jueves, 27 de abril de 2017

LAS COSAS CORRIENTES (5)

Fue así de simple, quedé profundamente dormido y no fui capaz de levantarme para maitines, pensé que era cuestión de cansancio acumulado. Hubo algún momento en el que creí escuchar al monje que recorría los pasillos avisando con la campanilla, pero es posible que solo fuese la imaginación. En mi vida he aceptado muchas disciplinas, pero conforme los años van pasando soy menos proclive a seguir ninguna.
      No tenía cortinas en la celda y seguro que desperté por la intensidad de la luz. Eso siempre me ha ocurrido, basta que algunos rayos de luz impacten en mi cara para que despierte inmediatamente.
     Desde el camastro miré a la ventana que daba hacia el Este, el cargador solar estaba trabajando pues el sol le daba frontalmente; hoy podría enchufar el portátil y cargar el móvil. Es posible que el móvil ya esté con suficiente carga para funcionar.
     Estaba acostado aún, bocarriba y con las manos sujetas una a la otra, sobre el tórax. Reí al pensar qué impresión podría dar a alguien que estuviese aquí en este momento; si cerrase los ojos parecería un fraile muerto en una celda solitaria e iluminada. Decidí levantarme de un salto después de la lúgubre visión. Recordé que necesitaba un cable largo para hacer allí una instalación eléctrica útil.
     Lo perentorio era buscar agua, necesitaba asearme un poco. Después desayunaría; iría a la cocina a por algo de comer. Estoy tomando conciencia de mis especiales privilegios.
     Buscaría información sobre dónde hallar los cables… Parece que los monjes deben tener una granja, no demasiado lejos, puedo escuchar perfectamente ─aunque no muy fuertes─ los sonidos que emiten algunas aves de corral. Otros ruidos no hay.
     Efectivamente el móvil funcionaba, y quizás marcaba la hora exacta; aunque de eso no tenía ninguna seguridad. Señalaba las nueve menos diez minutos, ¿Qué harán ahora los monjes? Miré a la mesa. Creo que ayer dejé por allí encima el papel con el resumen de los horarios del abad.
     Encontré el papel. A las ocho menos cuarto han tenido el canto de laudes y después han desayunado. Ahora, seguramente, oiré la campana por el pasillo, avisará de que cada uno se debe incorporar a la actividad que tiene encomendada hasta las doce del mediodía que se reunirán para la Eucaristía diaria. El “Ora et labora” que siguen con toda puntualidad e insistencia. A veces me pregunto, ¿de dónde sacan la fuerza estos hombres? No cabe duda que se necesita una enorme fuerza para proseguir esta fuga del mundo. Sí; ellos suelen hablar de la "fuga mundi”.
     Tan rápido como escuché la campanilla salí al inmenso corredor para preguntarle al fraile que dónde podría encontrar agua para el aseo matinal. Sin parar su cansino tintineo me dio alguna información. Dijo que traería un aguamanil completo; que se lo había encargado el padre abad. Le pregunté también por el cable y añadió que también traería un cable.
     A ver si lo trae pronto. Quiero ir a la biblioteca.
Tenía entendido que algunas órdenes religiosas también rezan a la hora prima, que no sé cuál es, pero algo he oído que siempre termina con la lectura del “De profundis”, uno de los Salmos más conocidos. “De profundis” o “Desde el abismo”, que empieza ─es lo único que sé─ así: De profundis clamavi ad te, Domine. Desde luego me acuerdo mucho más de la dura epístola escrita por Oscar Wilde con ese título.
     Me volví hacia la mesa con el paquete de libros. Allí también estaban los Salmos. Después lo buscaría; tenía curiosidad.
     El fraile, o monje ─no sé bien cómo llamarles─ llegó a los diez minutos cargado con un aguamanil precioso que, por su aspecto, sería del siglo XIX cuando menos. Inmediatamente salió y regresó unos instantes más tarde con un jarrón lleno de agua y un manojo de cables de distintos tipos y colores.
     De repente le pregunté:
     ─¿Es usted sacerdote?
     ─Sí, lo soy. Poseo esa enorme riqueza gracias al Señor ─respondió amable.
     ─¿Dónde realizó sus estudios? ─insistí.
     ─Aquí, y aquí fui ordenado. La comunidad es también un instituto clerical, o sea una especie de seminario para nosotros. Más de la mitad de los monjes de este monasterio somos sacerdotes.
     Quedé pensativo unos instantes y volví a preguntarle:
     ─¿Y tienen algunos privilegios los sacerdotes?
     Se volvió hacia la puerta deteniéndose a un paso de ella.
     ─No nos gusta esa palabra: privilegios. Vivimos siempre en oración y no es porque vivamos en otro planeta sino porque todo lo vivimos desde Dios.
     Ahora giró y mirándome a los ojos prosiguió diciendo:
     ─Es necesario recuperar el sentido de lo mínimo, de lo pequeño e insignificante… de lo sencillo. No hay más dignidad porque se posean más privilegios, ni por lo que se tenga. Vivimos en un mundo repleto de seres que se sienten arrinconados por múltiples motivos: pobreza, raza, condición social, etc. Los monjes intentamos mantener una puerta a la esperanza y entregamos a ello nuestra existencia. Deseamos que nuestra vida sea testimonio de lo que los seres humanos valen por sí mismos.
     Se marchó con el mismo silencio que había venido. No estoy seguro de haber entendido bien todas sus palabras.
     Metí un dedo en la jarra de agua; estaba muy fría.

     
     Delma había traído aquella tarde una carpeta con bastante documentación para estructurar el seminario que quería el obispo. Lo haría por la noche para que no restase horas a mi trabajo normal. Sería cuestión de dormir varias noches en el apartamento personal junto al despacho; en el hotel no podía, no estaba cómodo para el trabajo, pero tenía la ventaja de que podía pedirle a Susana que pernoctase allí.
     Procuraría que aquello no llevase demasiado tiempo, escribiría una serie de notas para que las fuese escribiendo ordenadamente, aunque la documentación de Delma estaba muy bien organizada.
     Empezar, empezar… La cosa siempre es empezar. Sonreí a solas pensando en la frase que un amigo repetía siempre: “El empezar es el comienzo del acabar”. Decía que él la había creado, lo decía tantas veces que se la tengo atribuida.
     ¿Cuáles serían las primeras palabras? Eso sirve siempre de mucho. Las primeras palabras son como un pequeño cilindro de cartón para enrollar lana en él y hacer ovillo grande.
     Escribí en un papel: ¿Qué es un líder? El líder es aquel que fija, determina, el lugar al que queremos ir, nos indica el camino apropiado, nos convence de que es necesario ir hasta allí y nos conduce a través de todos los impedimentos, y obstáculos, hasta la meta deseada.
     Sí. Ese sería el comienzo.
     Me eché hacia atrás y pensé que sería bueno hablar también sobre la metodología de liderazgo que siempre, desde hace casi cinco siglos, han desarrollado los jesuitas. Mañana llamaré al obispo Bergoglio, es posible que él pueda asesorarme sobre tal cuestión.
     Creo que ellos llamaban a todo eso: «Nuestro modo de proceder».
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho el capítulo de hoy. La conversación con el sacerdote que explica la humildad y sencillez de estos monjes me ha encantado. El aguamanil es un artilugio que no se usa, nisiquiera se nombra pero me ha traido lejanos recuerdos.
    Gracias por estos buenos ratos que nos haces pasar con tus escritos

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  2. Siempre que leo algo tuyo Ignacio, me sorprende la capacidad tan grande que tienes para describir "atmósferas" de estancias, de las vivencias de los personajes, de la monotonía y rutinas monacales. Realmente aquí la has bordado.

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  3. Como dicen las que han escrito los comentarios anteriores, el capitulo es precioso, detallado y sugerente. Nos muestras perfectamente tus sensaciones, tus dudas y tus preocupaciones y compaginas de forma muy creible, tu sosiego en el monasterio con tus preocupaciones laborales. No pasa nada, no hay trama, solo el paso del tiempo, tus relaciones con algún fraile o sacerdote o con personas de tu trabajo y proyectos. Parece que te estamos Viendo. Gracias por permitírnoslo.

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