jueves, 6 de julio de 2017

EL MUNDO DE LA MÚSICA (Capítulo VIII) El Clasicismo.

El Clasicismo (1730 – 1820)
          

Aunque el periodo clásico se asocia con la segunda mitad del siglo XVIII, sus rasgos estilísticos empezaron a fraguarse en la década de 1730, - asolapándose con el Rococó francés - y el final del periodo podría situarse en la década de 1820, coincidiendo con la muerte de Beethoven y Schubert.
            Durante el siglo XVIII - época de la razón y de la Ilustración - se fomentó el razonamiento a partir de la experiencia y la observación. El rápido avance de los acontecimientos políticos, los cambios artísticos y el movimiento intelectual de la Ilustración, propiciaron las grandes transformaciones del tejido social.
Mientras que en el Barroco, la mayoría de los músicos ocupaban cargos en  la corte  o en la Iglesia, o servían en las casas de la aristocracia, al final del periodo clásico los músicos se hicieron independientes y se ganaban la vida publicando, interpretando y enseñando música. Éstas eran la norma. Si en el Barroco coexistían estilos nacionales, a principios del periodo clásico hubo, en los centros musicales europeos, una clara predominancia de músicos italianos que terminaron por establecer un lenguaje musical adaptado al gusto de la época con frases líricas, cortas, repetitivas y simétricas; melodías fáciles de recordar, texturas homofónicas y armonías sencillas. El gusto por la simplicidad y la espontaneidad influyó en todas las formas musicales, sobre todo en la ópera, donde los argumentos heroicos y pseudo-históricos, interpretados por los “castrati”, dieron paso a personajes comunes y contemporáneos que cantaban en lenguas vernáculas.
El mayor de los dones y legado de este periodo fue la forma de la sonata-sinfonía clásica que, aun teniendo sus raíces en la época barroca, adoptó una estructura clara y equilibrada que todavía se sigue considerando como la más perfecta y poderosa forma de la música instrumental. En la época clásica tuvo lugar la creación de la escuela de Mannheim, donde se produjo la forma de la sinfonía moderna para orquesta. Una de sus aportaciones fue el desarrollo de los efectos del “crescendo” y el “decrescendo”, y donde se observó, por vez primera, que tanto el piano, como el pianoforte, tienen un color y una forma musical propia.



Aunque la música de Beethoven se erige como el sólido puente que une la época de la razón –siglo XVIII- con la era romántica, considerar su música como el paso de la Ilustración al Romanticismo sería simplificar demasiado. Pese a las diferencias entre ellas, existe una clara continuidad estilística entre las obras de los cuatro gigantes del periodo: Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert, que define el verdadero clasicismo. Todos los géneros – sinfonía, sonata, cuarteto, minueto, canción y ópera – de la producción de los cuatro compositores se rigen por la forma sonata, basada en una yuxtaposición de temas principales en una tonalidad de base con temas de contraste en una tonalidad secundaria, seguida por el desarrollo técnico de los mismos. Los primeros trabajos de este tipo alcanzaron su perfección con maestros como Haydn, Mozart y Beethoven. Los dos primeros pertenecen tanto al rococó como al clasicismo, mientras que Beethoven pertenece por completo al clasicismo.
La estructura de la sinfonía, - sonar juntos -, evolucionó a partir de unos primeros conjuntos de tamaño e instrumentación diversos, hasta llegar a un formato  común de  tres o cuatro movimientos para una orquesta cada vez con   más instrumentos. Poco a poco, la sinfonía se convirtió en el género estándar de  los conciertos. Era habitual interpretar varias sinfonías en el mismo concierto, intercalando arias, sonatas o improvisaciones en actuaciones que podían alargarse varias horas. Con el tiempo, la sinfonía llegaría a ser considerada la forma más alta de expresión instrumental.
El primer movimiento de la sinfonía era, por lo general, rápido y buscaba atraer la atención del público. Había surgido de la obertura de la ópera. Tenía que ser positivo y edificante para abrir el corazón y prepararlo para el sublime segundo movimiento, lento y conmovedor. El tercer movimiento solía incluir un minueto, heredero de la elegancia y el equilibrio de la danza. El movimiento final concluía la sinfonía de forma enérgica, con un pulso potente, natural y vivaz.
Dentro de esta forma, cada movimiento desarrolló una estructura reconocible. Por ejemplo: el primer movimiento presenta un tema musical que     se repite varias veces en la tonalidad base para introducirlo o reforzarlo. A menudo, aparece un segundo tema de contraste, en especial en la sinfonía del periodo clásico tardío. Mozart, acostumbraba  a responder a un primer tema fuerte con un segundo tema, suave y lírico, en otra tonalidad. Después de esta “puesta en escena”, la música continúa y se inicia un viaje a través de nuevas ideas temáticas. La sinfonía se hace dramática, se mueve en tonalidades distantes, experimenta picos de suspense y finalmente retorna a la tónica para proporcionar la sensación de resolución.
La sonata clásica, por lo común, tenía una estructura tripartita aunque, a medida que aumentaban, tanto su tiempo como su complejidad, se compusieron sonatas en cuatro movimientos, de cualquier forma está demostrado que es una de las estructuras musicales más duraderas y adaptables de la música occidental que sobrevive en la actualidad.
Academia de Santa Cecilia

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