jueves, 21 de julio de 2016

Quevedo, el olvidado


Aquella tarde llegué un rato antes de lo habitual, todavía aparentaba dormir. La mecedora estaba quieta y el bastón le colgaba un poco de entre los dedos. Muy despacio y sin hacer ruido me senté en el escalón del porche de la cabaña, pegado al marco izquierdo de la balaustrada de madera vieja que lo rodeaba. Imaginé que María K. ya sabría que yo estaba allí. Miré al suelo lleno de ramas, arena, hojas; algunas verdes, otras muy secas; algún insecto correteaba despavorido. Decidí coger un trozo de caña de cuatro o cinco entrenudos. Me llamó la atención porque los entrenudos eran abarrilados, cosa no corriente. Comencé a desbrozarla con las uñas, a quitarle las hojas secas y pegadas que salían de cada nudo.
       Debí hacer más ruido del deseado.
       ─¿Ya estás ahí? ─preguntó con ese acento especial del que acaba de despertar.
       ─Acabo de llegar hace un par de minutos. Me he sentado aquí para que la madera del porche no crujiese.
       No le dije la verdad, la realidad era que me incomodaba sentarme en el fastidioso taburete que estaba más cerca de él. Le pregunté:
       ─¿Agradable siesta? ─y añadí muy espontáneo─: ¿Ya ha pensado en su soneto de Quevedo de hoy?
       Le entró tal ataque de risa que María K. salió ─con unos papeles entre las manos y unas gafas que no le había visto nunca─ para ver qué pasaba. Hizo un gesto con la cabeza y los hombros y se fue de nuevo para adentro.
       ─¿No dijo usted una vez que no pasaba ningún día sin pensar en un soneto de Quevedo? ─inquirí de nuevo complacido por las risas.
       ─Sí, eso es cierto. Don Francisco de Quevedo es, para mí, uno de los grandes enigmas de la literatura. Desde siempre he tratado de hallar los motivos por los cuales no ha llegado a ser un escritor universal. E incluso, es difícil encontrar registros de autores en los que figure su nombre. Diría que la obra de Quevedo ha influído en mí en todos los sentidos. Llevo toda la vida releyendo a Quevedo, no tengas duda de que es uno de mis grandes maestros. Y desde luego estoy convencido de que don Francisco era uno de los hombres más cultos de su tiempo. En toda su obra denota un conocimiento de los clásicos impresionante.
       Hubo una pequeña pausa, sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente. El sol le daba de lleno y me pidió que le desplazase un poco la mecedora adentrándola en la parte de la sombra. Después me preguntó:
       ─¿Y tú qué sabes de Quevedo?
       ─Realmente poco ─no vacilé en responder─. El Buscón, algunos sonetos, un batiburrillo del contenido de sus Obras Jocosas; poco más. De los sonetos recuerdo alguno, casi entero, de memoria… Ahora, a bote pronto, me viene a la mente:
 
También recuerdo un poco de esos versos geniales:
       Estuvo unos segundos en silencio, creo que rememorando esos versos que yo le había mal recitado. María K. había salido y estaba apoyada en el quicial con los brazos cruzados y un pie apoyado en la puntera.
       Borges comentó:
       ─Un amigo mío decía que era una pena que en la literatura española se hubiese engrandecido tanto a Góngora en detrimento de Quevedo y que para la literatura española hubiese sido mejor ser heredera de Quevedo, no solamente por su capacidad de manejar las formas sino también como moralista y filósofo.
       María K. intervino con cierta vehemencia:
       ─¡Qué manía! ¡Qué le gusta atribuir sus pensamientos e ideas a los demás! Es la desmesura en la modestia. Seguro que ese amigo no existió y nunca dijo eso.
       Borges río y tosió un poco. Después añadió:
       ─Bueno, eso da igual. En realidad yo lo pienso así. A mí me parece que Góngora, con su desorbitado culteranismo pleno de exagerados artificios verbales, es un mero acompañante de época de Francisco de Quevedo.
       ─¿Y por qué ese declive, o ese abandono, de Quevedo a lo largo de los siglos? ─me atreví a preguntar.
       ─Lo he explicado en numerosas ocasiones ─hizo una pequeña pausa; María K. seguía muy atenta desde la puerta de la cabaña─. Quevedo no fue un escritor al uso, la inmensa mayoría de los escritores son agitadores de emociones y de sentimientos; él era un jugador de formas. La palabra, para él, era siempre más relevante que el sentimiento. De todos modos eso era un fiel reflejo de su vida, en ella no hubo muchos atisbos sentimentales. Lo tengo escrito en “Inquisiciones”.
       María K. acudió en auxilio de su memoria:
       ─Bueno, también hay que considerar la ausencia de un personaje simbólico asociado, de un personaje-símbolo, ¿no?
       ─Sí, por supuesto. De Quevedo perdura una imagen burlesca, cercana a la caricatura. No creó ningún personaje-símbolo que pudiese vivir en la imaginación de la gente. Lo he dicho y escrito muchas veces: Shakespeare tenía a Hamlet, Cervantes a don Quijote y a Sancho, Mark Twain a Tom Sawyer…
       ─¿Y El Buscón don Pablos?
       ─No, no… El Buscón es una continuación o mejor dicho, una heredad de la esencia del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Y lo importante, en todo lo de Quevedo, es el modo de decir las cosas y no lo que se dice. Él es un escritor verbal, la figura de don Pablos se desdibuja como posible símbolo por la carencia de emociones pero sobresaliente en las formas.
       ─¿Eso hace que haya sido poco traducido?
       ─Es cierto, sí. Sí su creación está en las formas, toda en las formas, entonces es imposible pasar a otro idioma. Las formas no se pueden traducir.
       María K., que seguía la conversación al milímetro, apostilló:
       ─Es evidente que hay muchos autores cultivadores de lo formal, pero además de las formas, aunque sean lo principal, hay otros elementos sensibles como personajes,  emociones, escenarios…
       Borges le pidió a María un poco de agua fresca. El sol ya estaba muy bajo, y llegaban los reflejos anaranjados de una hermosa, y excelente, tarde. Acordamos irnos al comedor del balneario a disfrutar de una parca cena.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Bellas Artes 

6 comentarios:

  1. Ignacio, enhorabuena, en cada artículo creces, tanto la figura de Borges como la tuya. Gracias por lo mucho que das.

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  2. Borges no me gusta nada, he probado leerlo y nada, es insoportable. Estos escritos sí me gustan.
    Dejo aquí este enlace de un artículo antiguo de Pérez-Reverte:
    http://www.perezreverte.com/articulo/perez-reverte/292/sobre-borges-y-sobre-gilipollas/

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  3. Ignacio, enhorabuena y gracias. Si antes era delucioso ahora es deginitibo, rotundo. Esta lleno de sensibilidad y de amir a la literatura, a la cultura.....y a Borges, tan poco conocido amivel popular, apenas un nombre. Gracias de nuevo, Ignacio.

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  4. Se ve que conoces muy bien a Borges y estás en las claves de su mundo (iba a decir "mundo literario" pero no lo hago ¿qué otro mundo es propio de Borges si no el literario?
    Enhorabuena

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  5. Enhorabuena. Este artículo como los anteriores me parece magnífico. Con Borges y Quevedo redondeas un círculo literario difícil de definir. Ambos autores conllevan conceptos, formas, imágenes... difíciles de no llevar a la discusión. Tu artículo suaviza las pasiones.

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