miércoles, 10 de octubre de 2012

LA MUSICALIDAD DE LA PINTURA (Capítulo 6º de 11)


La Bacanal pintada y firmada por Vecellio di Gregorio Tiziano (Cadore, h. 1490, +Venecia, 1576) fue encargado en 1518 por Alfonso de Este, Duque de Ferrara, para formar parte de la decoración del Camerino de alabastro, junto con El festín de los dioses de Bellini (National Gallery de Washington) y otras dos bacanales del propio Tiziano, La ofrenda a la diosa de los Amores (Museo del Prado) y Baco y Ariadna (National Gallery de Londres). Es posible que esta obra fuera regalada un siglo después por Nicolás Ludovisi, virrey de Aragón, a Felipe IV. Junto con la Ofrenda, don Manuel de Zúgiña y Fonseca, VI Conde de Monterrey, se la entregó al Monarca antes del 5 de agosto de 1658. Ya en 1666 aparecen ambas en los inventarios de El Alcázar de Madrid. La inspiración de la pintura parte del libro Imágenes del escritor helenista Filostrato, pero el pintor de Cadore desarrolla en ella las ideas neoplatónicas del duque de Ferrara y altera en cierto modo, la fábula mitológica. El resultado del cuadro, tras las transformaciones que realiza el artista durante el transcurso de la ejecución pictórica, es el de una fiesta en la que se exalta el amor y el vino.

En esta escena báquica desarrollada en una isla griega, los personajes esperan la llegada por mar de Dionisio. Unos bailan y  otros cantan al son de las flautas en un paisaje campestre en el que están presentes numerosos recipientes de vino. En primer término, el bellísimo desnudo yacente de Ariadna y al fondo Sileno dormido, tal vez embriagado. En la parte delantera están las copas caídas al lado de una partitura y el pequeño río de vino tinto que surcaba la Isla. Entre los que bailan, un joven levanta una jarra de cristal con vino que se recorta sobre el blanco de las nubes. En la partitura se puede leer en un francés arcaizante «qui boit et ne reboit ne sait que boire soit» quien bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber.

El movimiento, salvo en las figuras que descansan, es envolvente y los paños de los danzantes ondean y se entremezclan. Las bellas calidades cromáticas de la pintura se tornan armoniosas tonalmente en el desarrollo de la escena que tienen mucho de danza popular, interpretada en un tiempo “allegro maestoso”, frente a la serenidad suave y sostenida de la Venus. Partiendo de su posición, la representación se va escalonando en diagonales y  horizontales.
Los vestidos de la pareja que baila a la derecha se enriquecen con el “vibrato” o vibración que producen los toques de pincel en superficie para realzar los pliegues, haciéndose más expresivos y sirviendo de punto lumínico al que se dirige nuestra mirada. Pudieran estar moviéndose al ritmo de una danza de Edvard Grieg.

Casualmente, en La Bacanal  tizianesca encontramos una serie de elementos de gran paralelismo con los de esta tierra gaditana. Un río se junta con el mar en donde avistamos un barco de vela, como sucede aquí con el río Guadalete que va a desembocar al Atlántico. Por otro lado, el vino, el baile y el cante, propios de la bahía son la consecuencia de la alegría que produce la cultura a través del conocimiento del vino, como lo era también, en nuestra escena de referencia, lo que motivaba la exaltación de las Dionisíacas.

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