martes, 15 de diciembre de 2015

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (245)

Sobre la muerte. La vocación de la vida


           Hay "grandes" muertes que están destinadas a transcender el propio hecho del morir. Ello en cuanto van a suponer, de forma directa, derivas y consecuencias más allá del amor y del dolor, más allá del temor, para una familia, un país o un mundo. Piénsese, al respecto, en el cuadro de Rosales sobre la muerte de la Reina Isabel, nuestra primera Isabel, aunque la obra se llama "El testamento de Isabel la Católica"; y lo que supuso este testamento en el definitivo nacimiento de un Imperio en la persona de su nieto Carlos I ó V. También, de manera indirecta, hay muertes cuya influencia se proyecta a partir de su representación artística y sirva como ejemplo, en este sentido, el cuadro del Greco titulado "El entierro del Conde Orgaz", que independientemente del papel de notario, alcalde y ayo desempeñado por el obituado, éste debe su fama al propio cuadro.

         Sin embargo hay "pequeñas" muertes que están emplazadas con el futuro, que están llamadas a cita con la intención de ser elementos transformadores de la sensibilidad, removedores de las conciencias a nivel universal, es decir, en todo tiempo, en todo lugar. O deberían...

         Este es el caso de la muerte del pequeño niño sirio Aylan Kurdi. Las imágenes de ese pequeño cuerpo acariciado por las olas, como un sudario que le recoge y cobija en el instante eterno en el que perdió la vida, quedarán para la memoria colectiva, no ya de los estados, cualquiera que sea su carácter, democrático o islámico, no ya de las religiones, crean en Alá o en Dios, como el fracaso de toda la humanidad. Ese instante en el que se rompió la promesa de ser persona, en el que se extravió, nadie sabe cómo, nadie es responsable, la vocación de su vida. El instante en el que se enredó jugando con las olas para dejarse ir de la mano de su padre hacia un lugar frío y oscuro, cerrando sus ojos; instante en el que su pequeño cuerpo, durante unos segundos eternos fue libre, en el que su sonrisa seguro que divisó un futuro mejor, una vida simplemente posible, pues eso era la felicidad prometida, antes de caer definitivamente en esa playa abandonada, fría y apátrida, para ser visto, para ser sentido, para mostrar, sin genero de dudas, el sinsentido, no ya de la muerte que a veces nos libera, sino el de la vida que tenemos para dejarla ir.


         Aylan Kurdi, su muerte, representa el miedo del que huye y el miedo de quien al recibir tiene que compartir, representa el egoísmo de una sociedad aburrida pero necesitada, y el terror de una sociedad que se ha deshecho entre llamadas contradictorias al laicismo, a la religiosidad o al nacionalismo. ¡Qué importa ya!

         Lo único que puede importar es el por qué, el cómo, la forma de que no vuelva  a repetirse. Por qué sucedió en un mundo compartido y en el que los recursos están objetivamente en disposición de ser de todos, es decir de la propia humanidad. Cómo fue posible que se truncara con apenas tres años de presencia, con todo un futuro hecho de promesas, la vocación de la vida del pequeño Aylan. De qué forma el por-venir puede seguir prometiendo, pero sobre todo cumpliendo, sueños, esperanzas y posibilidades de miles de Aylan a los que solo les queda ya el camino, y al final la playa. Pero una playa ahora llena de sol, de olas acogedoras, de arena juguetona, que renueva el principio de alianza y solidaridad entre todos los hombres gracias a Aylan. ¡Gracias Aylan!
Miguel A. Pastor Pérez
Académico de Santa Cecilia

1 comentario:

  1. Emotivo y delicado relato que remueve conciencias. ¡¡Ojalá no lo olvidemos nunca!!

    ResponderEliminar