jueves, 6 de abril de 2017

SIRVEN, PORQUE NO SIRVEN (2)

La primera conversación con el abad fue de tanteos iniciales; él no sabía el motivo por el que yo estaba allí, únicamente reconoció haber tenido presiones, recomendaciones de sus superiores, para que me admitiera en el monasterio durante un tiempo y con una serie de privilegios. Nos reímos cuando le dije que tampoco yo tenía nada claro, y que no conocía las razones por las que iba a estar entre monjes unos meses, moviéndome por aquellos hermosos claustros. Me apuntó en un papel el horario que allí regía y me sobresaltó un poco saber que la vida empezaba a las 6:15 de la mañana antes del amanecer con los rezos de los maitines; se trata del comienzo de la jornada de los monjes. Después oración personal y estudio hasta las ocho menos cuarto que se reúnen y rezan otra vez para el canto de Laudes que, por lo visto, es una acción de gracias por el nuevo día. Después venía el desayuno. Fue reconfortante saber que el desayuno era a una hora más aceptable. Guardé el papel, lo vería después con más atención, lo pondría detrás de la puerta en mi celda.
     En aquella primera entrevista el padre abad quiso hacerme ver la normalidad de aquellos más de cuarenta hombres, cuarenta y seis exactamente, que formaban la comunidad; aunque había algunos muy ancianos que, prácticamente, vivían ─y eran cuidados─ en sus celdas.
     Regresé a mi cubículo y me encontré una vestimenta de postulante sobre la cama y un paquete sobre la mesa. Miré con cierto asombro el ropaje, el abad no me había comentado nada de eso. Me pregunté si debería enfundarme aquello. Volví la vista al paquete, antes de abrirlo contemplé el bello paisaje del atardecer que veía a través de la amplia ventana. Quité el envoltorio y aparecieron algunos libros y un sobre sin ninguna indicación. Lo abrí y leí: «La sola inteligencia y la sola ambición no siempre se traducen en éxito perdurable». No había ninguna firma aunque reconocí la letra. La cita era de la Hoguera de las Vanidades, obra del periodista y escritor estadounidense Tom Wolfe. Agité la tarjeta a modo de abanico y pensé en la frase, en realidad no sabía muy bien lo que me quería decir con ella. Revolví el contenido del paquete para ver si había alguna otra cosa aparte de los libros. Nada.
     No tenía ninguna cosa para pegar el papel detrás de la puerta, era ya casi la hora de la cena, las 20:15 h. eso ponía el programa diario del abad. Sin saber el porqué me vestí de monje novicio y cuando escuché la campanita por el pasillo salí sin saber aún donde estaba el refectorio. Decidí seguir los pasos del primer monje que encontrase por allí. Me asaltó una frase que momentos antes me había repetido el abad: «sirven, porque no sirven».

     Estaba muy confuso, recordé otra vez aquel día en Córdoba, en Argentina, muchos años antes. Creo que era 1992. Susana sugirió varios nombres de personas que debería conocer, personas que convenían a K. P. Normand.
     Conversé con algunos empresarios y evadí a otros que no interesaban.
     Estaba aburrido, llevaba un buen rato con una copa en la mano y que no deseaba vaciar. Me presentaron a un cura de ojos saltones vestido con traje negro y camisa clergyman. Cuando le dijeron que era español dirigió sus ojos hacía mí dándoles una extraña vuelta y preguntó:
     ─¿Gallego?
     Jamás me había sentido molesto por esa denominación que se nos da en aquel país, pero en este caso sí sentí una cierta incomodidad. Le respondí con una falsa sonrisa y queriendo emitir algo de ofensiva ironía.
     ─¿Jesuita?
     Con pocas palabras terminó la conversación que tenía con otra persona y se dirigió a mí otra vez.
     ─Tengo deseos de volver a España, me gustaría tener otra ocasión. Estuve entre los años 1970 y 71, ¡hace ya tanto tiempo! Allí realicé la que llamamos ‘tercera probación’ del noviciado.
     Explicó después muy brevemente lo que era eso de la ‘tercera probación’ y dijo que es el tercer año de prueba religiosa, y etapa final de la formación de todo jesuita. Se trata de una recapitulación espiritual de los años de formación laica y religiosa. Generalmente de seis a nueve meses de duración.
     ─¿Y cuánto tiempo estuvo en España?
     ─Un poco más de seis meses, en Alcalá de Henares. Tengo muy buenos recuerdos, aunque ya bastante difuminados por el tiempo ─respondió.
     Parecía que la cordialidad había sustituido a la suspicacia al inicio de nuestra conversación.
     Alguien se le acercó y oí que le trató de monseñor reverendísimo. Me sonó raro, y le pregunté con cara de asombro:
     ─¿Es usted cardenal?
     Le dio un golpe de risa y me sacó de dudas:
     ─No, no. Me han nombrado recientemente Obispo de Auca, y aún no me acostumbro a un tratamiento tan adornado, lo evito siempre que puedo. Introduce rigideces, no me agradan las rigideces.
     Alcé un poco la copa de vino, le di la enhorabuena.
     ─Quería conocerle. Tenía mucho interés.
     Pensé si sería alguna cuestión de dinero, me preocupé. La filantropía en las grandes empresas como la mía es una cosa muy medida y estudiada. Callé esperando que prosiguiera.
     ─Tengo referencias de usted como uno de los grandes conocedores de las técnicas más modernas de liderazgo empresarial. Además, sé que lee con frecuencia a Borges.
     ─¿Yo? Monseñor ─le di el tratamiento eclesial─, me temo que le han informado mal, quizás sé algo de eso, pero estoy a mucha distancia de considerarme una autoridad en esos temas. En lo de Borges tiene razón.
     ─Deseaba pedirle que diese unas conferencias, o un cursillo… o lo que quiera, sobre liderazgo, a los chicos del seminario que se preparan para ser jesuitas.
     ─¿Aquí? ¿En Córdoba? ─le pregunté con algo de agitación.
     ─No, aquí no. En Buenos Aires.
     Hice una señal a Susana para que se acercase.
     Giré la vista otra vez y le dije al obispo:
     ─De acuerdo lo haré, necesitaré un poco de tiempo, no ando muy sobrado de él, pero me encantará hacerlo. Si tiene la amabilidad de darle un teléfono a mi secretaria le llamaré la semana próxima y concretaremos más el asunto. ¿Le parece bien?
     ─¡Me parece estupendo!
     Nos despedimos con un fuerte y cordial apretón de manos.
     Al cabo del rato, cuando nos dirigíamos al aeropuerto, le comenté a Susana:
     ─El curita se ha salido con la suya, creo que he cedido con mucha facilidad. Ha sido muy hábil y ha sabido hacerlo muy bien.
     Y añadí:
     ─Por cierto; no tengo ni idea de cómo se llama. ¿Lo sabes tú?
     ─Sí. Creo que se llama Jorge Mario Bergoglio.
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

7 comentarios:

  1. Has vuelto a hacerlo, Ignacio. Eres como un mago que cuando todo el mundo espera verte sacar un conejo de la chistera, vas y o sacas. El relato es sugerente y, como siempre, está magníficamente escrito. Casi sin darnos cuenta, nos vas llevando tras de tí, descubriéndonos cosas que, poco a poco, van haciendo que te conozcamos. Otra vez eres tu, pero fuera de ti. Eres una idea de ti situada en otro lugar y en otras circunstancia. Y está la mujer, Susana, porque siempre hay una mujer. Como si gozaras del privilegio de la teletransportación, te sitúas a miles de kilómetros pero dándonos la sensación de que ese es tu hábitat natural, que el trabajo que desempeñas es tu trabajo habitual, que la forma en que vives, solo, en un hotel, es tu forma normal de vida y nosotros, nos lo creemos, nos lo creemos todo porque no los cuentas tal como lo vives (¿o lo sueñas?), tal como lo imaginas (¿o lo vives?). Y al final, siempre una sorpresa. Para dejarnos claro que eres tu, le confiesas a tu interlocutor tu admiración por Borges y después nos dejas anhelantes, esperando el próximo capítulo, sorprendidos al descubrir su identidad.

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  2. Magnífico relato con la conexión Borges. El final me alucina, ¿cómo seguirá todo?
    Deseando leer el próximo.

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  3. Pilar Nacarino M.7 de abril de 2017, 13:09

    Este segundo capítulo, muy bueno, el final sorprendente, creo que vamos a flipar con este recién empezado relato.

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  4. Segundo capítulo que alcanza la sorpresa, la intriga, la curiosodad. Magníficamente escrito, narrativa impecable... que nos transporta al ambiente monacal. Y una habilidad increíble para engarzar ideas previas, Borges, con otras novísimas e interesantes. Otro Jorge argentino...

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  5. Victoria Jiménez7 de abril de 2017, 19:17

    Ignacio tiene la virtud de sorprender. En este segundo capítulo lo consigue con creces. Me ha dejado con la boca abierta (literalmente). Me ha sabido a poco, me ha encantado y espero el tercero con impaciencia. Gracias

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  6. Profe, estoy muy liado ya no sé qué es lo real y lo que es ficción. Estoy por creerme que todo es real y así voy a disfrutar más con las próximas lecturas.
    Enhorabuena.

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  7. María J. Álvarez Bustamante8 de abril de 2017, 13:05

    Eres único!!!!!!
    Con que facilidad nos haces pasear por los pasillos del convento o por el luminoso salón donde se celebra un evento.
    El sorprendente final......
    Magnífico Ignacio

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