lunes, 23 de mayo de 2016

27.FENICIOS, TARTESIOS Y GRIEGOS EN OCCIDENTE

Mare Nostrum (I).
Con la mirada derramada en un mapa. Troya como referencia
Diego Ruiz Mata / Catedrático de Prehistoria y Académico de Sta. Cecilia

Tengo la mirada derramada y fija en un mapa aparentemente mudo. Un mapa consta de un conjunto de líneas, de una reproducción geográfica y métrica, que delimitan mares, ríos y montañas, que muestran nombres que han ido cambiando en el tiempo, una abstracción, en suma, de muchas tierras llanas o altas, de muchas aguas de mares y de ríos, de muchos árboles, donde han vivido seres humanos y animales, donde han crecido y muerto muchas especies vegetales. El mapa que tengo delante en la mesa no es el que veo sólo con los ojos de lo antiguo. Es una mezcla entre lo alegre y lo triste, de vida y de muerte de los hombres, de los hombres que compusieron pueblos, de los pueblos que originaron naciones, de las naciones que han creado el planeta humano, representado en un mapa pequeño que cabe todo en la palma de mi mano.Tengo los ojos clavados en un mapa y, en esa dimensión gráfica tan mínima, los nombres me trasladan a tiempos muy antiguos, que pasan deprisa como nubes fugaces empujadas por los vientos, me recuerdan historias que viven en otras historias pasadas y en los mitos. Son nuestro libro obligatorio de texto, que memorizamos y narran lo que hemos sido y somos. Historia inmensa, curtida y elaborada en las pieles y en las almas de la vidas de cientos de pueblos, de muchas personas, de experiencias, de éxitos y de fracasos, que han ido modelando con denuedo lo que conocemos, a veces sin conocer lo suficiente, la cultura mediterránea.

¿Nos hemos puesto alguna vez delante de uno que  sólo muestre un mar, el Mediterráneo completo que nace del océano Atlántico?. ¿Nos hemos fijado en los países actuales y en sus pasados históricos?. Aquí está todo lo que somos, lo que hemos construido, lo que hemos pensado. Aquí se han desarrollado ciudades, han navegado multitud de embarcaciones, se ha comerciado de todo, se han practicado numerosos cultos a los cientos de dioses de cada patria, se han escrito excelsas poesías, libros de historia, de mitos y del pensamiento que hantrascendido hasta hoy, ha habido risas y muchos llantos que todavía husmean en el aire. Todo queda ahí, compendiado en ese espacio pequeño, comparado con el resto del mundo. Me refiero a ese pequeño mar y os invito a contemplarlo. Por fuerza es un mirar rápido y sin demasiado sosiego, una visión apresurada de miles de hechos reducidos en un puñado de conceptos. Y tan densos han sido y son que conforman un universo. El nuestro.

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Desde una simple visión geográfica, el mar Mediterráneo es uno de los mares del Atlántico y está rodeada por la región mediterránea, el Asía Occidental y África septentrional. Es un mar muy pequeño, comparado con otros mares o países del planeta, que sólo tiene 3.860 km de longitud.  Sus aguas comunican con el océano a través del Estrecho de Gibraltar, o las Columnas de Hércules, con el mar Negro por el estrecho del Bósforo y con el mar Rojo. En época romana tuvo por nombre Mare Nostrum, o Nuestro Mar, debido a que sus orillas las ocupó ese imperio imparable de Roma., el primero verdadero de Occidente. Y quizás el único. En la actualidad, la UE, con ganas de emularlo en aspectos políticos, económicos y  culturales es un producto bien distinto.

Ahora invito a quien lea esto y le interese este tema tan nuestro, que me acompañe en este breve recorrido, a navegar por este espacio, como en los tiempos antiguos, a detenernos en algunos puertos y ciudades, o en espacios de mayores magnitudes, que nos fijemos en unos cuantos aspectos de su historia, que aún perviven entremezclados en el presente. Como es natural, y se comprende fácilmente, no puedo abordar, ni quiero, esta inmensa magnitud de historia, para la que no tengo no conocimientos, ni espacio, ni tiempo. Y sólo pretendo, ante tan atrevido tema, que nos fijemos en lo que un mapa del mundo puede aportarnos en su simple abstracción, en su reclamo a darle contenido. Son espacios con sus nombres, historias breves y fugaces que nos invitan a ahondar en sus historias íntimas y generales. A eso sólo puedo reclamaros. Sé que es poco. Sé que es un inicio incompleto. Y como hay que elegir el comienzo de la historia, os invito a iniciarla hacia el año 1000 a.C., en un cambio de milenio, cuando unas naves decidieron iniciar la aventura de Occidente, de traspasar las Columnas levantadas por Hércules en tiempos donde los recuerdos sólo existen en los mitos, precedidos de otras navegaciones, de otras historias y leyendas. Los datos arqueológicos, tan manifiestos como siempre, nos indican el continuo navegar en estos mares desde el V milenio al menos. Primero de modo pausado y sin cesar desde el II milenio a.C. Pero de todo este maremágnum de mares, ríos, tierras y hombres nos vamos a fijar en un punto pequeño, en la colina de Hisarlik donde asienta Troya o Ilion, en la actual provincia turca de Çanakkale, junto al Estrecho de Dardanelos y entre los ríos Escamandro y Simois, que abren paso hacia el mar Negro. Aquí tuvo lugar, en los siglos XIII o XII a.d.C. –la fecha está muy confusa- la fatídica guerra entre griegos micénicos y los troyanos del rey Príamo y sus aliados orientales, durante diez años. Siglos más tarde, el poeta Homero, cuyo lugar de nacimiento es reclamado por muchos pueblos griegos, escribió en el siglo VIII la Iliada, que narraba esta contienda, aunando en magníficos versos unas tradiciones orales de muchos siglos de existencia. Mas ¿Por qué nos fijamos aquí?. Sencillamente porque fue el comienzo de la conciencia histórica del Mediterráneo, la referencia de los pueblos más ilustres, preferida a cualquier otro acontecimiento. La Historia debe comenzar en un punto y en un tiempo precisos, con un motivo adecuado, donde pugnen dioses y héroes en luchas titánicas, donde reinen la vida y la muerte, el amor y el odio, la valentía y la astucia, toda la manifestación de la condición humana al desnudo. Homero supo describir todo esto. Y su obra inmortal ha permanecido en el tiempo como el núcleo del comienzo histórico, como el espejo en que había que mirarse cada hombre y cada pueblo. Su relación con esta guerra y sus héroes conferían prestigio a los pueblos vinculados, fuesen o no ciertos tales lazos. Es por ello que comenzamos aquí, no en los motivos y en el desarrollo de la contienda, sino sobre todo en el regreso de los héroes vencedores y fundadores, que navegaron errantes por los mares y países mediterráneos, ramificando la historia troyana con sus fundaciones de ciudades y su presencia. Era un racimo de ciudades resplandecientes.

Si comenzamos por donde debemos, el libro de la historia de este mar comienza en el este, por donde nace el sol, usando en este caso la metáfora del nacimiento de la civilización de Occidente, que no es la muerte de la luz, sino el punto brillante al que se desea alcanzar. No es una región pasiva, ni el mundo pensado donde todo acaba, sino un lugar de comienzo y pleno de vida. El Occidente deseado, un finibusterre por entonces.

El Mediterráneo, en su sentido geográfico, comienza bañando las aguas costeras del sur de Turquía, mezcladas con las del Egeo en su fachada occidental y el racimo de islas pequeñas deshabitadas la mayoría. A esta zona tan amplia se la conoce como Asia Menor o Anatolia, que en griego significa oriente o levante. Fue la zona del imperio hitita y de los reinos de Frigia y de Lidia. Pero para nosotros, en Occidente, el recuerdo más vivo lo situamos en la Ciudad de Troya, cuya historias trágicas de amor, odio, muerte y destrucción las recopiló con si genio de poeta Homero, en el largo poema de la Ilíada, al que siguió el regreso de los héroes micénicos y vencedores a sus pequeños reinos de Grecia. Algunos, ayudados por los dioses protectores, regresaron prestos. Otros desviaron sus rumbos a lugares muy lejanos, como Menesteo hasta la Bahía gaditana, fundando según la tradición una ciudad en el CDB, y también un oráculo.  Odiseo, descarado con los dioses, tuvo el castigo de navegar errante y sorteando peligros por el Mediterráneo hasta llegar a Itaca, donde reinaba Penelópe, su mujer, aguardaba impaciente oteando el horizonte para ver a lo lejos el barco con sus velas blancas que se dirigía a su puerto. Tan importantes fueron estas historias, transmitidas en versos, que son ya el capítulo primero de la historia de la literatura occidental. Pero son algo más, el origen de nuestro tiempo, el que percibimos como el comienzo histórico, con el que nos sentimos estrechamente vinculados. Es el punto cero, se podría decir. También el origen ilustre, la raíz necesaria de las ciudades de occidente más importantes. Aquí se hallan, por ejemplo, Gadir, fundada ochocientos años después de la Guerra de Troya, junto a Utica en la costa tunecina, cerca de Cartago, y Lixus en el Atlántico del norte de Africa, con un templo dedicado a Melqart, de más antigüedad que el gaditano, según está escrito en los textos. Y no olvidemos la fundación de Roma y los comienzos de su historia –Ab urbe condita-, narrada por el poeta Virgilio en La Eneida, en época de Augusto y del imperio de Roma naciente, necesitado para su prestigio de un origen mítico e ilustre anclado en Troya y en Homero, y el historiador Tito Livio muy pocos años después. El héroe en ambos fue Eneas, príncipe de Dardania y héroe troyano, hijo de Anquises y de Afrodita, quien llegó al Lacio actual de la costa italiana, en donde sus descendientes Rómulo y Remo fundaron la ciudad de Roma a mediados del siglo VIII a.C. La historia es más larga, consta de muchos capítulos. Pero lo esencial es la relación de la fundación de Roma con un héroe troyano, que prestigia y da sentido a su existencia. El origen es de gran importancia. Otros creen, sin embargo, que fue Evandro quien condujo al pueblo desde Grecia hacia el Lacio para edificar una ciudad en el Monte Palatino, conocida primero como Palanteo. En la Eneida, es un rey sabio, alegre y aguerrido, que llegó a la futura Roma antes que Eneas.

Troya fue, pues, mucho más que un poema épico en la que tuvo lugar la contienda entre los príncipes micénicos y la ciudad fortificada de Príamo. Mucho más que una historia trágica de amor y de venganza que comenzó las bodas famosas de Tetis y Peleo. El poeta, Homero, convirtió esta historia en una atadura necesaria, primordial, que anclaba los orígenesmás ilustres mediterráneos con el Próximo Oriente. En este afán de vinculación, Virgilio lo hizo también con Cartago, inmortalizando las circunstancias de su fundación y los amores de Dido y Eneas. Pese a las dudas existentes y las versiones distintas, Troya y Cartago quedan unidas en los versos del poeta. Como es un hecho común, un topos literario, los héroes deben vagar antes de fundar y de crear. Eneas lo hizo durante siete años penosos antes de que Dido, o Elisa de Tiro, lo acogiese en Cartago. Y por el ardid de Venus y Cupido, ambos se enamoraron perdidamente. Pero los dioses  consideran muy poco los asuntos humanos y Jupiter ordena la partida del príncipe Eneas. Dido, dolorida, se quita la vida, maldiciendo la estirpe venidera de Eneas y clamando venganza, el surgimiento de un héroe vengador. Es la razón según algunos, de la enemistad entre Roma y Cartago, que condujo a la guerra y destrucción de Cartago. Otras leyendas vinculan Cartago con Tiro, por otras causas muy diferentes, por motivos políticos y religiosos.

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No es sólo el triunfo de los reyes micénicos lo que refulge de la contienda y destrucción de Troya. También fue importante el regreso, doloroso e incierto en muchos casos, como se sabe por las dificultades de Odiseo que tardó diez años en regresar a Itaca. No fue un héroe fundador, sino un superviviente que sortea los peligros de muerte con su inteligencia y con el deseo irrenunciable de llegar a la meta propuesta, Itaca, pese a los gratos ofrecimientos de permanecer en lugares apetecidos en su larga travesía.De estos regresos se conserva un poema épico, conocido también como los Nostoi, o regreso al hogar en griego, de autor desconocido y que formaba parte del ciclo troyano, de los temas relativos a esta guerra y a sus acontecimientos. El poema comienza con los preparativos del regreso de los guerreros vencedores hacia sus reinos de Grecia. El retorno no fue grato para todos, quizás debido al enfado de Atenea por el impío comportamiento de los griegos en el saqueo de Troya, como se atisba en el poema Iliupersis –El saqueo de Ilión-, que comienza con el caballo de Troya y las terribles tropelías que cometieron los guerreros ocultos en su interior y las matanzas sacrílegas de Príamo, refugiado en el altar de Zeus, de Casandra, que se hallaba en el altar de Atenea, o la muerte del bebé de Héctor por Odiseo, o el cautiverio de Andrómaca, mujer de Héctor, e incluso los sacrificios humanos, el de Polixena, hija de Príamo, sobre la tumba de Aquiles. Eran actos crueles e impíos, lejos de una disputa noble, que Atenea, diosa de la guerra, debía castigar. Por ello fueron muy distintos para algunos el regreso. Diomedes y Néstor llegan a casa sin dificultad. Mas Menelao halla en el camino una tormenta y pierde la mayoría de sus barcos, llegando a Egipto y permaneciendo allí varios años. Agamenón, rey de Micenas y comandante en jefe de este ejército, se le aparece el fantasma de Aquiles, antes de partir, le predice su destino: una travesía accidentada y su muerte por Egisto, el amante de su esposa infiel Clitemnestra. Orestes, su hijo, vengará su muerte. Y a Odiseo se le condena a navegar diez años antes de regresar a su hogar de Itaca, sorteando peligros y viendo con impotencia la muerte de la mayoría de sus compañeros. Una victoria, en efecto, por la que se hubo de pagar un alto precio de pérdida de héroes vencedores, quienes, deseosos de venganza, incumplieron la normas éticas de la guerra y de la piedad hacia los dioses y sus enemigos. Justos castigos y bellas enseñanzas de cómo comportarse en las guerras y en las victorias.

Pero ¿qué repercusión tuvo este acontecimiento, que inicia la cultura de Europa, que une a todo este ámbito marino con el extremo occidente, con la Península Ibérica?. El conocedor de este problema, A. García y Bellido, nos ha dejado páginas bellísimas sobre el ciclo de los “nostoi” y sus leyendas occidentales.

Pero el extremo Occidente, España, está vinculada también a Oriente por otras fuentes de igual prestigio, por las referencias de Tarsis y Tartesos, la Biblia y los griegos. Ha existido una tendencia, que aún permanece, en asociar Tarsis –ciudad, país u otro concepto- mencionada en el Antiguo Testamento con  el topónimo  Tartessos, mencionado por Herodoto a causa de las navegaciones griegas de Samos a Occidente. El término Tarsis se halla en el Génesis como un antropónimo, o quizás una tribu generadora de naciones. O a una piedra preciosa, según Ezequiel. Tal a vez a una flota de naves que efectuaban travesías a largas distancias, como sugiere el libro de Reyes. Y con más posibilidad, un país o ciudad. Es lo que parece más cierto en el texto de Ezequiel cuando vaticinó la caída y destrucción de Tiro, o en el libro de II Crónicas que menciona a los barcos que navegaban hasta Tarsis. Pero como Tarsis se relaciona con la plata, su producción occidental se halla en Huelva, Coleo de Samos alcanzó este punto a fines del siglo VII a.C. y poco después los griegos de Focea, alabando este producto y la amabilidad de su rey Argantonio, se ha defendido en ocasiones la ecuación Tarsis-Tartessos, situada en Huelva. Relación pues entre el oriente hebreo y el occidente atlántico, entre los griegos orientales y la Tartesos onubense. Y los últimos datos arqueológicos han alimentado, con sus cerámicas antiguas fenicias y griegas, estas antiguas teorías, revividas por los datos de la arqueología.

No puede faltar en estas escuetas notas, e inmersas en el ciclo legendario de los “nostoi”, la llegada de estos héroes legendarios a la Península Ibérica, tras la guerra de Troya. Noticias probablemente poco fiables, escritas la mayoría en época grecorromana, pero en todas se advierte el deseo de trasladar a Occidente los héroes principales de la guerra troyana, para ennoblecer los orígenes de las viejas ciudades griegas fundadas en España. Lo que expresa la importancia que tuvo Troya, o la transmisión de los mitos recogidos poéticamente por Homero, para enaltecer los orígenes de los pueblos de Occidente. Y la cantera se halló en los héroes que regresaban a sus patrias, desviados de su camino hacia otras tierras. Troya fue, pues, el comienzo de la conciencia histórica del Mediterráneo y del extremo occidente, la verdadera memoria histórica o semihistórica, aunque fuese inventada. Homero había creado el punto cero de la Historia de Occidente. Y estos héroes, en sus regresos, arribaron hasta las costas peninsulares. Se crearon así multitud de leyendas, falsas e ideadas. Pero no importaba. El objetivo era dar lustre, crear un origen noble descendiente de algunos de los héroes más significados del hecho más importante. Aquí están las tradiciones, Homero y la Guerra de Troya, seguida del regreso victorioso de los héroes que sobrevivieron y se disponían a regresar a sus casas. La Península Ibérica, tras Grecia, fue el lugar apetecido por estos hombres de nombres ilustres. Vayamos a ver a estos héroes fundadores.

Podríamos comenzar por Odiseo. Es un héroe conocido, mencionado mucho en los textos, y que gozó de una completa narración de sus aventuras y peligros desde Troya a Itaca. Mas su exacto recorrido no es fácil precisarlo. De antiguo se suponía que había llegado hasta el extremo del mundo por entonces conocido, alcanzando las costas de la Península Ibérica. La tradición más completa de Odiseo en Occidente se halla en Estrabón, que recogió datos más antiguos. Y hasta tal punto creyó en estos viajes tan occidentales que había traspasado las Columnas de Hércules y que la mayor parte de sus hazañas habían tenido lugar aquí. Hasta tal punto que dice: “me parece cierto, asimismo, que Odiseo llegase hasta Iberia en su expedición, lo cual le sirvió a Homero de pretexto para que, como en la Ilíada, también en la Odisea convirtiera lo histórico en legendario, según costumbre de los poetas”. Odiseo no estuvo aquí, ni posiblemente en cualquier otro lugar. Lo importante no es que Homero lo histórico lo convirtiera en legendario, sino que hizo al revés, convertir en histórico lo que sólo eran mitos y leyendas. Y al hacerlo, hizo posible la creación de un inicio de la Historia de Occidente, de un vínculo, de un cordón umbilical que anudaba al hombre a un pasado.

Pero por aquí pasaron y dejaron huellas más héroes navegantes. Anfíloco, por ejemplo, un luchador más en la guerra troyana, y errante por el mar, tuvo culto en lugares griegos, en Atenas por ejemplo, y Oropos en Eubea, además de otros sitios. Pero también se narraba que anduvo por la Península Ibérica, muriendo en la tierra de los kallaikoi, o de los gallaecio gallegos. E incluso también se decía que algunos compañeros alcanzaron el corazón del interior peninsular. Tenemos, pues, según Estrabón, Pompeyo Trogo y más tarde Justino, la presencia del héroe en plena Galicia. También se cuenta que Antenor, un sabio consejero troyano, y Okela, llegaron hasta las costas de Cantabria, donde fundaron, según Estrabón, la ciudad de Opsikela o Okela. Y hasta el sur atlántico navegó Menesteo, un jefe ateniense y legendario héroe troyano, de los más nobles ciudadanos del Ática. Su historia es confusa y agitada, contradictoria a veces, porque algunos creen que murió en Troya o continuó vivo y fundó numerosas ciudades. Pero Estrabón y Filóstrato no tuvieron dudas de que estuvo en España. Y fue Estrabón quien mencionó la existencia de una ciudad y un puerto, muy cerca de Cádiz, y de un oráculo en la desembocadura del Guadalquivir, como parte de un templo dedicado al héroe. De ahí sus nombres, puerto y oráculo de Menesteo. Schulten los situó donde actualmente se extiende la ciudad fenicia del Castillo de Doña Blanca. También se dice que Menelao, uno de los héroes guerreros más afamados de esta guerra, anduvo por los mares lejanos de Occidente y norte de Africa, pero sin establecerse en la Península, atravesando el Estrecho hasta navegar hacia los campos Elíseos. Y lo mismo sucede con el caudillo Diómedes, a quien la leyenda sitúa en las lejanas tierras de Iberia, fundando primero ciudades en el sur de Italia. El héroe de rodio Tlepólemo, distinguido en la batalla por su destreza en el uso de la lanza y por su gran estatura, alcanzó Creta y, después, llegó a las islas Baleares. Y por último, entre los héroes troyanos que alcanzaron Iberia, Teucro, conquistador de muchos laurales y muy experto con el arco y las flechas, quien se detuvo en Chipre, navegó por el centro del Mediterráneo y llegó a España, fundando una ciudad en el lugar en que los púnicos habrías de establecer Carthago Nova, y otros compañeros se encaminaron hasta Galicia.

Hemos llegado al final de este capítulo, partiendo desde Troya. Este acontecimiento de una guerra dudosa ha constituido el comienzo de la conciencia histórica de lo que llamamos historia y cultura de Occidente. No sabemos si existió, pero si tuvo marcada una fecha, que ha servido para fijar el punto cero para la historia de Occidente. Su existencia me recuerda a Voltaire cuando dijo en el siglo XVIII “Si Dieun´existaitpas, ilfaudraitl´inventer”, es decir, si Dios no existiera habría que inventarlo, en su mentalidad de que la doctrina religiosa le hace falta a los humanos, pues es un sólido nexo que ata las costumbres y los Estados, es un freno para el impío y un estímulo para el justo. Una existencia necesaria justificada por sus fines pragmáticos. Pues bien, Troya también tenía que existir para aunar a los hombres con el punto en el que se origina la Historia, para justificar y legitimar su origen. Esto no tiene sentido en los tiempos actuales, porque el pasado ya nada vincula, a nadie le importa. Interesan más el desamparo, la desnudez, el desarraigo y la ignorancia. De este modo, al eliminar el conocimiento de los vínculos arraigados que sustentan, se manipula más y mejor. Y Occidente, en otros tiempos orgulloso, ahora sucumbe en la ignorancia y en el olvido de su pasado. Lo saben las Facultades de Humanidades, que nadie las defienden. Es preferible mirar el futuro no desde Homero, sino desde Orwell y su 1984, desde la pantalla que proyecta al Gran Hermano.

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1 comentario:

  1. Un aplauso por tus palabras, Diego. Porque eres capaz de aunar conocimiento histórico con auténtica filosofía para la vida, regándola con poesía.
    Levanto mi copa por tí, porque si más seres humanos te escucharan, este mundo sería mucho mejor.

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