jueves, 12 de mayo de 2016

26.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Curiosas y afectivas relaciones de hombres y caballos
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

Puede parecer que el cariño hacia los animales –o hacia algunas especies-, el trato afectuoso y los cuidados con mimos hacia ellos es un tema de estos tiempos, que han venido con el progreso, ese gran maná caído del cielo que todo lo alimenta, tan sobado, que todo lo impregna de genialidad y que hace feliz a quien lo alcanza. No es cierto. Fueron apreciados quizás más en otros tiempos. No hizo falta la creación de asociaciones ni de un partido político que tuviera como objetivo su defensa, a veces excesiva y utópica. A lo largo de la historia, de una historia de miles de años, muchos animales domésticos fueron más felices que los criados en granjas. Remito, en este caso, a la Rebelión en la granja de Orwell. Y los pastores y agricultores han mostrado siempre afecto por ellos y los han cuidado. Era una interdependencia. No fue casualidad que muchos reyes se calificaran como pastores, y así se les presenta. Es lo que vemos en el Buen Pastor, un traspaso a la figura de Cristo procedente de conceptos antiguos de Oriente. Evidentemente no había tiendas especializadas en su comida,  ni clínicas veterinarias, ni sastrerías de abrigos de lana. Hubo sólo una vida en común sin tanto exorno, más sencilla y natural, quizás más humana.

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Claudio Eliano, autor y profesor de retórica romano, que vivió entre los años 175 y 235 d.C., escribió un libro “Sobre la naturaleza de los animales”, una interesante colección de hechos y de fábulas sobre el reino animal que invita a considerar los contrastes entre el comportamiento animal y el humano, la mayoría tomadas de fuentes escritas, con frecuencia de Plinio el Viejo, pero también de otros autores y de obras perdidas y de historias narradas. Uno de los temas que trató fue sobre el caballo y su dueño, de su inteligencia, soberbia e incluso de su condición de clase y de su sentido ético del incesto, sin olvidarse de su sensibilidad por el arte y su coquetería. Algunas ofrecen lecciones morales alegóricas y otras simplemente las eligió por sorprendentes. He seleccionado sólo unas cuantas, en las que vemos al caballo humanizado, mostrando sus sentimientos, sus amores, sus odios y sus venganzas que, en ocasiones, condujeron a la muerte. Es decir, como un humano más. También hemos de contemplarlo en otras facetas, más distantes del hombre, más cercano de los dioses, de los países muy lejanos, soñados, y de los mitos que le confieren misiones trascendentes. Tenía que ser así. Un animal tan hermoso y tan útil estaba destinado a ostentar una posición de privilegio en las sociedades y en todas sus categorías. En ocasiones van unidos los nombres de hombre y caballo, metafóricamente, fundidos, como si hablásemos de un centauro. Quién no recuerda a Pegaso, el caballo de Zeus, nacido de la sangre vencida de Medusa, o a Aquiles y a su caballo persa Janto, o al caballo negro tesalio Strategos y Aníbal, o a Bucéfalo y Alejandro, que mostraba una estrella blanca en su frente y a ello debe su nombre, o a Genitor, caballo de Julio César, llamado así en recuerdo de su padre muerto, o al caballo Incitatus que llegó a ser cónsul de Roma por la locura de su dueño Calígula, o a Babieca unido al Cid Campeador, que nunca se montó tras la muerte del héroe, y en otro sentido al famoso Rocinante, tan flacucho y tozudo como su dueño don Quijote, considerado muy superior a Bucéfalo y a Babieca. Y muchos caballeros y caballos más que hacen una larga lista de uniones indispensables.


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Eliano nos ha transmitido varias historias de amistad y fidelidad entre el caballo y su dueño, como aquella que se refiere al entrañamiento de Bucéfalo con Alejandro Magno, o al caballo de Antíoco que vengó la muerte de su dueño a manos del gálata Centeorates. Pero una es especialmente hermosa, pues es la historia de un caballo que murió de amor, en el más puro romanticismo wertheriano. El ateniense Soclés se compró un caballo tan hermoso como él, más inteligente que los demás de su especie y de fogosa condición erótica. Concibió un amor ardiente por su amo, y cuando se le acercaba resoplaba y ponía su mirada lánguida y amorosa. Pero tales eran sus expresiones tan excitadas, sin disimulo, sus resoplidos casi humanos, que infundió sospechas  de que meditaba algún exceso contra el muchacho e hizo que corrieran rumores extravagantes sobre la pareja. Soclés, abatido por la difamación, comenzó a odiar al lujurioso y amante caballo y lo vendió. Y no pudiendo soportar la privación de la ausencia del mancebo y de su presencia deseada, se quitó la vida sometiéndose a un severísimo y mortal ayuno. O sea, un caballo enamorado, que prefiere la muerte a vivir distante del amado. Una muerte por amor.

Otra historia es la del joven que se enamora de una yegua y muere violentamente por un potrillo vengador. El joven, un mozo de caballos, se enamoró de una yegua jovencita, la más hermosa de la yeguada, y cuenta Eliano que era tan bella como la más hermosa de las muchachas de la comarca. Al principio se contuvo, pero, pleno de una pasión incontenible, se atrevió a realizar la extraña relación sexual. Mas la yegua tenía un potrillo hermoso y, afligido por el trato despótico de su amo, lo pateó sin piedad hasta matarlo, en un acto de venganza, Y no contento con esta muerte, llegó al lugar donde había sido enterrado y, exhumando el cadáver, lo ultrajó como el joven había hecho con su madre. El odio acumulado que termina con un resarcimiento cruel y empozoñado, que sólo vemos entre los humanos, de los que el potrillo tomó como ejemplo.

 El caballo tiene también un código muy estricto en su comportamiento sexual con sus consanguíneos y una reprobación impetuosa del incesto. En uno de los relatos de Eliano, un rey escita –cuyo nombre no quiere proporcionar- tenía una yegua, notable por sus excelentes cualidades, y poseía también un potro hijo de ella que aventajaba a todos los demás por sus cualidades y hermosura. Pero no hallando ningún potro digno para la yegua ni yegua alguna para emparejar con el potro, se decidió juntar a los dos para este menester. Se acariciaron y se ofrecieron mutua amistad, pero rehusaron enérgicamente a realizar la cópula. El escita, persistente en el empeño, les vendó los ojos para que no se reconocieran y consumaran este acto ilícito e inmoral. Cuando la yegua y el potro se apercibieron de lo ocurrido, sintieron vergüenza y horror, y expiaron su impiedad arrojándose a un precipicio para morir. A esto podemos llamar conciencia de clase, estética y refinamiento.


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A veces, los grandes personajes confiaban más en el servicio de vigilancia de los animales, para su propia seguridad personal, que en sus guardianes. Es lo que sucedía a Mitrídates del Ponto, quien desconfiaba de los hombres armados de su seguridad personal mientras dormía, y tenía como guardianes fiables a un toro, a un caballo y a un ciervo domesticados. Esta tríada tan ilustre de celosos vigilantes estaba siempre expectante ante la llegada de un intruso, y si alguien llegaba hasta el rey lo despertaban: el toro con sus roncos mugidos, el caballo con sus relinchos y el ciervo con sus rebramos. Francamente yo hubiese hecho igual. Los hombres vigilantes pueden dormirse, las alarmas eléctricas fallan en los momentos más oportunos, en los que más se precisan sus servicios. El animal siempre está alerta, percibiendo el ruido a kilómetros de distancia, la más mínima vibración del suelo o el aliento gélido del enemigo en el aire.

Pero la yegua es sobre todo una buena madre y ama sobremanera a sus potrillos. Lo sabía muy bien Darío el Joven, el cual llevaba a las batallas a yeguas recién paridas, dejando a los potrillos en las cuadras. Cuando Alejandro Magno  derrotó a Darío en la batalla de Issos, éste montó una yegua, ansioso por escapar, y la yegua, recordando al potrillo que había dejado en las cuadras, y deseando verlo, corrió a toda velocidad y puso a salvo a su temeroso amo, ansiosa por escapar del peligro. Puede decirse que Darío le debió la vida a una yegua enternecida y con deseos por reunirse con su potrillo.

Otra de sus las virtudes es el de su solidaridad con otras yeguas y con los potrillos de éstas. Así lo describe Eliano: “Cuando las yeguas abandonan a sus potrillos y los dejan huérfanos antes de su completa crianza, otras yeguas se compadecen de ellos y los crían en compañía de sus propios potrillos”.

En este conjunto de historias verdaderas y atestiguadas, hay que mencionar otra de las cualidades que puede denominarse conciencia de clase del caballo. Se sabe, en su instinto especial incomprensible para el hombre, un animal importante, inteligente, y se siente muy orgulloso y superior entre otros de su especie. Eliano lo percibe cuando describe al caballo como “un animal arrogante”, a veces demasiado. Habla de su corpulencia, de su ligereza, de su pescuezo erguido, como una señal de orgullo de su condición, de la flexibilidad de sus remos y del estruendo de sus cascos cuando camina o galopa, que le proporcionan prepotencia, superioridad y empaque. La yegua es más parecida a una mujer hermosa y coqueta, que se siente segura de sus encantos, y se pavonea de su larga melena llena de gracia. Y tan hermosa se cree que no tolera que la cubran los asnos, mostrando cierto desprecio y orgullo de clase, pero se complace con el caballo al que considera más apropiado a su estatus. Y escribe Eliano: “Esto lo saben bien los que pretenden obtener mulos y esquilan la melena de la yegua sin miramientos y luego echan burros a la yegua. Ella, aunque al principio con repugnancia, admite luego a su innoble consorte” con resignación. Como cualquier mujer hermosa, y sabedora de su belleza, elige lo bello para conformarse, si no hay oportunidades, con lo menos hermoso y bruto. No se puede elegir siempre como se merece y se desea. La vida suele ser muy ingrata.

Pero también hay caballos muy coquetos, que cuidan mucho de su aspecto y de su pelo, sabedores de que suelen poseer una hermosa melena, que peinan con mimo, que la sueltan al viento o la dejan caer por su frente, entreviendo sus inquietantes y hermosos ojos entre las guedejas que los ocultan pícaramente. Sobre ello escribe Eliano, en su libro XVI.24, que existen unos caballos del sur de Italia que les gustan los perfumes. Dice que al caballo lycospás, una raza equina, le agradan los olores de los perfumes y de los ungüentos olorosos, como a una joven novia. Y Homero lo testificó cuando dijo que todos los caballos aman con pasión los ungüentos. Refiere en la Ilíada que unos caballos, después de lavar su pelo con agua clara, derraman sobre sus crines suave aceite oloroso. En lo que coincide el poeta lírico Simónides de Ceos, a fines del siglo VI a.C., al decir que las mujeres nacen y se moldean como los caballos aficionados a los adornos y a los perfumes. Y escribió un poema que se refiere a una yegüa de finas crines que dio a luz a otra mujer que rehuía los oficios serviles y la miseria, pero con su pelo siempre bien peinado y cubierto de flores.


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No es sólo la belleza física lo que enternece a las yeguas, ni su arreglo personal lo que persiguen obstinadas, sino la belleza de los sonidos, de la música sublime. Eso se dice de las yeguas libias, nos informa Eliano. Atraídas por el sonido de la flauta del yegüero, se dulcifican y amansan, y siguen enternecidas adonde la música las guía. Y si aquel se detiene en silencio, ellas hacen lo mismo. Mas cuando la flauta resuena con energía, “lágrimas de placer se deslizan de los ojos de las yeguas”. Eurípides narra de los “cantos epitalámicos de pastores”, que instiga en las yeguas amoroso frenesí y enloquecimiento de los machos que provocan el deseo y la pasión intensa de ayuntarse entre ellos. En esta pasión humanizada, la flauta es el himno nupcial. Es costumbre en Mesia, precisa Eliano, que en el momento de ser cubiertas las yeguas, se toca la flauta acompañando la boda de los caballos con esta especie de música epitalámica, y las yeguas, cautivadas por la melodía, quedan preñadas muy pronto y paren hermosos potrillos. Si esto es así, como cuenta Eliano, las yeguas y los caballos han tenido más sensibilidad para la música que muchos humanos, y muy sensuales y refinadas en el sexo. No sería extraño.

Y no puede faltar la historia de la locura de un hombre, emperador romano, y la de un  caballo más cuerdo. Es el caso del emperador Calígula y de su caballo Incitatus. Nos lo cuenta Suetonio, que vivió entre el 70 y 126 a. C., en la “Vida de los doce césares”, desde Julio César a Domiciano, crítico con los excesos del poder. El poder mal asumido, y peor enfocado hacia el bienestar del pueblo, ha sido un tema constante y recurrente de muchos personajes despóticos e irresponsables, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos y actuales. Suetonio nos habla de las pasiones y gustos obsesivos de Calígula y, sobre todo, en su mente enferma, de su amor desmedido por su caballo de carreras favorito Incitatus. En su estado de locura le construyó una caballeriza de mármol con pesebres de marfil, poniendo a su servicio a 18 sirvientes para su cuidado personal. En las vísperas de los días de carreras mandaba a soldados a imponer silencio en la vecindad para no turbar su descanso. Y lo ornamentaba con collares orlados de perlas. La comida era siempre muy especial, con copos de avenas y escamas muy finas de oro, que acompañaba con el mejor vino en copas de oro. Como caballo especial, no copulaba con yeguas, sino con una bella mujer de nombre Penélope, perteneciente a la alta sociedad. Y en la exaltación de su demencia, quiso nombrarlo cónsul de Roma. Algunos creen que de modo sarcástico frente a las instituciones del Imperio. Es muy posible. Pero son creíbles los desvelos y cuidados, sin mesura ni sentido común, de una persona demente hacia un caballo, vencedor en este ejemplo. Y hasta tal punto fue así, que, una vez que perdió una carrera –la única en su vida-, ordenó al verdugo que matase al auriga lentamente, con saña y con el mayor sufrimiento.

Como el hombre admira y necesita al caballo, surge el centauro, la expresión más viva de esta dependencia. El caballo presta su cuerpo poderoso y veloz y el hombre su torso, brazos y cabeza, donde reside la inteligencia. E incluso inventa un pueblo en Tesalia en el que sólo residen los centauros, aún en la barbarie, confrontados con los humanos y civilizados griegos lápitas. Y el Partenón ofrece en sus frontones una lucha encarnizada entre ambos pueblos. La contienda no es política ni se origina en la conquista de nuevas tierras, sino en las pasiones humanas. En la boda de Piritoo e Hipodamia, los centauros, desconocedores del vino, se embriagaron y raptaron, en su pérdida de consciencia, a Hipodamia a otras mujeres y a jóvenes. Se originó una lucha terrible y cruel que ganaron los lápitas con la inestimable ayuda de Teseo, y que los frisos del templo, dedicado  a la sabia y prudente Atenea, nos muestra en todo el esplendor, crudeza y belleza de la batalla de sus bajorrelieves. Es la visión del centauro en su barbarie, ignorante de la bebida del vino como un acto social y civilizado. Homero, siglos antes, había descrito al terrible Polifemo, y a los Cíclopes, de modo similar, viviendo sin conocer el vino civilizado y sus efectos.

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No todos los centauros eran así. Se conoce a Folo, un afamado y sabio centauro, y amigo de Heracles. Y sobre todo a Quirón, inteligente y sabio, a diferencia de los de su clase. Su padre fue Cronos, tenía su residencia en Tesalia, y fue reconocido como versado en música, en el arte, en la caza, en los temas morales, y especialmente en la medicina y cirugía. Su nombre, Quirón, significa “diestro con las manos”, lo que es propio del cirujano. Y por sus conocimientos y rectitud moral fue maestro y tutor de muchos héroes, entre los que destacan Aquiles, Teseo, Heracles, Asclepios –dios de las curaciones y de la medicina- y muchos más. Por ello, el arte y la memoria,  lo ha conmemorado y recordado en numerosos vasos pintados, asociado a Teseo.


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Unas notas, finalmente, de caballos como dioses o a su servicio. Razones tendría el filósofo Platón cuando, en el mito del carro alado –Fedro-, dice que el alma es como un carro tirado por dos caballos y conducido por su auriga. Los dioses conducen caballos de excelente raza y buenos, mientras que los de los mortales uno es como el de los dioses y otro es todo lo contrario. Platón habla del alma y de la diferencia de la templanza divina y del desasosiego del hombre. No nos detenemos, y bien nos gustaría,  en los temas filosóficos. Lo que me ha interesado, puesto que hablamos de caballos, que sea este animal el que el filósofo vio apropiado para conducir las almas. Pegaso fue en la mitografía griego un caballo alado, asociado a Zeus, nacido de la sangre derramada de Medusa cuando fue degollada por Perseo. Y se le representa volando por el cielo con las alas desplegadas y moviendo sus patas como si corriese veloz por el suelo. Y no debe faltar en este elenco, de caballos especiales, el octavo trabajo de Hércules y la captura de las yeguas de Diomedes.  Pues Heracles está relacionado con todos los seres extraordinarios, maléficos y sobrehumanos. En este caso, no son yeguas amorosas y sensibles, sino crueles, que comían carne humana, la de los inocentes huéspedes de Diomedes. Partió hacia Tracia, domeñó a las yeguas y las ató con cadenas. Diomedes luchó con el héroe y murió en la batalla, donde las yeguas comieron su cuerpo y se pacificaron. Es un ejemplo, a través de las yeguas, de un castigo justo por la falta de hospitalidad, uno de los bienes más preciados de los griegos. Y otro de los aspectos del caballo es el de conductor de las almas hacia ultratumba, el cielo o infierno. Lo que se denomina psicopompo. Y ya en los finales, quedando aún mucho caballo por delante, hay que referirse a la diosa asociada a los caballos, y mostrada entre ellos en la iconografía.  La conocemos como “Potnia Hippon” o “Señora de los Caballos”. Y en la Península Ibérica, y de procedencia quizás celta, hubo un culto a Epona, unida al caballo, a la guerra y al caballero, conduciendo al héroe, al caído en la batalla, al más allá.

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Queda mucho por enumerar y decir algo. Mucho. En otros artículos hablaré de sus orígenes genéticos, domesticación y relación con la vida ordinaria, la guerra y la ostentación del poder. Mientras, termino este párrafo último  al atardecer, cuando Helios, con su cabeza coronada de brillantes rayos del sol, se pierde en la línea más lejana y roja del Océano, para regresar por el este en su carro tirado por cuatro “corceles que arrojaban fuego”, como escribió Píndaro. Otro ejemplo de caballos, unidos a los dioses, los que tiran con presteza del carro del Sol Invictus.                                                                           
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2 comentarios:

  1. Un interesante recorrido por las múltiples facetas del caballo en la Antigüedad que me ha hecho recordar la vinculación del caballo con los manantiales, como el caso de Pegaso, cuyas coces hicieron brotar la fuente Hipocrene, en el Helicón. Espero con ilusión el próximo artículo.

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  2. Interesante y bien documentado artículo

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