lunes, 23 de mayo de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (263)

El bar del pueblo

 
 Sigo mi viaje y acabo de llegar al pueblo siguiente y es bastante más grande y con aspecto de haber tenido un pasado muy importante en la Historia de España. Muchas casas blasonadas hacen pensar tal cosa.

 Había muchos bares  que, aprovechando el buen tiempo otoñal que estaba haciendo, sacaban sus mesas y llenaban las terrazas.
 
 Visité una iglesia, pero estaban oficiando misa y no quise permanecer más tiempo del necesario para ver el precioso púlpito plateresco que tenía. En la cripta de la iglesia está enterrado  el gran Quevedo pero, por el motivo que explico antes, no pude ir a charlar un ratito con él. Otra vez será.

   Como ya era hora de comer, pregunté por un bar donde pusieran comida de la zona, casera.
Me indicaron uno en la calle mayor y entré, despreciando la terraza pues hacía un poco de frío y yo estaba acatarrada. Así pues me decidí a entrar. Nada más pisar el interior, me trasladé a otra época: estaba en mi pueblo, en el bar del tío Eloy, con todo su ambiente. Me quedé absorta, con la boca abierta, sin buscar mesa… ¡qué gustazo! Un bar de pueblo, de esos que huelen a berberechos en lata, el suelo lleno  de papeles y todas las mesas ocupadas por hombres.
  
   Me dirigí a la mesa que había en un rincón y allí me acomodé hasta que llegó el camarero. Debía ser el dueño, pero un dueño sucio y con los pelos grasientos de ir y venir a la cocina donde se le pegaría todo el vapor y la grasa del aire y… a la ausencia de un lavaíto de pelo de vez en cuando…
   Le pregunté que qué me aconsejaba y me trajo un plato de bacalao frito. ¡Estaba exquisito! ¡En serio! Luego me trajo oreja de cerdo a la plancha; mejor aún. Comí estupendamente.
   Mientras comía, observaba el ambiente. Lo que más me llamó la atención fue que no hubiera mujeres; yo la única. En la barra se dejaban caer los hombres mayores y los mocitos viejos. No conseguí llegar a una conclusión más o menos convincente para explicar este hecho…
   Curiosamente había mesas ocupadas por hombres tomando tapas, no jugando al dominó ni a las cartas ni na de na. Y eran hombres de pueblo, pueblo. ¡Y tapeando! Eso no sucedía en mi pueblo. Allí se bebía vino pirriacoso, se jugaba, se fumaba, y los domingos se tomaban berberechos. Observé que  según iban terminando de comer, todo el mundo tiraba las servilletas de papel al suelo; ¡Ay, esa costumbre tan castiza!
   Había dos televisores y eso que el bar tenía las dimensiones de una salita de estar algo grandecita, no más. El ruido era infernal.

  El bar se fue quedando solo. Las mujeres esperaban a sus maridos para comer. Me quedé sola; sola con el dueño y un camarero poco espabilado, como si le faltara un hervor. Se me quedó mirando fijamente, frente a mí, delante mismo de mi mesa, pero no me dijo nada… Después entendí que me estaba echando con disimulo descarado. Me levanté y me fui sin prisas, impregnándome del ambiente que dejaba atrás.

   ¡Me gustó estar en un bar de pueblo de los que huelen a berberechos!
                                                               Laurentina Gómez Rubio
Socia colaboradora de la Academia

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