sábado, 14 de enero de 2017

CINE. (“SILENCIO”, de Martin Scorsese)

“SILENCIO”, de Martin Scorsese.
          

  Decir a estas alturas quien es Martín Scorsese, sobra. Cualquier aficionado al cine, no solo cinéfilo, sino simplemente consumidor o espectador acostumbrado a ir al cine, lo conoce. Películas como “Taxi Driver”, “Toro Salvaje” o “Uno de los nuestros”, hacen de este director una referencia obligada en el mundo del Cine.
            Ahora nos ha llegado su última película, “Silencio”, película sobre la que llevaba trabajando los últimos treinta años y que muestra a un director absolutamente subyugado y comprometido con la historia que está contando. No es nuevo para él tratar temas religiosos, ya en 1988 realizó una discutida película sobre Jesucristo, “La última Tentación de Cristo” y no tenemos que olvidar que a finales de los años 50 renunció a su idea de hacerse sacerdote, su primera vocación. Evidentemente, el cristianismo es un elemento esencial y fundamental en la película, como ha sucedido en otras ocasiones en la carrera de Scorsese, pero lo que se nos muestra no es un panfleto o un sermón de predicador o evangelizador, sino una descripción de los personajes, del lugar y del tiempo en que transcurre la historia,  necesaria para entender los motivos de todos los personajes, así como de cada una de sus decisiones y formas de reaccionar. No es algo gratuito, sino imprescindible para la historia que nos cuenta.

  “Silencio” no tiene términos medios para los espectadores: “rollazo soporífero”  o “gozada impresionante”. En cualquier caso, cine en estado puro que en su mesura y sosiego, nos estremece, nos sobrecoge y cuyo recuerdo no podremos evitar que perdure en el tiempo. Cerca de tres horas de duración en la que asistimos a la convicción y a las dudas del protagonista, el joven jesuita interpretado magistralmente por Andrew Garfield, su dolor e inconsciencia, su fe que él cree inquebrantable y que es puesta a prueba.  Carne y espíritu frente a frente y unas conversaciones entre él y el “inquisidor” japonés que ponen al descubierto los planteamientos y las razones de cada uno de ellos, conversaciones de una profundidad filosófica de gran altura que muestran la dualidad entre las posturas de cada uno de ellos. 
   Pero es fundamental no querer ver la historia desde nuestra posición, desde aquí y desde ahora. Así no podremos entender nada. Debemos de intentar situarnos en las coordenadas en las que se  desarrolla la historia que nos cuenta Scorsese: Japón en el Siglo XVII.



                   Muchos espectadores dirán que es una película aburrida e interminable que provoca el bostezo y y el aburrimiento y no les podremos quitar su parte de razón, pero serán muchos también los que queden fascinados y extasiados ante la perfección narrativa conseguida por este director que ha realizado una obra que raya la perfección.   Todo en la película tiene sentido y justificación, los encuadres, los movimientos de cámara, la elección de los paisajes, los detalles, ese primer plano de la crucecita de madera en la mano de la esposa del jesuita ya muerto o el retrato de ese joven japonés vencido y consciente de su debilidad y de su cobardía que, una vez tras otra, pide el perdón de aquellos a quienes ha traicionado, a quienes ha vendido.
Por supuesto que “Silencio” no es una película para todo el mundo pero lo que no se puede negar es que es una reflexión  apasionada sobre el concepto de las creencias y la defensa que hacemos de las mismas, pero a pesar de todo, el planteamiento es más simple de lo que a primera vista parece y eso lo comprendes si consigues entrar en la historia, situarte en ese lugar y en esa época.
Lástima que al final decaiga la narración. De no ser así, estaríamos hablando de una película perfecta.
Jesús Almendros Fernández
Crítico de cine, socio colaborador de la Academia

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