Paseando con un poeta
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"El Parnaso" de Rafael |
Algunos tienen curiosidad por saber cómo concierto las entrevistas para
mis paseos con los poetas, debo decir que no siempre es igual el procedimiento
y que lo que pongo en juego es solo una fuerte concentración en mis deseos, después
los acontecimientos se desarrollan con casi nula intervención mía; pero hay un
acontecer curioso que se ha repetido en ocasiones. Me siento, sí; me percibo
con gran claridad caminando por una calle muy larga y recta, voy por la acera
de la izquierda, a mi lado un muro alto y viejo de casi tres metros de altura,
con desconchados; siempre hay mucho sol y mucha claridad pero no calor. La
arista que une el acerado con el muro está repleta de hierbajos con alguna perdida
florecilla amarilla; regueros de hormigas cruzan los espacios. La otra acera ─en la que da sombra─
tiene un muro largo también pero se interrumpe por la presencia de varias casas
distantes entre sí ─cuatro o cinco─ deshabitadas con tablones de madera clavados
en puertas y ventanas, son de dos pisos, pero muy sencillas. Todo trasmite
soledad y abandono.
Me desplazo tranquilo, sin prisa; al final de la calle se encuentra un
gran portón cerrado ─de enorme y mohosa cerradura─ que va casi de acera a acera, está
enmarcado por gruesas piedras porosas, con un escalón bajo y gastado. La madera,
olvidado su esplendor de lejanos tiempos, muestra su superficie astillada,
rajada, y gris. La llave la suelo encontrar tirada por allí delante pero nunca
muy lejos, siempre me ha sido fácil encontrarla. Abro, y empujo la hoja derecha
del portón, el chillido de los oxidados goznes rompe el silencio de la zona.
Entro lentamente y con cuidado cierro otra vez la enorme puerta a mis espaldas.
Ahora el paisaje cambia radicalmente, delante de mí un atractivo jardín
silvestre ─desamparado─ con setos,
hierbas altas y algunos frondosos frutales. Sigo el trazo de un viejo camino,
cuando he caminado unos minutos recuerdo el temor que casi me hace dar la
vuelta la primera vez que estuve allí. La desdibujada senda me lleva hasta una
pequeña escalera cuyos peldaños más altos están iluminados por un sol muy
brillante. Arriba me encuentro al borde de un prado, con un cielo de rabioso
azul. Ante mi vista se balancean, movidas por una suave brisa, miles de flores.
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El monte Parnaso desde el santuario de Delfos |
Siempre siento unas enormes ganas de despojarme del calzado y correr
entre la hermosa vegetación, disfrutando de cada paso. Al fondo ─calculo que a unos cuatrocientos o quinientos pasos─ se ve una perfilada línea de árboles que sugiere
el final del prado y comienzo del bosque; hacía allí me encamino. Hay un
cercado de alambres muy destrozado y pronto encuentro un lugar para
introducirme en el bosque. No sé por qué me pero me parece que todo aquello
tiene similitudes con el Parnaso, ya
saben, ese lugar mítico considerado por los griegos como morada de las Musas y
de Apolo, la patria simbólica de los poetas y artistas. Dejo atrás el silencio
que lo invade todo, allí se escucha un intenso cantar de pájaros, también hay
raros ruidos de crujir de ramas; se producen danzas de mi propia sombra que me
asustan. Vienen a mi cabeza los versos de Lope:
─Boscán, tarde llegamos ─¿Hay posada?
─Llamad desde la posta, Garcilaso.
─¿Quién
es? ─Dos caballeros del Parnaso.
─No hay donde nocturnar palestra armada.
...
Acelero los pasos al atisbar un claro; alivio la respiración. Llego y
quedo extasiado, me encuentro en una especie de oasis de serenidad y calma que
jamás podría haber soñado.
Decían que en el Monte Parnaso brotaban
manantiales que formaban varias fuentes y la más famosa en la antigüedad era la
fuente Castalia, rodeada de un pequeño bosque de laureles consagrados a Apolo.
Cerca de esta fuente se reunían las musas y las ninfas, quienes bailaban y
cantaban acompañadas de Apolo y su lira. Allí no había nadie. Con lentitud me
sitúo en el centro del claro al lado de donde un brota un fino manantial. Tomo
asiento en una piedra en el suelo al lado del agua de cristal. Lo contemplo
todo.
Aquellos versos de Safo golpean el paisaje:
...
yo te buscaba y llegaste,
y has refrescado mi
alma
que ardía de ausencia.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico electo de Santa Cecilia
Abril, 2012
Precioso, Ignacio increible la descripción del porton, cerradura y lo q te hay en el otro lado...q fácil es pasear contigo !! Me encanta una semana más. Saludos y enhorabuena de una descarrilá
ResponderEliminarLo bueno es que siempre se aprende algo.
ResponderEliminar"... danzas de mi propia sombra que me asustan." Es una frase muy bonita, me quedo con ella. Gracias por el interesante escrito.
ResponderEliminarque emocion !..fuí contigo al Parnaso !
EliminarBuen paseo maestro,pero tengo una duda¿la piedra que enmarca el porton es la OSTIONERA?jeje!!!
ResponderEliminarSigamos paseando porque yo cuando te leo me siento en el mismisimo Parnaso.
Mi primera lectura del sábado, excelente y muy romántica. Buen fin de semana.
ResponderEliminarSaludos