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Paseando con un poeta: Rafael Alberti

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Mi idea del tiempo siempre choca con la de ese lugar donde moran los poetas, es la confrontación inevitable entre lo perenne y lo efímero, entre lo eterno y lo pasajero. Expresé mi deseo de hablar con Rafael Alberti quería preguntarle algunas cosas sobre su poesía primera, sobre aquella arboleda perdida, o sobre el castillito en la playa, quizás hubiésemos podido pasear un poco a la orilla del Guadalete, recorrer la calle Larga de punta a punta o pasar por su casa en la calle Santo Domingo. Me dijeron que no podía ser, que estaban reunidos los del 27; pregunté sobre cuánto tiempo estarían y la contestación fue: "unas horas, un día ─o varios─, semanas, meses o años." Imagino que se me quedó una cara como el título de aquella obra que escribió en 1929: «Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos» . Después hube de meditar un poco sobre ese tiempo que nos diferenciaba que no era cuestión sólo de curvaturas del espacio.  Siempre me han fascinado las diferentes...

Paseando con un poeta: León Felipe

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¿A qué huele una farmacia vieja y abandonada? Me lo pregunté al ver aquellas estanterías llenas de tarros sobre tablas de madera, negra, igual que el suelo. Él estaba allí, al fondo, en un sillón de ancho asiento, sus manos se cruzaban en la empuñadura de un grueso bastón. No había mucha luz para ver más. Sabía que tenía su mirada fija en mí; empezó a golpear suavemente el suelo con el garrote, primero en intervalos muy pausados con ausencia de ritmo, después se fue acelerando y adquiriendo un cierto compás. Ambos estábamos callados; percibía unas ciertas vibraciones en mis piernas que venían trasmitidas por el piso desde el lugar donde daba los golpes con el bastón. No sé cuánto tiempo tardé en darme cuenta de que los choques del palo en el suelo eran sus versos: ... Que no quiero, que no quiero, que no quiero, que no quiero que me arrullen con cuentos, Que no quiero, Que no quiero, Que no quiero, Que no quiero que me sellen la boca y los ojos con cuentos, ...

Paseando con un poeta: Miguel de Unamuno

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    Llevaba un buen rato paseando por la playa, era temprano, no más de las 8, el sol aún daba muchas sombras en la arena, la marea baja dejaba ver piedras en la orilla; poca gente, algunos pescadores de caña y unos pocos paseantes madrugadores. Me crucé con aquel hombre que me miró con cierta insistencia, en realidad venía fijando su mirada en mí desde bastante distancia. Pensé que sería un cura de descanso veraniego de la Casa de Ejercicios que estaba arriba, encima de la escarpadura. De barba blanca con vetas, bigote nutrido ─caído y oscuro─, enjuto, más bien de poca estatura y mirada profunda. Caminaba con soltura y las manos entrelazadas a la espalda.  Creo que aún no había caminado doscientos pasos y me di la vuelta para tratar de encontrarme otra vez con él. Y cierto, también se ha había girado y venía otra vez a mi encuentro; cuando llegó a mi altura paró y exclamó con sonora voz:     ─¡Sólo tú me ves!     Me quedé un poc...

Libro de la serie «Paseando con un poeta»

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    Hemos publicado un pequeño libro, profusamente ilustrado, que recoge todos los artículos publicados en este 'blog' correspondientes a la serie titulada «Paseando con un poeta» escrita por el académico de nuestra institución D. Ignacio Pérez Blanquer.      Todos los beneficios obtenidos con la difusión del mismo serán íntegramente dedicados a los trabajos de restauración y conservación de las obras del patrimonio pictórico portuense que se encuentran en la Iglesia Mayor Prioral.

Paseando con un poeta: Francisco de Quevedo

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    Fue el encuentro más largo. Conversación amable, extensa y fluida; difícil de reproducir en unas pocas líneas escritas. Hablamos de su vida y opiniones, también de la vida en España ─en la de entonces y en la de ahora─, de poesía, y de un sinfín de cosas. No sé cuánto duraría la conversación pero les aseguro que a cualquiera de ustedes les habría sabido a poco. De él existe una imagen estereoatipada que en la mayoría de los casos no se corresponde, en absoluto, con la realidad. Se me ocurre decir que es, o era ─ruego que comprendan mis líos con el presente y el pasado─ un hombre con majestad. Sí, con auténtica majestad. Con un solemne señorío que impresionaba. No tenía sonrisa fácil, ni le vi reír, sólo ponía un gesto en sus labios, que conjuntado con un brillo especial en sus ojos daba la apariencia de una sonrisa completa. Me habló de su desmedido pesimismo político que había perfilado en sus obras "España defendida" y "Marco Bruto" , y en "Política ...

Paseando con un poeta

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"El Parnaso" de Rafael      Algunos tienen curiosidad por saber cómo concierto las entrevistas para mis paseos con los poetas, debo decir que no siempre es igual el procedimiento y que lo que pongo en juego es solo una fuerte concentración en mis deseos, después los acontecimientos se desarrollan con casi nula intervención mía; pero hay un acontecer curioso que se ha repetido en ocasiones. Me siento, sí; me percibo con gran claridad caminando por una calle muy larga y recta, voy por la acera de la izquierda, a mi lado un muro alto y viejo de casi tres metros de altura, con desconchados; siempre hay mucho sol y mucha claridad pero no calor. La arista que une el acerado con el muro está repleta de hierbajos con alguna perdida florecilla amarilla; regueros de hormigas cruzan los espacios. La otra acera ─en la que da sombra─ tiene un muro largo también pero se interrumpe por la presencia de varias casas distantes entre sí ─cuatro o cinco─ deshabitadas con tablo...

Paseando con un poeta: José de Espronceda

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    Intentaba situarme, saber dónde me encontraba, no tenía clara mi llegada a tal lugar. Recordaba que había pedido entrevistarme con el gran poeta romántico José de Espronceda y Delgado, poco más. Ahora estaba sentado en un sillón ─algo tosco─ todo de madera con gruesos reposabrazos en una habitación ─¿ o acaso una celda?─. Miré a mi alrededor, el poeta estaba conmigo, se movía inquieto por el recinto y hablaba sin parar. A mi lado había una mesa, bueno, un tablero con cuatro patas, no más. Un vieja antorcha apagada colgaba de la pared frente a mí, la poca luz entraba por un ventanuco de poco más de dos cuartas de ancho y unas tres alto, y por allí veía un trozo de azul. ¿Y la puerta? ¡Allí no había ninguna puerta! Miré detrás, pero tampoco había salida alguna. Atendí con la vista otra vez al poeta, que seguía con su apasionamiento verbal, no podía escuchar bien lo que hablaba, hasta mí llegaba un rumor ininteligible. Cerré los ojos con fuerza y apreté mis ma...