lunes, 22 de julio de 2013

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (124)

EL DEBATE ÉTICO DE LA TECNOLOGÍA

Parece erróneo suponer que los científicos y tecnólogos  puedan apartarse del debate ético actual que provocan algunos de los avances técnicos modernos aplicados con intereses económicos, esto es,  sociales. La Sociedad debe disponer hoy de la necesaria guía ética que demandan los desarrollos científicos y técnicos.

Bajo esta guía ética deben estudiarse científicamente, por ejemplo, los problemas ecológicos derivados de la actividad humana, bajo una ingeniería ambiental regida por su correspondiente auditoria. 

Habría también que concienciar a las gentes acerca de los beneficios constantes y visibles que proporciona la Tecnología. Se consumen sus beneficios sin alabarlos y, al mismo tiempo, ingratamente, se busca cualquier inevitable dependencia para escarnecerla y hacerla sospechosa de todos los males. Se buscan escándalos hasta en nimios detalles, amplificados luego. Por ejemplo, que en alimentos cocinados a altas temperaturas, los asados y los fritos entre ellos, se originan productos de posibles funestas consecuencias cancerígenas, como la acrilamida de las patatas fritas y de las carnes en barbacoas.

En este sentido, la “química”, así despectivamente considerada, sufre fuertes embates. Esta  imprescindible rama del saber  debería hacer constar el papel benefactor primordial que ejerce en nuestra actual confortable civilización, porque la “química”, inmersa en toda actividad humana,  es un ejemplo de lo que la Ciencia hace en beneficio de un mundo mejor.  Y eso hay que decirlo y hay quien recomienda que decirlo con pasión. Además,  la industria, en su totalidad,  tiene dos grandes mensajes que enviar a la Sociedad: su decisiva participación positiva en el crecimiento y en el sostenimiento de la población, y el muy relativamente reducido  impacto que, hasta ahora, ha ocasionado para ello.

Sobre la Ciencia en general y la Tecnología en particular, aparece una prensa contradictoria en lo que a su divulgación se refiere. Por una parte es una participación envidiada, como se reconoce en la aceptación del término para disciplinas que poco tienen que ver con lo que es la ciencia convencionalmente definida. Por otra, se dice que la consecuencia de la ciencia, la Tecnología, nos lleva a consecuencias funestas para la Humanidad, según se predica y advierte con demasiada frecuencia.
En el equilibrio biogeoquímico de nuestro Planeta, la parte sólida de la Tierra protagoniza la actividad más directa y más creativa. La atmósfera, a su vez, es el gran receptor directo, testigo mudo, connivente con el mar. Y los océanos, que son como la gran conciencia telúrica que asume los riesgos, equilibra los defectos y lucha siempre por sostener el liderazgo que acopió en los primeros tiempos al aceptar el protagonismo de ser cuna de la protomateria viviente. Ésta  nació de la conjunción y reacciones en el mar, como es bien conocido, de una serie de materias primas -agua, hidrógeno, amoniaco, metano, vitaminas, etc.-, más la energía necesaria para la destrucción y recombinación de sus componentes moleculares.    
                         
Dentro del debate ético actual, referido especialmente a la relación del Hombre con su entorno terrestre, se olvidan otros aspectos, puede que de incalculables efectos futuros. Tal es el respeto que extensivamente debemos no solo a la pequeña porción que no rodea, nuestra por excelencia, la Tierra, sino que en un contexto más amplio también debemos tener respeto por esa expansión más lejana que estamos conquistando ahora, que forma parte de nuestra porción más cercana del Universo. Los experimentos espaciales deben respetarla. Nos quejamos de la contaminación terrestre, y nos despreocupamos de la contaminación que podamos estar produciendo en las áreas espaciales que investigamos y queremos colonizar,  contaminación  que lleva consigo una gran responsabilidad. La ecoética no puede ser solo terrestremente doméstica en estos tiempos tan universalistas.
José López Ruiz
Académico de la de Santa Cecilia

6 comentarios:

  1. Un debate muy interesante el que plantea este artículo, para dedicarle más tiempo y más espacio.

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  2. Un asunto de mucha envergadura en una sociedad que ha perdido el rumbo de la ética en muchos temas. Es necesario que ésto salga a la palestra, el debate es muy instructivo.

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  3. I. Pérez Blanquer23 de julio de 2013, 22:27

    Pocas satisfacciones más intensas que la de seguir aprendiendo de nuestros profesores muchos años después de la estancia en las aulas. El estupendo artículo de don José López Ruiz es una oportuna llamada de atención a la necesidad de un debate continuado: el debate ético de la tecnología.
    Esta problemática posee infinidad de aristas y recovecos y es del todo imposible contemplarlo desde unas pocas líneas escritas. Se trata de un debate abierto y continuado porque la Ciencia y la Tecnología de hoy no son las de ayer ni serán las de mañana.
    La Ciencia y la Tecnología son ya de presencia absoluta en nuestras vidas, los descubrimientos científicos y las novedades tecnológicas inciden cada vez más en la existencia humana pero al mismo tiempo se observa, como cruel paradoja, que a una mayor dependencia científica la sociedad es cada vez más ignorante y está más distanciada de esas disciplinas. Pero creo que en este debate subyace el viejo tema que puso de manifiesto C.P. Snow en su libro "Las dos culturas" y que en él se centran, a nuestro juicio, un concepto de cultura excluyente y defasado basado en la creencia de que una persona es culta o tiene cultura en tanto en cuanto tenga conocimientos en materias humanísticas o sociales aunque carezcan de toda clase de saberes científico-tecnológicos. Hace poco leía que algo tan elemental como que la Tierra gira alrededor del Sol dando una vuelta al año era algo conocido por menos de la mitad de los norteamericanos y por solo un tercio de los británicos. La cultura debe incluir, no me cabe duda, a Cervantes y a Goethe pero también a J. C. Maxwell y a Max Planck. ¿Quizás hay que hacer pedagogía de un concepto de cultura más amplio? ¿Tan difícil es entender la cultura como un concepto más real, integrador y no excluyente?
    Con el artículo de mi profesor me agrada pensar que aquello que C. P. Snow afirmaba en su libro se está haciendo realidad: "[...] entre los científicos se ha iniciado un movimiento para combatir la división entre cultura científica y cultura filosófica y literaria".

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  4. Como todo. Hasta la cultura en España se entiende coja, o manca. Así nos va, y con los jóvenes suficientemente preparados en ciencias e ingenierías que se van a buscarse el pan al extranjero y la mayoría no volverán aquí. No aprendemos, aquí no aprendemos.

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  5. Don José López fue también profesor mío, un gran hombre. Pongo "me gusta" en este escrito de los "Encuentros en la Academia" y en todos los comentarios que hay.

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  6. Yo creo que todo está en situarse en un correcto y sensato punto de equilibro, tanto la obsesiva tecnofilia, o pasión por la tecnología, como su rechazo compulsivo e irracional son dos tendencias extremas que deben ser eludidas. La tecnología de por sí no tiene moral, ni ética ni decencia. Somos los humanos quienes les atribuimos tales valores. Albert Einstein, al formular su brillante «Teoría de la Relatividad», nunca pensó que se utilizaría ─más tarde─ para fabricar la bomba atómica.

    No debemos permitir, a mi parecer, que las nuevas formas de entretenimiento, las redes sociales, la mensajería por Internet y otras posibilidades que nos brindan la Tecnología y la Ciencia nos lleven a construir mundos paralelos y ajenos a la realidad. Hay beneficiarse, cómo no, de sus ventajas prácticas, y evitar darle relevancia a otras cuestiones como la moda o el estatus. Muy probablemente el equilibrio citado sea el secreto para controlar a la tecnología antes de que ésta controle a la ciudadanía. Por supuesto que aquí me refiero un control eminentemente autónomo y que dependa de uno mismo, pues también está la instancia del control político, intervencionista, regulador y acaparador, pero esa ya es otra historia.

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