martes, 28 de febrero de 2017

RELATOS. El mundo de Irene

El mundo de Irene

El día ha amanecido tranquilo y luminoso aunque aparecen nubes por el sur. Espero que no vayan a más y tengamos un día bueno para navegar por el aire, sin contratiempos que alteren mi cotidiano recorrido: por la mañana voy del muelle a la plaza  del Cabildo, y por la tarde, a la inversa. Aprovecho para visitar las azoteas del camino, donde siempre encuentro algún resto de comida. Hago un primer vuelo de reconocimiento; todo está en orden: la fuente de la plaza con los surtidores, los puestos del mercado recién colocados, el cartero repartiendo la correspondencia a pie, las calles recién regadas, y los primeros compradores acercándose a las tiendas.
            Perdonad si no me he presentado antes. Soy Pepa, la gaviota y aunque lo parece, no soy nada seria; es que quiero causar buena impresión a los vecinos. Vivo en esta ciudad canaria desde hace años.

            Hasta hace poco, exactamente 16 meses, aquí no ocurría nada divertido ni extraordinario. Os diré en confianza que incluso me aburría en esta isla. Es una ciudad de la isla de Fuerteventura, y su nombre es Puerto del Rosario, la capital. Pero todo cambió  ¡por fin! cuando ella apareció. Una joven pareja, Inma y Gustavo, paseaba a su hijita de pocos meses, en su cochecito.
   Iban felices por la calle peatonal camino de su tienda. Compartían la zona con otros comerciantes con sus tiendas y bares. Todos son vecinos y amigos: Carmen, de la parafarmacia, Manolo, el aparejador; M. Ángeles, la amiga y vecina de Inma; Manolo y Sari, los del bar; Carla y Georgina, de la inmobiliaria; Pedro, de la oficina de alquiler de coches…
            Los conozco a todos porque en mi paseo diario me quedo en la torre del Cabildo que está en la plaza. Desde allí lo diviso todo y me procuro comida en el bar de Manolo y Sari, desde donde se ve el mar y me encuentro como en casa. Otras veces me poso en la torre de la iglesia y da gusto sentir la brisa entre mis plumas.
            Es un placer comprobar que la vida en este lugar es tranquila y la más adecuada para que esa niña, que apareció por aquí, pueda crecer rodeada de paz y cariño.
             Esta repreciosa criatura nació después de ser esperada durante años. Pero valió la pena todo ese tiempo. Toda la familia estaba expectante ante el parto, y sus abuelos maternos, vinieron desde El Puerto de Santa María, un lugar también bañado por el mar y al que algún día iré para ver a la niña cuando se vaya. Espero que sólo sea de vacaciones. Su abuelo paterno, que vino desde Argentina y pudo estrecharla entre sus brazos. Querían estar al lado de la feliz mamá en el momento del nacimiento. Inma estaba segura de que su niñita nacería sana y todo iría bien. Y así fue.
            Su papá, Gustavo, estaba pletórico; no recordaba un momento tan feliz desde que conoció a Inma, la mamá. Cuando tuvo a la niña en sus brazos por primera vez, la miró embelesado. Se la enseñaba a todos, como quien enseña un tesoro. ¡Y es que era su tesoro!
             Yo me enteré de todo porque tengo que escuchar y ver lo que ocurre en mi territorio. A ver, que no soy una cotilla, o al menos no una cotilla improductiva. Hago mi labor controlando para que la convivencia no se vea alterada. Cuando ocurre algo que pueda suponer un contratiempo, me pongo a graznar como una loca y alerto a la gente, que sale para ver lo que está ocurriendo, y así soluciono el problema. Los humanos no saben distinguir a las diferentes gaviotas; para ellos, todas somos iguales. Me aprovecho de ello para pasar desapercibida y hacer creer que no hay nadie vigilando.
            Hoy día, después de algunos meses desde el nacimiento de Irene, la calle ha cambiado. Sigue siendo la misma, pero a la hora de la apertura de las tiendas hay un movimiento especial de gente abriendo las puertas y arreglando las entradas. Los vecinos se saludan y comentan sus cosas. Lo hacen como si de una gran familia se tratase. ¡Y lo que charlan, por Dios!
            Y no es que antes no se saludaran, pero ahora les une algo más que el hecho de dedicarse a la misma actividad; ahora hay un algo que les une y que yo se lo noto en sus miradas y en su modo de comportarse. Ese algo es la muñeca que recorre la calle como si fuera toda ella su casa. Tiene una amiga un poco mayor que ella con la que juega y ríe feliz.
            Va de puerta en puerta saludando a todos, buscando a todos, sonriendo a todos, echando los brazos a todos…¡A todos, menos a mí!
Al principio no me miraba, pero un día me posé a su lado, en el banco que hay en medio de la calle y que ha hecho suyo. ¡Yo estaba tan nerviosa! Me miró, la miré y conectamos. ¡Qué intercambio de miradas!
Me enamoré de ella al instante. Me quiso coger pero tengo que demostrar que soy un ave un tanto arisca y no quise perder mi compostura ni mi fama de solitaria. ¿Qué dirían mis colegas si vieran que una niña me acaricia? Me quedé con ganas de que me pasara su manita, tan regordeta, por mis plumas… ¡Cómo siento haberme retirado! ¡Dichosos prejuicios…!
            Esta mañana ha llegado más graciosa que nunca. Os cuento cómo es.
            Por lo pronto deciros que tiene sólo dieciséis meses de edad. Así os podéis imaginar el tamaño de la chiquitina. Es vivaracha, con cara redondita y con una mirada inocente pero que con ella logra enganchar a todo el que la mira. Tiene un pelito sedoso y liso, aunque a la altura del cuello se le forman rizos y, he oído decir a la abuela Inmaculada, que es lo mismo que le ocurría a la mamá cuando era pequeña.
            Yo la distingo desde lejos por su indumentaria; va vestida de forma diferente al resto de las niñas. Su madre se encarga de ello, de crear su estilo. Trae puesto un pantalón estrecho, de color gris, y una camiseta de mangas largas y que tiene dibujados unos divertidos gatos. Al cuello lleva un pañuelo a modo de bufanda que la hace mayor. ¡Está preciosa! ¡Palabra de gaviota! Pero hay algo que me gusta menos, aunque reconozco que la hace más linda aún, y es que le han puesto unas bonitas gafas de sol, de color rosa. Que digo yo que está muy bien para protegerla del sol, pero… ¿ha pensado alguien en mí? ¡No podré ver sus chispeantes ojos y no nos comunicaremos!
             Y ahí está, en medio de la calle, mirando atentamente a todo el que pasa. Saluda con su habla incipiente y con su sonrisa que enamora. Su madre sabe en cada momento dónde está y con quién se ha parado. Si en la parafarmacia con Carmen, que la deja jugar con el ordenador; si en casa de los chilenos; si con Mª Ángeles  o Sari que se la llevan de compras… Pero es que todos la vigilan como si de su hija se tratara.
  ¡Eh, que yo también colaboro! Cada día me he ido acercando más a ella y jugamos. Ya no huyo volando; lo que hago es dar saltitos a su lado y ella juega a cogerme. ¡No hay en toda la isla una gaviota más feliz!
            De vez en cuando hay un cambio en la calle. ¡Han venido los abuelos, y la niña ríe de una manera especial! Los ha visto en la calle, desde lejos. Sin soltar el juguete que tenía en la mano, corre con los brazos abiertos dirigiéndose hacia el abuelo que la espera agachado. La niña se tira a él y le rodea el cuello con sus bracitos en un abrazo intenso que al abuelo le inunda de ternura. Se la pasa a la abuela, disimulando su emoción. Inmaculada la llena de besos. Que digo yo si no le molestarán tantos achuchones del uno y del otro… Me gustaría que la pusieran en el suelo para que yo pueda ponerme a su lado un ratito. Sí, estoy celosa, lo reconozco, pero es que una tiene su corazoncito. Y es que la niña se olvida de todos en los días que los abuelos están con ella.
Han pasado unos días y noto que los abuelos se han ido porque Irene pasa la mañana inquieta. Busca por todas partes; para poco rato con Carla, con Mª Ángeles y Sari, con Carmen, con Manolo… Procuran distraerla con más dedicación. Menos mal que su amiguita Aixa viene con la abuela a visitarla. Con tanto cariño y con mi compañía, claro,  Irene vuelve a ser el duende y la princesa de la calle.
            Desde que llegó a mi rincón, no hay día malo aunque llueva, truene o nos azote el viento. Desde el alero del tejado de la tienda de su madre, vigilo para que la calle esté a punto, pues mi niña ha de ser siempre feliz. Es el objetivo que me he marcado y nunca hubo un trabajo más placentero.
            Acaban de cerrar las tiendas y los dueños se van despidiendo. Van desfilando y ese rincón de la calle va quedándose callado y tranquilo.
            Irene se va con los padres hacia el coche aparcado en la parte de atrás. Lleva sueño y dentro de poco dormirá plácidamente y ¿quién sabe? A lo mejor sueña con una gaviota que la lleva volando a dar un paseíto por los aires.
            Los veo desaparecer y me quedo en la torre sintiendo que ya la echo de menos…

            Pero bueno… ¡Mañana será otro día para estar con ella!
Relato de: Laurentina Gómez Rubio

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