jueves, 16 de junio de 2016

29.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Mare Nostrum (3)
Las ideas que modelaron al hombre mediterráneo. La vida.
Diego Ruiz Mata /Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia
¿Cómo comenzar un asunto tan complejo y ofrecer un cierto orden a las ideas? Y ¿cómo elegirlas de modo adecuado? Cuando el material que manejamos es escaso, se puede tener la sensación de lo que se dice tiene poca consistencia y se escribe inseguro. Pero cuando es inmenso, la dificultad es mayor, aunque parezca lo contrario, y la elección más difícil. Y llegamos a idéntica situación. La abundancia de datos imposibilita, oscurece ver con claridad, resumir lo que creo esencial en pocas líneas. Es aquí donde me hallo, a sabiendas del espacio limitado que me he impuesto en estos trabajos. Los motivos son ya conocidos. Tengo que elegir, y la elección es difícil ante un panorama espectral tan rico y tan amplio que no controlo ni domino como me gustaría. He de guiarme, ante un reto inmenso, por mis gustos, ideas de otros y opiniones personales, que no necesariamente responden a la  profundidad y objetividad de los temas que atañen al hombre, los de la vida, la muerte, su gloria y miseria, su orden social y ritual, su vida religiosa. Y para ello me he propuesto, no sé si con fortuna, escribir unas páginas sobre las ideas que vinieron de Oriente y de Grecia de este ámbito, sobre las preguntas del nacimiento de la vida, del mundo y del hombre, de sus consecuencias, y de la muerte. Los temas de siempre, los que aún perduran los que aún se están respondiendo.
Os invito a que nos situemos en el día de hoy, en la hora y en el día preciso que decidamos comenzar la lectura de este texto. Mirando al pasado, cuatro o tres mil años, por ejemplo, nos puede parecer que las barreras que nos separa son inmensas y distantes, que no hablamos esas lenguas que permiten el entendimiento. Por eso llamamos historia a lo que sucedió, a lo que nos despierta y a lo que nos distancia. No es del todo cierto. La distancia temporal existe, y los ritos y las formas. Pero si comenzamos a confrontar las ideas, los sentimientos y las perspectivas, las diferencias no son tantas, las conexiones familiares y las palabras suenan cercanas en las mentes. La causa debe ser que lo que ha sido perdura a su modo hasta el presente y que el hombre, y su condición humana, no son tan distintas. La Historia sirve, además, no sólo para el conocimiento erudito de los hechos del pasado, sino para saber lo que somos porque se ha sido. Hablamos en esta ocasión del Mediterráneo y de lo que genéricamente llamamos Occidente o cultura occidental. Ahora, abrimos los ojos y los dirigimos con fijeza al presente y al pasado, juntos, introduciéndonos en algunos de los aspectos que son propios del hombre y de su vida social y espiritual, de lo que vive y pervive. Y hagamos las preguntas esenciales, las que el hombre se han hecho siempre, desde los comienzos, las que están motivadas por la curiosidad y necesidad.  Ambas están conectadas, se necesitan para dar sentido a la vida y explicarla. Para sentirse seguros, para tener referencias en el espacio y en el tiempo, inexistentes en el caos,  y en su vida social.
Los datos materiales arqueológicos y los textos escritos, fragmentados y acaso sin el orden que requerimos, son los elementos que nos permiten adentrarnos en el terreno cognitivo de las primeras preguntas y sus respuestas, que sólo tratan de ordenar el caos existente. No hay vida sin orden, el modo de conocer dónde nos hallamos. El desorden trastorna la mente y crea inquietudes y miedo, la destrucción, en suma, y el desequilibrio.


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Nos ubicamos en este artículo en las ideas que procedían de Oriente, nacidas en el espacio ceñido por los ríos Tigris y Eufrates y entre los marjales del Golfo Pérsico, la imagen ideal donde habita el caos, la dificultad y el esfuerzo para vivir, la civilización de barro, como se conocen las ciudades donde surgieron la escritura y los primeros mitos que narraban la historia de la creación del mundo físico y vegetal, del hombre y de su destino. De aquí se fueron expandiendo, en el espacio, a otras regiones lejanas de la costa mediterránea, y enel tiempo, hasta las ciudades fenicias, las de islas griegas ylas bíblicas hebreas. Aquí se hicieron las preguntas necesarias y elementales que demandaban la explicación de qué es el espacio inalcanzable al que puede alcanzar la vista, cómo se ha originado, la razón de la existencia, de la vida de todo, y de la muerte que siempre acecha y nunca se equivoca. Preguntas que fueron respondidas con los mitos que están más allá de la razón, que satisfacen, someten y dan seguridad. Con el tiempo, fueron modificando determinados aspectos, conservando lo esencial, que siempre es inamovible. El hombre, estoy seguro, ha preguntado mucho, pero esas voces están muertas y no se oyen. Debemos conformarnos con las que han quedado en los textos, transmitidos de otros más antiguos, y de las lenguas que han pervivido en los idiomas de la iconografía, de los monumentos sacros y profanos, viviendas y de los silenciosos, pero explícitos, muertos y sus enterramientos.
Es muy frecuente en estos días leer en los periódicos, en revistas divulgativas y libros, o ver algún programa televisivo a científicos que anuncian descubrimientos importantes de nuevos lugares del cosmos no registrados o poco conocidos, o cómo se originó este espacio infinito, incomprensible para muchos, cuáles fueron los procesos químicos de la vida y del origen del hombre. E incluso algunos han hecho cálculos y amenazan ya con el apocalipsis de la destrucción de nuestro planeta y del mundo. También se hacen estudios de viajes por el espacio hacia planetas cercanos y su explotación económica. Es decir, es un asunto que aún no se ha explicado con cierto detalle. E interesa y apasiona. En verdad, se han barajado dos corrientes al parecer contradictorias y con posibilidades de acuerdo según algunos. La más antigua, la creacionista, admite la existencia de un Dios creador del universo y del ser humano, de todo lo que tiene vida y de su perfecta organización. Es así como se explica en los antiguos textos y en la Biblia. En realidad, es la pregunta inicial de cómo, quién o con qué factores se ha construido el universo, que ha tenido, y tiene, una respuesta mítica. Lo veremos seguidamente. Y se excluye a Dios, el Creador, desde la ciencia, que busca explicar de forma rigurosa cómo es y cómo funciona el mundo. E incluye métodos empíricos y el uso de la lógica para la observación sistemática de fenómenos que pretende entender. No es  el mito, la creencia en la tradición narrada, lo que explica la formación del universo, sino la física, química, la matemática, la astronomía o la biología, y otras disciplinas. Dos visiones diferentes que algunos han querido conciliar. Mito y logos, religión y ciencia. Al punto que, en la conocida revista Nature –de 2005-, desde unas posiciones políticamente correctas, se defiende que la religión no es enemiga de la ciencia, que ambas posturas tan diversas, no son incompatibles, más bien complementarias, y quede de ambas se espera una “armonía mutua”. De modo que los creacionistas no deben invadir el terreno de lo científico, y los hombres de ciencia no deben hacerlo en lo sobrenatural, en el terreno religioso. Un deseo no tan fácil de llevar a cabo cuando se trata de explicar el origen del universo, de la vida y del hombre. Para la ciencia, Dios es prescindible en el origen de la vida, para la Biología y las moléculas. Sin embargo, la Iglesia no renuncia a otra parte de la vida, aquella que tiene que ver con el sentir y el pensar, el alma, que es insuflada por Dios. Y aquí está el dilema: creación y evolución, mitos y logos, ciencia y religión.  Con la objetividad debida, creación y evolución pueden vivir con independencia, mostrar rumbos distintos. No es necesario el pacto de no agresión. Pueden caminar por separado.
Lo que importa, creo, no es tanto el origen de la vida, sino sus consecuencias históricas, las relaciones entre el hombre y el mundo en el que habita y en el que ve distante, el origen de sus creencias, sus rituales sociales, la condición humana, en suma. El hombre histórico, al margen de cómo ha sido creado. A eso responden un conjunto de textos –los conservados por ahora- y de restos, no científicos, sino los que han determinado gran parte de la Historia, al margen de la ciencia. En este caso, los seres sobrenaturales, las deidades –poco importan su existencia-, conformaron las culturas, las ideas y creencias, el mundo sobrehumano, el bien y el mal, el premio y el castigo, y las guerras, los amores y los odios. Son las moléculas imperceptibles de la Historia. El científico, que ha ideado y creado la bomba atómica, por ejemplo, no tendrá dificultad en admitirlo. La ciencia nos ilumina los orígenes del mundo y del hombre y el mito su destino, la razón de su existir.
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El Poema Babilónico de la Creación, conocido como EnumaElis –las palabras iniciales-, se escribió al menos en el siglo XVIII a.C., basado en otros anteriores, y ha perdurado durante siglos hasta época asiria. Aquí se explican la creación del universo, del planeta Tierra, de los dioses, del hombre y de su destino. Comienza con la existencia del caos primordial, sólo una materia informe sin actividad, reflejo tal vez de la percepción del medio en el que fue creado –marjales y agua-, donde Tiamat , el mar tumultuoso, y Apsu, el océano, vivían en la tranquilidad y el sosiego, sin deseos de actos creadores. Situación que fue interrumpida por la procreación de algunos dioses niños juguetones y perturbadores que molestaron a Apsu y que decidió matarlos. Pero el muerto fue él y Tiamat, su esposa, decide la venganza y la creación de un ejército de seres monstruosos, comandados por Qingu, el general de los ejércitos del caos. He resumido mucho la historia, pero creo que basta con esto. El caos, la inmovilidad no creativa, mediante el aguijón del ruido –el comienzo de la acción- origina la guerra. Y se prepara la tremenda batalla del caos y la creación.  Lo nuevo siempre conlleva el miedo al fracaso. Se prepara la batalla, hay miedo entre los dioses para enfrentarse a la divinidad Tiamat, que encarna lo establecido. Y surge el personaje, el héroe, Marduk, quien se va a enfrentar a Tiamat, pero con condiciones: exige ser el primero de los dioses, poder y autoridad, y que sus opiniones no puedan modificarse. La imagen del héroe, joven, del poder absoluto, del personaje carismático, del modelo de la realeza teocrática. Y para ello, el discurso y laudatio de Ansar, que convence a los dioses y celebran un banquete ritual. El banquete siempre en el rito. Y fijan los destinos del héroe, Marduk, para quien construyen un trono majestuoso, expresión del poder y de status, y le conceden el poder absoluto. Y antes, debe manifestar que posee un poder extraordinario, cualidades que los diferencien de los demás dioses. El poder requiere manifestación, carisma y respeto, y desde luego distancia. Después, la lucha, muy desigual en principio, en la que vence Marduk mediante la estrategia y la astucia. Tiamat es vencida, sus ejércitos destruidos y su jefe Qingu hecho prisionero. Los obstáculos están sometidos y ya todo está dispuesto para la creación. Se ha vencido al caos. Hay que proceder a la creación y organización. Comienza la Historia.
Pero hay que crear y organizar lo ya existente, transformar la quietud en movimiento, lo informe, la masa acuosa insustancial, en espacios y formas concretas, el cielo y la tierra. Y todo proviene de los despojos del vencido, de Tiamat, de cuyas partes surgen el cielo y la tierra, las estrellas, los ríos y las montañas. Pero esto tiene que tener un centro, la ciudad y el santuario para el héroe y el dios. Y tras la creación del mundo, Marduk es entronizado. El poder no es silencioso, debe manifestarse, tiene que mostrar que existe. Lo conoce bien el poder de todos los tiempos.
Mas ¿qué sentido tiene el mundo sin la presencia del hombre? Existe, desde la Historia, porque el hombre, curioso, lo indaga y hace preguntas. En el plano mítico, no está sujeto a la ciencia, los dioses existen y necesitan de servidumbre, de hombres y sacerdotes que cuiden de sus cultos, de sus ritos y mansiones, que son los templos. Para estos menesteres Marduk, el vencedor de Tiamat y del caos, creó al hombre. Y dividió a las divinidades en grupos, las celestes y terrestres en todos sus campos y magnitudes. Pero el hombre no fue creado de la nada –ex nihilo-, sino de un chivo expiatorio, de un vencido, del culpable de la confrontación, de la sangre de Kingu, el jefe de las tropas monstruosas de Tiamat. Lo que produjo una diferencia notable con las deidades. El hombre es resultado de los despojos de la derrota y su misión en la vida es servirlos. Su condición es mortal, a diferencia de los dioses, y de ello trata el poema de Guilgamesh. El de la creación termina con la elaboración de la relación de los nombres de Marduk, o letanías que muestran sus cualidades divinas. Su nombre, el dios mismo, debe ser venerado y continuamente repetido.
Si el EnumaElis responde a las preguntas de la creación del universo, del planeta Tierra y del destino y sentido de la existencia del hombre, en una expresión total y general, la Biblia hebrea, desde su monoteísmo, narra la creación del pueblo hebreo elegido y de su destino marcado por las leyes.Lo que conocemos como la Biblia, o libros sagrados del judaísmo y cristianismo, se compone de 46 libros históricos, de normas, leyes y preceptos, proféticos y poéticos, que transmiten la palabra de Dios. Entre ellos, el Pentateuco, los cinco primeros rollos o libros de la Biblia, que la tradición atribuye a Moisés y Miguel Ángel así lo expresa en su maravillosa y expresiva escultura, comienza con el Génesis, que en griego significa “Principio”, y que los judíos llaman “Bereshîth”, que se significa “En el principio”, similar al inicio del EnumaElis mesopotámico. Parece que fue escrito a fines del II milenio, y desde esta fecha hasta el 400 a.C. se redactaron los restantes. Y los libros cristianos de los cuatro evangelistas, entre el año 50 y el 100 d.C. Comienza tajante diciendo que “en el principio” Dios creo el cielo y la tierra, que era algo informe y vacío y las tinieblas cubrían el abismo. Y en conjuntos seriados de tiempo, que se llamaron días, creó la luz, donde antes reinaban las tinieblas, distinguiendo el día de la noche, de modo que hubo una tarde y una mañana. Después, el segundo día, el firmamento, la tierra y los mares. Y con esto, el esqueleto. En la tierra tenía que brotar la vida vegetal; y así se hizo. Y en el firmamento, ya creado, situó las estrellas en los cielos, el sol y la luna, para iluminar la tierra y establecer el tiempo. Esto en el cuarto día. Y en el quinto colmó las aguas de seres vivientes y de pájaros los cielos. Ya en el sexto, creó los grandes monstruos marinos, reptiles y todas las especies de animales con alas. La culminación de su obra tuvo lugar en ese día, en el que creo al hombre a su imagen y semejanza, y con poder  sobre los peces, las aves, el ganado, las fieras de la tierra y los que se arrastran por el suelo. Y creó también a la mujer, para que fuesen fecundos, y les proporcionó todo tipo de alimento. Al final de los seis días de la creación, contempló Dios todo lo que había hecho y le agradó, reposando de su actividad el séptimo día, no por el cansancio sino por la satisfacción de haber hecho una gran obra.

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Estamos, en efecto, ante un mito de creación del firmamento, de la tierra y del hombre, con aspectos diferentes a los que ofrece el texto mesopotámico. En el Génesis, Dios ya existía como demiurgo, en el sentido de creador, mientras que Marduk es un dios posterior, que se erige en héroe vengador y creador, apoyado por su carisma y por los dioses electores de un guerrero para enfrentarse a Tiamat. En ambos, existe el caos: en el mito mesopotámico con seres ya existentes y en el Génesis sólo una masa informe y vacía y tenebrosa. Marduk comienza la creación tras una batalla con Tiamat, mientras que en Génesis es un acto de Dios, de su voluntad divina y exenta de violencia. Marduk es un dios que se va modelando con sus hechos y con sus peticiones al consejo de dioses, mientras que el Dios de la Biblia es preexistente y omnipotente desde el  comienzo. El hombre del Génesis es creado según el modelo de Dios, mientras que Marduk lo crea no desde su semejanza, sino de la sangre de Kingu vencido, y por tanto mancillada por la ignominia, y para el servicio de los dioses. Dios crea al hombre, junto a la mujer, para procreación en sentido demográfico, y para el disfrute y dominio de los bienes de la tierra. Ambos mitos son modelos de creaciones, pero de carácter distinto.
Pero todo no podía ser tan natural, fácil y hermoso en el Génesis, en la relación entre Dios y el hombre. No acaba este libro con la finalización de la obra creativa y el descanso. Hay otros capítulos que hablan de la tentación y la caída,  la fragilidad humana y la flaqueza, de la desobediencia, el pecado y la dificultad de vivir con el esfuerzo y el trabajo. Este pasaje parece la metáfora del hombre recolector al hombre agricultor, que supone más esfuerzos para vivir, pese a que lo consideremos un placentero progreso. También aquí se incluye la historia de la tragedia de dos hermanos, Caín y Abel, que acaba en la muerte por la envidia y la egolatría. También, tras la creación, Dios vio la maldad del hombre, en sus acciones y pensamientos, y se arrepintió de su obra.  Decidió su destrucción y la de todo animal. Salvó a Noé, que se había ganado su afecto. La historia es conocida; sobrevino la destrucción y el diluvio que se ha creído universal. Pero destruir todo es aniquilar lo creado. Se salvaron Noé, su mujer y sus hijos y una muestra de todas las especies. Comienza, empero, una segunda creación, tras la depuración. En otro pasaje de interés, inmerso en este libro, se refiere también a los hombres y a sus pecados. No son precisos mencionarlos.

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Vayamos, por último, a Grecia, al pueblo de Ascra en Beocia, donde nació el poeta Hesíodo, a quien muchos también consideran el primer filósofo griego, y escribió su obra en el siglo VII a.C. La Teogonía y los Trabajos y los días son los dos poemas que exponen qué pensaba el hombre griego sobre el origen del mundo, su ordenación, los dioses y destino. Muestran mitos comunes, de raíces orientales, y diferencias específicas, provenientes de ancestrales cosmogonías griegas. En la forma, la Teogonía muestra un catálogo genealógico de dioses y héroes, muy sobrio y escaso de mitos y digresiones. Es ahí donde reside su importancia, en la divinización del mundo que nos rodea y la personificación de los fenómenos y actos que implican el éxito y el fracaso. Lo que equivale a la vida humana. Y por ello, mediante lo divino, convierte en eternas todas las circunstancias pasajeras de la vida. Es lo que explica la genealogía, la personificación e individualización mediante un nombre divino. Hesíodo concibe el mundo de modo armonioso, ordenado, donde el bien triunfa sobre el mal y lo justo sobre lo injusto. Y en el vértice de esta armonía religiosa, se sitúa Zeus, como espejo del orden y de la justicia; y por ello, su soberanía es eterna. El poeta lo explica como un griego que conoce la cultura de Oriente y recurre, por su sentir religioso, a los mitos más antiguos que encajan con sus propios pensamientos. De aquí que se entremezclen los de origen oriental y los de procedencia griega y que haya estrechas coincidencias. Lo esencial se repite. Cambian sólo determinadas formas y personajes.
La Teogonía se compone de un canto a las Musas, de un relato muy breve cosmogónico, de las generaciones de dioses, la lucha de Zeus por el poder, sus hijos y catálogo de héroes y de heroínas. Entre ellos, el relato de los Hijos de la Noche, el mito de Prometeo y el origen del mal en el mundo y el de Pandora. Y en los Trabajos y días, el mito de las edades, o el modo de que Hesíodo se sirve para justificar y explicar el trabajo humano. Tema presente en cualquier mito sobre la creación del hombre. El trabajo como culpa, consecuencia de la falta y del pecado de desobediencia. Es el castigo de los dioses, donde fijan la diferencia.
La cosmogonía, como he dicho, es un relato escueto.  Prefiere Hesíodo hablar de los dioses, de sus genealogías, de sus nombres y sus principales caracteres, situándolos en todos los espacios del mundo creado. No obstante, dice que en primer lugar existió el Caos, sin más detalles, del que surgió Gea, la sede de los Inmortales que habitan la cumbre nevada del Olimpo, y en el fondo de la Tierra, el Tártaro tenebroso, el inframundo. Del Caos surgieron Érebo, o la oscuridad, y la Noche, y de ésta el Éter, o el cielo, y el Día.  Gea, la tierra, la diosa de la Tierra, alumbró a Urano, el firmamento estrellado, “con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los dioses felices”. También dio a luz a las grandes montañas donde moraban las diosas y los montes boscosos donde habitaban las Ninfas. Y después creó el mar de “agitadas olas”. A partir de aquí, de este espacio de tierra, mar, cielo e inframundo, se mencionan a los dioses y a sus descendencias que los posesionan.Se advierten diferencias en el modo en que refiere la creación del mundo. Los pasajes y genealogías son largos. Nos quedamos con los dioses ocupando el universo, cada cual en su espacio de poder. Es lo importante.
Quedémonos con el hombre, en sus tiempos felices y en su triste destino. Hubo un tiempo, poetiza Hesíodo en Trabajos y días que el hombre vivía en la tierra sin males ni fatigas, sin penas en su corazón, como vivían los dioses, sin la amenaza de la triste vejez, siempre con manos y pies vigorosos y llenos de energía, gozando de los banquetes, y morían de modo plácido, como rendidos por un sueño profundo que les apartaba del sufrimiento. Es lo que debió suceder en el tiempo que el poeta y filósofo llamó Edad de Oro, en la que era preciso el trabajo físico. Es la época originaria, la que refleja la imagen idílica del mundo en el que no existen problemas ni dificultades. El trabajo y el dolor vendrán después. A esta época le sigue la  Edad de plata, en la que vive una raza peor que la anterior. Durante cien años son niños, y al hacerse hombres viven poco a causa de su ignorancia y de descuidar el culto a los dioses, que conlleva el castigo divino. Zeus, como dios supremo, acabará con esta raza y a sus hombres los convertirá en divinidades de rango inferior. Le sigue la Edad de bronce, raza de guerreros y de hombres soberbios que se matarán entre ellos e irán al Hades. En el poema, se incluye en el ciclo cósmico, como paréntesis necesario, la Edad de los héroes, más justa y virtuosa que la precedente, y sus hombres son considerados semidioses. Es la época gloriosa de los héroes que intervinieron en Troya, la referencia griega del inicio de la historia, la que cantó Homero más tarde. Por último, la Edad de hierro, la peor de todas y en la que vivió el poeta, que la describe de modo muy pesimista y en la que se halla lo más despreciable del hombre: el escaso o nulo respeto entre padres e hijos, la violencia, envidia, las injusticias, las fatigas, todo lo que anida de malo en el corazón humano. Un panorama destinado a un desenlace trágico e irreversible y sin esperanza, en la que Hesíodo no hubiese querido vivir, prefiriendo “haber muerto antes o haber nacido después”. El poeta añora el pasado, el de los tiempos de Troya.
Es obligado, por último, referirme al Mito de Prometeo y al de Pandora como la explicación motivada de la causa del mal en el mundo, como lo vio y narró Hesíodo. Comienza tras el establecimiento, por parte de Zeus, del orden contra el Caos original, de la lucha terrible de los dioses y su humanización. La convivencia entre dioses y hombres en la llanura fértil de Mecona ha terminado. Hay que separar el mundo de los dioses del de los hombres, y para ello Zeus encarga a Prometo que oficie la solemne ceremonia mediante un banquete, como es normal en todo ritual. Y aquí se origina el conflicto y la tragedia. Pretendían los dioses una separación amistosa, y sucedió todo lo contrario. Prometeo trata de engañar a Zeus. Tras sacrificar a un toro, hizo dos partes: de un lado puso la carne y las entrañas, cubiertas con el vientre del animal, y de otro colocó sólo los huesos, recubriéndolos de grasa blanca. Y dio a elegir a Zeus ambas fuentes.  Una sería para el dios y la otra para los hombres. Zeus escogió la más apetitosa a la vista, la recubierta de grasa, y “al descubrir que sólo contenía huesos, sintió un profundo rencor hacia Prometeo y hacia los mortales, favorecidos por la astucia de Prometeo”. El dios se enoja y decide la muerte de los hombres, quitándoles el fuego, uno de los mejores descubrimientos. Tras un segundo engaño, Prometeo estafa de nuevo a Zeus, quien, furioso, decide enviar un nuevo castigo: la mujer, “una de las plagas más perniciosas sobre todo porque los hombres se complacen en rodear de amor su propia desdicha”. Así lo dice el poeta. Y de este modo, surge Pandora, la griega, la Eva bíblica. Y la reproducción del ser humano como especie, frente a la reproducción que cada cual podía hacer de sí mismo, o autoreproducción.
Pandora fue creada por Hefesto y Atenea con la ayuda de los demás dioses. Cada uno le dio una cualidad: belleza, gracia, habilidad manual, persuasión, irresistible en suma. Pero sólo por fuera, pues Hermes se encargaría de que tuviera alma de perra e insaciable voracidad de alimento y de apetito sexual, en su interior, no visible. Mostraba sólo su apariencia. Pero ¿por qué Zeus la muestra así? Porque ya se había hecho una idea veraz del hombre. Y Pandora responde a sus deseos. Zeus sabe de su debilidad y la envía a Epimeteo, hermano de Prometeo, famoso por sus imprudencias y torpezas, a quien  le habían advertido de que no recibiera regalos de Zeus. Se dejó seducir por la belleza de Pandora y la hizo su esposa. Cuando lo advierte, ya es tarde. Ha metido el mal en su propia casa. Pandora tenía una caja que escondía todos males, que se esparcieron por el mundo al abrirla. El mal, por tanto, ha llenado el mundo humano. Así comienza la verdadera historia del hombre. Así termina la historia de Prometeo, comenzada por un engaño, por un acto de orgullo y de prepotencia ante Zeus. Y nada se nos dice de su desarrollo posterior. Pero no hace falta. Se conoce bien la historia del hombre en el tiempo y en el anchuroso espacio del planeta.

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 Han quedado muchas cuestiones por narrar, siquiera escuetamente, de la vida, su origen y las consecuencias, de su parte más negativa, siempre referida al hombre. Y lo que enseña todo esto es que lo esencial de la condición humana permanece. Han cambiado las formas, pero no los contenidos. Y si borrásemos fechas, espacios y culturas, y viésemos sólo a los hombres y sus almas desnudas, nos reconoceríamos en cada uno de sus actos. Habría que pensar más en aquello que llamamos por inercia progreso, no en el sentido tecnológico, sino en el interior del ser humano. Me da igual la guerra de Troya que la batalla del Ebro. La consecuencia es igual: vencer o ser vencido, vivir o la muerte, tener o no tener, desdén y curiosidad, la esencia o la apariencia, la bondad o la maldad, la envidia, la avaricia, justicia o injusticia, la verdad o el engaño, y todos los sentimientos que habitan en las zonas menos nobles del ser humano. Y de modo muy especial, las cosmogonías hebrea y griega abordan de modo muy agudo y cierto el tema de la debilidad del hombre ante el requerimiento de la belleza de la mujer y la sexualidad. No se advierte en el EnumaElis, pero si en el poema de Guilgamesh, sobre la amistad y la muerte, del que escribiré la semana próxima.

En la bodega de un barco mercante cabe mucha mercancía y ocupa todo el espacio. Pero el mundo de las ideas sólo ocupa unos centímetros cúbicos en el cerebro de un marinero.  Con seguridad aquí vinieron los mitos, las ideas y los ritos, y los dioses vigilantes, que han conformado la visión del mundo del hombre mediterráneo. Aquí se ha hablado algo de la vida, del hombre, de su grandeza y de su miseria. En el próximo, expondré la consecuencia natural de la vida, que es la muerte. Ambas son consustanciales y necesarias. La vida y la muerte van inextricablemente unidas, como esencia de lo viviente,  frente a la vida sin fin de los dioses. Así se ha contemplado. Es, en esencia, la creación, la lucha entre la vida y la muerte, el mal y el bien, la ley e injusticia que es cosa de los hombres y la justicia que corresponde a los dioses –como bien lo ha definido Victor Hugo en Los miserables, pero en singular, a Dios.La vida es la máxima expresión creativa, pero la del hombre puede llevar a lo más sublime y a lo más miserable. Victor Hugo escribe de ambas cosas en su espléndida novela poética.

1 comentario:

  1. Como siempre, genial. Y me he acordado -como discípula de la muy ultrajada Helena P. Blavatsky- de los tomos 1 y 3 de su monumental Doctrina Secreta, que tratan de cosmogénesis y antropogénesis respectivamente desde un punto de vista sincrético y por supuesto esotérico, aunque como podrán comprender sin nada que ver con "brujas Lolas y similares". Ella decía que entre finales del siglo XX y principios del XXI la ciencia poco a poco y sin quererlo iba a darle la razón a las tradiciones religiosas, que narraron en forma de mitos realidades que van más allá de las posibilidades cognitivas generales de la especie humana, porque al final los números -las primeras objetivaciones mentales abstractas- están presentes desde las primeras manifestaciones físicas.
    http://www.lleidaparticipa.cat/public/201/docs/80c3c84a1fcf14b193d01e93030ef570.pdf
    http://sociedadteosofica.es/nuevaweb/wp-content/uploads/2015/07/HPB_LaDoctrinaSecreta_v3.pdf

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