viernes, 14 de agosto de 2015

EL EUCALIPTO INMORTALIZADO

  Se dice, que el reloj de más baja calidad, que además está parado, seco y fenecido, puede dar todos los días, sin equivocarse, dos veces la hora exacta.

 Nuestra actual sociedad de consumo no se detiene ante lo sencillo, lo humilde, solo aprecia el brillo, el oropel, la ostentación, hasta que alguien, que es capaz de ver con distinta perspectiva, nos descubre la belleza ignorada, perversamente ignorada porque desde su nacimiento la ha condenado.

  El eucalipto, en su generosa entrega a la humanidad, crece con inusitada rapidez alcanzando fácilmente los cuarenta metros de altura, pero la voracidad de los intereses industriales recurren a su plantación masiva, solo con la única intención de segar su vida en pleno desarrollo para convertirlo en papel. Antes de ello, en menor proporción, aún es capaz de entregar a sus destructores la bondad de sus aceites esenciales, para utilizarlo en favor de nuestra salud.

  Cuando los modestos medios que utilizaban los pescadores, fueron sustituidos por las nuevas tecnologías, aquellos faroles que atraían a las sardinas hacia su luz, terminaron en el desconcierto de las chatarrerías.


  Hoy alguien con espíritu de libertador rescata de la trituradora ese eucalipto, que perdió su piel inicial, y ahora, inanimado, se ofrece terso, sarmentoso y bello, sirviendo de sustento a otro abandonado de la modernidad. La fotografía que mi hijo Alberto, en su permanente búsqueda artística ha sabido descubrir, es lo que me ha permitido hacer esta pequeña reflexión.

Alberto Boutellier Caparrós


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