miércoles, 10 de febrero de 2016

16.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Cuando ni el cielo ni la tierra tenían nombres…
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria / Académico de Sta. Cecilia.

Cuando nos acercamos a la arqueología, desde los simples o grandiosos restos urbanos o funerarios, desde el interior de un museo con sus recoletas vitrinas, pero plenas de objetos, o desde los libros de divulgación o las guías de lugares históricos, tenemos la sensación de que el pasado se alimenta sólo de objetos materiales y tangibles que  lo justifican y explican, que todo se enfoca y gira en esos ámbitos. Y ahí reside el objetivo de la arqueología, creemos con simplicidad. El tema es mucho más complejo, como es la vida del hombre en sociedad y en su particular relación con el mundo que le rodea, en el que trabaja, con el que  se relaciona de múltiples modos, el que le satisface y le angustia, en el que piensa y se asombra, en el que vive y muere. Y uno de los temas de más importancia que no se transmite, como se debiera, salvo en el terreno científico y en la atracción irresistible por lo irracional y mistérico, es el del pensamiento religioso, que contiene casi todas las grandes preguntas, aquellas que han movido y mueven el mundo y al hombre, entre las que se hallan siempre las del origen de la vida, es decir, de dónde procedemos, y sobre la muerte y el misterioso lugar en el que se habita por siempre y que nos aguarda paciente sin remedio.Lo que nos conduce a la esencia del homo religiosus, no como mera confesionalidad, sino con el miedo y deslumbramiento que provoca y se admira lo que no se comprende con la sola razón, lo que se respeta y teme, lo que se ritualiza colectivamente y en el interior de cada uno..

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Y si hablamos de fenicios y de colonización fenicia,  siempre pensamos en ciudades, en clasificaciones de materiales usuales o de lujo, en productos de comercio o cómo eran sus enterramientos y ajuares. Y no en las palabras y las ideas. Pero estoy seguro que en el templo de Melqart, en el islote de Sancti Petri, tras la mítica Puerta de Hércules, los sacerdotes narraban, cuando el sol se va ocultando tras la línea fina y lejana del mar, después de penosas jornadas de trabajo, o en los actos colectivos y rituales, los acontecimientos que habían pensado y movido a los dioses a la creación del mundo y del hombre, ante el asombro de los fenicios que se habían preguntado, ante la naturaleza que les circunda y el misterio de la vida, las razones y el sentido de su propia existencia, la del mundo y la del infinito e inasequible cielo. Y los sacerdotes, sabedores de estos misterios, les proporcionaban las respuestas que satisfacían sus curiosidades y necesidades. Porque las preguntas contestadas proporcionan confianza, y las creencias indican el sendero de la seguridad, el objetivo y el sentido del vivir.

Es posible que en las Fiestas del Año Nuevo, o Bit Akitu, se oyese en los patios abiertos del templo el recitado del Poema de la Creación, conocido como Enuma Elis –las dos primeras palabras del texto-, que se traduce“Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado y, abajo, la tierra no había sido mencionada con un nombre…”. El primer texto de la creación del mundo y del hombre que nos ha llegado. Se redactó hacia el 2000 ó 1900 a.C., recogiendo con toda seguridad tradiciones muy antiguas mesopotámicas. La versión que tenemos y empleamos es de 1100 a.C., conservada en las tablillas de la Biblioteca de Asurbanipal (669-672 a.C.) en Nínive. Debido a la expansión y conquista asiria hacia las ciudades costeras fenicias mediterráneas y a sus relaciones comerciales de los siglos IX a VII a.C., y culturales, esta versión cosmogónica debió ser aceptada y recitada en aquellas costas y transmitida a las de Occidente.

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El texto se compone de siete tablillas de una longitud variable, entre 129 y 167 versos, que narran la creación del cielo y de la tierra, del hombre y del sentido y destino de sus vidas, de manera ordenada.Y ahora nos hallamos en el patio del templo, atentos a la voz del sacerdote que va a narrar, en los comienzos de cada año, en el Festival del Año Nuevo, la creación del mundo que habitamos, el ciclo del nacimiento, de la muerte y resurrección. Una suave brisa se desliza entre los muchos asistentes y los acaricia con sus manos invisibles, ya anocheciendo, y el sacerdote comienza hablando del

caos primordial,

ese momento sin tiempo, origen de todo, cuando ni el cielo ni la tierra tenían nombre, pues nada existía, salvo un “caos acuático” o principio cósmico, de cuya masa amorfa se aislaron dos elementos, denominados Apsu –el océano primordial- y Tiamat, el mar tumultuoso, de cuyo oleaje surgieron Mummu, es decir, las nubes, el vapor y el oleaje, y dos serpientes divinas, Lajmu y Lajamu, que originaron a su vez el horizonte celeste, Ansar, y el terrestre, Kisar. Y de esta pareja divina nacieron los grandes dioses, Anu y Ea, y las demás divinidades esparcidas por el cielo, tierra y mundo inferior, sin formas definidas todavía. Todo en abstracto, nebuloso y caótico, determinado por la visión del paisaje de marisma indefinido en el que debió surgir este mito, entre los ríos Tigris y Eúfrates y el Golfo Pérsico, una planicie infinita de agua oscura y barro mezclados.

Asistimos a una calma aparente, inactiva, en la que los nuevos dioses, en sus afanes de creación de otros seres, perturbaron la tranquilidad de Apsu, quien se quejó por ello a su esposa Tiamat. Y el sacerdote continua, solemne, con la narración de la

tranquilidad perturbada

que tanto molestaba a Apsu, en su quietud rota, y decidió, con el beneplácito de su esposa, la destrucción de sus hijos. Pero enterado Ea de este propósito, y gracias a las artes mágicas, mata a Apsu y esclaviza a Mummu, transformando al primero en su propio recinto sagrado en donde engendra y nace Marduk, el dios a quien se exalta en el poema. La tragedia se palpa, recita la voz monótona del sacerdote, y adviene la

venganza y el inicio de la contienda.

Y para ello, Tiamat, en represalia, reúne a unos cuantos dioses y engendra un ejército de seres monstruosos –serpientes, dragones, lobos-, dando a luz también a huracanes, hombres-escorpiones y centauros, colocando al frente de este terrorífico ejército de seres híbridos Qingu, su segundo esposo, a quien confió las tablillas de los destinos. Lo que condujo, como el relata el poema y cuenta el sacerdote, al

miedo de los dioses y la aceptación de Marduk.

En efecto, conocedor Ea de los terribles planes de venganza de Tiamat y la creación de tan poderoso y aterrador ejército de seres extrahumanos, se dirige presto a Ansar, su procreador, quien le anima a que se enfrente con Tiamat. Y rehusa. Tampoco convence a Anu, que tiene miedo y retorna raudo a su morada. Y, por último, propone a Marduk que luche contra Tiamat. Acepta y promete derrotarla, a condición de ser reconocido como el primero entre los dioses, con autoridad en su palabra y sin que nadie pueda modificar sus opiniones. Exige el poder absoluto. Y así lo comunica Ansar a los demás dioses que, encantados y tranquilizados, pasan a la sala del concejo, proceden al beso ritual y organizan un banquete, en el que hablan, comen y beben y se olvidan de las preocupaciones que les ha proporcionado la lucha inmediata. Y tras el banquete,

se otorga el poder absoluto a Marduk,

que constituye la parte central del poema. Los dioses presurosos construyen su trono y le proponen una muestra de su poder sobrenatural -porque el poder, necesariamente tiene que mostrarse, nunca se puede ocultar-, colocando una imagen en su presencia y que sería destruida y reconstruida al dictado de su palabra. Y así fue: “a la palabra de su boca, la imagen se desvaneció; habló de nuevo y quedó restaurada”. Ante esta manifestación, los dioses se llenaron de júbilo y rindieron homenaje, proclamando “Marduk es rey”. Y le entregaron el cetro, el trono y la vestidura regia. Investido con estos atributos, Marduk procede a construirse su propio arco, empuña su maza, se arma con el rayo, llena su cuerpo de llamas y a continuación colocó a sus flancos los vientos, además de la gran red para atrapar a Tiamat. Y los dioses le dijeron:

“ve y extirpa la vida de Tiamat”. 

Vestido de este modo, se dirigió a su encuentro, retándola a un combate individual. Y comienza la lucha terrible, para “que los vientos lleven su sangre –la de Tiamat- a los lugares más recónditos”.  Una contienda implacable entre la creación y el orden –Marduk- y el caos y el desorden- Tiamat. Y el dios elegido, además de su arco y la maza, dispone del relámpago, las llamas ardientes, la red para envolver a Tiamat, los vientos de las cuatro direcciones, el viento maléfico, el devastador, el viento irrestible, el huracán y la tempestad. Todo el furor del Universo en acción contra Tiamat. La diosa vomita en su boca encantamientos y arroja conjuros. El cuerpo a cuerpo es inminente. Y Marduk, con suma astucia, lanza la red y la envuelve lanzando con violencia los vientos desencadenados que llenan su vientre, y Tiamat, detenida, siente las flechas mortales que atraviesan su cuerpo y muere. El ejército huye despavorido, Qingu es atrapado y arrojado al infierno y Marduk corta en dos el cuerpo de Tiamat. La batalla ha terminado, el caos ha sucumbido. Ha vencido la astucia. Y comienza

la creación y ordenación del cosmos.

Marduk, tras su victoria y, de los despojos de Tiamat, construye el cosmos. Sitúa los astros en el cielo, establece el calendario y las constelaciones para cada uno de los doce meses, crea la luna y sus fases, también el sol –con el nombre de Shamash-, y con ambos determina la noche y el día. Hace surgir los vientos, la lluvia, el frío y la niebla. De la cabeza de Tiamat forma los montes, de sus pechos, las altas montañas, mientras que de sus ojos hace que fluyan el Tigris y el Eúfrates, los dos ríos donde se gesta el poema. Pero todo esto hay que ordenarlo, hay que estructurar el cosmos mediante normas y reglas. ¿De dónde puede partir este mundo organizado? De los santuarios, de la residencia de los dioses. Y así se hizo. A continuación, Marduk, vencedor del caos y creador del mundo, es entronizado, y los dioses, reunidos en asamblea, le prestan obediencia. Por último, como dioses demiurgos y arquitectos, levantan los planos para la construcción de la gran Babilonia. Pero es un mundo incompleto, requiere de seres que trabajen y mantengan las obras divinas, que cuiden los templos, que sirvan a los dioses, como objetivo principal. Y para ello,

Marduk crea al hombre

con la finalidad de que se encarguen del culto de los dioses y así puedan descansar de sus trabajos manuales. Marduk pide que le “dejen poner sangre junta y unos cuantos huesos…que le dejen crear un salvaje primigenio que se llamará Lullu, el hombre,…que haga el trabajo más penoso de los dioses”. Se requiere una víctima propiciatoria. Para ello, el dios Ea le aconseja que busque a una divinidad con cuyo sacrificio se puede modelar la humanidad. Y se elige a Qingu, esposo de Tiamat y general de los ejércitos del caos, acusado de haber incitado a su esposa a la lucha. Le dieron muerte, y de su sangre y de las artes mágicas de Ea se creó el hombre y la Humanidad. El hombre, que procede de los residuos del vencido, tiene como destino ineludible el servicio del dios y de su morada, del templo, como representación del universo y ciudad divina. El ejemplo de una sociedad teocrática, significada en los dioses y el poder temporal del monarca, sólo como su representación.

Es lo que los fenicios de la Bahía gaditana oyeron en el patio del templo de Melqart, en un atardecer del comienzo de las Fiestas del Año Nuevo, donde el sacerdote recitaba con ritmo pausado los versos de un viejo poema que narraba la existencia del caos primigenio, una amasijo de agua y barro indefinidos, la lucha espantosa entre el caos y la creación –Tiamat y Marduk-, la muerte de la diosa de la inmovilidad, la creación del cielo y de la tierra y la del hombre al servicio de los dioses, nacido de la sangre impura de un dios vencido, siendo el templo la casa del dios y la representación del universo. Pues eso es un templo, un mundo completo, un cosmos, la mansión donde habitan los dioses demiurgos y protectores, y sólo ellos. Se contestaban así las preguntas que el fenicio demandaba, para afianzarse, conociendo y asumiendo, aliviado, su origen y destino, mientras miraba un cielo rojizo y restallante, reflejado en el mar adormecido por suaves olas. Es obvio, y no necesita aclaración, que Darwin no había nacido.

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Un poema e historia cercanos se halla en los primeros capítulos del Génesis bíblico, probablemente redactado a fines del II milenio a.C. Pero también su esencia está presente en casi todas las mitologías cosmogónicas de todos los lugares de la Tierra, con las mismas preguntas, con idénticas ansiedades. Leo este poema con frecuencia, y cada día las noticias actuales. Y a veces veo, y tengo la impresión, que no ha pasado el tiempo, que un fondo sustancial religioso permanece inalterado. Mucho queda todavía en los genes culturales, sin apenas percibirlo. Es lo grandioso de la cultura, que permite haber sido y seguir siendo.

1 comentario:

  1. Es verdad, Darwin no había nacido, pero al menos para mí es igualmente válida la explicación ancestral -en que como dices, coinciden prácticamente todas las tradiciones religiosas- pues salvo el origen del hombre, el tema Caos-Theos-Cosmos es algo que incluso la ciencia actual está demostrando respecto de los cometas como generadores de vida en puntos de materia inerte. Al final todos los caminos van a conducir a lo mismo.

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