viernes, 24 de junio de 2016

30.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Mare Nostrun (4)
Las ideas que modelaron al hombre mediterráneo. La muerte.
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

La muerte es la consecuencia biológica y natural de la vida. Todo lo que vive, muere. Vida y muerte van unidas, siempre juntas, asidas de la mano. Así se plasmó, por ejemplo, en la creación de algunas diosas, que lo fueron de la fecundidad, del amor y de la muerte.Muere todo lo que tiene vida, el ser humano, animal o vegetal, de modo muy perceptible, pero también los ríos, los mares, montañas y las rocas, e incluso las estrellas del cielo lo hacen con más recato.  Dicen los expertos que hubo un tiempo, hace trescientos millones de años, que el planeta Tierra estaba formado por un supercontinente, al que Alfred Wegner, en 1912, denominó Pangea, y cien millones de años más tarde se disgregó  para configurar los continentes actuales. En este ejemplo hubo muerte y vida, o transformación. Es el paradigma de lo que nace y muere, se transforma y revive en otras vidas. Mueren la Historia, los sentimientos y las ideas, en apariencia, que después los vemos brotar con nuevos bríos y ganas de vida en otros tiempos. Es la dinámica natural de la historia de la cultura humana. O la concepción estoica del tiempo, un postulado filosófico occidental de la construcción y reconstrucción del mundo, una suerte de continuo retorno.

La muerte, que es de todos, vive en el hombre, y sólo en él, de modo distinta. No se resiste a la muerte total y al olvido, y siempre ha pretendido trascenderla mediante la idea de la perduración y la resurrección. Es lo que yace en la vida individual, social y religiosa. Es propio del hombre mantener vivos los recuerdos y la existencia simbólica de la muerte en los enterramientos, en los lugares donde habitan por siempre los muertos para no morir nunca del todo, para quedarse en espíritu con los vivos. Ni el hombre ni la Historia pueden vivir sin ellos. Los muertos son ya su sustancia, la razón del presente, su justificación, la recurrencia al origen y a la genealogía que está construida de muertos. ¿No es esto lo que exponemos en estos artículos?. Cuando hablamos de las ideas que modelaron al hombre mediterráneo ¿no recurrimos a lo que no existe, pero pervive y nos reflejamos en tiempos de hace más de tres mil años?.Es esa precisamente la materia de trabajo, el objetivo.

Hay muchos modos de permanecer, de trascender el tiempo y su historia, en las distintas culturas del mundo. Pero todas tienen elementos comunes, desde que tenemos noticias del comportamiento del hombre, que no ha vivido solo, sino en familia y sociedad. Justo que lo promueve el recuerdo. De aquí surge el abuelo, el ancestro, la referencia mitificada que origina nuestro árbol genealógico, ya sea familiar, tribal o de más amplias magnitudes, como la nación o el imperio. Y siempre fue un ser admirable, creador y triunfante, porque al serlo él, sus virtudes y éxitos nos alcanzan, se reflejan en nosotros, vivos. Y cuando la fortuna no fue tan propicia, se debió a la envidia, a circunstancias innobles e injustas que hay que reparar para salvar al ancestro, el origen de lo que somos y hay que mantener. De aquí surge la geneaología mitológica a la que estamos acostumbrados y pacientemente sufrimos. Porque no siempre el origen es perfecto ni digno de oraciones ni de evocaciones.

Y la muerte y los recuerdos perviven a través de la palabra, o la memoria, que casi siempre responde muy poco a la realidad –por ser subjetiva y frágil-, mediante lo escrito, con el mismo riesgo de llevarnos a la literatura y al mito, a la magnificación o a la humillación, y los restos mudos de las tumbas de los cementerios, de los ajuares y de los restos que han quedado sepultos bajo la tierra, y otras expresiones públicas y religiosas que recuerdan la vida, o las vidas, de los muertos ilustres. Son vestigios que no mienten, que muestran lo que ha quedado de lo que fue. No tratan de engañar. Se ofrecen objetivos, a la espera de que sepamos interpretarlos. Y existen las preguntas de siempre, las de nuestro origen, las del porqué, el motivo razonado de la muerte y las del destino tras ella, que son los temas de los ámbitos religiosos, de lo suprahumano, que es el mundo donde sólo viven y deciden los dioses y las creencias.

La arqueología, que va directa a la tierra y al subsuelo, a los ámbitos y objetos silenciosos, es la más eficiente ayuda para responder con más objetividad a las preguntas. Pero ¿qué sentido tenía y tiene conservar a los muertos, enterrándolos o exponiendo sus tumbas?. En principio, sentido práctico, ninguno, y en el religioso habría que discutirlo.La arqueología, con sus métodos extractivos, ofrecen datos objetivos del muerto, sus tipos de tumbas, los ajuares, si los hay, posibilidades analíticas antropológicas, definición del sexo, de la edad y de los padecimientos y, a veces, los orígenes biológicos o físicos de la muerte. Los huesos son los elementos parlantes, delatadores, de la vida física. Mas en la tumba, o en su ámbito, se advierten más datos, de rituales sobre todo, en forma de banquetes colectivos, donde es posible que participase toda la comunidad. Y así durante un tiempo indeterminado. No se puede precisar las fechas en que sucedía. De todos modos, con este rito y otros ignotos, se manifestaba el recuerdo, en modo de homenaje, de vinculación y presencia. El muerto es, en estos momentos históricos, de todos, como referencia familiar del grupo, su guardián y protector. Y posiblemente se le vea necesario su recuerdo, con mucho respeto y miedo. Es el espíritu invisible que siempre está presente en el mundo de los vivos, que los protege y aconseja. La referencia necesaria que permite la vida individual y social.

Pero una tumba no es sólo una referencia genética y protectora. Lo es también social, y nos refleja, como un espejo, lo que se ha sido, con la objetividad que muchas veces no posee la palabra. Su tipo, situación, características de los ajuares y otros elementos nos informan del estatus social, del prestigio y privilegio si los hubiera. No se muestra igual al ciudadano común, con privilegio y derecho de entierro, que al héroe, al sacerdote del dios o al rey. El estatus, y el poder, se manifiestan abiertamente. Aquí no hay recato de ocultar lo que se ha sido en la vida.

La necrópolis es el lugar donde se depositan los muertos. Es el concepto genérico. Y se ha de considerar el lugar donde se establece, como espacio sacro en un medio profano, su relación con los poblados y ciudades activas, su constitución en cuanto a ciudad de los muertos, la expresión social a través de la ubicación en este ámbito conformado y su expresión formal mediante el propio enterramiento, donde se depositan y se exponen los muertos. Y los lugares de los ritos, muy importante, donde formalmente se realizaban los actos de encuentro, de recuerdos y veneración entre los vivos y sus ancestros. Mencionar la tipología de los lugares de las necrópolis sería demasiado prolijo y añadiría muy poco al objetivo de este artículo. Las vemos en lugares cercanos de la ciudad, a la vista, separadas a veces por un rio, como una barrera diferenciadora y protectora del muerto que infunde miedo y respeto; otras veces, en el interior del mismo poblado, e incluso en el interior de las viviendas, de forma íntima y protectora con el vivo, pero sin que se sepa su verdadero sentido; a veces, en el entorno de santuarios y templos, o junto a un santón, un sacerdote o personaje importante y muy considerado; y es frecuente ver, en lugares de la ciudad la erección de tumbas de personajes importantes, como expresiones de poder y de respeto, ejemplares, y susceptibles de culto. Las ciudades, campos y caminos están salpicados de ellos.

El poder se manifiesta, requiere exponerse a la vista de todos, como ostentación. También con voluntad de perduración. Podríamos hablar de la muerte y el muerto que traspasa el silencio y aspira a la inmortalidad a través del enterramiento. Es la vanidad del personaje y la necesidad individual y social de admiración al jefe, que siempre debe permanecer vivo en el recuerdo. A veces, es más forzado, y son razones ideológicas, impuestas por el poder para el dominio de las mentes y del orden y la coerción social, para la perduración de las ideas aunque sean execrables. Otras veces son ejemplos dignos de exposición.  El muerto y su expresión tienen muchos usos. Me vienen a la mente algunos ejemplos explícitos, de entre los miles y miles que han existido y permanecen. Son conocidos, y sirven de modelo de la exaltación y permanencia de las ideas, sean políticas y religiosas –en algunos casos es lo mismo- mediante los símbolos bien situados y sus rituales continuos.

Me refiero, como el más conocido a las primeras pirámides egipcias del conjunto de Giza, cerca del Cairo, y considerada la Gran Pirámide como una de las Siete Maravillas del Mundo. Alcanza 146 m de altura, lados de 230 m de longitud, una superficie piramidal de 52.000 m2 y un peso de 5. 750.000 toneladas, con un peso promedio de los bloques de 2.5 toneladas. Levantar esta mole de piedras es todo un esfuerzo de organización en el trabajo y de conocimientos muy complejos. Y su interior es un entramado de espacios, de pasadizos, de salas, de multitud de recovecos, para imposibilitar los saqueos. Se requería muchos años, mucha dedicación y empeño, y miles de trabajadores bajo un equipo muy especializado. Muy separado en el espacio y en tiempo, se halló, en 1974, parte de complejo del mausoleo de QinShiHuang, el primer emperador de la dinastía Qin, datado entre 210 y 209 a.C. Dedicó 38 años en la construcción del mausoleo, que reproducía el plan urbanístico de la ciudad de Xianyang, en una extensión de 2.13 kilómetros cuadrados. Y este conjunto incluía 181 tumbas, en un espacio de 60 kilómetros cuadrados. Se empleó para esta obra, de carácter simbólico, más de 700.000 obreros.  Hay que añadir la talla de un ejército de 8000 guerreros, en terracota, a tamaño natural, e individualizados, como un retrato personal de cada uno de ellos. No es preciso preguntar. Los datos, y todavía incompletos, son la expresión más explícita de la importancia del poder, del significado de muerte y su perduración. Otro ejemplo, más modesto, es el Mausoleo de Halicarnaso –en Bodrum, Turquia-, considerado una de las siete maravillas del mundo, donde se enterró el sátrapa persa Mausolo, a mediados del siglo IV a.C. Tenía una altura de 45 m en cuatro plantas, decorada con relieves de los mejores escultores de la época –Leocares, Briaxis, Escopas y Timoteo. Y en esta línea, y un siglo antes, Ciro el Grande, fundador del imperio persa levantó su tumba en Pasagarda, en las estribaciones de los montes Zagros.  Pese a la modestia, es un edificio de 11 m de altura sobre un potente basamento coronado de la habitación funeraria. Pero tumbas y muertos pueden estar presentes en las ciudades, como vemos en el círculo funerario de Micenas. Las hay que aprovechan una larga tradición y están inmersas en otros conjuntos.  Sucede con frecuencia en edificios religiosos. Es el caso de la Tumba de San Pedro, discípulo y el sucesor de Cristo en la tierra, el primer para para algunos y sobre el que edificó la Iglesia. Se halla, según los indicios, en las grutas del Vaticano, debajo del altar de la Basílica de SanPedro, en un conjunto funerario sobre el que se edificó la primera Basílica, hacia el 330 aC., en época de Constantino. Se hallaron huesos de un anciano de setenta años, con restos de púrpura e hilos de oro, y al que faltaban los pies, lo que se ha interpretado como la muerte de Pedro crucificado boca abajo. Es una hipótesis, que Guarducci sustenta con la lectura de un grafito que dice “Pedro, ruega por los cristianos que estamos sepultados junto a ti”. Lo importante es la perduración del lugar religioso, su origen funerario, donde se cree que está enterrado San Pedro, el inicio de la Iglesia. Así es la creencia y así son sus efectos. Una de las tumbas más deseada es la de Alejandro Magno, uno de los generales más grande que ha dado la historia, conquistador de Asia Menor, el Levante mediterráneo, Egipto, Persia, Mesopotamia, Asia Central e invadió la India. Murio a la edad de 33 años en el palacio de Babilonia de Nabucodonosor II. Se desconoce el lugar de su tumba. Y su hallazgo, por la magnitud del personaje, constituirá el más importante de los antiguos reyes griegos y de Oriente. Si se logra, el lugar donde se hallé, será deificado y venerado como el más notable de toda la historia de los grandes personajes, constituyendo otro hito en torno a la muerte y al héroe. La de su padre , Filipo II, parece que se halla en Vergina, identificada con Egas, la primera capital del reino macedonio. Y, en este contexto griego, y dado que hablamosde Alejandro, la prensa anuncia que se ha hallado la tumba de Aristóteles, en Estagira –Grecia. Fue maestro de Alejandro. Y nos resulta notable que la tumba de un filósofo constituya un hallazgo noticioso, en una época en que las Humanidades y la filosofía sufren el desprecio del silencio y del olvido. No creo que constituya el centro, la referencia del pensamiento, sino de la curiosidad del ciudadano normal de las rutas turísticas culturales.

Por último, voy a referirme a dos monumentos funerarios más modernos. Todos poseen un carácter ideológico, político y religioso, además de ritual. El Mausoleo de Lenin, en las afueras del Kremlin de Moscú, construido en 1924, incorpora elementos antiguos, como la pirámide de Zoser y la del Ciro el Grande, continuando la línea de los grandes monarcas de la antigüedad. Al margen de los rituales específicos que conlleva, el Mausoleo es visitable cuatro días a la semana de 10 a 13 h. Y el de Mao Zedong se alza en el centro de la Plaza de Tian´anmen de Pekin, en el que intervinieron para su construcción 700.000 personas de  distintas provincias, regiones y nacionalidades como expresión simbólica de participación en la tumba de tan importante personaje comunista. Otros más se hallan en estos ámbitos políticos e ideológicos, como la tumba de Ho Chi Minh, en Vietnam, o la de GiorgiDimitrov en Bulgaria. El poder y la ideología se manifiestan, de modo abrumador, en la exaltación del héroe, del líder, del jefe político y religioso. El poder, para su supervivencia, acude a la exposición de los símbolos visibles y sus continuos rituales. A lo que se une el “culto a la personalidad”, promovido por Krushov en 1956, pero existente antes, que es la adulación y adoración excesiva al caudillo vivo, desde una visión también religiosa y sagrada, similar a la divinización de los jefes, reyes y emperadores de todos los tiempos antiguos. Y contra la exaltación del muerto y de su historia no conveniente, es obligada la destrucción total, la aniquilación de lo que existió, hasta borrar por completo cualquier vestigio de la memoria, sustituida por otra más apropiada al interés del grupo actualmente dominante. Y en todo ello, el muerto y la muerte siempre presente, como pretexto. Lo que denota con claridad cegadora la importancia de este tema en la historia del hombre, y en la esencia de la cultura occidental, o mediterránea.Como dije, la Historia necesita a los muertos.Los jefes necesitan la muerte y a los muertos.

Tan importante es la muerte en la historia del hombre, que la delatan de modo explícito y notable las tumbas y los textos. De las tumbas hemos hablado. Son los elementos visibles. Vayamos, pues, a las preguntas de la razón del hombre mortal, que en modo alguno puede contar la tumba y su contexto. Hay que acudir, en este caso, al mito, a lo que se ha escrito sobre las inquietudes y temores del hombre ante la muerte, no como hecho social, sino escatológico. Aquí si hablan los textos. El mito proporciona la repuesta y el origen de todo, junto con el ritual. Proporciona seguridad ante la incertidumbre y el miedo. Da igual que la respuesta sea la verdadera. Lo que importa es la referencia a la pregunta que atosiga, que  inquieta ante lo que no se comprende, lo que constituye un penetrante enigma. Por ello el mito proporciona la explicación, el relato y el ritual, que satisfacen y ofrecen seguridades ante el misterio incomprendido. Vamos a ver la muerte desde otro ángulo, desde el mito, y no desde la objetividad de las plasmaciones materiales y simbólicas.

El poema de Gilgamesh, compuesto en el siglo XVIII a.C., basándose en mitos tradicionales quizás del milenio tercero, constituye la fuente más estimada para conocer el concepto de la condición del hombre, la muerte y la inmortalidad de los dioses. Aunque nos han llegado sólo dos terceras partes del poema, las lagunas existentes no nos  impiden seguir el relato  con extraordinaria coherencia desde su origen al resultado final.De Gilgamesh, se conoce muy poco, que fue rey de Uruk y que fue el protagonista del relato, sin que se sepa la razón de porqué se eligió como eje central de estas historias míticas. Esta historia interesa por sus raíces antiguas y sus mitos que permanecieron hasta época neoasiria, en un momento de estrechos contactos con las ciudades-estados fenicias. Corría, pues, esta historias, muy vivas, entre los siglos IX y VII a.C. No es arriesgado creer que, además del valor esencial del poema, se transmitiese la historia en su ideología básica y rituales en los barcos mercantes fenicios y reviviese en sus ciudades y templos en Occidente. Merece, pues, dedicarle unos párrafos.

Gilgamesh aparece como un rey de Uruk, un superhombre y semidiós, “cuyos dos tercios de él son dios, un tercio de él es humano”, pues fue creado por el dios Sol y el de la Tempestad. Y se exaltan en el poema sus cualidades físicas y militares. Y a continuación comienzan los problemas: el pueblo protesta por los actos de tiranía, la perturbación del orden social y la injusticia, que no son propias de la realeza ni de lo divino. El pueblo se queja a los dioses, a Anu, dios supremo, quien ordena a la diosa Aruru, la que creó a Gilgamesh, que solucione el problema social mediante la creación de su doble, un alter ego, para que luchen,  y haya paz en Uruk. Y se crea a Enkidu, como subterfugio psicológico, para privar a Gilgamesh de su singularidad y se cree el antagonismo, propio de las sociedades arcaicas, del ciudadano civilizado y del primitivo inculto, en el sentido de no conocer la vida urbana. La diosa crea a Enkidu  como un ser salvaje e incivilizado, tosco en su aspecto y maneras, cazador, como  rasgo de actividad arcaica, y protector de los animales, y vive en soledad, alimentándose de hierba “como las bestias salvajes”. No conoce al país ni a la vida en sociedad.

Un cazador informa a Gilgamesh de la existencia de Enkidu y se queja de que le destruye las trampas y le impide que cace en la estepa. El rey le dice que lleve consigo una ramera del templo y que cuando Enkidu llegue a dar de beber a los animales la mujer se quitará el vestido y “deberá…mostrar su espléndida belleza”. Y así se hizo. El poema expresa de modo muy vivo el descubrimiento de la mujer, del sexo y de la lujuria. Enkidu queda obnubilado y cohabita con la ramera “durante seis días y siete noches” y, después de saciado, fue a por sus animales que huyeron corriendo de él. Advierte que su cuerpo está rígido, petrificado, que no sabe correr como antes, pero que su “espíritu es ahora sabio”. Este acto de amor lo civiliza, porque es el privilegio de la avanzada civilización urbana. Se siente cambiado y la ramera le ilumina al incitarle que vaya a la ciudad, donde moran los dioses, donde habita el rey Gilgamesh. Y siente el deseo irresistible de ir a la ciudad y retarle a la lucha. Enkidu ha quedado prendado por el amor y el deseo de vivir en la ciudad como un ser civilizado.El amor ha hecho su efecto y Enkidu arde en deseos de conocer a Gilgamesh, el protegido de los dioses. La ramera se ofrece a llevarlo a la ciudad y le incita al disfrute de la vida urbana, donde conocerá al rey, donde conocerá a la gente y gozará de la vida.

En tanto, Gilgamesh tiene sueños, relacionados con el cielo, las estrellas y los dioses, que su madre, una mujer sabia, como la llegada de un amigo y compañero. Le dice que es como él, que nació en la estepa y que se alegrará de verlo. Leemos a continuación unos versos en los que se relata la entrada de Enkidu en la ciudad de Uruk, de la que advirtió la actividad en sus mercados y calles, y oyó a la gente que decía “¡Cómo se parece a Gilgamesh¡. Y como estaba previsto, se vieron y lucharon con denudo, “enlazados con fuerza, como toros”. De aquí, surgió una amistad, y tras el combate comieron y bebieron.

Sigue un pasaje al que le faltan versos, pero los que se conservan son de gran interés. Y lo son porque se advierte a un Enkidu muy humanizado. Lo muestra lloroso, suspirando con tristeza, golpeándose el pecho, y confesándole a Gilgamesh que la mujer a la que amaba, quizás a la ramera que conoció en su vida de salvaje, se había despedido de él, y ahora se siente sin fuerzas y débil. Tras esta confesión tan humana, comienzan los preparativos de la aventura hacia el Bosque de los Cedros, en los montesdel Líbano fenicio, guardado por Huwawa, ” cuyo rugido…es el bramido de la tormenta”, un ser terrorífico muy difícil de vencer. Este bosque es sagrado, pero también una fuente muy importante de riqueza, cuya madera se transportaba a numerosos lugares, como muestran los relieves asirios. El dios Enlil, para protección de este ligar sacro, había creado a Huwawa, el guardián, el poderoso guerrero, el que inspira miedo al que se interna en el Bosque.Gilgamesh es consciente del peligro que acecha, de la muerte posible en la batalla inminente. Y reflexiona sobre la vida efímera del hombre que tiene los días contados, pues sólo los dioses viven eternamente. Mas , en este proyecto de tanto riesgo, vislumbra el secreto de trascender a la muerte, con la celebridad y la gloria, si consigue la victoria. Pero si perezco, dice Gilgamesh, habré al menos ganado renombre, la celebridad imperecedera. Y con estas ideas, se decide a entrar en el temido Bosque de los Cedros, convencido de capturar al guardián, para la conquista de la fama duradera. Y solicita a Shamash, el dios del Sol, regresar con vida, mientras que los ancianos le aconsejan que, al adentrarse en el bosque extenso, le preceda Enkidu, quien conoce la ruta y que ha recorrido antes el camino, que es más versado en batallas. Entrar en el Bosque no es fácil para ambos amigos. No quieren ser cobardes, pero tienen miedo a la muerte, pero aspiran a que estas hazañas les proporcionen un nombre inmortal. Antes de entrar, Gilgamesh tuvo varios sueños, que Enkidu interpretó como signos favorables. Lo difícil y el miedo se sueñan, se interpretan y se actúa. Y, confortados, penetran el bosque y admiran los cedros, que profanan talándolos, con el beneplácito desde el cielo del dios Sol, quien los ayudó en la lucha y muerte de Huwawa, levantando poderosas tempestades. Tras la lucha, con la ayuda de los dioses, cortaron la cabeza de Huwawa, el gigante sobrenatural guardián del Bosque Sagrado. Han ganado la batalla, han evitado la muerte, han alcanzado la fama, pero no han logrado la inmortalidad. Y llevan su trofeo a Uruk, donde les ofrecen un recibimiento triunfal.

La gloria tiene su precio si no se asume con modestia y dignidad. Es lo que narra la tablilla VI, que canta los hechos ocurridos tras la batalla. Gilgamesh se engalanó de tal manera que la diosa Ishtar “puso sus ojos en la gran hermosura” y le requirió que fuese su amante y su esposo, ofreciéndole toda clase de lujos y consideraciones. El héroe la rechaza porque no ha sido fiel con ninguno de sus amantes y ha tenido muchos. Se va originando la tragedia. E Ishtar, enfurecida, reclama venganza de su padre Anu, dios del Cielo, y le dice que el héroe, vencedor de Huwawa, “ha enumerado mis vilezas, mi fetidez y mi impureza”. Y solicita al Dios que cree el Toro Celeste para “que castigue a Gilgamesh  y…sepa así lo que es el miedo”. Aunque faltan versos, están los suficientes para conocer que se produjo una lucha feroz en la que Enkidu, concernido con el amigo, agarra al Toro Celeste por los cuernos y “entre la cerviz y las astas hincó su espada”. De nuevo se exceden ante la victoria, Y Enkidu arroja con escarnio una pata del toro a la diosa, con la amenaza de hacerle un chal con sus tripas. Gilgamesh, sin sospechar las terribles consecuencias del desastre que se estaba creando, celebra el triunfo, aclamado por el pueblo, y organiza una fiesta en su palacio, jactándose de ser “el más hermoso…el más glorioso de los hombres”. Es, en este punto, cuando todos los actos, los del Bosque Sagrado y la muerte del Toro Celeste y escarnio de Ishtar, tienen sus efectos, cuando los dioses se enfurecen y reaccionan. La muerte es el tema. No es la muerte temida en el bosque de Huwawa, que engrandece la hazaña, sino la muerte que conduce a no existir como un mortal más, frente a la inmortalidad de los dioses.

En efecto, como sucede en todo gran acontecimiento, Enkidu tiene un sueño, que es como se muestra la realidad venidera. Le comunica a Gilgamesh que los dioses se han reunido en consejo y que Enlil ha dictaminado: “Enkidu debe morir, pero Gilgamesh que no muera”. Y Enkidu cae enfermo, temeroso de sentarse “ante los espiritus de los muertos” y lamentando no ver más a su hermano querido Gilgamesh. El pasaje, perdido, tiene un gran interés, por su referencia directa al mundo infraterreno donde habitan la muerte y los muertos. Y, como se suele, recuerdan la vida pasada, maldiciendo Enkidu, ante el hecho irremediable, a la ramera que lo elevó a una vida superior y que fue el comienzo de su infortunio. Una confesión de lo que se ha hecho mal, de la vida lujuriosa, del desafío temerario, del orgullo no justificado, de la impiedad hacia los dioses. Pero la muerte va aparejada al sufrimiento de la enfermedad. Y Enkidu pasa muchos días “abatido en el lecho del dolor”, junto al amigo, recordando las hazañas del pasado, llorando Gilgamesh “amargamente como una plañidera”. Enkidu muere, al fin, y el amigo le cubrió “como si se tratara de una novia, y su voz resonó como un rugido pavoroso”…”arrancándose el pelo y esparciéndolo, rasgando y diseminando sus vestidos y adornos, como si estuviera impuro”. Le prepara un lecho, hace que el pueblo lo lamente, esparció sobre una mesa magníficos manjares, “y cuando por elhorizonte el dios Shamash apareció, Gilgamesh derramó su libación”.

Es el fin de una historia. Ahora comienza el relato esencial y verdadero, la percepción y el conocimiento de la muerte, vivida ante el espanto de su amigo Enkidu. Y vagando el héroe Gilgameshpor la estepa, llorando al compañero, se pregunta “cuando muera, ¿no seré como  Enkidu?. El miedo a la muerte se inserta en sus entrañas, no se resigna a ser un rey mortal. Hay que hacer algo. Y sabe que en un lugar lejano viveUtnapistim –el Noé de la Biblia-, que conoce del secreto que confiere inmortalidad, por ser el único mortal al que los dioses se la concedieron, tras el terrible castigo de la destrucción del hombre y de todas las regiones del mundo en el llamado Diluvio Universal. Él encierra el secreto. Y hacia allí se encamina Gilgamesh, a las montañas de Mashu, donde habitan los guardianes del sol, el que nace y el que muere. Se inicia otra aventura, otro tránsito. Esta vez no es una hazaña de juventud, sino la búsqueda en solitario de la solución al problema de la muerte, a hallar el secreto de la inmortalidad. No es prestigio lo que se pretende, ni ostentarlo, no son los honores ante el pueblo de Urulk enardecido lo que se busca. Es más serio, la solución del eterno dilema del hombre: la muerte o la inmortalidad que sólo es propio de los dioses, y cuyo secreto lo posee un mortal inmortalizado por su fidelidad a los dioses. La mujer del hombre-escorpión, guardián de la puerta del Sol, le pregunta que cuán es el propósito de su viaje. Gilgamesh le contesta que quiere ver a Utnapistim. Y el guardián le responde que ningún mortal lo ha conseguido, que nadie ha viajado nunca por estos senderos oscuros. No obstante, el guardián, que reconoce su tenacidad y valentía por haber alcanzado esas montañas, le abre la puerta y le deja pasar. Recorre leguas y leguas, sin ver ninguna luz y envuelto en una espesa oscuridad, hasta llegar a la claridad donde se halla el árbol de los dioses, y a él se dirige. Tras versos que faltan, en los que posiblemente habla con algún dios, lo vemos llegar al mar, en la presencia de Siduri, la tabernera –para algunos eruditos, la diosa de la Sabiduría-, “sentada en un trono y tiene una cuba de malta fabricada de oro”. Las palabras de la diosa son de extraordinaria importancia, sitúan a Gilgamesh en la más iluminadora realidad y le aconseja como corresponde a un mortal. Merece desmenuzar sus razonamientos y consejos. Le pregunta que por qué vaga de un lugar a otro. Y le asegura que su empeño es inútil, pues cuando los dioses crearon la humanidad, decretaron a la vez su muerte, reservando la vida eterna para sí mismos. Y puesto que la inmortalidad no es para el hombre, le aconseja: ”llénate el vientre, goza de día y de noche. Cada día celebra una alegre fiesta. ¡Día y noche danza y juega¡. Ponte vestidos flamantes, lava tu cabeza, báñate”. Y poco después, “deléitate con tu mujer, abrazándola. ¡Esa es la tarea de la humanidad¡. Es decir, lo que se hace lo que reclama el hombre mediterráneo actual. Es un reclamo a vivir, siendo imposible la consecución de la inmortalidad que, para la diosa sabia, es lo que cree más importante del hombre urbano y civilizado. Gilgamesh le cuenta la historia heroica de su vida, de sus hazañas con el amigo, de las que siente orgulloso. Pero Siduri le pregunta que si tan heroica y alegre ha sido su vida, por qué están sus mejillas  tan demacradas, tan hundida la cabeza, tan triste su corazón y tan cansando su rostro, qué cuál es el motivo. Y le deja otra vez pensativo y absorto. Le contesta Gilgamesh que ha descubierto la muerte, que ha esperado el despertar de su amigo “hasta que un gusano cayó de su nariz”, y “que ha vuelto a ser tierra”. No se puede describir mejor, con más realidad,  la vida yla muerte, a través de la diosa sabia Siduri, que ya conoce todo, y de Gilgamesh que descubre la vida y con toda crueldad la muerte, a la que quiere vencer. Y no desiste.

Se dispone a reanudar el viaje y pregunta a Siduri por el camino que conduce hasta el país en que habita Utnapishtim, cuál es la señal por la que lo pueda reconocer y si ha de cruzar el mar o la tierra. Le contesta que ningún mortal ha podido atravesar el mar desde los antiguos tiempos, salvo el dios Shamash, el dios Sol. Faltan textos de interés en este pasaje. Aún así, aparecen los nombres de Sursunabu, el hombre de Utnapishtim el Lejano, como él se nombra y Urshanabi, que pregunta a Gilgamesh lo mismo que Siduri. El caso es que los dos se embarcan, llegando en poco más de un mes a las Aguas de la Muerte, que deben ser las de un río que conduce al reino infernal. A partir de aquí faltan versos que narraban con seguridad los detalles del desembarco en el lugar donde habita Utnapishtim. Y le narra sus andanzas, como es costumbre en el poema, repetir las hazañas y las penas y desgracias, De nuevo, faltan versos en los que Utnapishtim parece hablar de la futilidad de la vida y que los dioses deciden sobre la muerte y la vida, pero nunca manifiestan el día de la muerte de cada uno. Es un misterio, privativo de los dioses.

En la tablilla siguiente, la XI, en un texto muy bien conservado, Utnapishtim le cuenta a rey Gilgamesh su historia, la del castigo, la del diluvio, la construcción del barco y su carga. Y todo con mucho detalle. La narración del diluvio, del castigo divino, es de una gran belleza plástica y poética, de un dramatismo que no se alcanza en el Génesis bíblico. Utnapishtim, que tan sólo fue humano, tras el diluvio, fue considerado junto a su esposa como dioses. Y les llevaron a vivir muy lejos, en la desembocadura de los ríos, donde ahora se halla con el héroe Gilgamesh. Éste le pide que le lleve ante la asamblea de los dioses para solicitar la vida inmortal que busca. Pero antes  ha de pasar con éxito una prueba física, que delate su condición sobrehumana, y que consiste en no dormir durante seis días y siete noches. Una prueba difícil. Al punto que “cuando Gilgamesh se hubo sentado, el suelo lo envolvió como un huracán”. Utnapishtim y su esposa se dan cuenta de su debilidad, que no es propia de un héroe que busca la vida inmortal. Al séptimo día despertó, sin percibir el tiempo que había transcurrido. No había pasado la prueba y es consciente de ello, pues al dormirse, todo este tiempo había estado en un profundo sueño como muerto, bajo el mandato del genio de la muerte. Y percibe que adonde vaya, estará el reino de la muerte y que se apoderará de su cuerpo. Y comienza a iniciar el regreso. Pero Utnapishtim, apenado por el esfuerzo,  la desesperación y fracaso de Gilgamesh, le revela el secreto de los dioses: “en el fondo del agua hay una planta”, como un zarzal y con espinas que hieren. Pero si la coges, le dice, “tu hallarás nueva Vida”.Gilgameshobtuvo la planta, “una planta excepcional que, graciasa ella, el hombre puede reconquistar el aliento de su vida. La llevaré a la amurallada Uruk, haré que coman de la planta. Su nombre será “el hombre se hace joven en la vejez”. Yo mismo la comeré y así volveré al estado de mi juventud”. Pobre ilusión. Todo tan cerca y tan lejos. Gilgamesh, en el camino, se dispone a descansar. Descubre una fuente de agua muy fresca, descendió hasta ellay se bañó. Entra tanto, “una serpiente olfateó la fragancia de la planta, salió del agua y la cogió…”. Gilgamesh, por su imprudencia, propia de su condición mortal, había perdido para siempre conseguir su inmortalidad y la del género humano, presente en su reino de Uruk. Al advertirlo, se sienta y llora y, cogiendo las manos de Urshanabi, el batelero, le dice: “¿Para quién trabajaron mis manos?, ¿por quién se gasta la sangre de mi corazón?. No he obtenido ningún beneficio”. El poema termina, o lo que queda de él, con la llegada del rey Gilgamesha la ciudad de Uruk y recorre sus murallas, de las que se siente orgulloso. Es el premio a la búsqueda de lo imposible, a su satisfacción como rey mortal, a vivir los consejos de Siduri, la tabernera, la diosa de la sabiduría, que le reclama a gozar de lo que tiene a su alrededor.

Así termina la historia de la búsqueda de la inmortalidad, la misma de todos los tiempos, aunque cambien las formas y las hazañas. La muerte es la consecuencia natural de la vida. Este poema es un paradigma. Y por ello me he detenido en la descripción de sus rasgos principales. Su secuencia es una historia perfecta, paradigma estructurado, de la historia de Gilgamesh, el rey de la ciudad de Uruk, que quiso trascender su condición moral y asimilarse a la inmortalidad de los dioses, tras toda clase de hazañas y penalidades, para comprender y aceptar lo que es propio del hombre: su incapacidad y la muerte. Gilgamesh personifica la realidad existencial humana: el poder, la amistad, deseos de hazañas para la vanidad, satisfacción del orgullo y permanecer en la inmortalidad de la memoria, el miedo, el desprecio a lo establecido, el deseo de trascender su naturaleza humana, suplicar por el llanto, obtener por misericordia las respuestas y llegar a la realidad misma, que es el goce de la vida y la aceptación de la muerte.

Otra cuestión, de la que conocemos menos, y también preocupa, es la de la vida después de la muerte, si acaso existe ese lugar donde residen los muertos. El tema es complejo. Aquí sólo expongo, como compendio de la muerte, vista de modo somero en la realidad objetiva y material de la tumba y del texto más explícito del antiguo Próximo Oriente, que alcanzo el Mediterráneo, unos pocos destellos de los documentos más significados. El primero se halla en el texto de Gilgamesh, al que faltan muchos versos. En la tablilla XII se menciona a Lilith, quizás Ishtar, pero reinando en la muerte. Y en otros versos, Gilgamesh da consejos a Enkidu antes de entrar en los “infiernos”. Se da por hecho que existe, pero para entrar en él hay que guardar ciertas normas. Por ejemplo, llevar ropas viejas para no ser reconocido como forastero,, ni usar aceites perfumados, ni llevar bastón en las manos, para no atraer a los espíritus, ni llevar sandalias que puedan emitir ruidos. Y continua diciéndole, en el caso de que viese a seres amados –se supone que no han perdido su aspecto físico-: “no beses a la esposa a quien amas, no azotes a la esposa que odias; si tu no amas a tu hijo, no lo beses, si estás furioso contra él, no lo golpees, porque los gemidos del mundo de las sombres pueden sobrecogerte”. Habla también de la madre de Ninazu, la esposa de Ereshkigal, que es diosa de la muerte, “cuyos hombros sagrados no cubren ningún vestido, cuyos senos en forma de redoma no envuelven ningún tejido”. Enkidu hizo todo lo contrario, se vistió, perfumó, ató las sandalias a sus pies y cogió el bastón. Al bajar al inframundo, hubo un gran revuelo, y la madre de Ninazu no le permitió “que subiera del mundo de las sombras”. Y este mundo de las sombras lo apresó. Enkidu, “no cayó en el campo de batalla con los hombres; el mundo inferior lo ha apresado”.En cierto modo, no es sólo el desprecio al consejo sabio, sino a la necesidad de que todo ser humano tiene su destino final en la muerte, en el reino y la vida con los muertos. Y por ello, mostrar la ostentación de la vida, sirviéndose de sus elementos usuales, en la ciudad de la muerte, donde la belleza se pierde, la alegría se oscurece, y reina el silencio, es un acto de soberbia que no perdonan los muertos. Es lo que hizo Enkidu.

Por las mismas fechas, Homero, en el canto XI de la Odisea, relata el descenso del héroe de Troya Odiseo a los infiernos, aconsejado por la hechicera Circe, Le dice que allí Tiresias, el ciego adivino, le puede contar los motivos que le impiden llegar a su casa en Itaca. Y narra su experiencia en el palacio de Alcinoo, quien, tras escucharlas, se ofrecen él y  su corte  a llevarlo a su querida patria. El texto es largo, los muertos con los que habla son muchos, y conviene resumirlo. Al llegar al lugar, Odiseo realiza los rituales de ofrendas y libaciones a los muertos, que comienzan a aparecer. Sus allegados y conocidos le cuentan sus pesares, sus desgracias, siempre a cierta distancia, pues muertos y vivos no pueden tocarse hasta hallar a Tiresias, quien les puede indicar el modo de un regreso seguro a Itaca.

El lugar donde habitan los muertos de época homérica, se halla en un lugar, seguramente occidental, en un punto concreto y tangible, alejado de las tierras de los vivos y del mundo civilizado. En este texto, Odiseo llega a este lugar abriendo un agujero, como le había dicho Circe, la hechicera, de donde, tras la libación “surgieron las almas privadas de vida”. Tras el ritual, aparecen los muertos, seres inmateriales o espectros, conservando su conciencia y raciocinio y deambulando sin rumbo por las oscuras regiones. Pero parece, se deduce del texto,  que al beber la sangre de los animales, cobran más bríos, y recuperan sus recuerdos y conciencia anteriores. Puede ser este el efecto de los rituales de libaciones en las tumbas de los muertos. Puede ser este el sentido. En este relato, un pasaje se refiere a una especie de juicio, someramente descrito: “Y vi entonces a Minos, el hijo brillante de Zeus, que con cetro de oro, sentado, juzgaba a los muertos, mientras ellos en torno del rey aguardaban su fallo”. Con más amplitud y detalle se lee en el Libro de los Muertos, en Egipto, y los motivos iconográficos pintados lo muestran minuciosamente. En este lugar, lúgubre, los muertos ofrecen una existencia, por así decirlo, anodina, un vagar si rumbo y sentido, un conjunto de formas que han perdido su intelecto y su sentido. Aquí habló Ulises con su madre, con Tiresias, con amigos y con los héroes muertos de la batalla de Troya. Pero las palabras de Aquiles son de un gran significado, por el pesimismo y desprecio con el que ve su muerte: “No pretendas Ulises buscarme consuelo de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa que reinar sobre los muertos que allá fenecieron”. Palabras muy diferentes a las que pronunció en la Iliada, en el fragor de la acción de la batalla: “…Mi parca yo la acogeré con gusto cuando Zeus quiera traérmela y también los dioses inmortales”. La muerte es más dura. Y en la vida se desea por la creencia de la inmortalidad de las hazañas. Con la muerte todo se olvida, nada se desea.

No es fácil contestar a las preguntas de qué es esa vida de ultratumba, dónde se halla, y si todo muerto puede habitar en esa vida eterna. Las respuestas son diversas en las distintas  culturas. Conocemos mucho de la expresión del muerto y su relación con los hombres en los medios de la vida, pero muy poco en la vida y el reino de los muertos. Poco o nada se sabe si todos los que mueren tienen residencia en ese reino, si tienen derechos o méritos. El libro de los muertos, egipcio, proporciona mucha información de una cultura donde la muerte es un hecho tan importante. E igual sucede en el cristianismo, una religión basada en la vida y, sobre todo, en la vida tras la muerte, en la resurrección y en la vida inmortal de quienes han entendido que la vida sólo es tránsito de la muerte.

En este punto son precisas unas líneas sobre lo que conocemos en el Libro de los Muertos como el  Juicio de Osiris, como reflejo de aquellos que desconocemos del todo o con pocos detalles. Supone el acto trascendental del difunto, el que decide su eternidad. El muerto, conducido por Anubis, llega ante el tribunal de Osiris. Anubis le extraía su corazón, que es la representación de la conciencia la moralidad, depositándolo en un platillo de la balanza, contrapesado con la pluma de Maat, símbolo de la Verdad y de la Justicia Universal. Y un jurado, compuesto de dioses, de pregunta acerca de la conducta pasada, ante Thot como escriba. Dependiendo de las respuestas, y después de que Osiris con estos datos dictara la sentencia, el muerto podía vivir eternamente con su KA, la fuerza vital, y su BA, la fuerza cósmica, pudiendo vivir eternamente en los campos de Aaru, el Paraáiso de la mitología egipcia. Si lo que pesaba era el mal, era arrojado a la devoradora de los muertos Ammit, un monstruo híbrido, dejando de existir para la Historia de Egipto. Esto es un simple esquema de una estructura compleja, donde se juzga la vida pasada, el bien y el mal, lo justicia y la injusticia, para vivir eternamente en el Paraíso o ser borrado de la Historia.

En un sentido similar, pero en tiempos posteriores, hemos de ver el Juicio Final del Nuevo Testamento –Mateo 25: 31-46-, que tanta trascendencia ha tenido en la historia occidental y que aún perdura. Mateo habla del Juicio Final, el momento más importante de la vida del creyente, en el que el Hijo del Hombre, sentado en su trono de gloria, “separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos; y pondrá a las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. El que vivió justamente, según los preceptos, alcanzarán la vida eterna, y los que no lo hicieron irán al castigo eterno. No hace falta representar este lugar. El arte ha dado cuenta de ello. Y Dante, que bajo con Virgilio al Infierno, escribió la Divina Comedia que es la expresión poética más bellas de un lugar tétrico como el Infierno. No se requiere insistir más.


El mediterráneo va unido a la luz de sus cielos, a la alegría y al azul de sus aguas, a la vida. Pero también a la muerte. Un tema presente desde lo más recóndito de su historia. La vida y la muerte unidas. Así lo indican los hechos. El Mediterráneo es un espacio de contrastes. La inmensa alegría da paso también al más profundo llanto y desdicha. La vida y todas las religiones han conformado este aspecto sustancial del hombre mediterráneo. Este mundo circular se ha movido en la vida y la muerte. Así son los rituales. El mar, que es vida alegre y azul, es también la llamada insistente de la muerte. Tema que requiere más espacio y razonamientos.Vemos en la Historia, pues, al Mediterráneo, como máxima expresión de Occidente, de la máxima alegría desbordada y de la muerte, siempre presente. Los ritos, las religiones, todo el arte y su filosofía son expresiones muy vivas de esta dicotomía de la vida y de la muerte. Y la música, el lenguaje de los dioses y el clamor ardiente de la muerte. No ha habido, ni habrá, una lengua más bella para hablar con el cielo y con los muertos.

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1 comentario:

  1. Quizás los muertos "revivan" con la sangre de las víctimas porque la sangre es la fuerza vital, esa que consume el no muerto o vampiro de las tradiciones centro-europeas. Por otra parte, conozco una curiosa interpretación del ritual del peso del corazón del difunto egipcio: cuando el corazón es más ligero que la pluma de Maat, la justicia, el difunto entra en el Amenti; pero cuando es más pesado y lo devora Ammit, significa que el Ego humano necesita reencarnar de nuevo y esa necesidad lo hace retornar a la materia. Podemos decir que es de nuevo condenado a reencarnar hasta que logre la perfección.

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