jueves, 10 de marzo de 2016

20.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

La Gadir fenicia descubre su rostro
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Santa Cecilia
“Yo te miraba, oh Cádiz, bahía de los mitos”
Rafael Alberti , “Ora Maritima” 1953.

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No conozco una ciudad europea antigua de la que se haya hablado tanto de su fundación y pasado y que tan poco haya respondido con algún gesto, pese a las insistentes preguntas. Siempre oculta y silenciosa, aguardando bajo de miles metros cúbicos de tierra. A veces, mostraba con recato vestigios de su historia incompleta para la satisfacción y esperanza de muchos que los buscamos. Con  qué poco nos contentamos los arqueólogos. Ninguna ciudad ha tenido nombres tan ilustres: Gadir, Gades, Gadira, Eritia, Juno, Tartessos o la Atlántida. Ninguna ciudad se ha identificado con tantos mitos universales, imaginados en mentes prodigiosas, como Platón con la Atlántida o Tartessos y las historias griegas, por ejemplo, y con su rey tartésico Gerión, de tres cuerpos y tres cabezas vencido por Heracles. Sin embargo, durante siglos, ha permanecido callada, y se ha resistido a relatarnos los capítulos anhelados de su historia más antigua e importante. Quizás por modestia, pero nunca por vergüenza, pues no puede haberla con tan ilustre genética. Pero ha sido al comenzar este siglo, quizás así estaba dispuesto por sus deidades protectoras cobijadas en sus templos, cuando ha comenzado tímidamente a descubrir el velo transparente y ligero que tapa la historia de su verdadero rostro. Hace muy pocos años, en los comienzos de este siglo. Y comienza a vislumbrarse unos hermosos ojos grises verdosos fundidos con el mar, con la alegría que produce el renacer a la vida.La Historia que alborea en este caso.

Los autores antiguos, poetas, historiadores y geógrafos griegos y romanos, han actuado con tacañería ofreciendo sólo retazos de su historia fenicia y  cartaginesa. Pero faltan las más cercanas y auténticas,  las que se escribieron viviéndola, recorriendo seguramente sus calles, hablando con los marineros venidos de mil países a sus puertos. Me refiero a las que registraban en sus libros de notas y recuerdos los mismos fenicios y más tarde los escribas de Cartago. Queda, pues, un tiempo de silencio, del que apenas nos han llegado unos nombres de dioses, de hombres ilustres o sencillos o ciudades, grabados en las ánforas contenedoras de mercancías extranjeras y diversas o en vasos para servicios comunes de la vida diaria. En pocos casos, unos oferentes, agradecidos, hicieron grabar, en bronce o en piedra, dedicaciones piadosas a sus divinidades bienhechoras. Pero esta distancia de tiempo nos inquieta, nos satisface, y nos colma de dudas. Porque el tiempo, que todo lo destruye o transforma, lo hace también con la transmisión de los hechos, sean orales o escritos. Ya es difícil narrar “objetivamente, sin vuelo en el verso”, como dijo nuestro poeta José Hierro, dado que el escritor  interpreta o disfraza, añade o quita, olvida, enfatiza o minimiza, según su criterio o las circunstancias que obligaron a dejar testimonios eternos en las narraciones escritas. Hay que considerar, como razón importante, la pérdida de la mayoría de los textos, bien por el tiempo,ese gran destructor de la vida, y de lo escrito, o por el hombre que a veces, para realzar sus acciones del presente, destruye inmisericorde el pasado, para que no existan contrastes ni vínculos que los unan y los justifiquen. Los romanos lo llamaron damnatio memoria y, así se conoce en términos latinos. Lo que el hombre ha hecho en todos los tiempos. El poder se manifiesta cruelmente, cuando debería ser con más humanidad. Y uno de sus modos eficaces es la destrucción. Mas cuando se la revive, es para transformarla según las oportunas conveniencias.  Lo vivimos y padecemos en el presente, y en un pasado no muy lejano.


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No sabemos qué razones llevaron a los fenicios a fundar en Cádiz la ciudad más famosa de todas sus empresas occidentales. Sobre todo si consideramos las pobres condiciones de la isla, falta de espacios y de insuficiente tierra cultivable y de otros recursos, salvo la pescaen sus alrededores, y de agua sobre todo. Pero aquí se realizó el proyecto fundacional, se erigió la ciudad y comenzó a activarse sus valores simbólicos y la construcción de los mitos. En un mundo pragmático como el nuestro, las ideas, los símbolos y las creencias, nos parecen cuestiones inútiles y prescindibles. Nada más falso y equivocado. Lo fue importante antaño y son necesarios ahora. Y entender Cádiz, y a los fenicios y pueblos posteriores en Cádiz, hay que hacerlo también desde sus significados simbólicos y sus mitos, y no sólo desde sus libros de cuentas y de mercancías, o de acciones de guerra.

Pero ¿qué han dejado esos autores sobre sus momentos iniciales de vida? Muy poco. Y lo conservado ha causado discusiones apasionadas, páginas escritas, hipótesis y teorías en el aire y mucho empeño en descubrir y penetrar en sus entrañas. E incluso la pérdida de la visión desapasionada y el dominio del corazón ciego sobre la razón. Y es natural, porque los textos, tan escuálidos en sus descripciones, han dejado, como un reto, la manzana de la discordia y el misterio que ocultan su brevedad. Por ello, durante mucho tiempo el afán se centró en descubrir y dar sentido a los datos escasos y crípticos de las lenguas griegas y latinas. Y así, por ejemplo, Estrabón (III,5,5) relata, como había oído y leído de otros, que los habitantes de Cádiz guardaban en sus recuerdos remotos que los fenicios fundaron la ciudad de Gadir tras dos intentos previos fallidos, siguiendo los mandatos de un oráculo, fundando la ciudad en la isla pequeña occidental y, en su extremo oriental, el templo del dios protector de Tiro, Melqart, que también lo sería de Gadir y de la Bahía. Lo que sucedió tras el asedio y destrucción de Troya, ochenta años después, es decir, en 1104 a.C. Una fecha mítica que se revive y conmemora en su milenario. No hace mucho ha sido el tercero. Y unos cuantos datos más topográficos, onomásticos y míticos.

Con este bagaje, se ha buscado la ciudad fundacional desde la percepción y conocimiento de la topografía actual en varios lugares de la ciudad vieja, desde hace más de cien años, y sin resultados relevantes. En tanto, surgían por doquier, a medida que se rasgaba su suelo tumbas de épocas más recientes, algunas con ajuares maravillosos de joyas de oro, y entre ellas los muy conocidos sarcófagos antropoides, masculino y femenino, que exhibe con tanto orgullo el Museo Arqueológico de la ciudad. Se ha picado en numerosos sitios, se han elaborado teorías. Y nada. A veces, se exhumaban objetos muy antiguos, como el Sacerdote de Cádiz en plena calle Ancha, anillos signatarios orientales o vasos cerámicos antiguos, hallazgos al azar y sin contextos seguros. Puertecitas abiertas a la esperanza que quedaban sólo en la ilusión de la próxima vez, en el nuevo hallazgo en otro lugar.

Y sucedió en los comienzos del siglo XXI, en sendos solares: en la calle Cánovas del Castillo y en la calle Ancha, en pleno centro de su casco antiguo, y en la isla más pequeña, Eritia, de las dos que componían Cádiz. El primero es un espacio de trabajo, sobre un suelo rojizo y ennegrecido por el fuego, en el que se hallaron numerosos vasos fenicios y ánforas sardas, junto a restos de peces. Y siendo el primer hallazgo que evidenciaba vida fenicia en el solar gaditano en época muy antigua, no era, sin embargo, la ciudad esperada. Poco más tarde, en la calle Ancha, frente al edificio de Telefónica, en el lugar donde se halló el Sacerdote de Cádiz a comienzos del siglo XX, los trabajos arqueológicos exhumaron, entre bataches, albañiles trabajando, muros caídos y las prisas, un gran foso de tierra rojiza y negruzca con numerosos fragmentos de vasos fenicios y de ánforas sardas de vino, que ocultaba un pozo simbólico de más de 4 m de profundidad. ¿De qué se trata?. Seguramente, de una zona especial donde se celebrarían rituales funerarios de comidas en común para la exaltación y devoción de un santón o sacerdote enterrado muy cerca. Tampoco era la ciudad fenicia de Cádiz, sino una de sus manifestaciones, de carácter funerario en este caso. Ambos solares y sus evidencias arqueológicas abrieron las dos hojas de la puerta y arrojaron más claridad. Son los comienzos de la historia en su contexto de la Gadir fenicia.

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Casi al mismo tiempo, el solar del Teatro Cómico, en la calle de San Miguel, y cercano a los dos excavados, comenzó su andadura arqueológica y supuso la iluminación completa de la ciudad fenicia, aquella la que Estrabón se refiere en su texto demasiado escueto y que se ha buscado con tanto afán e ilusión.  Hacía bastante tiempo que ojos expertos habían fijado su mirada en esa zona, excavándose muy cerca, en la calle del Marqués del Real Tesoro, sin el éxito esperado. Pero unos años antes, en la isla mayor, Cotinusa,  en el Barrio del Pópulo,  y entre las dos catedrales, La Vieja y La Nueva, se habían hallado vestigios de las más antiguas viviendas fenicias, datadas entre los siglos VIII y VI a.C. Se hallaron muros, no muy anchos de arcilla, o de “arcilla verde” como se la conoce popularmente, cimentados sobre la roca, pertenecientes a compartimentos de un edificio más consistente. Y entre la tierra, materiales fenicios y autóctonos que denotaban su origen fenicio. Sobre estos restos de muros muy deteriorados, se exhumaron otros superpuestos aún en peor estado, a causa de las potentes cimentaciones romanas y modernas que los dejaron en muy mal estado. Sólo fueron restos de muros y de cerámicas, pero de gran importancia. Al fin Cádiz iba descorriendo el velo que ocultaba su urbanismo más antiguo.

Pero volvamos al Teatro Cómico, el verdadero núcleo de la ciudad fenicia. Se halla, como se dijo, en pleno centro urbano, cerca  de la Torre de Tavira y en la isla menor. Aquí se han hallado, en el ámbito del teatro, cuatro fases de ocupación fenicia, desde fines del siglo IX hasta el siglo VI a.C., y sobrepuestos otros niveles romanos, entre los que destacan las pilas de una factoría romana de salazones, y otros más modernos, que alcanzan la altura actual y desvirtúan la visión topográfica de la zona milenios atrás. Un tema clarificador de las excavaciones recientes ha sido el de su topografía originaria. Imaginemos, pues, una colina de unos 6 m. de altura, donde los fenicios construyeron sus primeras viviendas, y en torno a 0.35 m. sobre el agua. Y a sus pies, un amplio canal, llamado Bahía-Caleta, que separaba ambas islas, Eritia y Cotinusa. Una visión diferente a la actual, entorpecida por los realces de las construcciones más recientes y el marasmo de viviendas entre calles estrechas.

Del momento inicial de ocupación fenicia, en las postrimerías del siglo IX a.C., se ha hallado una estructura elíptica de pequeño tamaño -1.60 m en su eje mayor-, jalonada por losas de piedra ostionera, como una caja grande, con vestigios que sugieren una posible fabricación de púrpura, una actividad fenicia relevante de su economía primaria. Sobre ella asientan vestigios muy consistentes de un urbanismo desarrollado y complejo, que han deparado numerosos datos sobre un sistema de vida urbano desconocido en la zona. Lo que ocurrió entre el 800 y 750 a.C. Frente a las sencillas y débiles cabañas autóctonas, ahora se erigen viviendas de varias habitaciones y con espacios abiertos para distintos trabajos, separadas por calles y plazas. Y con ellas navegaron muchas y variadas novedades, traídas de Oriente, en tecnologías, elementos productivos, formas sociales diferentes, el comercio organizado como un objetivo preferente, la navegación a largas distancias hacia mercados y zonas productivas distantes, costumbres, creencias religiosas, deidades, templos y la escritura, ese gran invento de la perpetuidad y transmisión de la historia, y muchos elementos más.  Todo queda reflejado en estos escasos y arrasados muros.

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¿Qué aportan estas viviendas como novedades técnicas?. Utilizan la piedra ostionera, que recogen en los arrecifes y afloran en sus playas, para la construcción de los muros, y se emplean las arcillas rojas como aglutinantes, para los bancos de las habitaciones o como pavimentos, las verdes para revestir las paredes, la cal para mezclarla con las arcillas, las maderas para los forjados y cubiertas, y las conchas de bivalvos –conocidas en su nombre científico como Glycymerisviolacescens- como pavimentos. También se alzan paredes de piedras y barros, se abren vanos en las puertas,  con sillares de mampostería en ocasiones, quizás según categorías, las paredes se enlucen con gruesa capa de arcilla verde, los bancos corridos se adosan a las paredes y se construyen de las arcillas rojas, y también lo son de estas materias los hornos para el pan ácimo,  característicos del mundo oriental y traídos a Occidente. Y las cubiertas son planas, o muy poco inclinadas, construidas de vigas maestras de madera, entramado vegetal o tablones y capas de arcilla, sirviendo de azotea, en las que a veces se celebran comidas rituales, como nos informa la Biblia en las fiestas de la marzeah para honrar a Baal, o bien se extienden semillas a secar. Un mundo tecnológico y espacial distinto, que supone el origen del urbanismo de la ciudad en Occidente.

Cádiz ha sido una ciudad pequeña siempre. Me refiero a la de intramuros y en sus épocas fenicias, romanas y medievales. De la ciudad romana ya la describió Estrabón hablando de su tamaño y población escasa. Y la ciudad fenicia quedaba delimitada en un corto espacio -¿quizás una hectárea?-, como por ahora sugieren la dispersión de sus espacios habitados: su núcleo más importante se sitúa en el Teatro Cómico, abriéndose muy poco hacia la calle del Marqués del Real Tesoro, siendo el canal su cota más baja, y hacia la calle Ancha, un espacio no urbano. Lo que proporciona un núcleo muy reducido y no muchos habitantes. Pero es igual. Su importancia no se exhibe en la magnitud de la ciudad, sino en su carácter simbólico político, de comercio y religioso, como la más alta representación de la ciudad-estado de Tiro en la Bahía y Occidente. Sus extensiones son más amplias hacia la Sierra de San Cristóbal, donde se fundó al mismo tiempo la ciudad sin nombre verdadero conocido todavía y que conocemos como Castillo de Doña Blanca, el templo de Melqart, a 18 km de distancia de la ciudad y el recién descubierto núcleo fenicio fortificado de Chiclana, en el Cerro del Castillo junto al río Iro y cercano al templo. Esta es la estructura orgánica y política de Gadir. Es ésta su extensión.

Que Gadir-Gades fue un lugar simbólico y religioso lo muestran los restos y lo escriben las fuentes. Filostrato, en su Vida de Apolonio de Tiana, de inicios del siglo III d.C., manifiesta que “Gadira está situada en el confín de Europa y sus habitantes son gentes exageradamente dedicada a la religión, hasta el punto que tienen erigido un altar a la Vejez, y son los únicos hombres que entonan himnos a la Muerte. Hay allí altares a la Pobreza y al Arte, a Heracles egipcio y otros al tebano” (V4). Es un tema que requiere más espacio y explicación y que voy a tratar en otra ocasión más oportuna. Sólo cabe mencionar, pues, que en época fenicia debieron erigirse, como centros principales, el santuario de Baal Hammon, conocido como el Kronion y Saturno más tarde, y el de Astarté o Venus Marina, situados donde se indica en la figura que se muestra en el texto. El primero se sitúa en la isla de San Sebastián, transformada topográficamente en el curso del tiempo, de cuyos alrededores proceden elementos que sugieren allí la ubicación de un templo, entre los que destaca el capitel protoeólico y muchas más piezas de ofrendas. Y las excavaciones de estos últimos años ofrecen varias estructuras de los siglos VII y VI junto a restos cerámicos. Pero también cabe mencionar los enterramientos funerarios de sacerdotes o personajes significados, que fueron objeto de culto. Uno de ellos, y el más antiguo, debió situarse en la calle Ancha, en el solar de la Central telefónica, y otro posterior en la Casa del Obispo, en la otra isla más amplia, Cotinusa, donde se han exhumado los restos de un esplendoroso monumento funerario, expoliado en el siglo XX, y con evidentes huellas de banquetes rituales desde el siglo VI al II a.C. Es posible que así se deban interpretar las tumbas que contenían los sarcófagos antropoides esculpidos, pero sus extracciones no han ofrecido la posibilidad de documentarlo. Y otros más que deben yacer aún bajo tierra.


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La recompensa después de tanta espera y de tanto esfuerzo es que Gadir ha claudicado, ha renunciado al silencio después de tanto tiempo agazapada y desvela su rostro histórico más buscado, el de la localización de su fundación y la fecha en que sucedió. Ha merecido esperar. Y su núcleo urbano se halla, paradójicamente, debajo de un teatro, alegoría de la ficción, y de nombre Cómico, que denota cierta burla toponímica. Ironías de las palabras y de la Historia. Lo cierto, pese a la broma, es que Gadir va revelando su secreto más oculto, el de su pasado más antiguo.

3 comentarios:

  1. Entusiasma tanto que me estoy haciendo un libro Bravo!

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    1. La Academia de Santa Cecilia.12 de marzo de 2016, 6:33

      Éste proyecto del profesor Ruiz Matas se convertirá finalmente en un libro, cuyo título es: "Cincuenta y dos semanas y doce meses: 64 temas de fenicios, griegos y tartesios en la Bahía". Así que espere un poco y lo podrá conservar encuadernado y con imágenes. Muchas gracias por seguirnos.

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  2. Una descripción que engancha, como dice el comentarista anterior. Estoy deseando de que aparezca el artículo que aborde el tema religioso y en cuanto a Apolonio de Tiana, un pasaje interesante de Filóstrato (IV, 47, V) refiere que en su visita a Cádiz no encontró enfermos a causa de las mareas ¿será que los pozos de marea tenían -entre otras- una funcionalidad oracular relacionada con las curaciones?

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