miércoles, 25 de julio de 2012

Paseando con un poeta: Miguel de Unamuno

    Llevaba un buen rato paseando por la playa, era temprano, no más de las 8, el sol aún daba muchas sombras en la arena, la marea baja dejaba ver piedras en la orilla; poca gente, algunos pescadores de caña y unos pocos paseantes madrugadores. Me crucé con aquel hombre que me miró con cierta insistencia, en realidad venía fijando su mirada en mí desde bastante distancia. Pensé que sería un cura de descanso veraniego de la Casa de Ejercicios que estaba arriba, encima de la escarpadura. De barba blanca con vetas, bigote nutrido ─caído y oscuro─, enjuto, más bien de poca estatura y mirada profunda. Caminaba con soltura y las manos entrelazadas a la espalda.  Creo que aún no había caminado doscientos pasos y me di la vuelta para tratar de encontrarme otra vez con él. Y cierto, también se ha había girado y venía otra vez a mi encuentro; cuando llegó a mi altura paró y exclamó con sonora voz:
    ─¡Sólo tú me ves!
    Me quedé un poco aturdido del asombro y sin hacerle caso, como si no se hubiese dirigido a mí, di unos pasos hacia adelante, de pronto paré; me golpeé la frente con el dorso de la mano derecha y dije en voz alta:
    ─¡Dios mío, un poeta!
    Giré y me quedé frente al personaje, mirándole con mucha atención. Plantado delante, esperó que le reconociera. Ahora el sol le iluminaba la cara y tuve una rápida intuición preguntándole:
    ─¿Don Miguel? ¿Miguel de Unamuno?  ─dije balbuceante.
    Sonrió de manera muy agradable y dirigió su mirada al horizonte marino recitando:
El cuerpo canta;
la sangre aúlla;
la tierra charla;
la mar murmura;
el cielo calla
y el hombre escucha.
    A continuación añadió:
    ─Una vez dije, o escribí, algo así: «Yo apenas escribí versos hasta pasar de los treinta años, y la mayoría de ellos, la casi totalidad, después de los traspuestos los cuarenta… son poesías de otoño, no de primavera». El primer libro de poemas, que titulé «Poesías», lo publiqué, en 1907, con más de cuarenta años cumplidos, y por aquellos entonces ya había escrito bastante prosa.
    Comenzamos a pasear y me di cuenta que su cuerpo no arrojaba sombra alguna sobre la orilla; le comenté que no lo había incluido en la lista inicial de poetas y que lo inserte después, a instancias de una amiga que me lo sugirió y que ya tenía algún material recopilado sobre él. Le dije que a él le tenía más como al influyente guía intelectual de la Generación del 98 que como poeta.
    En ese momento se cruzó con nosotros una pareja que miró con cara extraña, imagino que pensarían que yo era un pobre orate de cháchara matinal y solitaria.
     ─De ese material que has reunido, ¿qué te ha llamado más la atención? ─me preguntó tuteándome y con tono muy afable.
     Dudé unos instantes antes de responderle:
     ─No sé... quizás su carácter de apasionado polemista, sus contradicciones. También sus distintos misticismos: el sentimental, el religioso y el patriótico.
     Se detuvo y me miró con fijeza diciendo:
     ─¿Acaso es posible vivir sin estar sumido, navegando como aquella barca ─señaló a la mar─, en un océano de contradicciones? Ya lo dije muchas veces, y lo volveré a repetir: los humanos somos hijos de la contradicción, somos una perpetua discordia. La contradicción nos provoca las necesarias sacudidas mentales para resolver nuestros problemas, exigiéndonos sinceridad y hondura.
    Asentí al escuchar estas palabras con su estilo inconfundible, agresivo, punzante, siempre directo al centro de la cuestión, inquietando, agitando.
    Cruzó sus manos por la espalda, se paró al borde justo del agua y mirando a lo lejos recitó con cansina voz:
    La mar ciñe a la noche en su regazo
y la noche a la mar; la luna, ausente;
se besan en los ojos y en la frente;
los besos dejan misterioso trazo.
    Derrítense después en un abrazo,
tiritan las estrellas con ardiente
pasión de mero amor y el alma siente
que noche y mar se enredan en su lazo.
    Y se baña en la obscura lejanía
de su germen eterno, de su origen,
cuando con ella Dios amanecía,
    y aunque los necios sabios leyes fijen,
ve la piedad del alma la anarquía
y que leyes no son las que nos rigen.
    Sus preocupaciones vitales se hallan como invariantes en su poesía. Dios y la naturaleza humana, la trascendencia, la eternidad y la muerte son temas recurrentes en su obra. Canta todo cuanto inquieta a su espíritu desde el amor a su esposa, Teresa, hasta los dilemas de sus propias contradicciones espirituales.
    Te recitaba Bécquer... Golondrinas
refrescaban tus sienes al volar;
las mismas que, piadosas, hoy, Teresa,
sobre tu tierra vuelan sin cesar.
    Las mismas que al Señor, de la corona
espinas le quitaron al azar;
las mismas que me arrancan las espinas
del corazón, que se me va a parar.
    Golondrinas que vienen de tu campo
trayéndome recuerdos al pasar
y cuya sombra acarició la yerba
bajo que has ido al fin a descansar.
    Intenté hurgar en mi memoria para recordar unas palabras que había leído unos días antes y en las que el propio Unamuno describía cómo era su poesía.
    Creo que me leyó el pensamiento, giró hacia mí y pronunció justo aquellas palabras que yo buscaba:
    ─“El verso es más liso, más llano y más corriente que la prosa, y si me tengo que valer de él es por sentirme a ello empujado por un poder íntimo, entrañado y arraigado en el cogollo de mi ánimo. (…) Y lo que crea es la palabra y no la idea. Que si la idea es idea, la palabra es espíritu.” ─Con una sutil sonrisa añadió─: ¿No?

    Notaba que se estaba terminando mi tiempo con el poeta y deseaba hablar con él algo sobre su extensa y célebre obra el "El Cristo de Velázquez" que tardó en escribirla casi siete años y en ella se encuentran las más importantes claves del pensamiento de Unamuno. Pero ya no hubo tiempo de más, se dio la vuelta, se detuvo a mi lado mirando al frente y recito despacio:
Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
su negro sello servirá de broche
que cierra el alma;
vendrá de noche sin hacer ruido,
se apagará a lo lejos el ladrido,
vendrá la calma...
vendrá la noche....
    Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

8 comentarios:

  1. Gema Navarro-Pingarrón25 de julio de 2012, 12:51

    Insuperable nuestro académico.

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    Respuestas
    1. tengo la piel de gallina ! FABULOSO !..aunque repitas "orilla "..es que no me suena....al principio....

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  2. ¡Qué maravilla de paseo playero matutino!
    Un retrato magnífico: físico, espiritual y artístico. Muchas gracias!

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  3. ¡Maravilloso! Hoy me he dado cuenta lo mucho que echaba de menos estos paseos poéticos. Por tanto, muchas gracias.

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  4. Muchas gracias por continuar esta bonita serie que me recuerda mis años de instituto.

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  5. Cuánto echaba de menos tus magníficos paseos con un poeta, y que gran suerte haberte encontrado esta vez con tan insigne autor.
    Felicidades Amigo Ignacio, te superas en cada nuevo relato, paseamos a vuestro lado, y recordamos tantas cosas que nunca deberíamos olvidar.
    Gracias y sigue así.

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  6. Realmente magnífico, por favor, sigan esta serie.
    Saludos

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  7. Genial como siempre,aprendiendo contigo semana a semana.Don Miguel estará encantado porque el detestaba la avaricia espiritual del que sabiendo algo,no procura la trasmision de esos conocimientos.

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