miércoles, 23 de septiembre de 2015

01. "FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE"

Los paisajes perdidos

Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria.   (8 de septiembre de 2015)

“Quizá mis ojos lentos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire”

(Luis Cernuda, Un Río, un amor, 1929)

He subido a la Sierra de San Cristóbal, a su punto más alto, para hacer unas fotos de la Bahía, y observar con calma esta amplia marisma donde serpentea sin prisas el Guadalete, aprovechando que el viento de poniente despeja un horizonte amplio y nítido hasta Cádiz y el mar. El airecillo es agradable y el paisaje se manifiesta radiante y sin ocultarse ante mi mirada curiosa, sin el velo de polvo frecuente que impide ver los detalles. Quiero grabar en mi retina y en mi mente este paisaje despejado, antiguo y moderno, testigo mudo de tanta historia. Delante de mí, justo al pié de la sierra, advierto el montículo donde se extiende la ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca (CDB) rodeada de una muralla recia y oscura, situada en la antigua costa, y que en la actualidad se halla muy distante de aquí, en la playa de Valdelagrana. Hoy separan a ambas, la antigua fenicia y la moderna, unos 18 km  de marisma, una extensión plana y oscura de arcilla veleidosa por donde discurren venillas de agua marina tratando de vivir a ratos, que asemejan a hilos de plata brillantes, y pequeñas montañas de sal que destellan una luz alegre bajo un sol de primavera.


¿Qué ha sucedido, cómo y cuándo se produjeron estos cambios?. Me preguntó qué pensaría un fenicio redivivo, del siglo VIII a.C., si en el 2015 le concediesen sus dioses marinos traspasar el Estrecho y desembarcar en los antiguos puertos de la Bahía o continuar  aguas arriba por el Guadalquivir hasta Spal, el nombre fenicio de Sevilla. Se sentiría confuso, creyendo que había equivocado el rumbo, que se hallaba en lugar desconocido, o que sus dioses le habían castigado por impío, como sucediera a Odiseo en su empeño de llegar a su pequeña ciudad de Itaca, de donde partió hacia la terrible guerra de Troya cantada por Homero, y después castigado a navegar durante veinte años, errante por las aguas azules y engañosas del Mediterráneo, con el único deseo de alcanzar el puerto de su ciudad y llegar a su palacio, abrazar a Penélope. Sin embargo, este fenicio resucitado se hallaba en las mismas aguas de costumbre, las que veía siempre al inicio de su jornada, y llegaba a las mismas ciudades con sus casas blancas y puertos relucientes de vida, a la hora del bullicio del mercado, con sus mismos barcos recostados indolentes en la arena, bajo el espeso sol de verano.

¿Cómo eran estos paisajes, diluidos ahora en otros ríos, en otra costa, en otro suelo, faltos de su tupida vegetación?.  Es la historia reiterada de la mayoría de las ciudades asentadas en la costa, cambiantes e irreconocibles con el paso del tiempo y el abandono, que los variados textos antiguos describen, nosotros imaginamos en un mapa de sueños y los estudios científicos de los suelos las desvelan objetivamente, identificando hasta su rasgo más pequeño. ¿ Pero, cómo era esta costa, desde el templo venerable de Melqart hasta Cádiz, y más allá,  navegando al oeste, hasta la desembocadura del río Guadalquivir?

Invito a que nos situemos en el año 1000 a.C., a dar un salto hacia atrás en la Historia. Si comenzamos por el río Guadalquivir –el “río Grande” de los árabes-, su desembocadura –hoy en Sanlúcar de Barrameda- se hallaba en época fenicia a la altura de Coria del Río –la antigua Caura- e incluso más cerca de Sevilla, por entonces una Venecia fenicia de altozanos circundados por regueros de ríos y riachuelos embarrados, casi 90 km al interior. Hablamos de un gigantesco estuario triangular de agua,  delimitado entre Matalascañas y Sanlúcar de Barrameda, sus dos pilares de entrada, y con su vértice interior cercano a Sevilla, cercada y abrazada por sus aguas, como se ve dibujado en los grabados antiguos. Después, en tiempos romanos, entre ambos límites se cimentó, bien anclado, un cordón litoral de dunas, es decir, un muro macizo y sobrehumano, de 16 km de longitud y de 1 a 2 km de anchura, que con el tiempo originó un lago extenso y apacible, el Lacus Ligustinus, al que desaguaba incesante el Guadalquivir en su lucha sin fin con el mar. En su orilla oriental  se abrían esteros o ríos cortos navegables, como puñales  clavados en la costa, siendo el más conocido el que llegaba a la ciudad de Mesas de Asta, de unos 15 km de recorrido. Y toda esta amplia llanura acuática se fue rellenando durante siglos con los fangos arrastrados de sus márgenes hasta configurar el paisaje actual de marisma. Esta planicie de aluviones, de aguas dulces y marinas mezcladas, efímeras y quietas, y de  vegetación herbácea la conocemos como el Coto de Doñana, de 2000 km2 de extensión.                               

Otro río de importancia es el Guadalete, más pequeño y tímido, –algunos dicen que es el río del Olvido, posiblemente con razón-, y que hoy desemboca en El Puerto de Santa María, por el empeño quizás de un gaditano romano, y más atrás, hacia el año 1000, lo hacía en la Sierra de S. Cristóbal, pegado a la ciudad fenicia del CDB, cobijado en otro estuario más modesto que llegaba hasta  Jerez. Es  posible que, en algún momento,  Guadalete y Guadalquivir se comunicasen entre sí, con las manos de aguas entrelazadas, formándose una isla de nombre Cartare, donde algunos autores situaron la enigmática ciudad de Tartesos. Y si no fue una isla, así debió parecer al navegante que oteaba curioso la costa desde el mar. Desde los siglos V-IV a.C., estuario y mar se fueron colmatando, y el Guadalete se abrió paso  entre los aluviones frágiles y blandos,  cercanos a El Puerto de Santa María. Balbo el Menor –siglo I a.C.-, político y benefactor, lo condujo hasta su desembocadura actual en cuyo margen construyó el afamado Portus Gaditanus, en el lugar donde se alzó más tarde la mezquita islámica y la fortaleza cristiana.

La ciudad fenicia del CDB se edificó en la antigua costa atlántica, y en su puerto dormían tranquilos los barcos mercantes negros fenicios, protegidos en una recoleta ensenada al resguardo de los vientos. Ahora  dista de la costa actual unos 18 ó 20 km., y en este espacio, antes marino, se extiende la marisma. Así lo aseguran los estudios geográficos. Delante de la ciudad,  el puerto  y la zona comercial portuaria, de 7 Ha, con  recintos amplios para guardar las naves en invierno, enterrada y oculta bajo espesas capas de arcilla, y que ha sido radiografiada desde el cielo, mostrando el esqueleto de sus amplias estancias.  Hacia el norte, la ciudad de lo muertos, de más de 150 Ha.

Y enfrente, un racimo de islotes, alzándose modestamente en el Atlántico. Los griegos sabiamente los denominaron “Ta Gadeira”, o las islas gaditanas, refiriéndose a un conjunto de tierras emergentes o perdidas bajo el agua. En su mentalidad política desarrollada así entendieron y dieron a conocer la Bahía, en plural, como es debido. Cádiz, más baja y aplanada –poco más de 6 m de altura sobre el mar-,  la formaban  dos islas, una más pequeña de nombre Eritía– mencionada por Homero y Hesíodo- y  otra más extensa, Cotinusa, separadas por un canal, hoy cegado y oculto en el interior de la ciudad. Y muy cerca, la isla de San Fernando, que más tarde se soldaría con las de Cádiz.
Desde Cotinusa partía una calzada estrecha y alargada, de 18 km, que conducía al templo del dios supremo Melqart-Heraklés-Hércules, de donde se han recogido materiales y se han visto algunos vestigios  en la gran bajamar de 2011 y en otras anteriores. Esta vivienda divina de Melqart, protector de este ámbito, se sitúa en algún punto del  islote de Sancti Petri o en su entorno cercano, como señalan claramente hallazgos subacuáticos importantes. Desde aquí,  navegando por el río Iro, se llegaba al Cerro del Castillo, en Chiclana, un pequeño asentamiento fenicio y local, tal vez al servicio del templo.

Para concluir: lo que hoy contemplamos es el resultado de cambios sucesivos durante siglos, de una lucha sin tregua entre la tierra y el agua, el viento y la lluvia, por causas naturales y por las actividades humanas, que necesitan transformar para sobrevivir. Es la misma historia que se repite sin cesar desde siempre. Cuestión de vida y muerte entre la tierra y el hombre. Una lucha iniciada, y que perdura, desde la “revolución neolítica”, hace más de 10.000 años, cuando el hombre trocó la recolección por la producción y decidió asentarse en un lugar fijo. El cambio más importante revolucionario conocido en la Historia.  Islas soldadas, estuarios y marismas, fangos, ríos perdidos, lechos secos, más anchos o empequeñecidos, masas arbóreas desaparecidas conforman un espacio evanescente, que hay que soñarlo, revivirlo  y recrearlo.

Estas escuetas líneas escritas nos ayudarán a conocer con curiosidad y ver con mirada apasionada la Bahía de otros tiempos antiguos, a conservar lo existente, a retrasar su muerte. El paisaje está ahí, dormido y dócil, a la espera.                

3 comentarios:

  1. Muy bien, una gran idea.

    Javier Diaz

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  2. La historia, tan bien contada, es fácilmente aprendida y disfrutada. Gracias por tan buena iniciativa a la que le auguro un gran éxito.

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  3. Muchas gracias, a la Academia y al autor, por la labor cultural que ejercen en El Puerto.

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