lunes, 10 de octubre de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (282)

EL MUELLE DEL VAPOR



El Muelle del Vapor –mucho antes del desdichado “cito”- fue un importante enclave portuense. Constituyó paso para la principal vía de comunicación con Cádiz. Las familias portuenses se desplazaban con frecuencia a la Capital para proveerse de útiles necesarios; indumentaria por ejemplo. Una vez agotadas las posibilidades en Moresco y Salvatierra, en D. Mariano Gutiérrez –Luna y Larga nada menos-, y en Lolita y Serafina –Calle Luna arriba-, antes y después de Almacenes Lerdo –que constituyeron un acontecimiento local-, había que ir a Cádiz a buscar lo necesario. Y naturalmente que en el Vapor Adriano. Apenas había coches particulares.  El viaje en tren era eterno, con dos horas, frecuentemente, de retraso aun saliendo de Sevilla, y los autobuses tenían horarios muy limitados. Había que hacer uso del Vapor aunque ello llevara consigo la posibilidad de un mal viaje debido al paso del barco por la famosa barra a la salida del Río Guadalete y del frecuente  mal viento de poniente, que hacía de las suyas.  Por mucho que Eduardo, Juan y Pepe quitasen hierro al asunto, era frecuentes las devoluciones de papillas, con perdón por el desagradable recuerdo. “Pepe, preguntaban los futuros viajeros, que tal el viaje”. Y Pepe con la socarronería y amabilidad que le eran habituales, contestaba “Bien, bien, se mueve poco”.  La realidad era distinta para los exigentes viajeros.  La verdad es que a Cádiz se llegaba muchas veces con el ánimo poco propicio para la alegría de elegir un bonito vestido o unos zapatos elegantes.  Ni un café confortador, tomado de los magníficos que se servían en el gaditano Café Español, era capaz de resucitar el impulso, y disimular la tez amarillenta de dichos viajeros.  Y lo peor era el pensamiento de que había que volver, añorando ya apenas pisado suelo gaditano,  la gratísima seguridad que nos iba a brindar el pisar el  de la Plaza de las Galeras. En ella encontrábamos con alegría,  el adefesio aquel del cilíndrico depósito de aguas, las Oficinas de D. Antonio Ruiz de Cortázar, Consignatario de Buques,  el Bar Liba y el Bar Buenavista con la acogedora y caballerosa figura de Guillermo Rivas saludando a los acongojados todavía, navegantes.  El llegar a la esquina de Luna con Los Maeras, era una satisfacción inigualable.

      
Para mi que el Muelle del Vapor, a la par, por supuesto, que éste, tuvieron gran importancia en la vida ordinaria portuense. Por otra parte, en sus aledaños tuvo lugar la refundación del Club Náutico, que tanta enjundia iba a tener y sigue teniendo actualmente.  En el lateral de dicho Muelle fondearon los primeros barcos de dicho Club deportivo, por ejemplo 420s y snipes, allá en los años cuarenta.  Entre sus tripulantes creo recordar a los hermanos Calero, Luichi Alcántara, Víctor y Manolo Unzueta, Ricardo Velarde, los hermanos Merello Reynold,  etc.

         Difunto el Vapor, sus alrededores aparecen inertes. Prohibida la circulación de vehículos en sus alrededores, y muerto el Hospital –añorando las impolutas tocas blancas de aquellas mártires caritativas que las sostenían-,  las cercanías del Muelle ha quedado para paseo del pueblo, paseos que apenas se utilizan. Su imagen aparece lastimosamente infrautilizada. Al Muelle del Vapor lo han triturado, dando lastimosa imagen de lo que fue y pudo ser, pero que no es. Por eso, desde aquí, modestamente, le tributamos, como otros tantos portuenses que lo conocieron, nuestro recuerdo afectuoso y agradecido. Gracias Muelle del Vapor por lo que le diste y significaste para El Puerto. De Santa María, por cierto.
José López Ruiz
Académico de Santa Cecilia

2 comentarios:

  1. Cuando al Vapor se le empezó a decir "El Vaporcito" empezó el Puerto a decaer. Artículo de bonitos recuerdos que debemos agradecer.

    ResponderEliminar
  2. Mis recuerdos del vaporcito no son muy agradables. Me explico, en el año 1955 estaba en la mili destinado, temporalmente, en la Comandancia de Marina de Cädizpendiente de ser trasladado definitivamente a la Ayudantía de Marina en El Puerto donde terminé mi servicio militar. Pues bien, las pernoctas, si no tenía guardia, las hacía en mi casa en El Puerto, por lo cual iba y venía todos los dias en el vaporcito. Nada extraño, salvo que este marinero se mareaba todos los dias, con levante, poniente y cualquier viento que soplara. Era un espectáculo ver el marinerito vomitando por la borda. Para más inri, todas las mañanas alguna de las extraperlistas que iban con sus canastos a Cádiz me pregutaban ¿ marinero hará hoy un buen viaje?

    ResponderEliminar