lunes, 3 de agosto de 2015

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (228)

Poética y tradición de los romances de los gitanos bajoandaluces

A modo de preparación, de la conferencia que esta noche dictará el académico Luis Suarez Ávila con el título: “Cervantes y los gitanos”, a las 20:30 horas en el patio de la Academia.
Tomado del artículo:”Poética y tradición de los romances de los gitanos andaluces: “El Lebrijano” un caso de fragmentismo y contaminación romancística”. Culturas populares. Revista Electrónica 2 (mayo-agosto 2006).

Desde que los estudiosos nos hemos ocupado del Romancero de tradición oral de los gitanos bajoandaluces –bien es verdad que unos, escasos, con acierto y, otros, los más, sin las ideas muy claras y faltos de la formación más elemental– los corridos, corridas o carrerillas han venido a llamarse, incluso por los cantaores, romances. Y es cierto que son romances, muchos con larguísima y provecta vida tradicional.

            Cuando yo comencé, en el ya lejano año 1958, por julio, a recogerlos, ninguno de mis informantes sabía qué eran los romances. Tan sólo preguntar por los corridos equivalía a ser comprendido por el presunto romancista. Y es que el término tiene una venerable trayectoria: Cervantes, en "La gitanilla", pinta a Preciosa cantando romances "en tono correntío y loquesco" y reincide en "Pedro de Urdemalas"; Fray Gabriel Baca, en 1766, escribe que, a los Niños Toribios, institución de acogida de jóvenes marginados y delincuentes en Sevilla, "en los recreos no se les permitía cantar en tono de lo que llaman corridos o romances..."; Estébanez Calderón, en su "Baile en Triana", publicado por primera vez en 1842, sorprende a "El Planeta", gitano de Cádiz, mientras "principiaba un romance o corrida"; el viajero francés Charles Davillier, en 1862, escribe que "el canto de estos romances... se llama corrida, probablemente porque las estrofas forman una historia completa..."; Don Agustín Durán, en su Romancero (1849-1851) llama a los cuatro romances andaluces que le comunica Estébanez "Corrío, Corrido o Carrerilla".
            

Ciertamente, el "rehallazgo" por mí de un interesante y raro corpus de romances entre los gitanos bajoandaluces, que pude conectar con los cuatro recogidos por Estébanez, en 1838, con los muchos encontrados por don Manuel Manrique de Lara, en 1916, entre los gitanos de Cádiz y de Triana, y con los dos recolectados, en 1922, en Cádiz, por Don Álvaro Picardo, provocó alguna convulsión y expectativa en el mundo flamenco. Sorprendido yo mismo, lo divulgué en charlas y conferencias, ilustradas por mis informantes. Eso, al cabo, permitió a cualquier chiquilicuatre, de los que hay muchos, por desgracia, en esto del flamenco, verse legitimado, para escribir y opinar sobre los romances de los gitanos con una impropiedad manifiesta. Y es que es difícil comprender los entresijos del Romancero de tradición oral moderna, incluso por personas letradas y universitarias que no han sido específicamente formadas para entender estos mecanismos. Cuánto más los que tienen por únicas miras el urdir una teoría "personal" sobre el flamenco sin las molestias de hacer trabajo de campo, sin consultar bibliografía solvente, ni dotarse de un método científico de investigación, procurarse una formación pluridisciplinar,  saber paleografía o llenarse de polvo en los archivos.

Luis Suárez Ávila
I.U. Seminario Ramón Menéndez Pidal
Universidad Complutense de Madrid

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