martes, 23 de febrero de 2016

ENCUENTROS EN LA ACADEMIA (252)

SALA DE ESPERA DE UN HOSPITAL

   Hoy estoy aburrida. Profundamente aburrida. Estoy en el hospital, en la sala de espera de la consulta de la hematóloga que me lleva el control de los leucocitos, que por lo visto no tengo todos los que debiera; pero por fuera no se me nota, ni nada.

  
 Vine muy temprano; a las nueve ya estaba aquí. Si, ya sé que no es demasiado madrugar, pero es que la consulta es a mediodía… Tenía que hacerme la analítica antes.
   Total, con toda mi paciencia, decidí esperar en el hospital. Fue una equivocación. Las salas están todas en la misma zona, un espacio muy amplio y abierto y está lleno de gente. Los espacios abiertos te ensanchan el alma y necesitas comunicarte con todo el mundo. ¡Hay una algarabía! Que es lo que yo digo: ¿hay alguien enfermo? Se les ve con una energía  y con unas ganas de chillar y reír a carcajadas!

  He salido a la calle no sé cuántas veces, pero no hay ni una papelería, ni una cafetería o tiendas donde distraerme. Como siempre que tengo que esperar, llevo un libro en el bolso,  pero el libro que estoy intentando leer es pesado y no consigo “meterme” en él.
 
 Es curioso cómo todos los pacientes estamos pendientes de la puerta de la consulta y cada vez que se abre, la incertidumbre de si es a ti a quien van a llamar te llena de esperanza y miramos con la boca abierta para oír mejor. Cuando es otro a quien llaman, te hundes en la miseria y nos miramos con resignación. ¿Cuándo a mí?
   Y surge la inevitable conversación entre los que esperamos.
   -¡Qué barbaridad, cuánto retraso!

   -¿Qué hora tenía la que ha entrado? ¿Las nueve cuarenta? ¡Pero si son las once…!

  He vuelto a salir y me he sentado en las escaleras de acceso a urgencias. ¡A ver si viene una ambulancia y anima esto un poco! ¡Ni eso! ¡Ay! ¡Qué tedio! Vuelta a entrar. Me siento al lado del señor que sé que tiene el número anterior al mío. Lo sé porque enterarte de ello es lo tienes que hacer en cuantito llegas a la consulta… ¡Pues anda que no! Siempre aparece la típica indagadora de números, por si se cuela alguien.  Las preguntas que hace son: ¿Por qué número va? ¿Qué numero lleva usted? ¿Quién lleva el quince de las diez? Se forma un pequeño revuelo y todo el mundo se confiesa. Todo aclarado; y ya se puede sentar tranquila. Se sienta muy recatadamente con el bolso encima de las rodillas y sus manitas juntas. ¡Pero sin perder detalle de lo que se mueve!

   Mi vecino de asiento me pregunta si vengo por el “Citron”. Le digo que no y empiezo a explicarle a qué vengo, pero ya no me escucha; no le interesa. Ya sabe que tiene que ponerse al lado de los del Sintrón y busca hasta que se encuentra con dos señoras que son de su grupo.

¡Ay! ¡Qué soledad la mía! Menos mal que he traído mi cuaderno y mi lápiz y he podido escribir. Con ello me entretengo y me aíslo del resto de la gente.

  Mi hora era a las doce menos cuarto y es la una del mediodía. Debo coger un tren para irme de fin de semana y no sé si llegaré a tiempo. Pero si a las dos no he entrado, me voy y daré por perdida la mañana.

  Estoy triste…No me gusta perder el tiempo. ¡Y menos con el aire lleno de virus, miasmas, bacterias…!
       Laurentina Gómez
 Socia colaboradora de la Academia   

3 comentarios:

  1. Me ha encantado, Tini. Es muy tuyo. Siempre cuentas las cosas de forma sencilla, natural, sin grandes aspavientos ni frases altisonantes. Es como si estuvieras allado de tus lectores y les comentaras tus pensamientos en voz baja.

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  2. Tiny, tienes la habilidad de humanizar, como te he dicho alguna vez, hasta a una lavadora. Con ese estilo intimista, llano,sincero, de confidencia, de empatía, que se te entiende todo y todo se asume como propio, sin brindis al sol. Todo tu artículo es un canto a la normalidad, elevando la normalidad hasta los sentimientos. ¡Enhorabuena! y coge carrerilla, que estás en racha.

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  3. Suscribo totalmente lo que dicen los anteriores comentarios de Jesús y Alberto.
    Desgajas lo cotidiano, lo haces película; narras esas pequeñas aristas de la realidad que casi nunca se ven y tú nos las pones en un primerísimo plano: «muy recatadamente con el bolso encima de las rodillas y sus manitas juntas. ¡Pero sin perder detalle de lo que se mueve!».
    Espléndido escrito Tiny.

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