sábado, 21 de noviembre de 2015

CINE. Películas que veremos

“A M A M A”
     
      “Loreak”, película vasca (hablada en euzkera) que el año pasado compitió en el Festival de San Sebastián por la Concha de Oro, ha sido seleccionada para competir por el Oscar a mejor película de habla no inglesa. Ahora, otra película vasca acaba de competir también en el mismo festival de nuevo por la Concha de Oro que tampoco ha  conseguido, pero que nos hace pensar en un florecimiento del cine vasco hablado en euskera que, hasta ahora no había existido ya que prácticamente todas las películas realizadas en esa comunidad eran habladas en castellano a diferencia de las producidas en Cataluña que prácticamente siempre son habladas en catalán.

La película a la que me refiero es “Amama” (en euskera vizcaino) que significa abuela. Digo en euskera vizcaíno porque en otras zonas como Guipúzcoa, abuela se dice amona.  La película de Asier Altuna ya se ha estrenado en los circuitos comerciales aunque aún no ha llegado a nuestras pantallas y desconozco si se proyectará en V.O.S.E. o doblada al castellano.

A mí la película me ha gustado mucho. Es un estudio sobre el fin de la concepción que hasta ahora se tenía del caserío vasco y de la cultura rural por añadidura. Está contada en clave poética haciendo de cada personaje un arquetipo. Los protagonistas son una familia “con 8 apellidos vascos”, quiero decir una familia euskaldun (vasca) desde tiempo inmemorial.  El caserío, que no es solo el edificio así denominado, sino la totalidad de la propiedad, tierras de cultivo, ganadería, bosque con sus atávicos misterios, etc, no se dividía nunca, pasaba de padres a hijos heredando la propiedad completa el primogénito, como también ocurría en Cataluña.

En el caserío que se nos muestra en la película conviven tres generaciones, el matrimonio que lo dirige y organiza bajo la férrea voluntad del varón, tres hijos y la “amama”, testigo mudo, respetado pero que no decide ni opina, ni tan siquiera  habla: solo observa.



El padre de familia plantó un árbol cada vez que nació uno de sus hijos, dos varones y una hembra. Los árboles ya se han hecho grandes y fuertes. La amama ha pintado cada uno de los árboles de un color. La hija es artista y se refugia en el arte porque solo así podrá encontrar la liberación que anhela, el hijo pequeño siempre ha sido considerado por el resto de la familia, un vago hasta que él mismo llegó a creérselo y el mayor, se rebela y se niega a continuar la tradición y hacerse cargo del caserío. El padre desilusionado, amargado, resentido,  se niega a cambiar las cosas, a modernizar la explotación de la agricultura y la ganadería de lo que todos ellos viven.

Dioses antiguos, personajes de la mitología presentes en la cultura vasca desde el Neolítico (a través de 80 amamas anteriores:  el caserío es un tótem), flotan sobre los comportamientos de cada uno de los miembros de la familia y frente a esta concepción del medio rural se levanta otra . moderna, creativa marcada por artistas como Oteiza, Ameztoy o el bosque pintado de Ibarrola.

La película es un auténtico poema pleno de belleza visual en el que los ojos de la “amama”, siempre en silencio, captan todo cuanto ante ella se desarrolla hasta estallar el desenlace final, un desenlace dramático pero necesario porque si algo queda claro en la película es la inviabilidad de la permanencia de la estructura del caserío como se entendía hasta ahora de forma general, pero en muchos casos como el que muestra la película, como un microcosmos familiar aberrante en el que el padre es un  maltratador psicológico, con un un amor malentendido hacia la familia, un amor que mata lo que ama, una mujer anulada por un machismo exacerbado de su pareja y unos hijos vejados, humillados y castrados que solamente pueden ser liberados a través del arte, de la cultura.

La película de Asier Altuna está a medio camino entre la historia novelada, el documento antropológico, el relato experimental y la poesía simbólica. 
Jesús Almendros Fernández
Socio colaborador de la Academia

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