martes, 22 de marzo de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (256)

Hartazgo de corrección política

He estado a punto de devolver un libro a la editorial. No porque, como tantas veces ocurre – y ya sé que la traducción está mal pagada- porque hubiese galicismos o errores debidos a eso que llaman “falsos amigos”.

No,  en mi caso fue por hartazgo de la dichosa corrección política. Les contaré que se trata de un ensayo de denuncia del capitalismo global traducido del inglés.

Lo primero que me sorprendió fue una nota a pie de página donde hablaba de “las traductoras” cuando los autores de la versión española son, según consta en sus páginas, un hombre y una mujer.

Después, mi irritación fue creciendo conforme avanzaba en la lectura y fui encontrándome con cosas como “nosotras” aunque quien habla en plural es un hombre o la siguiente frase: “una generación de jóvenes americanas (sic) quedó marcada por el miedo al Vietnam”, como si a aquella guerra hubiesen ido a pelear mujeres y no “American boys”.

Además, si de corrección política hablamos, ¿cómo no se dieron cuenta las “traductoras” de que el adjetivo “americano” es abusivo por cuanto toma una parte – los Estados Unidos de América- por el todo: el continente americano.

Pero hay mucho más. No ya que se dirija continuamente al lector como “la lectora”, sino que cada vez que habla de una profesión u ocupación, se feminiza el vocablo excepto, curiosamente, al hablar de los CEO (en inglés: chief executive officers). ¿Será un guiño a “las lectoras” para denunciar que no hay apenas mujeres en los órganos de dirección de las empresas?

Le comuniqué mi indignación a un gran amigo lingüista, quien coincidió conmigo en el disparate de quienes, siguiendo acaso a Judith Butler y otras teóricas de los llamados “estudios de género”, caen fácilmente en el disparate.

Quienes actúan de ese modo, me dice mi amigo, ignoran algo elemental y es que, gramaticalmente, “al sexo femenino le corresponden dos géneros y al masculino, sólo uno”.
Si hablamos, por ejemplo, de habitantes de Toledo y queremos referirnos sólo a los del género masculino, habremos de decir “los toledanos varones”, es decir que hay que especificar.

Me dice mi amigo, a quien pocos ganarán en comprensión de los problemas del que Simone de Beauvoir llamó “segundo sexo”, “la mujer está harta de muchas cosas y tiene razón y es cierto que el lenguaje canaliza fuertes dosis de machismo”.

“Está claro que conviene poner cuidado al expresarse para no fortalecer ese vicio o la invisibilidad de la mujer, pero dudo de que introducir sexismo a toda costa vaya a liberar a las mujeres de la dominación masculina”.

“Y así – agrega- decir “jefa” o “presidenta” es una aberración fácilmente ridiculizable porque “jefe” y “presidente” no son exclusivamente masculinos, como no lo es tampoco “juez” o “concejal”, por mucho que se empeñen algunos en decir “ jueza” o “concejala”  para referirse a la mujer que ejerce esa profesión.

 ¿Habremos de decir también “corresponsala”, “bedela”, “aprendiza” o “cancillera”, como se dice en esa traducción para referirse a Angela Merkel? ¿Es que ya no existen en castellano otros géneros como el epiceno, el común y el ambiguo?
Joaquín Rábago
Socio colaborador de la Academia

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