martes, 22 de noviembre de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (287)

LAS INVARIANTES Y EL DESVARÍO



Cuando se ha  construido una ciudad, paso a paso, y su urbanismo tiene peso, seguro que es producto de las invariantes. Las invariantes se repiten, están en el inconsciente forjador, son elementos imprescindibles de la personalidad y de la idiosincrasia de algo. Así, las invariantes del urbanismo portuense son las calles tiradas a cordel, el urbanismo en damero; los bluendes, esas especies de almenas que coronan los pretiles de las azoteas; los guardacantones de las esquinas; los cierros bajos y altos; los pavimentos tradicionales; los huecos de escalera; los patios; y los soportales, por ejemplo. Cuando el Puerto fue declarado Conjunto Histórico-artístico, yo creí, inocentemente, que sería su salvaguarda. Esta Ciudad de los cien palacios, ha ido, poco a poco, deturpándose y adocenándose, con la permisividad, ciertamente punible, de las autoridades locales.



El paisaje urbano se ha degradado hasta límites insospechados, sin que nadie le ponga tasa ni coto. Aquí cualquiera ha dispuesto como suyo de algo que es del común; el paisaje urbano –y el rústico—heredado, preservable, por Ley.  Pero está visto que la Ley no se ha aplicado, ni se aplica; no se tiene conciencia de estar ante una Ciudad singular, a la que poco a poco se le va despojando de sus invariantes, fijadas y forjadas siglo a siglo. Es el caso de los soportales de la ribera del Guadalete. Desde Pozos Dulces hasta casi el comienzo del Parque de Calderón por la Plaza de las Galeras Reales hubo soportales, magníficos ánditos cubiertos al mismo nivel de la calle; espacios públicos de suelo sin cielo, antesala de las viviendas de gentes de la mar que han ido quedando como testigos, aparentemente roqueños, de las invariantes arquitectónicas portuenses. Y sin embargo, pese a su robustez, llega un cualquiera y los derriba, impunemente. Con sólo repasar las antiguas fotografías puede apreciarse cómo constituían un conjunto muy homogéneo de construcciones que daban la sensación de haber heredado de nuestros repobladores de la cornisa cantábrica una de sus invariantes y haberlas convertido, con el paso de los años, en nuestra. Pues no, parece que no. En el edificio de Pozos Dulces esquina y vuelta con calle Chanca, se han permitido sus promotores derribar los soportales y la primera crujía del edificio, pese a la prohibición expresa que tenían de hacerlo.  Que, por un expediente abierto por la Delegación de Cultura se han rehecho. Pues mal, porque se han rehecho con distintos materiales, con muy distinta textura. 

Y, ya puestos, otro caso sangrante: el de la Casa de las Cadenas. La Justicia tarda, pero, a veces, es ejemplar.  Lo digo por la sentencia que ha dictado el Tribunal Supremo en el caso del derribo de la parte trasera de la Casa de las Cadenas. Y esto no es más que un paso. El segundo será de orden penal, que ya queda bastante consolidado – y puede adivinarse-- con esta sentencia. Aquí, en El Puerto se ha estado jugando con fuego durante muchos decenios. Puede decirse que desde los 60 del siglo pasado. Los derribos de edificios singulares  han sido la tónica. De nada ha servido la declaración de Conjunto Histórico Artístico del casco antiguo. Nuestras autoridades municipales no han tenido la menor sensibilidad para pensar siquiera que estaban ante una Ciudad de trazado y arquitectura muy valiosos, que ha habido edificios dignos de conservarse y, con la Ley en la mano, no han tenido el valor de obligar a sus propietarios a que los conservaran y restauraran. La casa de las Cadenas es un caso más de los muchísimos que pudieran traerse aquí. Ciertamente la parte trasera derribada, no era la menos noble del edificio, sino el lugar donde estuvieron las habitaciones regias que ocuparon durante tres veranos Felipe V e Isabel Farnesio. Desde el balcón trasero se extasiaban mirando al río y al Coto. En la parte trasera del Palacio de Don Juan Vizarrón estuvo el embarcadero donde en las falúas reales pasaban al Coto de los Conejos o de la Isleta  cuando los Reyes, los Príncipes y los Infantes iban a cazar, casi todos los días. Decir que esa parte del edificio no tenía interés es falso de toda falsedad. Crear la ficción de dividir horizontalmente la finca para encontrarle salida solapada a un derribo inmisericorde, es una falacia. El Tribunal Supremo, manda reconstruir lo derribado. Es lo de Ley. Pero yo me pongo con quien quiera un euro, para que no pierda mucho, que este Ayuntamiento no tiene lo que hay que tener para obligar al propietario de la parte delantera a que restaure –no que rehabilite, que es cosa distinta— esa parte del edificio, porque la Ley le obliga. De la parte posterior ya se encargará el Tribunal Supremo que tiene la facultad de juzgar y ejecutar lo juzgado. Y con eso, amigo, no se juega.
                                                                       Luis Suárez Ávila
Académico de Santa Cecilia

1 comentario:

  1. Creo que este caso del Puerto, del centro urbano, tiene pocas soluciones a corto y a medio plazo, tienen que cambiar mucho las circunstancias para que esto se pueda resolver. ¿A largo plazo?, ¿25 ó 30 años? A lo mejor.
    Magnífico artículo como todos los de esta página Web de la Academia de Bellas Artes que visito a menudo.

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