martes, 8 de noviembre de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (285) Cine

   “YO, DANIEL BLAKE”, de Ken Loach

            Acaba de estrenarse en nuestra ciudad esta película que obtuvo la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. A muchos críticos no les pareció bien que habiendo ganado ya la Palma de Oro en 2006 por “El viento que agita la cebada”, volviera a llevársela en un año en el que había películas tan importantes como “Elle”, de Paul Verhoeven, que por cierto, también podemos ver ahora en nuestros cines, “Paterson”, de Jim Jarmusch, “Sieranevada”, de Cristi Puiuo “Toni Erdmann”, de Maren Ade, pero el jurado entendió que esta y no aquellas, era la mejor película presentada a concurso y a ella le dieron el premio.

            Entendían muchos críticos que era una decisión cómoda y conservadora para ocultar otras opciones más arriesgadas, sin embargo no parecía estar tan equivocado el Jurado cuando dos festivales tan prestigiosos como el de Locarno y el de San Sebastián, también le dieron el Premio del Público y cuando acaba de estrenarse en Reino Unido con una crítica entusiasta y un claro éxito de taquilla.

            Cuando vamos a ver una película de Ken Loach, todos sabemos mas o menos lo que vamos a ver.  Este director tiene una trayectoria consecuente con su ideología, no es un esteta ni pretende ser un artista, es una voz que grita y protesta contra las injusticias sociales y así lo pone de manifiesto, junto a su guionista habitual, Paul Laverty, en todas sus películas.  Denuncia una y otra vez al gobierno de su país por haber transformado el Estado de bienestar del Reino Unido en un sistema que destruye y  oprime a los ciudadanos a los que debería de proteger.

            
En esta película se centra aún más en la actualidad del problema y ve como todas las instituciones creadas teóricamente para ayudar a los ciudadanos, por efecto de la burocracia y la desgana, se vuelven contra él.

Daniel Blake es un carpintero autónomo al que el médico de la Seguridad Social prohíbe trabajar por motivos de salud. Sin embargo, el Estado no parece dispuesto a concederle la baja que  le corresponde y le obliga a que busque un empleo por lo que tiene que elegir entre poner en riesgo o su vida o no tener ningún ingreso para sobrevivir.  Es un círculo vicioso cuyo fin es desgastar, humillar y eliminar a aquellos que recurren al Estado para reclamar sus derechos.

            Como en todas sus películas, aparece la agresividad y la falta de humanismo y empatía del funcionariado, esa sospecha de los burócratas sobre las personas que solicitan algún tipo de ayuda, sobre todo los más necesitados, los más débiles, como los ancianos, los jubilados, los inmigrantes, es decir, los más alejados del acceso a los procedimientos de solicitud de recursos.

            Una madre soltera  entabla amistad con Paul en el Centro de Asistencia en el que coinciden y mantiene con él una relación de ayuda mutua, que consigue emocionar a los espectadores.

“Yo, Daniel Blake”, se encuentra con un argumento y con un problema que le vienen como anillo al dedo para poner frente al espectador todas las injusticias que a él siempre le ha gustado denunciar, injusticias propiciadas por las políticas neoliberales que en su país de origen funcionan como una catapulta de una  catarsis colectiva frente a las consecuencias de esas políticas.
Jesús Almendros Fernández
Socio colaborador de la Academia y crítico de cine

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