miércoles, 11 de noviembre de 2015

08.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

La ciudad de los muertos del Castillo de Doña Blanca
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

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No pretendo hablar en este artículo de escatología, sino de las manifestaciones más visibles de la muerte y de los muertos. Me he preguntado muchas veces por qué los enterramos, cuáles son las razones  de honrarlos, recordarlos y  conservarlos ocultos en nuestras ciudades y pueblos, en torno o bajo los suelos de los templos, ermitas, cementerios, e incluso bajo las viviendas, como sucedió, por ejemplo,  durante la Edad del Bronce –segundo milenio a.C.- en varias zonas de la Península Ibérica. La costumbre es tan antigua, humana y universal que nos parece obvia y sin sentido la pregunta. Pero la verdad es que constituye un enigma con muchas respuestas, que posee una historia larga y compleja en la que intervienen muchos factores religiosos y sociales, además de los afectivos. He escrito alguna vez que la Historia no tiene sentido sin sus muertos, que constituyen la memoria de los vivos, su justificación en el presente, la razón de la existencia. Somos porque hemos sido. Sin los muertos, el hombre individual o colectivo se sentiría en desamparo y sin referencias, desarraigado. Y todo ello se proyecta en la ciudad de los muertos, en sus viviendas de la muerte, con su prestigio social reconocido y expuesto a la vista para justificar al que vive, para proporcionarle esa raíz de historia, de pasado, de vinculación que le permita ser en el presente. Es el archivo, la conciencia de la sociedad que vive. En la sociedad de los muertos, hay una vida oculta y otra explícita, a través de la 
memoria y la ostentación, que se requieren para la vida. Cuando me refiero a la memoria, no me refiero a la llamada Histórica, que es cosa  diferente, pues es memoria veleidosa y olvidadiza, intencionada y sus fines son otros. Hablo de la verdadera memoria de los muertos, aquella que no confronta, la que vivifica y responde a las preguntas que demandamos, la que nos enraíza al manto protector de nuestra pertenencia, como un cordón umbilical que lleva a la vida. Y la muerte se concreta y se hace visible en sus ritos, en tumbas, en lugares o ciudades para los muertos. Lo que permite al arqueólogo  hablar de tipos y formas de enterramientos, de rituales funerarios, de vínculos religiosos y de estructuras sociales. Lo que queda  de la muerte, su lectura cultural. La muerte provoca, además, una atracción especial hacia ese mundo desconocido que vive en el misterio, en el lugar ignoto y en el miedo,  que ha incitado y generado ingente literatura de todos los tiempos. La muerte y la vida son almas gemelas que han propiciado las grandes preguntas –las importantes- y misterios nunca contestados. No es extraño, pues, que Astarté, la diosa del amor, y la vida, también sea la deidad infernal de la muerte.
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Nos quedamos en el umbral de la ciudad de los muertos, con casi nada dicho. Es necesario. Y ahora he de escribir unos párrafos de la ciudad que guarda los muertos del Castillo de Doña Blanca. Sus manifestaciones. En la falda de la Sierra de San Cristóbal, frente a la ciudad fenicia, se extiende la necrópolis de Las Cumbres, ocupando un amplio espacio de casi 200 Ha. –dos millones de metros cuadrados-, con tumbas que ocultan la tierra y la retama espesa. Al menos, parte de ella. Sólo los trabajos arqueológicos, con sus datos precisos y objetivos,  informarán de sus destrucciones irreparables. Aguardamos hasta entonces a recibir los resultados. Cuando llegamos aquí, en 1979, para iniciar la primera campaña de investigación en la ciudad fenicia, buscamos con denuedo pero sin éxito, la necrópolis al otro lado del río, como marcan los cánones ortodoxos de los prebostes de la arqueología, mientras la recorríamos sin saber que la teníamos bajo los pies, subidos en los túmulos funerarios para otear su ubicación en algún lugar inexistente lejano. Pasados tres años, unos amigos y colaboradores nuestros de El Puerto de Santa María, recorrían Las Cumbres en una tarde de noviembre y, al atardecer, les sorprendió un hermoso y oportuno chaparrón que les obligó a refugiarse en una oquedad que resultó ser una tumba excavada en la roca. El deseo, más la casualidad y el destino marcaron un hito en la investigación del lugar. La necrópolis, tan anhelada y buscada, había sido descubierta por una lluvia fugaz  inesperada. Paradojas de la arqueología. Semanas después, nuestro querido y siempre recordado guardián y cancerbero de la zona arqueológica, Bermúdez –D. José Fernández Bermúdez-, halló, trabajados en relieve en la roca, unos símbolos extraños, un círculo y lo que parecía un creciente lunar. Resultó la entrada de otra tumba hipogea. Las prospecciones posteriores han aportado numerosos datos sobre la ciudad de los muertos, la más completa e importante de la protohistoria occidental.

Cuando conocemos, todo adquiere un sentido preciso y se despejan horizontes inesperados. Los suelos que pisábamos, desapercibidos y ajenos, ahora adquieren un valor histórico y arqueológico que no tenían para nosotros. El paisaje profano se ha convertido en un lugar sagrado, los montículos en tumbas, los pozos profundos en espacios de ritos, los pequeños relieves y las piedras caídas en tumbas de otro tipo, los arañazos en el suelo en atarjeas por donde discurría el agua. Todo emerge como una recreación virtual en 3D del Bosque Sagrado funerario que fue la necrópolis.. Después supimos que la retama, que cubre este espacio, tiene una historia corta en el tiempo, pues tres milenios atrás en este paraje se alzaban pinos, acebuches y encinas, la vida animada de este bosque sagrado elegido para enterrar, recordar y venerar a los muertos de varios siglos. Y, como el tiempo es también muerte, hoy este lugar sacro e histórico adquiere sólo sentido para algunos como coto de caza de conejos, que horadan las frágiles tumbas de tierra destruyéndolas a la vista de todos, y se alzan también gigantescos postes de luz que profanan este lugar sacro sin que sepamos qué estropicios habrán ocasionado. De momento han dañado al paisaje con sus estructuras metálicas entrelazadas de cables. No hay problemas, miramos a otro lugar y todo se arregla. A otra cosa.

Miles de tumbas esperan pacientes ser excavadas, a revelarnos sus secretos más íntimos, a regocijarnos con sus datos funerarios de hace tres mil años. Hasta ahora se han excavado sólo dos enterramientos, uno es un hipogeo –es decir, excavado en la roca-, el que ostenta los símbolos solar y lunar creciente de la vida y de la muerte unidos, y el otro un montículo artificial, del centenar existente, como una montaña imponente que cobija y protege a los muertos.

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El hipogeo se excavó en la roca calcarenita de la sierra sobre una pequeña elevación y, al comienzo, sólo mostraba los citados símbolos, uno mayor en el centro y dos pequeños en los extremos de la entrada.  Fue una excavación emocionante, por ser la primera tumba que se iba a investigar, por su carácter de hipogeo y por los símbolos que ostentaba como advertencia iconográfica y directa de un lugar perteneciente al mundo de los muertos.  Consta de un patio de entrada reducido al que se accedía mediante escalones, una habitación abovedada a la derecha y, al frente, la entrada al espacio funerario circular, taponado mediante mampuestos trabados con barro. La estancia principal es amplia, el techo sostenido por una pilastra y las paredes pintadas con almagra roja –un color relacionado con lo sacro de muy antiguo y funerario- y hornacinas para ofrendas en las paredes. De su interior se han exhumado restos, desmenuzados, de casi treinta individuos inhumados, con sus ajuares cerámicos rotos, piezas metálicas de bronce y las cuentas de un collar de plata y piedras importadas. Hay que señalar, como elemento principal, que sendas piletas excavadas a la altura de la puerta, servían para efectuar libaciones con los muertos depositados en el interior. Se data en los siglos XVII o XVI a. de C.

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El túmulo, o cubierta de tierra, es de fecha posterior, del siglo VIII a. C.  Bajo él se sitúa el verdadero espacio funerario circular, de más de trescientos metros cuadrados delimitado por losas, que separan el espacio sagrado del profano, pues así está considerado el suelo que se habita, cuyo centro lo ocupa la pira para las incineraciones –un espacio rectangular excavada en la roca protegido en su entorno por muretes bajos de adobes- y más de ochenta tumbas excavadas en la roca a su alrededor, cubiertas de pequeños túmulos de piedras y dispuestas según los rangos sociales de los individuos. Y entre ellas, restos de hogares, numerosas copas partidas a propósito y huesos de animales, como testimonio de los rituales y banquetes funerarios realizados en honor de los muertos, como era habitual. Cada día de excavación era una experiencia irrepetible. Aquí, una tumba con el vaso que contenía los restos de la cremación y los ajuares que les correspondían según su posición social en el grupo –vasos de cerámica, botellitas de alabastro para perfumes, objetos de bronce pertenecientes a fíbulas para los vestidos, broches de cinturón y cuchillos de hierro-, más allá, en los espacios entre tumbas, pebeteros para el incienso u otras plantas aromáticas, vasos para contener la bebida –vino, cerveza, plantas alucinógenas u otra clase de líquido para ingerir-, numerosas copas decoradas con motivos geométricos para la bebida. Y finalmente, este espacio inservible –e ignoramos las razones- se cubrió con una montaña de tierra y de piedras, como manifestación de un lugar sacro clausurado.

Sucintamente ¿qué nos aportan estos trabajos?: advertir los vestigios de la realidad de la muerte y su proyección simbólica de la vida. De una parte, nos adentramos en sus costumbres y ritos funerarios, es decir, la vinculación social necesaria para el arraigo, mediante los restos que han sobrevivido. De otra, la organización social jerarquizada, que también es manifestación  de prestigio y de raíz económica. Y con más dificultades y obstáculos, nos orienta hacia las creencias religiosas y escatológicas. En suma: los pilares de la sociedad que analizamos, de modo sintético, en una escalera de dificultad de comprensión.

Seis meses duraron estos trabajos, seis meses de continua expectación, fueron seis meses inolvidables para quienes participamos: arqueólogos, estudiantes, obreros y quienes nos acompañaban con frecuencia, todos entusiasmados. Y todos soñando en la próxima campaña que nunca se ha realizado. Esto fue en 1986. Deseo que la espera no sea sinónimo del olvido y que el deseo se haga realidad. Y es curioso que, la tendencia imperante de acelerar el ritmo de la vida, culmine en estos casos en los tiempos bíblicos ralentizados o detenidos.
(El Puerto de Santa María, 9 de noviembre de 2015)

ARTICULO IX (20 DE NOVIEMBRE DE 2015)
“Cuando decimos GADIR ¿a qué nos referimos?”



2 comentarios:

  1. Interesante artículo. Lamentable que tengamos una necrópolis fenicia de semejante magnitud abandonada y sin estudiar. Debió de haber casi como en cada ciudad portuaria fenicia un santuario a Astarté. Hay algún indicio de esto?

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    1. Astarté, como se sabe, es también diosa de la navegación y de los navegantes. Es muy probable que hubiese un templo en el CDB dedicada a esta diosa. Por ahora sabemos que, en el denominado barrio fenicio, cercano al puerto, de la existencia de unas habitaciones de un templo del siglo VIII a.C., destruidas en parte por las potentes murallas de los siglos IV y III a.C., que contenían ofrendas, entre ellas anclas, que los marineros depositaban por haber llegado sin grandes incidentes. ¿Está dedicado el templo a Astarté?. No lo sabemos cocn segeuridad, pero es muy probable. Son los datos que tenemos por ahora.

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