jueves, 3 de noviembre de 2016

Un tejado de sábanas

«Antes de Don Quijote, los héroes creados por el arte eran personajes propuestos a la piedad o a la admiración de los hombres; Don Quijote es el primero que merece y que gana su amistad. Dulcemente ha ganado la amistad del género humano, desde que ganó, hace tres siglos, la del valeroso y pobre Cervantes.»
Jorge Luis Borges
«Quizá sea más fácil entender épocas pasadas. El presente es algo que nos cerca, nos oprime, nos confunde. Yo no entiendo el presente; me siento perplejo, hay veces que me siento triste, siento una sensación de pesadilla ante ciertas cosas que suceden. Bueno, el hecho de que yo sea famoso ya es una prueba de lo extraño que es el presente.»
Jorge Luis Borges

María K.
La comida fue bastante informal, las risas y las tonterías propias no permitieron hacer algo bien elaborado. En realidad perdimos más tiempo acondicionando un poco el porche que cocinando. Allí daba el sol bastante pero estábamos empeñados en comer al aire libre. Se nos ocurrió poner unas sábanas cubriendo la máxima superficie posible y así generar la mayor área de sombra. Afortunadamente no hacía nada de viento y con unos rudimentarios amarres pudimos habilitar una zona agradable y recogida. Estela casi se da un batacazo; tuvo la infeliz idea de subirse a la mecedora para atar el pico de una de las sábanas en un clavo de la cabaña, el asiento osciló un poco y perdió el equilibrio, volcó su cuerpo sobre mí ─yo la sujetaba─ y caímos al suelo; le amortigüe el golpe.
     Nuestras carcajadas prolongaron aquel inesperado abrazo.
     Estuvimos hablando de Borges. Las preguntas de Estela circunvalaban más lo privado, lo oculto, el extenso anecdotario, las mujeres… lo extraliterario. Lo veía todo con cierta deformación profesional, buscando las aristas más sensacionalistas de la vida del escritor.
     Le conté a Estela la historia de su matrimonio con Elsa Astete Millán, a la que conoció cuando él tenía 28 años. Le dije que en ese año, el 1927, a Borges le hicieron la primera operación quirúrgica en los ojos; intervención ─la primera de las ocho a que tuvo que someterse─ que fue fallida.
     El escritor le pidió matrimonio al menos un par de veces en la década de los cuarenta. Y mucho tiempo después; cuando ella quedó viuda y Borges tenía 68 se lo solicitó de nuevo y ─por fin─ contrajeron matrimonio. Elsa, o al menos eso decían, era una mala cantante de tangos y tenía un defecto terrible para Borges: no hablaba inglés. Además era una adicta compulsiva a la televisión. La ruptura no tardó en producirse, apenas duraron tres años juntos. Se cuenta que el escritor volvió a su apartamento, mandó a unos peones de mudanza a retirar sus libros de la casa conyugal, y que confesó: “Me casé porque me interesaba la experiencia de vivir con una mujer”.
     ─¿A partir de ahí comenzó su relación con María K.? ─inquirió Estela con incansable curiosidad.
     ─En realidad no sé si empezó o continuó ─le dije.
     ─¿Todavía vivía la madre de Borges?
     ─Esa es otra parte de la historia. La madre de don Jorge ejerció una gran influencia sobre él en todo los aspectos. Vivió hasta los 99 años, creo que falleció un mes antes de que Borges cumpliera los 76 años. Era una mujer de recio carácter y apremió al escritor para que se casase con Elsa que a ella no le caía mal, al menos al principio.
     ─¿Por qué dices que esa es otra parte de la historia? ─preguntó con interés.
     Pensé en la gran cantidad de historias exageradas y maliciosas que se han propagado sobre el escritor y su órbita. Le contesté:
     ─A Jorge Luis Borges, y no sé el porqué, se le observa con una malsana curiosidad, con un interés casi como si de un bicho raro se tratase. Su vida personal ha sido colocada de manera insana y reiterada en el portaobjetos del microscopio de algunos críticos y pretendidos biógrafos. Ha habido, a mi juicio, demasiadas interpretaciones psicoanalíticas desmesuradas ─añadí.
     Después le leí la dedicatoria, a su madre, de las “Obras Completas”:
Leonor Acevedo
A Leonor Acevedo de Borges 
Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos. Yo recibía regalos y yo pensaba que no era más que un chico y que no había hecho nada, absolutamente nada, para merecerlos. Por supuesto, nunca lo dije; la niñez es tímida.
Desde entonces me has dado tantas cosas y son tantos los años y los recuerdos. Padre, Norah, los abuelos, tu memoria y en ella la memoria de los mayores —los patios, los esclavos, el aguatero, la carga de los húsares del Perú y el oprobio de Rosas—, tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos, las mañanas del Paso del Molino, de Ginebra y de Austin, las compartidas claridades y sombras, tu fresca ancianidad, tu amor a Dickens y a Eça de Queiroz, Madre, vos misma.
Aquí estamos hablando de los dos, et tout le reste est littérature, como escribió, con excelente literatura, Verlaine.
     Notamos que las sábanas que habíamos colocado en el porche se hinchaban, soplaba un aire vivo con algo de frescura. Habíamos perdido un poco ─o mucho, no sé─ ese molesto tacto del tiempo que pasa, fue una sensación agradable.    
     ─¿Sabes que a Borges no le gusta el verano? ─le comenté a Estela.
     ─¿No? Entonces no se encontrará muy bien aquí.
     ─No le he oído decir nada pero imagino que no se debe encontrar muy a gusto. Él siempre trata de viajar a países fríos. Una vez dijo: “Me gusta el invierno, soy un devoto del invierno. Mientras puedo me alejo del verano.”
     El sol ya no daba y quitamos las sábanas. Estela se subió otra vez a la mecedora. Esta vez no cayó, aunque lo deseé; me encontraba en perfecta posición, y alerta, para sujetarla.
     Vimos que Borges y María K. salieron al porche. Imaginamos que ya habrían descansado algo.
     ─¿Quieres que vayamos y te los presente? Así, en la comida de mañana, estaremos con más familiaridad, ¿te parece?
     ─¡Me encantaría! ─exclamó.
     Recogimos un poco todo lo que teníamos por allí esparcido y nos dirigimos hacia la log cabin de ellos. Cuando faltaban pocos metros Estela me tomo la mano y dijo:
     ─Estoy un poco nerviosa.
     Sentí sus dedos apretar los míos y también, desde más lejos, la mirada escrutadora de María K.
     Besó primero a María K. Después a Borges. El escritor hizo un gesto de aguzar el olfato y rompió la tensión del momento diciendo:
     ─Esta chica debe de ser muy guapa, su olor es de flor amarilla, de oro.
     ─Sí que lo es ─apostilló María K.
     Percibí con claridad el rubor de Estela.
     Estuvimos hablando de cosas intrascendentes y acordamos la hora para el día siguiente.


     Hubo un momento en el que María K. le dijo a Borges:
     ─Estela tiene tipo de bailarina, me da esa impresión incluso en sus movimientos.
     ─¿Yo? ¡No me digas! Yo únicamente bailo un poco de flamenco, las cosas corrientes y un poco por bulerías.
     María K. pareció impulsada por un invisible resorte.
     ─¿Bailas bulerías? ¡Me entusiasman! ─exclamó sorprendiéndonos.
     Nuestro asombro aumentó cuando Borges terció en la conversación:
     ─María K. también las baila, nunca la he visto pero, a veces, no sé si de modo voluntario, la oigo taconear con ritmo, con proporción, con misterio. Sé que es flamenco… Inolvidable, aunque ya borroso, aquel, mi invierno en Sevilla.
     Recitó como si de un poema se tratase:
«[…]    y con ellos mucho he noctambulado, discutido, emitido juicios arbitrarios bajo los excelsos reverberos cuyas llamas de oro me hacen pensar (ultraístamente) en Budas fervientes que invocan la noche frondosa, he vaciado copas, inspeccionado bailes de prostitutas, comido churros, jugado e incluso ganado a la ruleta, y anteayer por la noche he visto el amanecer que se abría en una tormenta de luz sobre el Guadalquivir y transformaba los vidrios del pequeño café donde estábamos en raras y espléndidas vidrieras de púrpura y azul pálido».
     ─¡Bueno, bueno…! ¡El mismísimo Borges con ribetes flamencos! Y María me ha dejado absolutamente estupefacto.
     ─¿Y sabes que también escribí unas ‘soleares’? ¡Hace tanto tiempo! Ahora no recuerdo ninguna pero fueron publicadas por lo menos un par de veces… Sí, en “Luna de enfrente”. No sé si alguien se atrevió alguna vez a cantarlas ─rió Borges.
     ─¿Se interesó usted por el flamenco?
     ─Mis amigos trataron de iniciarme; lamentablemente no tuve el tiempo suficiente. Se me fijaron algunas ideas como aquella de que en el auténtico flamenco es difícil hallar metáforas, quizás algún sesgo simbolista; eso sí. Llegué también a comprender que el flamenco era, como alguien me dijo, la conciencia sonora de un pueblo…
     Nuestros pasos fueron torpes y sosegados en la noche. Nos acercábamos a mi cabaña. Sutiles golpes por el dorso de la mano. Buscamos la luna y dije sin querer decir:
«Nadie en la noche indescifrable tema
que yo me pierda entre las negras flores
del parque, donde tejen su sistema
propicio a los nostálgicos amores.»
     ─¿Es de Borges? ─noté un deje partido en su voz.
     Pronuncié un sí lacónico sin explicarle nada más. Nos restaban apenas cuatro pasos.
     No vi la luna.
     ─Quédate ─le pedí impávido.
     Sus dedos volvieron a apretar los míos.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

7 comentarios:

  1. Cada vez más borgiano3 de noviembre de 2016, 10:45

    Parece que Borges ya es de mi familia, cada semana lo conozco más y estoy encantado. Lo de María K. y Borges con el flamenco me ha quedado perplejo. Perfecto todo el artículo con una Estela que vamos conociendo poco a poco. Gracias.

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  2. Este capítulo me ha gustado muchísimo y además es de los que más sorpresas me ha dado sobre Borges, comí su conocimiento y gusto por el flamenco o su referencia a Shakespeare. Por otra parte, también me ha dado la oportunidad de conocerte a ti un pico mejor, a un Ignacio joven sk que ni tuve la oportunidad de conocer pero que, como cualquier joven, siente, aparte de sus querencias literarias, sus querencuas sexuales y su nerviosismo ante la posibilidad de un encuentro amoroso (Esa es mi película. Geacias por tus magníficos artículos, Ignacio, que a tantos años están permitiendo conocer a un Borges del que apenas sabíamos nada.

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  3. Admirable la documentación tan actualizada que utiliza el autor. La entrevista se publicó el pasado día 30 de octubre en Uruguay: «Borges no bailaba tango y a mí el tango no me gusta».(María Kodama).
    Aplaudo todos los artículos y a la academia de Bellas Artes por facilitar que conozcamos en profundidad a un gran autor como Borges.

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  4. Las "Soleares" de Borges pueden leerse aquí: «Soleares de Borges»

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  5. Felicidades MAESTRO como siempre y como todos tus relatos ¡Sublime! Me tienes enganchada y siempre a la espera del próximo. Gracias.

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  6. Formidable. He llegado a un punto que estoy deseando que llegue el jueves para sumergirme en el universo borgiano. Y es curioso porque al principio ( más o menos los dos primeros capítulos) los leía sin especial cariño, como cuando de pequeña te comías las lentejas sin devoción, pero ahora con Borges me pasa como con esta legumbre que me encanta el día que tocan y disfruto con ellas.
    Este nuevo capítulo nos descubre más del autor y de su obra. Es magnífico el "retrato" que hace de su madre, al igual que la referencia al confort que se siente por los tiempos pasados. Y por supuesto, es sorprendente su relación con el flamenco.

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  7. Sorprendente. El profesor Pérez Blanquer ha vuelto ha sorprendernos con su nuevo capítulo. Bonito y elegante el discurso literario hasta encerrarlo en dos conceptos antagónicos: Flamenco vs Tango. y es que si uno es creatividad en el caso del flamenco, el tango es el paso medido exacto.
    Ya don Antonio Machado escribió sus Soleares bajo el paraguas del Modernismo; después fueron Federico G. Lorca, Joaquín Romero Murube, y un largo etc. quienes ecribieron sus Soleares y Tangos bajo el paradigma simbolista. Borges no se quedará atrás.

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