jueves, 7 de abril de 2016

22.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Pinceladas historiográficas de una ciudad sin nombre
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Santa Cecilia

Al anónimo, a la obra anónima, que nadie sabe quién la hizo
y perdura en la Historia como la expresión más bella.

Me refiero al Castillo de Doña Blanca, de tanta importancia en época fenicia y que, por fidelidad a Cartago, los romanos borraron su nombre de la Historia. Parece que hay que ser infiel para sobrevivir, aunque sea sólo en letra pequeña y en un lugar de la página que nadie nunca lee. Lo que importa es sólo estar y no ser. Lo vemos de continuo en los programas y portadas de la nada, que nada dicen y que viven de la nada. En realidad, la Historia está llena de anónimos, en el arte, en los hechos, en las letras, en las ciudades sepultadas, y de aquellos que mienten o difaman, o de los resentidos o impotentes que transfiguran o entierran lo que debe ser recordado con su verdadero origen. El CDB, cuyo nombre desconocemos, sobrevive con sus restos visibles, que es el modo del vivir por siempre. Y unas personas, piadosas, se han afanado en buscarle un nombre, aunque no sea el suyo, aunque no sea cierto y sea inventado. Hay que suplir la vergüenza de no tener letras que, unidas, originen la palabra, el nombre, que una al recuerdo. Que nadie se apene ni se avergüence, la Historia está llena de anónimos, de nombres, de ciudades y de gestos, que la han engrandecido desde la penumbra o la obscuridad absoluta.

Es lo que debieron pensar algunos eruditos cuando pasearon por aquella colina yerma y solitaria que dejaba entrever muros erguidos y desechos, restos de vasos que creyeron de otro tiempo, y la torre con falso nombre y con historia muy triste y mitificada, la de Blanca de Borbón, allí prisionera y después envenenada, dejada a su suerte por su esposo D. Pedro el Cruel, o El Justiciero, como le llaman algunos. Curiosa contradicción.Murió a la edad de 22 años, encerrada en la supuesta torre-cárcel que no existía. El poder del mito que sostiene como cierto lo que nunca tuvo vida.  Sin embargo, es necesario para el homo sapiens tener referencias históricas, memorias, ciertas o inventadas.Lo importante es que encuentre un hueco en el imaginario de la vida individual y colectiva.

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El CDB nos ha ocultado siempre su nombre, cuando era poderosa, en el esplendor de su historia, y cuando fue abatida por Roma y abandonada por sus habitantes. Es posible que en los mismos comienzos del islam se llamase como la zona, Sidueña. Después lo veremos. Pero nunca existió como la conocemos, como un castillo y de Doña Blanca, por hermoso que sea el nombre. Ha pasado mucho tiempo y continúa el misterio, que quizá un día por azar nos lo desvelen unas letras fenicias grabadas en un trozo de algún vaso roto, como viene sucediendo. Sin embargo, desde el siglo XVIII, algunos eruditos, ante sus visibles restos de muros emergentes, le han dado un nombre supuesto o, a lo mejor, el verdadero. Algún día se sabrá.

La primera mención que conozco, de indudable valor informativo, es de Bartolomé Gutiérrez (1701-1758), poeta e historiador jerezano que escribió la historia de su ciudad, publicada mucho después, en 1886. Nos cuenta en el capítulo III, del libro primero, que el CDB fue la prisión de Blanca de Borbón, del que aún se ven restos de sus murallas y viviendas, y que en tiempos antiguos estuvo allí, en las faldas del castillo, la ciudad de Asido. Y para justificarlo, menciona a “los vecinos sepulcros que en este año se han hallado en las excavaciones inmediatas para la Real obra del arrecife”. Lo que sucedió en 1756. Y describe algunas de las sepulturas. Casi todas son como una caja rectangular de losas de piedras hincadas y otras que las cubren, con el cadáver recostado de lado, los pies al oriente y la cabeza a occidente, con un hornillo de barro y cenizas. El autor precisa que “en lugar de almohada tenía una teja, debajo de cuyo hueco se encontró una moneda”. Para B. Gutiérrez, que justifica su hipótesis de CDB-Asido con las pruebas arqueológicas, al modo más moderno, escribe que “estos monumentos por su tosquedad y su falta de pulidez…y modo de enterramientos, indican mucha antigüedad; la cual se justifica más, con la conversión total en polvo de sus huesos”. Tal conversión le deja perplejo, pues había visto en la Iglesia Mayor que muchas sepulturas conservaban intactos sus huesos. Y en ese contraste, hallaba Gutiérrez la prueba de su antigüedad y de la verificación de su teoría. Y fue a más en estos detalles, considerándolos “anteriores á los Romanos, porque ya en el tiempo de ellos havia más cultura y se usaban otros –sepulcros- más primorosos, y con inscripciones…y cuando menos serían del tiempo de los Vándalos y Godos, que menos pulidos podrían así ejecutarlos”. Es evidente que el autor no tenía muy claro el proceso histórico de la Antigüedad.

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Hace unos veinte años, los historiadores E. Pérez Fernández y M. Pacheco Albalate, han identificado la autoría de un manuscrito, otorgado durante años a J. M. Rubio, y que lo escribió Anselmo José Ruiz de Cortázar; está fechado en 1764. En uno de sus capítulos nos informa de que en el lugar llamado de la Piedad, el archivero D. Pedro A. de Castro, del Ilmo. Ayuntamiento, dice que en ese punto debió estar la ciudad de Tartessos o Sidón, “que… tomó el nombre de Sidonia, Asido Caesarina, Saduña y Sidueña, primitiva capital de la provincia gaditana”. Allí se encontraba, continúa el informe, un gran acueducto o depósito de agua posiblemente romano, al pié de la Sierra de San Cristóbal. Y “a media legua del acueducto romano, hay una mina de plata, que dejó de ser explotada…a causa de las grandes cantidades de agua que la inundaban”. Y páginas más adelante, mencionala colina artificial del CDB, en la que asienta un castillo y prisión de la reina Blanca de Borbón. En estas fechas, y por las descripciones realizadas del asentamiento fenicio, debían verse a cierta altura los restos de murallas y de viviendas de época turdetana de los siglos IV y III a.C., que el tiempo y la soledad del lugar habían conservado aceptablemente. Más tarde, llegó su destrucción a mediados del siglo XX, cuando se podía acceder a los colegios y a la enseñanza con cierta facilidad, a escribir y a leer, y quizás a no comprender.

La curiosidad por el lugar, sin ser constante, no cesaba. Y en 1821, José González Montoya, siguiendo la tradición escrita de las impresiones de los viajes, nos ha dejado una breve mención en su libro “Paseo estadístico por las costas de Andalucía desde Sevilla a Granada, en el verano de 1820: escrito de un amigo para otro, en rasgos ya pintorescos, ya sentimentales, y leído en la Comisión de Agricultura”. Un título extenso que nos informa de todo, extrovertido y que rezuma romanticismo. Viniendo desde Jerez a El Puerto, y en el sentido romántico del texto, nos confía sus emociones de “la soledad de sus campos, el arruinado castillo, prisión de doña Blanca…y a la vista el río Guadalete, me arrancaban suspiros y distracciones a cada instante: ¡qué tiempos aquellos! ¡qué comparaciones con estos! griegos, romanos, cartagineses, moros, todos bullían a un tiempo en mi mente: allí me estremecía el recuerdo de la malhada batalla que perdió España: allá se me figuraba ver la gran población de Mnesteo(sic): acullá miraba Las Cabezas de nuestra idolatrada libertad: hacia aquella parte divisaba los mares de la Atlántida: hacia esta otra la navegación interior propuesta por el Conde Duque; finalmente la isla de Hércules y el puerto de nuestras Indias lo tenía al frente”. Toda la Historia allí compendiada y la transmitía, pleno de pasión y orgullo, José González Montoya, apenado y lloroso.

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Pasó un siglo sin que hayamos encontrado noticias sobre el lugar y del Castillo de D. Blanca. Pero, en 1920, Luís Coloma (1851-1914), nacido en Jerez de la Frontera, conocido por su novela “Pequeñeces” (1890), y también creador del “Ratoncito Pérez”, describió en su cuento “Caín” el CDB, desde Las Cruces, en el camino a Jerez. Cuenta que Miguel y Joaquina, protagonistas de la historia, pasaron por entre los pilares de las Cruces y tomaron por una vereda “que trepa por un cerro árido, sin vegetación, cubierto de hierbas secas que dejan asomar algún que otro murallón negro, escueto y pelado, como asomarían por una sepultura excavada, los huesos de un enorme esqueleto. Aquella es la tumba que el tiempo ha labrado al castillo de Sidueñas”. A continuación describe la fortaleza que ve erguida “armada de ocho torres, que fortificaban”. Y, como cabía esperar, dedica un recuerdo a la Reina de Castilla, Doña Blanca de Borbón, y a su prisión y muerte en el lugar, en la torre que da nombre a la colina y yacimiento arqueológico, Castillo de Doña Blanca. Dice que, de las ocho torres que tuvo, sólo ésta se conserva completa. La noticia tiene gran interés arqueológico, y se ha comprobado. En suma, las torres que vio destruidas son las que pertenecen a la última fase de la ciudad del siglo III a.C., todavía vistas por esa época y hasta los años cincuenta del siglo XX. Y la que describió completa, como prisión de la reina, no existía en ese momento y se construyó posiblemente en los siglos XV o XVI d.C. Cuando conocimos el texto, exploramos la superficie, y hallamos huellas de tales torres. En efecto, en la excavación arqueológica de 1989, hallamos siete torres. Nos falta la octava y otras más que Luís Coloma no advirtió. Es la pequeña historia de la pista de un cuento literario que describe con precisión lo que ve, el arqueólogo lo cree, y la excavación lo confirma.

En los años veinte, llega a estas tierras Adolfo Schulten, un profesor alemán en busca de Tartessos, en compañía de un arqueólogo belga, G. Bonsor, que excavaba en Los Alcores desde fines del siglo XIX, con notable éxito. Ninguno encuentra la ciudad de Tartessos, que la creían situada en el Cerro del Trigo, en Doñana. Pero reavivaron el interés y la pasión de los españoles por hallar la ciudad de Tartessos, mencionadas en las fuentes griegas, y relacionada con la famosa Tarsis bíblica, de época de Salomón e Hiram de Tiro. Surge, pues, una amplia bibliografía, basada en los textos griegos y romanos, y no en los datos, que aseguraban el hallazgo de la ciudad. Entre ellas figura el CDB como candidata a Tartessos o a otra ciudad ilustre.

Y, entre los eruditos, Ventura López, un presbítero jerezano que en 1923 escribió una serie de artículos en el diario El Guadalete sobre Tartessos. El 7 de diciembre dedicó uno a la descripción de los restos del CDB y sus alrededores. Decía que “para encontrar la ciudad más antigua de Occidente había que excavar en el castillo de Doña Blanca y hoy decimos, después de visitar tan romántica mansión, que asombra cómo hasta hoy no se ha descubierto en la plataforma en que asienta el anhelado Tarteso…”. Y sugiere que “hay que excavar para encontrar la ciudad griega; mas la romana que la sucedió está clara sin excavar, que sólo no puede verla quien jamás haya visto ruinas romanas". Menciona que ha descubierto vestigios de todas las épocas, tumbas fenicias “con lápidas de caracteres ibéricos y tartesianos”, la muralla de más de tres metros de espesor, y “algo que recuerda los monolitos asirios, sus típicos libros”. En cuanto a su extensión, creía que pudo tener “a lo largo una extensión de media legua y a lo ancho terminar en la Sierra de San Cristóbal”. Y muchas cosas más descubrieron de todas las épocas. Escribe al final de sus prolijos párrafos que “nos basta con haber descubierto el Tarteso”. Es decir, creyó que el CDB y los vestigios a la vista, ya muy entrado el siglo XX, correspondían a Tartesos,  seguramente a la que se refiere el griego Herodoto en el siglo V a.C. en un capítulo de su Historia. Es un poco exagerada, aparentemente, la medida de la ciudad, media legua –en torno a 2.5 km. Pero no tan descabellado si se considera el área de dispersión de los restos, incluyendo la necrópolis, la ciudad, el puerto y las laderas y cima de la sierra. No es esa longitud, pero se le parece mucho. Observó bien Ventura López la amplitud que alcanzan los testimonios arqueológicos en la sierra.

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El erudito portuense, Francisco de Ciria Vergara, quien dedicó catorce años de su vida a la búsqueda de la ciudad de Tartessos, según dice, la sitúa junto al Portal, sin presentar datos verosímiles. Entre abril y octubre de 1935 publicó en el Diario de Cádiz unos artículos exponiendo sus hallazgos. En el CDB situó el PortusGaditanus, una construcción deslumbrante de los Balbos de Cádiz, en el siglo I a.C. Cuenta en sus escritos un coctel, un  refrito de cosas vividas e imaginadas que el investigador no sabe cómo interpretar. Habla del montículo –CDB- como el alcázar de Gerión, o el lugar del templo tartesio de Hércules, o del histórico castillo de Sidonia, o del Puerto de Menesteo, el general y héroe griego ateniense que vino de Troya, del PortusGaditanus y, desde luego, de doña Blanca de Borbón. Por allí pasaron todos.

Años más tarde, en 1940, apareció por aquellos parajes, el investigador alemán A. Schulten, que permaneció en Jerez una semana acompañado por César Pemán, con la intención de localizar en aquella zona el Puerto de Menesteo, ubicado, según el geógrafo Estrabón, al norte de Cádiz y al sur del Guadalquivir. Y en el CDB lo creyó localizado. Efectuó unas catas en varios sitios y dejó el primer plano arqueológico del yacimiento, situando el recorrido de la muralla que aún se mantenía en pié. Pocos años después, el propietario por entonces del montículo, creyó más práctico y beneficioso –económicamente, se entiende- desmontar sus paramentos, cargar en camiones la piedra ya escuadrada y venderla para construir vetustas tapias de chalés. Conducta muy conveniente y ejemplar para tiempos y clases tan eruditas y amantes de su historia, económica, ¡claro!

En estos últimos años, se ha investigado sobre el término “sidonio” y “sidueña”, con resultados importantes para el conocimiento de la zona y del CDB, que requiere un espacio más amplio que dedicaré en otro artículo más adelante. Ambos términos se originan en las referencias a la colonización fenicia, si fueron tirios o sidonios, o ambos, quienes llegaron a la Bahía y al CDB. El caso es que actualmente existen el Pago de Sidueña y Medina Sidonia, que han ocasionado dudas y posiciones sobre su situación y si se refieren a lo mismo. A lo que se unen las dudas de dónde debe enclavarse la primera capital de lacora andalusí de Sidonia que, muchos eruditos, desde Rodrigo Caro (1573-1647) sitúan en la actual población de Medina Sidonia o en Jerez –es la teoría de Enrique Florez (1702-1773).  El hallazgo, en 1789, de una lápida romana que alude a los “munícipes Caesarini”, zanjó el tema de la ecuación Asido Caesarini, de Plinio, y Medina Sidonia. Pero aún permanecen las dudas. Y, en síntesis, adelantaré que tras una lectura más objetiva de los textos y con elementos tangibles arqueológicos, las hipótesis actuales son dos: la que sostiene con sobrado acierto y razones M.A. Borrego sobre la ubicación de la Sidonia-Sidueña islámica en el CDB, entre Jerez y El Puerto, y la sustentada por A. Mederos y L. Ruiz Cabrero en torno a este topónimo y su traslado a la época fenicia y a los sidonios y a la ciudad-estado de Sidón en Fenicia. A lo que dedicaré más argumentos. De momento, baste señalar que M.A. Borrego, en sus precisos e inteligentes estudios, concluye que el CDB es la Sidueña islámica. De ahí proceden los materiales islámicos más antiguos gaditanos.

Volvamos al comienzo. Recompensa después de un olvido: el CDB, sin desvelar su nombre, ha estado en la mente durante siglos de muchos eruditos.Y desde 1979 su nombre actual, no el antiguo, tiene ya un reconocimiento internacional importante, no por su topónimo de una historia tan desgraciada, sino porque ha mostrado su extraordinaria importancia en sus estratos de tierra, los restos de sus viviendas y el enjambre de centenas de miles de restos cerámicos. Sabemos lo que significó en los momentos de más plena actividad. Nos falta su nombre concreto fenicio. Hoy sabemos que era el punto fenicio tirio más importante de Gadir pluralizada. Esto es suficiente. Quizás el nombre no sea tan necesario. El CDB se ha rescatado del olvido de más de dos mil años. No se ha podido borrar de la Historia Universal. Roma lo intentó. No pudo. Su existencia es palpable y reconocida. Es lo importante.

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