jueves, 14 de enero de 2016

13.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

La Atlántida de Platón: el nacimiento de un mito (1).
       Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria / Académico de Santa Cecilia.

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Necesitamos arraigarnos en los mitos, vivificarlos y mantenerlos. El género humano no puede prescindir de ellos, pues  constituyen parte de su esencia y de su pertenencia, el asidero al pasado que justifica y fortalece el presente. Sin la ficción y el engaño consciente no se puede crear una realidad aparente y simulada que sostenga la existencia social, necesitada de una referencia mítica, interpretada, que conduzca a la sumisión y al orden social.  La historia se nutre de mitos, de mundos ideales y apocalípticos, de la aspiración a lo que se cree perfecto y bueno para el hombre. Y aborda la dicotomía de la vida y de la destrucción o la muerte. No basta convivir en lo cotidiano y cercano, hay que aspirar a la construcción del lugar perfecto donde habita la utopía. Y lo curioso es que han proliferado y se engrosan en los siglos de las luces, en los que la razón y la ciencia infalible oficialmente presiden la vida humana. Hasta los regímenes más abyectos del siglo XX anclan la utopía idílica en el vértice de su ideología, como un atractivo cebo para la realización de fines poco ejemplares, como se ha demostrado.

Conocemos infinitos mitos de todos los tiempos y lugares. Y pocas veces ha habido uno que haya originado tantas páginas impresas, interpretaciones, expectación durante siglos, y que aún perdure  sin respuestas convincentes. Se constatan más de 2.000 libros referidos a la isla-ciudad que describieron Critias y Timeo en los diálogos platónicos, hacia el 360 a.C., denominada Atlántida -isla o continente-, y en todo caso, de una superficie mayor que Libia –el norte y centro de África- y Asia juntas. En ellos cuenta Platón, a la edad de sesenta y siete años experimentados, la historia de una civilización floreciente, de 9000 años de antigüedad, situada “más allá de las columnas de Heracles”, esa referencia geográfica insistente en el mito griego sin lugar preciso, que pereció sumergida por las aguas enfurecidas en un solo día. Fantasía o realidad. La Atlántida es la alegoría de la ciudad deseada y soñada, contemplada desde la perspectiva de un filósofo que juzga los peligros de los ideales fracasados por la debilidad y ambición del ser humano, y que culmina en la tragedia y en la muerte.

Nos informa Platón en su carta VII, que estos diálogos se escribieron tras su vuelta de Siracusa, en Sicilia, donde había intentado llevar a cabo sin éxito sus ideales políticos, junto a su protector el tirano-filósofo Dionisio II, de convertir ese territorio griego en una República gobernada por la aristocracia y la excelencia intelectual y la virtud. Y siente la añoranza de un tiempo que no vivió, que sólo lo conoció narrado, y que parecía perfecto. Y puesto que la perfección absoluta sólo existe en un rincón de la mente y en el deseo, se discute en este diálogo el devenir de un cosmos desorganizado y caótico a otro organizado, la Atlántida, como imagen de un mundo ideal y de una sociedad bien  estructurada.

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El mito emerge de un cimiento o deseo real, trascendido al plano de lo irreal aparente y visible, y transformado en el ensueño. El tema objetivo, e incluso histórico como fondo, del Critias platónico es la lucha entre Atenas, manifestación de la República platónica y del puro helenismo, y un mundo occidental, Atlántida, monárquica y bárbara, que pereció, como otras  civilizaciones, por el abandono de los valores morales que rigen una sociedad y la expansión guerrera sin mesura. A la desviación de las costumbres y leyes ancestrales, le corresponde el castigo de la muerte. No hay dudas de la Atenas real, pero la existencia de la Atlántida, como ciudad histórica, está lejos de ser evidente. Vive sólo en el ensueño y entre los ideales imposibles. Sin embargo, algunos se afanan aún en hallarla en un mundo geográfico y real, subacuático. Mas no hay que buscarla  en las profundidades marinas yacente sobre la arena y los peces curiosos que olisquean sus muros oscuros, sino en el mismo texto platónico y en su tiempo, entre las palabras y mensajes de su inquietante relato moralizante y de advertencia, en el acontecer de una sociedad que expira y que ha perdido los ideales que la justificaban y requiere, para su consuelo, el invento de un mundo construido en el deseo, ejemplar y mejor para la vida perfecta y virtuosa. Imaginado curiosamente no en el reino de la poesía, sino entre los saberes matemáticos, astronómicos, fisiológicos y médicos, que conlleva a una organización estructural, urbana y social científica, pero esencialmente utópica por su extremada perfección.

Todo comienza en el diálogo Timeo, cuando Sócrates, transmitido por Platón, se refiere a la República y a su organización ideal de gobierno. Hermócrates, uno de los dialogantes, le dice que Critias le contó una historia que había oído de su abuelo, de casi noventa años, cuando él sólo tenía nueve, “sumamente extraña, pero verdadera por completo”, “no una mera fábula”, que respondía a las preguntas de Sócrates. Historia que aseguraba Timeo que se basaba en el sabio Solón –uno de los siete memorables del mundo antiguo-, que doscientos años antes la había oído en la ciudad de Sais, en el Delta del Nilo, contada por sacerdotes egipcios que leyeron libros sagrados muy antiguos. Así se confería autenticidad y autoridad a lo narrado. Platón pretendía situarla en tiempos muy lejanos, proporcionando verosimilitud a sus personajes históricos y oída en Egipto, considerado por los griegos como la cuna de la sabiduría, y transmitida por sacerdotes del templo y los libros sagrados de la ciudad de Sais en el Delta del Nilo.

Allí, Sólon les habla de los mitos antiguos de Atenas, de Foroneo, el primer ser y rey civilizador que habitó la tierra, de Nióbe, la primera mortal con la que se unió Zeus, y del primer diluvio y de sus supervivientes Deucalión y Pirras. Les cuenta, en suma, una historia de creación del cosmos, mítica, la de los griegos, siguiendo los esquemas orientales mesopotámicos y hebreos. Y le contestan, para su asombro, que lo que cuenta no es muy antiguo, pues hay acontecimientos que los griegos no conocen debido a su destrucción por desastres naturales, y además que Atenas, de 9000 años de existencia, es más antigua que Sais y la ciudad más eficiente en la guerra, más fiel en el cumplimiento de las leyes y la más civilizada. Todo ello consta en los libros sagrados egipcios. Y además que los egipcios han copiado muchas de sus leyes. Posteriormente se refieren a la Atlántida, una isla de grandes dimensiones situada en el océano Atlántico, regida por una casta de reyes que combatieron contra los atenienses. Tras la victoria de Atenas, la isla Atlántida desapareció en el mar azotada por maremotos durante un día con su noche. La Atlántida aparece como ejemplo de la ciudad ideal buscada en los diálogos platónicos, como ejemplo de una sociedad organizada y civilizada.

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En los comienzos del diálogo de Critias, que continua al de Timeo, habla del orden político de la primitiva Atenas, diciendo que hubo un tiempo en el que “los dioses distribuyeron entre sí las regiones de toda la tierra por medio de la suerte, sin disputa…Y una vez que cada uno obtuvo lo que le agradaba a través de las suertes de la justicia, poblaron las regiones…”. Es el principio de la historia griega prehistórica, del comienzo de la producción de alimentos y de su organización social primaria, instaurándose templos y sacrificios para los dioses. A Poseidón le tocó en suerte la isla de la Atlántida a la que pobló con sus descendientes, nacidos de una mujer mortal, cuyo centro lo ocupaba una llanura y una montaña en medio donde habitaba Evenor, su mujer Leucipe y su hija Clito quien, a la muerte de sus padres, Poseidón la desea y se une a ella. Aquí comienza la construcción geográfica, física y política de la Atlántida tal como la imaginamos por Platón y representamos en dibujos ideales.

Poseidón, para proteger la colina habitada, la aísla mediante anillos alternos de tierra y de mar, de diferentes dimensiones: dos de tierra y tres de mar en total, de tal modo que la colina fuera inaccesible para los hombres.  Engendró y crió cinco generaciones de gemelos varones, dividió la isla en diez partes, encomendó la mejor al primogénito –el rey Atlante- e hizo gobernantes al resto de sus hijos en cada una de las regiones. Al primero de los gemelos, que nació tras Atlante, le encomendó la parte extrema de la isla, desde las columnas de Heracles hasta la zona denominada Gadirica, dándole en griego el nombre de Eumelo, pero en la lengua fenicia de la región, Gadiro. La zona y el nombre se relacionan con Gadir y su fundación fenicia a fines del siglo IX, integrada e interpretada a la mitología griega. Toda la isla poseía gran cantidad de riquezas, como nunca había tenido una dinastía de reyes, y producía todo lo necesario para vivir, incluida la metalurgia, siendo muy escasos los productos importados. Y Platón la describe con estas hermosas palabras: “La isla divina, que estaba entonces bajo el sol, producía todas estas cosas bellas y admirables y en una cantidad ilimitada”.

En la isla levantaron puentes en los anillos del mar para abrir una vía al exterior y hacia el palacio real; en el centro, el palacio real y el templo consagrado a Poseidón, ceñido de un vallado de oro, cavaron profundos canales para las embarcaciones, dársenas y la muralla exterior, fundida de casiterita. En los edificios de la acrópolis, paredes, techos y columnas se revistieron de plata, oro y oricalco, e igual las imágenes. Los guerreros ocupaban el anillo cercano a la acrópolis, mientras que los espacios exteriores, dedicada a los productores, se ocuparon densamente con numerosas viviendas. Una isla ordenada, rica, feliz,  y bulliciosa, regida por monarcas y rígidas leyes, bajo la mirada atenta de Poseidón.

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Critias termina este relato incompleto con estos párrafos sobre su desgracia y destrucción: “Durante muchas generaciones, mientras la naturaleza del dios era suficientemente fuerte, obedecían las leyes y estaban bien dispuestas hacia lo divino… Poseían pensamientos verdaderos y grandes en todo sentido y, excepto la virtud, despreciaban todo lo demás, tenían en poco las circunstancias presentes y soportaban, como una molestia, el peso del oro y de las otras posiciones…Ni perdían el dominio de sí a causa de la riqueza, sino que sobrios reconocían con claridad que todas estas cosas crecen de la amistad unida a la virtud común, pero que con la persecución y la honra de los bienes exteriores estos decaen y se destruye la virtud en ellos. Sobre la base de tal razonamiento y mientras permanecía la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes… Mas cuando se agotó en ellos la parte divina porque se habían mezclado muchas veces con muchos mortales y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban y se pervirtieron. Al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello entre lo más valioso…El dios de dioses, Zeus, que reina por medio de leyes…se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia…”.

Por ello, concluye Platón, la rica y poderosa  Atlántida se hundió bajo el mar, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario durante un día y una noche terribles. Ha sido el destino de muchos pueblos conocidos y famosos. Cuando se pierden los valores que rigen un mundo bien organizado y no corrupto, el final es la destrucción. La Atlántida es su preciso reflejo. Mas, para algunos, yace sumergida en algún lugar de un mar desconocido. La utopía es aquí su localización discutida, que veremos en las próximas semanas.


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3 comentarios:

  1. Es un placer leer este artículo.
    ¡Qué bien transmite la idea de la necesidad humana, de esa utopía o de ese "algo más" antes y después...!.
    Y además aprendiendo.

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    1. Me parece estupenda la iniciativa y empezar con este artículo tan interesante todavía más un fuerte abrazo Manolo

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  2. Es admirable la versatilidad de la narrativa platónica: la realidad de transgresiones marinas, la comparativa con situaciones y desencantos coetáneos al autor y la intención moralizante.

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