miércoles, 13 de abril de 2016

23.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Peregrinando por los templos de los dioses fenicios
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

Para mí, los fenicios, en mis primeros años de iniciación arqueológica, eran las olas azules oscuras del mar, el sol que brilla en lo alto, las playas con muchos guijarros y algas entremezcladas, los pequeños y familiares fondeaderos junto a las colinas bajas sin apenas vegetación. Y, al fondo, muy lejos, las montañas, como el atrezzo de un escenario de ópera, de colores verdes. Para mí, eran las ciudades fenicias con sus nombres modernos, los muros que apenas alcanzan una altura de medio metro, y muchos fragmentos rotos de vasos cerámicos, con bandas rojas y negras o con un engobe uniforme y rojo sólo. Así me lo imaginaba, y de este modo lo veía al pasear por las playas o a través de libros de textos. Siempre bajo un sol alegre. Nunca con nubes oscuras, nunca con lluvia. Siempre como un eterno verano. Y me equivocaba. También he visto a los fenicios navegando en otras aguas tranquilas y grises, con un cielo menos azul, tamizado, y playas de arenas blancas. En ellas se extienden viviendas sencillas y se erigen santuarios a los dioses de sus patrias. Os invito, esta vez, a que peregrinemos juntos por los templos y santuarios sagrados, en ciudades, en un solitario islote rocoso, o en cuevas profundas.Eso era lo que veía. Después descubrí que las piedras y los objetos tenían voz, muy cercana, que hablaban en idioma inteligible, familiar y muy vivo. Diría que el tiempo ha cambiado poco.

Sé que no está de moda, no se lleva,  que incluso está mal visto hablar de templos, o de imágenes, o de temas religiosos, en esta época de lo políticamente correcto. Sin la religión,sin la vinculación del hombre con los misterios y la impotencia ante el cosmos amenazante, no hubiese existido la Historia. Está incrustada en los genes del ser humano, desde el homo sapiens. Vayamos, pues, a visitar aquellos lugares que hace siglos fueron sagrados, morada de los dioses, ámbitos de culto, centros de sabidurías y de peregrinación. También han sido objeto de guerras y de odios. La prueba es que continuamos hablando de ellos, como tema muy actual y persistente. Porque no hay nada más actual que hablar de religión, de lo sagrado, de creencias y de los conflictos del mundo, en una época laica y material. Os invito, con modestia, a reflexionar, pues información sobre el pasado y reflexión sobre el presente son los objetivos de estos artículos, coordinándolos. Es lo importante. Creo.

Pero todo tiene su lado más oscuro. Si quieres destruir a un pueblo, esfuérzate por eliminar sus creencias religiosas, sus rituales ancestrales reiterados, haz pedazos a sus dioses, arranca de raíz sus templos y lugares sacros. Pero si quieres ensalzarlo, darle vida, construye la casa del dios más grande de la ciudad, eleva sus techos y torres hacia el cielo, que sea visible desde muy lejos, mucho antes de llegar a sus murallas, a las puertas de la ciudad y desde cualquier lugar de la población, e incluso lo que más se alce hasta donde la vista quede borrosa, como una torre de Babel ya acabada.   Y me acuerdo de aquella frase que ningún canónigo pronunció, sobre la construcción de la catedral de Sevilla, y que ha quedado como dicha y cierta: “Hagamos una catedral tan grande que los que la vieren nos tomen por locos”. Pertenece al imaginario de la historia, pero si está probado el hecho. A partir de 1401, se inició la construcción de la catedral gótica de mayor tamaño del mundo y una de las diez más colosales del universo. ¡Claro que son importantes los edificios religiosos para un pueblo!. Y las ideas y creencias que entrañan.

Y claro que es necesaria su destrucción absoluta si se quiere exterminarlo, dejarlos sin asideros ni garras que los sustenten a un origen, que los fortalece y cohesiona. Basta sólo con dos ejemplos. El primero es el de la destrucción de un pueblo y su diáspora. En el año 70 d.C., el emperador Vespasiano encargó a su hijo Tito ir a Judea y sofocar la revuelta que desde hacía cuatro años originaba problemas. Tras el asedio, Tito conquista Jerusalén, destruye y saquea el templo. Judea fue arrasada, una cuarta parte de los ciudadanos fueron vendidos como esclavos, y sólo una minoría continuó viviendo en el pueblo arruinado. Flavio Josefo, un judío romano, sostuvo que el dios de los judíos se había puesto del lado de Roma. Ese pueblo perdió su referencia, el templo que edificaron David y Salomón el año 1000 a.C.  Pero no sus creencias religiosas, escritas en la Biblia, el libro sagrado que los unía. Comenzó su diáspora.  Algunos han regresado al lugar originario hace menos de un siglo. No era la primera vez que destruían su templo. Los asirios, en el 586 a.C. lo hicieron, pero fue reconstruido. Esta vez no había nadie para hacerlo. La mayoría de la población fue expulsada de su ciudad y quedaron sin sacerdotes para el culto. Y sin el templo, se refugiaron en la Ley, en su cumplimiento, en la oración y en las reuniones en las sinagogas, bajo la guía de los rabinos. Tras una última rebelión, bajo el imperio de Adriano, comenzó el largo y lamentable exilio, la diáspora. ¿Qué queda hoy, en el siglo XXI, de toda esta larga historia, como referencia religiosa?. El muro de los lamentos. Un muro, parte del templo, que dejó Tito como recuerdo amargo de la derrota. El judío cree fielmente que ha sido la voluntad divina quien lo ha mantenido en pié, como símbolo de la alianza perpetua entre Dios y el pueblo. Lo cierto es que es su lugar más sagrado de la Tierra. Han pasado dos mil años y siguen vivas su historia y sus creencias.

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Otros ejemplos son más cercanos en el tiempo. En 1453, M. Lutero, en su pastoral “Sobre los judíos y sus mentiras”, recomendaba con obstinación que las sinagogas “deberían ser incendiadas, y todo aquello que no arda debería ser cubierto, enterrado con tierra para que no queden a la vista ni una pavesa ni una roca. Y todo esto debería hacerse por el honor de Dios”. Unos quinientos años después, del 9 al 10 de noviembre de 1938, se produjeron los lamentables hechos violentos conocidos como “La noche de los cristales rotos”, o Kristallnacht, en los que se destruyeron casi 1.400 sinagogas, negocios, casas saqueadas, cementerios profanados y miles de judíos fueron llevados a campos de concentración o asesinados. Y hace unos meses, vemos en directo, en las pantallas que todo lo reflejan, cómo el grupo de terroristas e integristas Daesh destruye la mayor parte del templo de Bel, el más importante de las ruinas históricas de Palmira en Siria. Sucedió el 31 de agosto de 2015. Un sirio, residente en Palmira”,  informa que “la destrucción es total. Los ladrillos y columnas están en el suelo. Hasta un sordo pudo haber escuchado la explosión”.Y tras la toma de la ciudad de Palmira, anuncia la televisión siria, Daesh ha ejecutado a unos cuatro civiles sin discriminar edad y sexo, como complemento necesario, al parecer. La ONU, tras la revisión de imágenes por satélites, dijo que se podía “confirmar la destrucción del edificio principal del templo de Bel así como la de una hilera de columnas de sus inmediaciones”. Son ejemplos de los miles existentes en la Historia.Se trataba de aniquilar las ideas, las referencias. No es posible.

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La historia no se puede explicar sólo desde la economía.Es un error. Es la lectura fácil, a la que se recurre al socaire de las teorías materialistas, y en realidad desde toda postura impositiva y totalitaria, cuando no se ha comprendido bien el poder de las ideologías o no han funcionado como se esperaba en los programas. No es tan fácil matarlas con las armas de fuego. Y por eso hay que destruirlas, es decir, aniquilar sus símbolos. Leo, en estos días, el libro de Y. Noah Harari“De animales a dioses” (2013) donde argumenta que“es imposible entender la unificación de la humanidad como un proceso sólo económico”. Las ideologías, y la religiosa sobre todo, han sido los grandes impulsores de la Historia. Es la razón de la importancia de los templos y de sus dioses y sus cultos, manifestaciones esplendentes.  Es el momento de recorrer algunos lugares sagrados, sus emplazamientos y ver lo que queda de ellos. Os invito a ver lo ya conocido de nuevo con vetustos y actuales ejemplos. La manera en que la Historia adquiere extraordinario sentido, y no sólo con hechos, nombres y fechas que hay que repetir como ajenos. A la Historia hay que hacerla propia y cercana, confidente y amiga. No distante, como se pretende.

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En las puertas de la entrada al Atlántico, donde se sitúan las Columnas de Hércules, se halla un templo en la cueva de Gorham en Gibraltar, en la base de un acantilado y accesible para el navegante que viene del Mediterráneo. Desde el Paleolítico se usaron estas cuevas como espacios religiosos. Altamira es ejemplo explícito de ello. Sus espacios y pinturas, que los contemplamos sólo como arte, son la expresión de ideas religiosas en su lucha contra la fuerza y los medios para la supervivencia. Y se hallan dispersas por todo el Mediterráneo. La cueva-santuario de Gorham es algo parecido para el navegante que llegaba a los confines del mundo por entonces, expresado en las míticas columnas que construyó Hércules. Tiene connotaciones marineras. Y es de seguro una diosa, Astarté primero, y Venus y Tanit más tarde, quien protegía a la navegación y al marinero. La cueva, adentrada en la roca, tenía dos espacios, uno interior o sancta sactorum, el más inaccesible y sede de los exvotos, y otro exterior donde el nauta agradecido rendía culto con sus ofrendas, sus comidas rituales en honor a la diosa y el humo del incienso, o planta olorosa, que conecta el suelo con el cielo. Y como había que dejar algo, como acto piadoso y de agradecimiento, el marinero depositaba escarabeos, amuletos, fíbulas, anillos, cuentas de collar, rostros de terracota, comidas y otras ofrendas. Hay quienes creen que la columna estalagmita de la entrada puede ser un betilo, o casa, natural que represente a la diosa marina, como de la fecundidad que es también.

Muy cerca se halla una isla, de la que se conoce muy poco. Es la isla de Las Palomas, de donde procede una cabeza de una diosa, seguramente de Venus Marina, quizás del siglo II a.C., e imitando una copia griega de Praxiteles, de hacia 340 a.C. Es muy posible que constituya otro ejemplo de la topografía sagrada para la navegación. Y esta vez, no en el interior de una cueva, sino en un templo al aire libre en una isla. ¿Dónde se hallaba el templo?. No se sabe. Lo probable que muy cerca de la costa. Y ¿quién era la diosa?. Seguramente Venus, la divinidad griega asimilada a Tanit y a la más antigua Astarté. Es otra cuestión que hay que comprender. No hay tantas diosas.  Y la mayoría parten de una originaria, asimilándose, adaptándose según las culturas, según los tiempos y conveniencias. Sucede en el propio mundo cristiano, con sus aspectos sincréticos que unen las creencias y manifestaciones religiosas.

Cuando se ha traspasado las Columnas de Hércules, la puerta que separa los dos mares, se llega al inicio de la frontera de Gadir, donde se levanta el templo del dios Melqart, en un islote no muy alto, y construido en la zona oriental de la isla, a unos 18 km de la ciudad, según cuenta Estrabón. Es el dios que navegó con los fenicios a Occidente, como protector de la ciudad-estado de Tiro. Su nombre significa “rey de la ciudad”, o “Señor de Tiro”, y fue uno de los dioses más importantes del panteón fenicio y púnico, y muy pronto se identificó con Herakles. La asimilación es lógica, pues Melqart fue concebido como un rey y ser humano mortal, una figura heroica  similar a Herakles, inmortalizado tras su muerte. Melqart fue, en esencia, un dios que nace, muere y resucita. Y su culto radica en el ciclo de la vida y de la muerte, adquiriendo caracteres también marinos, como Tiro y los fenicios. Es el dios que los acompaña, porque representa y protege todo lo que sonsus mitos, sus esencias y costumbres. Por todo ello era imprescindible la implantación de este templo a la entrada de Gadir. Tiro se hallaba presente en Occidente a través de Melqart.

Se conoce muy poco de este templo. Los textos refieren algunos de sus aspectos. Y la arqueología en tierra no ha proporcionado nada de particular, mientras que los hallazgos marinos dan cuenta de su importancia. ¿Cómo podríamos imaginar el templo? Al modo de los modelos semitas. Es decir, un recinto sagrado residencia del dios, un patio abierto para los rituales y sacrificios, un altar y una capilla y un betilo. Según costumbre fenicia, no debe faltar agua para abluciones y un bosque sagrado. En cuanto al agua, Plinio y Estrabón, mediante la información de Polibio y Posidonio, hablan de uno o dos pozos en la isla, que suben o bajan al ritmo de las mareas. Y en cuanto al bosque sagrado, quedó reducido a un solo árbol, quizás un olivo, plantado en el sacro recinto. Filostrato, quizás exagerando, asegura que allí crecía el árbol sagrado de Pigmalión y que sus ramas se cubrían de esmeraldas. Se habla de los sacerdotes, vestidos de linos, con los pies descalzos y del incienso que siempre perfumaba el lugar. También se cuenta que, según la tradición semita, las mujeres no podían entrar al sancta sanctorum, consistente sólo en un espacio sin imágenes, y la prohibición de los sacrificios de comidas con cerdos. Con el tiempo, en época helenística, se construyó otro templo, conservando las vigas de madera del primitivo, al modo griego. El que reflejan las monedas. Y ha escrito Porfirio que, delante del altar, se elevaban dos columnas de bronce de ocho codos de altura, en donde se grababan las cuentas de los gastos del templo. Pero su fama se fundaba, además, porque allí se guardaban las cenizas de Herakles, recordando sus proezas por el sur de España y norte de Africa.
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La isla de Cádiz es otra cosa. Una isla, como indica la geografía. Pero es una ciudad sagrada como la han querido los hombres y el destino. No hablamos del templo del camino, sino del de la ciudad, del mar y de los navegantes. El problema es que ha sido el tiempo y el abandono los que han destruido esta vez los templos fenicios, púnicos y romanos de la isla. Y sólo quedan de ellos pálidos reflejos en algunos pasajes de los textos antiguos, pocos hallazgos arqueológicos y algunas hipótesis sobre sus ubicaciones. Por ellos sabemos que Cádiz fue una ciudad sagrada y muy religiosa. Lo afirmaba Filostrato a través de Apolonio de Tiana. No hay razón para dudarlo.

Casi con seguridad, el templo más antiguo gaditano estuvo dedicado a Astarté, en los inicios de su fundación, y relacionado con el de Melqart en Sancti Petri. La isla, según Plinio, recogiendo datos de Timeo y Sileno, se llamaba Afrodita, y los locales la denominaban isla de Juno, equivalente a Venus Marina-Astarté. Debido quizás a la condición marinera de la ciudad y al tráfico de barcos y de marinos. Se cree que se ubicaba en la Punta del Nao, donde no se han hallado vestigios de edificios, pero de donde proceden hallazgos marinos de objetos que algunos han relacionado con el templo. El conjunto se hallaba formado por el templo y una cueva con oráculo. Allí acudían los marinos que atracaban en su puerto para dar gracias por llegar sin graves peligros, depositando ofrendas de culto traídas o fabricadas en los talleres aledaños, consultaban el oráculo y ejercían la prostitución sagrada, pagando por ello a las hieródulas que entregaban parte de sus beneficios a Afrodita-Astarté. En este sentido, Estrabón informa, en referencia al santuario de Astarté-Afrodita de Corinto, que “llegó a tener tanta riqueza que llegó a disponer de más de mil hiéraique servían como prostitutas; eran entregadas como ofrenda a la diosa tanto por hombres como por mujeres. Y a causa de ellas, sin duda, la ciudad se llenó de gente y se enriqueció”.  Más importancia tuvo al prostitución vinculada al día de la fiesta de la muerte y resurrección de Adonis-Melqart. Poco más sabemos de este templo.

A otro templo se refiere Estrabón cuando escribe que “muy próximo a ella, en el extremo, está el santuario de Crono, junto a la islita”. Se supone que es la isla de San Sebastián, o Castillo de San Sebastián como actualmente se conoce al lugar. Escasos con los indicios existentes. Sólo el hallazgo en su entorno del conocido capitel con volutas, protoeólico, característicos de algunos templos, noticias historiográfica de autores de los siglos XVII a XIX, que sólo transmiten tradiciones antiguas repetidas, y unas excavaciones efectuadas en los últimos años, que han deparado restos de inicios del siglo VI a.C.  hasta los siglos II-III d.C. No son datos concluyentes, pero no hay que descartar la erección en ese sitio de un templo a Cronos griego, en época de la familia bárquida, asimilado a Baal Hamon, y sobre estructuras más antiguas.

Cuando llegamos a Sanlúcar de Barrameda, para navegar aguas arriba hasta Sevilla por el río Guadalquivir, se halla el Pinar de La Algaida, una península alargada hoy. Y en época fenicia era una isla en plena desembocadura del río. Una isla sagrada, como debió serla de Las Palomas distante. Las excavaciones efectuadas hace unos años, han exhumado un espacio abierto sin pavimento sobre el que se levantaban tres modestas edificaciones. El primero rectangular y con tres dependencias, otro cuadrado y de muros muy gruesos, que contenían objetos valiosos de bronce, y el tercero también rectangular y de tres habitaciones, junto al que se hallaron huesos y ánforas entre potentes capas de cenizas. Creen los expertos que estas modestas estancias, de no más de 5 m de longitud, se guardaban los exvotos que marinos y peregrinos depositaban en acción de gracias, y que en algunas podrían residir los encargados del culto, e incluso una estancia pudo haber sido el sancta sanctorum, el espacio sacro reservado e íntimo para la deidad. Y del patio y de las estancias se han recogido cientos de platos y de pequeñitos vasos, que imitan a los que se usan en la vida diaria y sólo sirven como ofrendas, frascos para ungüentos y perfumes, lucernas, quizás con el sentido que tiene la diosa de este templo, la Diosa de la Luz, figuras de terracotas, entre las que se halla una muy particular, la de una mujer con túnica que porta un niño en su brazo izquierdo, presentándolo a la divinidad –o tal vez sea la misma diosa-, objetos metálicos, entre los que se encuentran fíbulas, o imperdibles, alfileres, agujas, espátulas, pinzas y muchos anillos, hasta quinientos, la mayoría son simples aros, pero más de 150 ostentan chatones decorados, con aves, perros, caballos, grifos, esfinges, plantas, figuras humanas y seres míticos alados. Un elenco de ofrendas en honor a la diosa, entre los siglos V y III a.C.

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Pero ¿qué diosa? Dice Estrabón (III,1,9), quizás relacionado con este templo que “partiendo de allí encontramos la corriente del Betis, la ciudad de Ebura y el santuario de la diosa Fósforo, a la que llaman Luz Incierta”. Es evidente que Ebura es la Evora cercana, el lugar del cortijo de ese nombre de donde procede un tesoro de oro, que Phósphoros significa el ó la que porta la luz, aplicada metafóricamente a Venus como estrella de la mañana, y que Luz Incierta o Lux Dubia debe equivaler al crepúsculo, ya sea la aurora, la que inaugura el día, o sea el atardecer, la que nos sumerge en la noche y en la oscuridad. Todo nos lleva a Astarté fenicia, llamada más tarde Venus o Lux Dubia, protectora de la navegación y de los nacimientos, la que abre y cierra el día, la que protege la vida y a los muertos. Todo esto fue este islote, hoy perdido en un paisaje distinto, sin barco que se acerque a realizar una ofrenda. Pero muy vivo en la historia y en la memoria. Lo dicen sus restos.

Aquí llegamos al final del camino. En otra ocasión remontaremos el Guadalquivir, navegaremos a Huelva y a Lixus,  y por el cabo de San Vicente hasta Lisboa y, por tierra, caminaremos hasta otros templos asentados en valles o colinas y no junto al mar. Hemos visto lo que queda, que es poco a la vista y mucho en los recuerdos, e invitan a hablar una y otra vez…Pese a la destrucción del tiempo y la humana y al destino de otras ideas, continuamos debatiendo sobre aquellos viejos templos y sus dioses. Muchos viven camuflados en otros más modernos, bajo otros aspectos, que a poco que los observemos, sabríamos reconocerlos.


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1 comentario:

  1. Estoy plenamente de acuerdo contigo, Diego, cuando dices que la religión está incrustada en los genes del ser humano. No es el opio del pueblo, sino que en otros momentos los listos de siempre se aprovecharon de su poder para manipular al pueblo. Ahora no es así, que los templos profanos dan mucho más juego y si no que se lo digan a los miles de ciudadanos que se pasean por los centros comerciales los días festivos sobre todo; enormes catedrales consagradas al consumismo......

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