Simmel comparó las ruinas del espíritu con las de la arquitectura, mostrando en éstas el carácter de límite o frontera donde la naturaleza vence en reconquista a la cultura. Al igual que el edificio material, también se deshace la edificación del espíritu. Me cruzo con demasiadas almas transeúntes que, sin destino, como viajeros accidentales arrastran toda su vida dentro de un trolley o unos cartones para dormir. No sé cómo explicarle al Sr. Lobo que toda ruina es una contradicción, una oposición del espíritu humano, ante la que la vida no puede reducirse sólo a mero diagnóstico de cesación, sino que debe ser también construcción o reconstrucción de nuestra propia realidad.

El problema radica en que toda realidad es proceso, conducción de una cosa a otra, de un estado a otro, de una época a otra; hasta el punto que, como dijo el gran filósofo Hegel, en “la historia caminamos entre las ruinas” de lo sido. Eco en el diagnóstico de Ortega y Gasset sobre la decadencia de Occidente, advirtiendo historicistamente que el acabamiento de lo anterior es condición del nacimiento de lo posterior. Sólo cuando de una cesación no surge nueva vida, se permanece entonces viviendo en un estado de caimiento. Rememoro, también con resonancia en versos de Machado, la original sentencia hegeliana: “Todo parece pasar y nada permanecer. Todo viajero ha sentido esta melancolía”. Mas contemplo pesaroso muchos habitáculos al vacío, techos de intemperie y quiebras del espíritu. Ruina de la modalidad de vida del hombre europeo que, orientado por la razón y la justicia, coliga la consecución del bienestar y la conquista del bienser. Ese histórico modus vivendi peligra igual que estos añosos edificios, sólo por falta de voluntad para una existencia nueva y digna.
José M. Sevilla Fernández
Académico de Santa Cecilia

3 comentarios:

  1. Excepcional artículo del Sr. Sevilla.

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  2. Magnífico escrito. aunque me he perdido un poco en la conclusión o el final.

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  3. Una lección magistral de filosofía en un paseo sabatino. Me ha encantado.
    Enhorabuena.

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