martes, 3 de mayo de 2016

25.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

De toros, de dioses y de hombres
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

                                                                             A mi padre, quien desde el Cielo disfruta
                                                                                  de las tardes de toro de La Maestranza

Los arqueólogos trabajamos con los residuos de las ciudades, con sus casas y sus templos, con sus muros abatidos y nunca con techos, con las tumbas, destruidas o expoliadas, con los paisajes transformados por el hombre o la naturaleza, con los objetos tangibles, casi siempre desmenuzados. Trabajamos con lo despedazado para la reconstrucción de su historia. Es nuestro objetivo. Por eso me resulta muy extraño tanto empeño por aniquilar lo que se ha conservado, o mejor sobrevivido, después de tantos siglos.  A algunos les gusta y disfrutan derrocando, sin razones que lo justifiquen, todo lo que les suene a rancio sin serlo, casas, palacios, templos, costumbres, ideas, ritos ancestrales y todo lo que les molesta, incluso a personas. Sencillamente por nada, en el nombre de un término que no entienden: “progreso”. Y para su mayor ignorancia, destrozan y no construyen. Lo contrario a lo que el arqueólogo hace y tiene como objetivo. En estos años se oyen los terribles verbos que incitan a la aniquilación, con todos sus sinónimos. Creen que el progreso es la condena a muerte de lo existente, sustituido por las necedades y simplezas. Esto no es progreso. Es la gran estupidez que originan la ignorancia y el uso bastardo del poder. Y no creen que el progreso pueda ser  la renovación positiva y mejorable de lo bueno ya existente y que haga también feliz al hombre, una frase recurrente sin sentido. La historia renovada y no lo nuevo sin historia, que es el delirio de los que se tienen por creadores, salvapatrias y profetas. Es una historia vieja, muy vieja, y por desgracia siempre renaciendo. Y cada vez con más desatino y más prisas.

Todo viene a que hace pocos meses, leo en ABC una entrevista a Joaquín Sabina –el 3 de febrero-, unas declaraciones sobre las corridas de toros muy acertadas, creo en mi ignorancia taurina. Se confiesa taurino de los de montera y afirma, con razón que “hay muchísimo desprecio a una cosa que ha sobrevivido siglos y que puede ser absolutamente bellísima, una metáfora de la vida y de la muerte como no hay otra en ningún escenario del mundo. Pero ahora va lo políticamente correcto”. Se dirige a quienes piden su aniquilación. Y me agradaron estas declaraciones. Aclaro que no entiendo de toros, que he ido muy poco, y que de esto hace muchos años. Creo que tiene razón Sabina cuando alude a la historia, a la vida y a la muerte y a lo que está causando tanto desasosiego, que es el término ruin, por la cobardía que entraña, de lo “políticamente correcto”, que es un modo, digamos, con apariencia educada de no decir nada con valentía y razonable. Sucede igual con el uso de “progreso”. Y como arqueólogo, que respeta a la Historia, la reconstruye en todo lo que puede y trata de explicarla y hasta conservarla, pretende en este modesto artículo esbozar algunos aspectos de este extraordinario tema de toros, de dioses y hombres. Un sincretismo religioso de miles de años, que acumula muchas historias y preguntas.

La primera es necesaria y elemental: si algo gusta, lo sienten o disfrutan cientos de miles o millones de personas, e incluso se exporta, ¿cuáles son las razones?. Lo que se debe hacer es responder con ciertos argumentos. Lo que obliga a investigar, que  es  el esfuerzo por conocer. Otra curiosidad se relaciona con la primera, y se une a Sabina y a sus respuestas. Si ha habido un interés intelectual, cultural, emocional o artístico, como manifiestan explícitamente los hechos, ¿son caprichos, esnobismos, afanes por revivir mitos, búsqueda de notoriedad ante un público que los aplaude, o acaso el convencimiento de que esta lucha entre el toro embravecido y el hombre desafiante es una relación anclada en la historia , en los genes del Homo sapiens, que ha perdurado cambiando sólo las formas?. Hablamos de intelectuales, poetas, pintores, artistas, de gente cultivada. Existe tanta historia acumulada, tan amplia literatura, tanto arte pintado o esculpido, opiniones y obras de pensamiento, que me exime mencionarlos. Mis preguntas son ¿qué movió a Picasso a decir que el toro es el símbolo de España y lo expresó en su Guernica y en sus Minotauros, o a Goya a representar estos rituales en sus pinturas o dibujos, o al propio Dalí más tarde?. ¿Qué quiso decir Picasso con “El toro soy yo”?. ¿Mentía García Lorca cuando escribió que “el toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, … desaprovechada por los escritores y artistas” y que ”los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo”? Después, el 1934, tuvo que escribir lo que nunca hubiese querido, nunca, el “Llanto por Sánchez Mejías”. ¿No estaba en su mejor momento Ortega y Gasset al confesar que “hubiese cambiado mi fama por la gloria que sólo es dable a los matadores de toros”? ¿Desvariaban Orson Wells, Hemingway, Vargas Llosa, Gerardo Diego, Manuel Machado, V. Aleixandre, Dámaso Alonso, Borges, Neruda, J.R. Jiménez, Villalón, Jean Cocteau, Jorge Guillén, C.J. Cela, Valle Inclán, Foxá, y un sinfín de nombres más?. Y todos los que han escrito la historia del toro y de los toreros, entre los que es obligado mencionar la magna obra de “Los toros”, de José María Cossío. Evidentemente, no. Creo que no ha habido locura tan universal. Hubo sencillamente sensibilidad, cultura, respeto por lo que nos ha antecedido. Y  sentido común y ninguna estupidez. Y la cordura, que es un bien escaso.

Todo esto me ha ido provocando curiosidad, que se hallaba entre mis preguntas aparcadas, que no aspiran a añadir nada a lo ya conocido. Sería insensato. Lo único que pretendo, con estos poderosos cimientos, es sólo preguntar a la Historia, que es una suerte de relaciones, en las que unas ideas o comportamientos triunfan y la mayoría desaparece, que en dónde se hallan las manifestaciones, los pactos entre el hombre y el toro, que ha permitido su supervivencia. No se trata de elaborar una teoría histórica nueva.  Sólo  preguntar desde las perspectivas de un arqueólogo hacia los restos del pasado, que siente  curiosidad por cómo llegan a nuestros días una historia de relaciones entre el hombre, el toro y los dioses. Cuestión que se pierde en los orígenes remotos de la historia del hombre. Y el arqueólogo que sabe que el tema es inmenso, debe escoger sólo pinceladas de esta historia. No voy a hablar del toro y de los orígenes de las corridas de toros, sino de cómo el toro se ha enraizado en el hombre, de cómo ha perdurado en su cultura. Y sólo en los tiempos prerromanos y con escasos datos, suficientemente conocidos.

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Y las respuestas más antiguas y explícitas se hallan en el Paleolítico, cuando la caza y recolección eran los recursos para la supervivencia. En el momento en que mitos, leyendas, dioses y religiones aparecieron con la revolución cognitiva, la capacidad de hablar sobre ficciones,  que  permitió imaginar y actuar colectivamente. De esto hace más de 30.000 años. Es ese período de la Historia de la conexión íntima con el medio cercano y de las creencias de que los lugares, plantas y animales, incluyendo los fenómenos terrestres y los del cielo, tienen conciencia y sentimientos y se comunican con los humanos del modo más natural. A esto se le llama animismo. Y el vínculo es tan intenso que todos se relacionan mediante gestos, bailes y ritos. También hay una realidad evidente: todos tienen que sobrevivir. Y el hombre, en su reducido grupo, hace frente a animales más poderosos: uros, ancestro del Bos Taurus, y bisontes y cérvidos. Es lo que se contempla en sus cuevas-santuarios, como las más ancestrales obras de arte, y las preguntas, aún no contestadas, del sentido de estas pinturas, de  qué expresan y del lugar donde se hallan, en cuevas oscuras y profundas, alejadas de la aparente realidad existencial y cotidiana. Y, como animal poderoso, sobresale el toro, de enormes proporciones, vigoroso y temible. Lo vemos, por ejemplo, en la “Sala de los Toros” de Lascaux, donde se representa imponente junto a caballos en estampida –así se ha interpretado. En estas pinturas no hay nada casual, no hay arte, en el sentido de su intención, sino representaciones de la realidad llevadas a su manifestación religiosa, que es como el hombre concibe la existencia, de modo dual, vida real y su transformación en el mito, fortaleza sobrehumana y astucia. El toro, existente y fuente de proteínas y de otros recursos, requiere para su captura de tácticas de caza, rituales previos, que es cohesión grupal para el éxito. La caza es, pues, lucha ritual, en la que el hombre usa de la estrategia y el toro de su fuerza. Caza ritual y religiosa, en la que el toro muere en la lucha, pero vence y sobrevive en el mito, que es el modo de alcanzar su carácter divino. La muerte es el fin que mitifica y revive para siempre. Aquí no hay vencedor ni vencido. Sólo la ley natural de la supervivencia. Lo que origina una relación muy especial entre el toro-fortaleza y hombre-astucia, una empatía, una mística que sobrepasa a la simple caza. El toro posee todos los atributos que lo convierte en un animal divino: fuerza sobrehumana, provoca miedo y respeto, que hace que el hombre lo haga su dios-protector. Pero tiene que ser sacrificado para su deificación mediante rituales, en cuevas-santuarios o templos. Es lo que veo en esas pinturas: la lucha por la vida que conlleva al enfrentamiento, a la muerte y al mito. Lo que siempre permanece en el recuerdo de modo indeleble, como historia mítica y ritual. Lo que el rey o el faraón asumirán y representarán más tarde.

En las representaciones de las pinturas levantinas –prácticamente desde Castellón a Almería-, entre el 10.000 y 6000 a.C., un conjunto importante de cuevas ofrecen, en sus paredes, manifestaciones pintadas de toros y sus relaciones con el hombre. Se advierten toros aislados, en manadas, heridos, muertos o arqueros al acecho o enfrentados para su caza. Y también, escenas de culto, de juegos con el toro, danzas en su entorno, mujeres entre ellos, bucráneos y simulacros del dios-toro. Destellos de unos rituales y mitos que no comprendemos en absoluto, y que ofrecen esa vinculación que va más allá de la caza para convertirse en lo religioso, lo que une firmemente esta relación, el vínculo indisoluble. Y son muy notorios el símbolo del bucráneo, como representación sintética del toro, o la figura varonil pertrechada con cuernos, antropomorfa, y de pié sobre un bóvido. Manifestaciones que exceden de los ejemplos de caza, de hombres y de toros y nos sumergen en una conexión más íntima religiosa y ritual. Lo que ata, se venera y perdura.


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Cuando se habla de esta historia, siempre se acude a la ciudad neolítica de Anatolia de ÇatalHüyük. Es necesario.Nos hallamos en un poblado en plena Turquía, en un medio agrícola muy rico y hacia el 7000 a.C. Son los inicios de la domesticación de plantas y animales, del origen de las ciudades y de las sociedades complejas. Esta población tenía por esos años en torno a 6.000 habitantes, que habitaban en casas de paredes de barro y de varias habitaciones. Entre ellas se han hallado numerosos templos, dedicados a dioses-toros, buitres de grandes alas y otros seres difíciles de conocer. Destaco sólo los referidos al bóvido. Uno de ellos, y de gran significación simbólica, muestra a un toro engrandecido que abaten y fustigan unos grupos de hombres de escasas alturas y corpulencias. El toro se impone con su poderosa presencia. Y adquiere más importancia porque la economía del poblado se basa en altísimo porcentaje en el consumo de ovicápridos.  Es evidente que el toro es el dios de este templo y así se manifiesta. El hombre, impotente, trata de abatirlo y matarlo, en una lucha ritual para la celebración de un simposio, que consistiría en comer de su carne y beber su sangre roja, como energía vital y fecundadora. Otros edificios muy elaborados poseen zonas destacadas que muestran cabezas  de toros plastificadas y grandes cornamentas, o bucráneos, empotrados en la pared o en bancos de barro sobre el suelo. Son los signos más evidentes de la representación conceptual de la deidad personificada en la cabeza y la mortífera cornamenta. Una diferencia importante con las pinturas de las cuevas-santuarios  se advierte en la relación normalizada hombre y toro, concretada en su deificación y en los rituales celebrados en estos templos. Es el templo, ya urbano, su lugar de residencia. 

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Otro paso en el tiempo, otro jalón en la historia y nos hallamos en Mesopotamia y Egipto, en su Estados nacientes,  desde el IV milenio a.C. La relación hombre y toro continúa, intensa y viva, pero con otros perfiles formales.Las sociedades cambian sus estructuras y el modo de mitificarlas.Pero lo sustancial permanece.Es lo que parecen decirnos varias paletas cosméticas en su lenguaje iconográfico. En dos, un toro en plena fiereza cornea a guerreros y a enemigos vencidos, y también abate con sus cuernos poderosos ciudades fortificadas. El toro es el rey. El rey es el toro y adquiere su figura como símbolo de fertilidad y ferocidad.  Manifestación relevante del poder real, que es divino, y del toro toma su apariencia. Y como el rey, persona, debe mostrar su fortaleza, lo manifiesta en el Festival Sed, un ritual muy antiguo en el que el rey, a partir de los treinta años, debe mostrar que está en forma, en plena actividad física. Debe exhibir,  a los ojos de su pueblo, habilidad y vitalidad. Y para ello, realiza varias pruebas.  Quizás la más importante sea la carrera que realiza en compañía del Toro Apis.Y la iconografía ofrece otro rasgo de esta unión: el faraón muestra en su trasero el rabo del toro, como símbolo distintivo de poder y divino. El Toro Apis es una deidad solar, dios de la fertilidad de los rebaños, funerario y dios del Nilo. Por su parte, la diosa Hathor, la diosa del amor, de la alegría, de la música y protectora de los muertos, se representa como una vaca con cuernos y disco solar, o con cara de mujer, orejas de vaca y cuernos que sujetan el disco solar. Más tarde se asimiló a la diosa Astarté, que navegó a Occidente con los fenicios. Y aquí la hallamos entre ambientes tartésicos, y se quedó por mucho tiempo.

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Entre el Tigris y el Eúfrates se creó la gran civilización que irradió por gran parte del Próximo Oriente y a las orillas del Mediterráneo. Todos conocemos de algún modo a los sumerios, acadios, babilonios, asirios, hititas, cananeos y fenicios y a otros pueblos. Aquí también se advierten las relaciones entre el hombre y el toro, con otros aspectos, que se unen a esta extraordinaria historia de empatía.

Como la base de su economía es agropecuaria, el bóvido ocupa un importante lugar en el alimento, en el mito y ritual religioso. Toros y vacas se hallan con frecuencia en la iconografía de los sellos cilindros, vasos pintados, grabados o en relieve, o en las ofrendas de los templos. Quizás el más significativo, porque muestra el sentido de la vida del sumerio, la razón de su existencia, se halle en el vaso de Uruk-Warka. Sus cuatro frisos superpuestos muestran el agua fertilizadora de la vegetación y de los animales, la base primaria de subsistencia, la procesión de hombres que portan recipientes de esparto repletos de frutos para depositarlos en los templos. Y en su entrada, un personaje principal ofrenda lo más preciado, un cinturón elaborado de oro y materiales exóticos. Su interior está lleno de ofrendas, y entre ellas dos vasos que representan a un león y a un carnero, representación del orden y de la vida y de la destrucción del orden establecido. Una amenaza continua. Y vemos al toro en su actividad de protector, con frecuencia del ganado doméstico, frente al león como animal destructor, o simplemente caminando por un campo de espigas de trigo, en un vaso de piedra, y con la misma actitud en un fondo arbolado, en un vaso de oro del cementerio del Vapheio en la isla cretense. En alguna ocasión, y en un vaso ritual, aparecen dos parejas de toro y de león superpuestas, guardando quizás simbólicamente una puerta o entrada hacia lo inaccesible sagrado. Y es frecuente la asociación del toro y el león. El primero, como defensor y protector de la vida y del orden –el Bien, en suma-, mientras que el león es el peligro constante, amenazante, el gran destructor de la vida y del orden que los dioses han establecido. En una copa ritual lo vemos abatido por un león. Más también  aparece en la música, como en el cuerpo de un arpa hallada en una tumba, con cabeza de toro con barba espesa y rizada, símbolo de su importancia divina y de la realeza, que seguramente emitía mugidos lánguidos en rituales de la vida naciente y funerarios,  acompañando el recitado de los textos sagrados y míticos. Y como símbolo de la mayor vinculación,vemos a los personajes híbridos, personajes-toros o toros-humanos de pié, héroes abrazados a dos toros en apacible convivencia,  o a seres híbridos mitad inferior toros y la otra mitad humana. O el temible lammasu, un ser mestizo, de cuerpo de toro o de león, alas de águila y cabeza humana, que guardaba las puertas de las ciudades y de los palacios con su imponente figura que infundía terror y respeto y ahuyentaba a los espíritus maléficos, como un deidad apotropaica.


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Pero también puede ser toro-vengador, ejecutor de la venganza de los dioses. Es el caso de Guilgamesh, rey de Uruk, a quien la diosa Istar, despechada por el rechazo de este joven rey ante su requerimiento amoroso, le pide a su padre Anu, dios del Cielo, que haga el Toro Celeste para que castigue este insolencia. Es un toro terrible y asesino que, en su llegada a la tierra, y en sus primeros resuellos, mata a cientos de hombres. Y se entabla la lucha, en la que Guilgamesh, tras un sobrehumano esfuerzo, hincó su espada entre el cuello y las astas, matándolo, y, junto a su amigo Enkidu, arrancaron su corazón que ofrecieron a Shamash, dios del Sol. La gente de Uruk contempla la lucha y el joven rey es aclamado como el hombre más valiente y glorioso. Después, hubo un festejo en su palacio. No es una corrida de toros. Es una lucha divina entre un toro vengador, sanguinario, y un hombre valiente y mortal, que usa su temeridad y argucias contra la pura fuerza. Después de muchos siglos, en un pequeño marfil hallado en Extremadura, en la necrópolis de Medellín, vemos quizás al mismo personaje afanado en su lucha contra el toro y en el momento de atravesarle el cuerpo con su espada.

Y en este sentido, y esta vez en la isla de Creta, Teseo se enfrenta al Minotauro. Este personaje híbrido, fruto de amores adúlteros y de la impiedad hacia Poseidón, es como los orientales, mitad toro y mitad hombre, guardián del Laberinto de Creta, o del palacio de Cnossos, que le sirve de casa y de prisión, al que se podía entrar pero nunca salir por lo intrincado del laberinto. Vive en la plena soledad, encerrado en el laberinto. Y es también el ejecutor de las sentencias de otros. El caso es que Atenas se vio obligada a enviar a Creta cada nueve años a siete muchachas y a otros sietes muchachos, que debían servir de pasto suculento del monstruo. El joven ateniense Teseo se ofrece voluntario para acabar con este ser terrible. Y, ayudado por Ariadna, hija del rey Minos de Creta, mediante la astucia, ayudado del ovillo de hilo sujeto en la entrada para no perder el sentido del regreso y salida, se enfrenta al Minotauro y lo mata. No es sólo un acto de venganza. Es una lucha inteligente, en la que el Minotauro debe morir como víctima, culpable de su monstruosidad y naturaleza irregular. Y este palacio estuvo asociado al toro, como muestra sobre sus altas paredes cuernos monumentales y de lugares de culto. Y tan importante fue este animal en Creta que el mismo Hércules desempeñó con éxito aquí su séptimo trabajo, domeñando al toro, concebido por la reina Pasífae, con sus poderosas manos. Y en este contexto tan taurino, se enmarcan lo muy conocidos acrobáticos saltos sobre el toro, o taurocatapsia, ejercicios gimnásticos de agilidad. Otro modo de lucha contra la fuerza, de mostrar la valentía, mediante la habilidad física del atleta y la inteligencia.


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Tan importante es este animal, imbricado siempre entre los hombres y los dioses, que Zeus se sirvió de su forma para seducir e Europa, una mujer fenicia de Tiro, en la mitología griega. Para seducirla, Zeus, transformado en un toro blanco, se mezcló con las reses del padre de Europa, quien, viendo al toro cerca de la playa, se acercó y acarició sus costados y, notando su mansedumbre, se montó en él. El momento que aprovechó el toro-Zeus para llevarla hasta Creta y convertirla en reina de la isla. Una historia de seducción y de engaño mediante la figura de un hermoso toro.

Otro modo de transformación, con el toro protagonista, se halla en la narración de la Biblia sobre el becerro de oro, narrado en el Éxodo. En este caso, la historia de idolatría, apostasía y su castigo. Tardaba Moisés de su regreso del monte, cuando el pueblo desvalido de un líder o un dios, pidió a su hermano Aarón la construcción de un novillo de oro. Y se hizo con el oro de los zarcillos de mujeres, niños y niñas. Es muy probable que esa  adoración al toro, tan extendida en el Próximo Oriente, y tan extraña en contexto bíblico, no lo sea tanto. Se trataba de crear una deidad que identificaron con Yahvé. Pero fueron castigados por este pecado, que quizás no era.

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El sacrificio y la muerte preceden a la deificación y a la pervivencia en el mito. García Lorca lo dejó bien escrito en su poema de llanto por la muerte de Sánchez Mejías, el torero, con la sangre caliente sobre la arena que precede al mito y a su perpetuación en los versos del poeta. En esta lucha, el hombre perdió la vida frente al toro, la fuerza ganó la partida. Mucho antes, el toro es la víctima del rito. Lo que constituye otro aspecto que se debe señalar. Entre las pinturas del Palacio de Mari, un toro, del que sólo se conserva su cabeza, lo llevan personajes de alto rango al sacrificio ritual de una festividad o dios desconocidos. El toro lleva en su testuz una media luna de oro, y sus cuernos astifinos los ocultan dos fundas también de oro. El cuerpo debía estar ricamente adornado. Muchos toros en la Historia debieron tener este destino. Y es así como vemos al toro sacrificado en los ritos mitraicos. La tauroctonía es el momento crucial en el que Mitra,  dios de origen indo-ario que tanto arraigo tuvo en Hispania, clava su espada en el costado del toro, en un sacrificio interpretado como símbolo de la regeneración de la creación o con significados astrológicos.


En el extremo Occidente, la relación hombre-toro tiene una larga historia, como se ha mostrado desde las pinturas en cuevas-santuarios. Pero en tiempos tartésicos, y entre los mitos griegos, sobresale la hazaña de Hércules en el episodio del robo del ganado de Gerión. Seguramente son vacas o toros. Y tiene importancia por su raíz económica y su proyección en el mito. Aquí no hay lucha. La fuente más antigua es del poeta Hesíodo, en su Teogonía, del siglo VII a.C., que dice que a Gerión “le mato el fornido Heracles por sus bueyes basculantes en Eritía rodeada de Corrientes”. En la isla de Cádiz).  A partir de aquí, la representación del toro en vasos pintados, en numerosas esculturas, piezas de marfil y en rituales, no han cesado. Nos quedamos con dos mil años en blanco, que pueden exculparse por la cantidad de relaciones e interpretaciones que ha tenido desde aquellas primeras pinturas de las cuevas y santuarios. Lo que muestra cómo el toro ha penetrado y se ha integrado de modo tan intenso en la cultura occidental. ¿Quién puede negar esto?.La cultura, que es historia, pervive en nuestra herencia genética. Por aquí se ha colado el toro, y la dualidad del hombre y la fuerza, la relación de amor y de respeto –nunca de odio-, la necesidad imperiosa de emular las hazañas de los héroes mortales que se enfrentaron a la muerte. ¿Quién se atreve a borrar esta historia que nos ha dejado una huella tan indeleble?.¿Quién le va a tirar la primera mancha de tinta negra?.No será el arqueólogo que esto escribe quien lo haga. Siempre habrá un tonto útil que por unos tímidos aplausos, o unas risas sin mucha gracia, haga el trabajo.


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2 comentarios:

  1. Me parece muy interesante el artículo en cuanto al significado de las relaciones humano-toro a través de la historia, aunque soy antitaurina militante y por lo tanto espero la abolición de las corridas de toro porque pienso que el sufrimiento de un ser vivo no debe ser motivo de festejo.

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  2. Espléndido artículo, con muchísima información expresada con gran sensibilidad y con una extensa iconografía.
    Yo creía que las religiones habían aparecido en el Neolítico, pero sí, manifestaciones "presuntamente religiosas" ya las hubo en el Paleolítico, aunque "el toro" era más bien fruto de manifestaciones simbólicas y míticas.
    Muchas gracias Profesor.

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