jueves, 25 de agosto de 2016

La idea y el concepto

«La vida no es una serie de farolas ordenadas simétricamente, sino un halo luminoso, una envoltura semitransparente que nos rodea desde el inicio de nuestra conciencia hasta su final.»
                                                 Virginia Woolf
«[…] Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario.»
Jorge L. Borges, “Ficciones”

Recorrimos el camino hacia el lago entre porciones de sol y sombra. Hicimos dos paradas de ocho o nueve minutos para descansar un poco, era demasiada distancia para Borges aun apoyado en su bastón. En esas detenciones traté de esbozar los asuntos sobre los que quería hablar con él. Le comenté que a pesar de ser muy exigente en la elección de los títulos de sus relatos ─o al menos eso pensaba yo─ en cuanto a calificar la mayor parte de su obra como “literatura fantástica” no había estado muy afortunado. Empezó a reír con esa calurosa amabilidad que le caracterizaba.
         ─Deberé darte la razón, eso me lo han manifestado en estos años diferentes personas y algunos críticos de mi literatura ─contestó.
         Sus manos acariciaban la empuñadura del bastón de una forma especial, las movía lentas, una sobre otra, pero con un punto de tensión, de fuerza. Respiró con cierta dificultad y añadió:
         ─A ver… ¿cómo la denominarías tú? ─Seguía sonriendo, enseñando su dentadura.
         ─No. Yo no puedo, no sé lo suficiente para atreverme a clasificar su literatura. Pero me gusta la idea de denominarla, como han dicho algunos estudiosos de su obra, “ficción especulativa”. La literatura fantástica viene de principios del siglo XIX, y es diferente a lo que usted hace. O al menos eso es lo que creo.
         Él asentía con la cabeza. María K. estaba callada.
         Miraba, perdida, hacia los árboles del fondo. Recordé en ese momento un poemita que Borges le dedicó y tituló “La Luna”:
Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
         Repetí para mis adentros: «Hay tanta soledad en ese oro..».
         ─En realidad no veo mal eso de llamarla “ficción especulativa”, casi lo prefiero a esa otra de “literatura conceptual” que han apuntado otros amigos de mis trabajos escritos; es más directa aunque en sí misma también es imprecisa.
         ─Pienso que usted inventó esa manera, esa “ficción especulativa”, y que, además, ha desarrollado los métodos para que otros puedan hacer ese tipo de narrativa. De todos modos no veo mal lo de “literatura conceptual”.
         Ahora María K. giró la cabeza suavemente hacia mi lugar y preguntó:
         ─¿Por qué? ¿Acaso crees que tiene que ver algo con el arte conceptual de Duchamp? ¿O de Rauschenber?, ¿o de Joseph Kosuth…?
         Íbamos entrando en la zona del lago y para ganar un poco de tiempo inquirí sobre el sitio para aposentarnos. Sugerí irnos al pequeño bar que tenía instalado allí el balneario.
         Estaba casi a la orilla y había unas mesas con unos sillones que tenían apariencia de cómodos. Las hamacas de la orilla estaban realmente contraindicadas para don Jorge.
         Traté de proseguir con el tema:
         ─”Rayuela”, de Julio Cortázar, es una novela conceptual, ¿no? ─insistí de modo ingenuo mirando hacia el mostrador en donde estaba aquella mujer de pies feos a la que horrorizaban los poetas.
         María K. intervino:
         ─Entiendo que en el arte conceptual la idea fundamental es que la obra de arte en sí no es el objeto físico que genera el artista, lo que él crea o produce: el cuadro, la música, la escultura; sino en las “ideas” o en los “conceptos” que están detrás. No sé si me explico.
         ─Sí, sí. En el arte conceptual el concepto, o la idea, y el proceso de realización son más relevantes que la plasmación material última de la obra.
         Borges miraba sin ver el lago. Luego dijo:
         ─No está muy claro hablar de literatura conceptual, el proceso de jugar con las palabras es un texto, ¿qué hay antes del texto? ¿dónde están esas cosas, esos lugares, esos personajes antes de ser plasmados en el texto? En el arte conceptual existen, al menos hasta donde yo conozco, varios cauces bastante diferentes ─y pronunció en su perfecto inglés victoriano─: Process art, land art, body art, performance… Quizás mis textos pueden ser tomados como ideas sintéticas que alguien puede ampliar en algún momento. En este sentido hay algo de conceptualidad. Son siempre textos breves en los que me gustaría concentrar mucho universo. A veces, muchas veces, busco descubrir la ficción que se halla dentro ─y escondida─ de eso que se llama realidad.
         Estuve unos segundos asimilando su respuesta. Después dije:
         ─Es cierto que usted crea textos siempre concentrados, nunca ha escrito algo que tenga más de diez páginas… Todo tiene gran densidad, es compacto.
         María K. asintió. Luego puso su mano izquierda sobre su frente simulando una visera para mirar al otro lado del lago y nos comentó:
         ─Voy a dar una vuelta por la orilla, ansío sol y se me apetece darme un baño. Cuídame a Georgie.
         Era la segunda vez que le oía decirle Georgie. Me sorprendió su manera maternal.
         Borges, quizás un poco sonrojado, la despidió así:
         ─Sí, Ulrica, ve.
         Cuando María K. se hubo alejado unos metros paseando con serena lentitud, me explicó Borges:
         ─Suelo llamarla muchas veces Ulrica, es un nombre nórdico que quiere decir “osita”.
       Miré hacia el mostrador impulsado por esa sensación, el sexto sentido que avisa que hay alguien que te observa. Aquella mujer hizo un raro mohín doblando hacia arriba el labio superior a la vez que cerraba el ojo izquierdo y enarcaba las cejas. Imagino que se preguntaba: ¿Poetas?
         Comencé a tamborilear en la mesa.
         ─¿Estás nervioso? ─preguntó.
         Le recordé aquello que le había contado de la mujer que odiaba a los poetas. Estaba allí y nos miraba.
         Él permaneció en silencio; yo recordé, no sé el porqué, a aquella chica, Concepción Guerrero ─viejo amor de un Borges muy joven en Ginebra─ a la que el escritor describió como «una chica maravillosa de 16 años, con sangre andaluza, grandes ojos negros y una serenidad agradable y dulce que ocultaba enormes reservas de ternura.»
         Ideas, conceptos, recuerdos… ¿y los sueños?
         Miré su perfil.
«[…] El hombre espera y sueña. Vagamente
rescata unas triviales circunstancias.
Un nombre de mujer, una blancura,
un cuerpo ya sin cara, la penumbra
de una tarde sin fecha, la llovizna,
unas flores de cera sobre un mármol
y las paredes, color rosa pálido.»
         Parecía que él se recitaba…
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

3 comentarios:

  1. Muy bonito, una serie preciosa.
    Enhorabuena.

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  2. Podría recomendar algunos relatos fáciles para empezar a leer a Borges???

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  3. Magnífico. Es una invitación no sólo a leer a Borges, sino también releer Rayuela.

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