jueves, 30 de junio de 2016

Los dos Borges

Creo que volveré a la tierra dentro de cinco mil años.
He oído la respuesta de los oráculos,
he honrado a los dioses
y he saludado al sol;
he tallado un fetiche en la primera roca del mundo
 y en el tronco más antiguo de los bosques;
he hecho conjuros con varitas en el círculo de Obis,[…]
Walt Whitman, “Canto a mí mismo”

No sabía si el ruido rítmico procedía de la mecedora de Borges o de las tablas del suelo del porche. El sol iba perdiendo altura y la tarde se hacía más soportable. Ambos mirábamos al Oeste, y en el cielo se iban trenzando algunos colores anaranjados. Seguía atento a aquel único sonido, un cric-crac que quizás salía de las tablas, resecas de años, del piso de la cabaña.
       La mecedora continuaba el lento y crujiente balanceo, creo que la movía con imperceptibles impulsos dados con el bastón. Yo estaba sentado, a un metro de don Jorge Luis, en un incómodo taburete de madera. Pensé que debía de haber traído la dormilona de mi barracón.
       No sabía si dormía, llevábamos un buen rato callados. Se había aflojado dos veces el nudo de la corbata amarilla tirando a ámbar que nunca le abandonaba. Estuve tentado de ofrecerle un poco de agua de la jarra que estaba a la sombra. Habíamos comentado, unas pocas palabras, de su relato “Los teólogos” y de sus insólitos personajes Juan de Panonia y Aureliano, una historia críptica, extraña. Los dos monjes tienen igual misión: luchar contra las herejías. Movido por la envidia (¿demasiado prosaico?), Aureliano denuncia a Juan de Panonia por hereje panteísta. Juan es condenado a la hoguera.
       Borges ─a pesar de las mil semblanzas que de él se hacen─ era un tipo muy simpático y tratable. Al plantearle mis dificultades con la narración empezó a reír y por unos momentos creí que se burlaba cordialmente de mí. Aquella tarde hubiese querido hablar de otro relato, de “El otro”, de esa inolvidable conversación entre un joven Borges sentado en un banco, en otro lugar y en otro espacio, con un Borges al borde de la ancianidad. Un juego con el tiempo recordando a Heráclito y citando a Walt Whitman, a Dostoievsky, a Coleridge. También a Rubén Darío y a Paul Verlaine.
       ─La conclusión es bastante evidente ─dijo refiriéndose a su drama teológico─. Es una historia de alguna complejidad que invita a ser leída muchas veces.
       Mi cara reflejó perturbación y él lo supo. Siguió hablándome moviendo la mecedora un poco más rápido y trazando un arco de mayor ángulo:
       ─Imagino que habrás leído alguna vez aquellas palabras que mi padre me dirigió una vez ─hizo una pequeña pausa para exclamar─: ¡Cuánto tiempo ha pasado! Él recalcaba que las palabras no son un recurso comunicativo simple sino que las palabras son símbolos misteriosos, mágicos, y además son música.
       María K. Interrumpió su párrafo saliendo al porche con una botella de agua muy fría para cambiar la de la jarra.
       ─En “Los teólogos” se habla de la pérdida de lo absoluto, de los extremos del relativismo. La historia de Juan de Panonia y su colega Aureliano, es una historia poética. En todas esas narraciones subyace la poesía… Es inevitable. Posiblemente no sabría hacerlo de manera diferente ─Bebió con deleite un poco del agua fresca que le ofreció María.
       ─Juan ─prosiguió─ fue quemado porque la ortodoxia oficial, la aceptada cuando él atacó a los “monótonos” o “anulares”, se había convertido ya en una heterodoxia, en una herejía insoportable.
       ─Y metáforas, muchas metáforas ─me atreví a añadir.
       ─Eso siempre. La metáfora es la que insufla la indeterminación, la perplejidad. Y la poesía es la responsable de introducir la racionalidad; es su forma suprema.
       ─Sí, recuerdo el final. Aureliano está afligido y soporta sus días intentando  comprender su destino.  Hay un sentido irónico en la muerte de Aureliano, que fallece en un incendio, abrasado por las llamas igual que Juan. ¿No?
       ─Desde luego; en los cielos, Aureliano logra entender  que “para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.”
       El sol ya estaba muy cerca de la línea del horizonte. Terminaba aquella tarde en la que yo había pretendido hablar de Whitman y de “El otro”.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia
      

3 comentarios:

  1. Me parece real, real. Enhorabuena y gracias.

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  2. Me ha encantado. Creo que eres un maestro en el arte de encajar una historia dentro de otra. Enhorabuena y gracias por deleitarnos con tan magnífico relato.

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