viernes, 2 de junio de 2017

CONVERSACIONES EN LA MADRUGADA (9)

Creo que desperté por el sonido de una campana, ya no sé cuándo tocan, no se me han metido en la cabeza las horas ni los mensajes que emiten. Debo prestar más atención al ritmo propio del monasterio.  Enseguida recordé un cuento que a veces me contaba mi madre cuando era pequeño, creo que se los inventaba todos, o casi todos. Este trataba de un niño, un pastorcito que vivía en una población de los Alpes y fue raptado por una gente malvada que había acampado una noche por allí e iban de paso. En los momentos dramáticos que le obligaban a subir a una de las carretas escuchó sonar la campana de la iglesia de su aldea. El repicar se hizo cada vez más tenue mientras el carro se alejaba de su pueblito, no obstante, el singular tono la campana, se quedó impreso en su mente de una manera imborrable. Pasaron los años, pero aquel recuerdo turbaba siempre su ánimo. Esto le hizo sentirse cansado de la vida de esclavo nómada; ansiaba regresar a su hogar. Un día escapó y empezó la búsqueda. Vagando de pueblo en pueblo, de país en país, y siempre esperando volver a oír el sonido tan particular de aquella campana. Fueron muchos los distintos repiques que oyó en su largo viaje, pero ninguno era el que tenía grabado en la mente. Finalmente, mientras descansaba al borde de un camino, un repique lejano le pareció familiar. Condujo sus pasos hacia allí apresurándose a medida que se aproximaba. Algo en su interior le decía que estaba oyendo, por fin, la campana de su aldea. Y lo siguió hasta llegar a su casa.
     Sigo con las dificultades para dormir, aunque no me siento cansado por ello. Iré a charlar con el hermano portero que aún duerme menos que yo. Hace calor, me pondré por encima el hábito, es un poco más fresco.
     Al pasar por delante de la puerta de la celda del monje alto ─el que pone los letreros─ la vi entornada y salía algo de luz. La sorpresa fue encontrarlo, de pie, al lado del monje del portón que estaba sentado en el escalón habitual. Le saludé dándole un apretón de manos igual que se lo hubiera dado a alguien que hubiese conocido en cualquier parte. Como no sabía de qué estaban hablando me atreví a relatarles el cuento de mi madre como si hubiese sido un sueño con el que acababa de despertar.
     Escucharon muy atentos, el silencio de la cálida noche era propicio. Cuando lo terminé pregunté a ambos:
     ─¿Creen ustedes que esto significará algo?
     Hubo un breve silencio y el religioso alto dijo:
     ─Pienso que es muy probable que todos los sueños signifiquen algo, aunque ese significado la mayoría de las veces no nos sea accesible. Quizás los sueños tengan relación con los sonidos de la verdad que existen dentro de nosotros, de cada hombre. Y esto, a mi juicio, no es algo meramente místico o filosófico, sino que es un hecho real.
     Después de una pausa el padre vigilante de la puerta añadió:
     ─Creo que el padre Lesmes tiene razón. El hombre debe, tiene, que aprender a escuchar y debe evitar ser burlado y engañado por los sonidos falsos que continuamente le asaltan. De esa forma encontrará su camino ─respiró con alguna dificultad y dejó pasar unos segundos.
     Después añadió:
     ─Dios hará que el sonido de la verdad sea reconocido siempre por el hombre que lo oye. Y es seguro que todo hombre tiene facultades para escuchar y proseguir.
     El padre Lesmes asintió con un gesto de cabeza.
     ─¿Piensan que la infelicidad, o parte de la infelicidad, que hemos de soportar los humanos se debe a no escuchar esos sonidos? ─les pregunté.
     ─Quizás eso sea simplificar demasiado. La sociedad es como una máquina inmensa y los seres humanos no la conducen, las personas son pequeños tornillos, u otras piezas, de ese artefacto cuya única y triste opción es la de moverse cuando esa maquinaria se mueve. Creo que hay bastantes razones para pensar que existe una conexión muy directa entre la importancia que la sociedad actual da al progreso externo y la angustia, la infelicidad y la falta de satisfacción que se produce en la sociedad de hoy.
     La conversación era agradable pero desazonadora; sentí deseos de tomar una copa. Ahora me bebería un buen trago de la petaca de brandy que tengo en un recoveco de la bolsa.
     ─¿Podemos decir que con el aumento de la prosperidad los sistemas de creencias pierden cada vez más influencia sobre la gente? ─dije con algo de inseguridad.
     ─Debo responder afirmativamente ─intervino el padre Lesmes─ pero no por la prosperidad en sí misma. La retórica actual de desarrollo y crecimiento económicos como ídolos genera tendencia hacia una competencia brutal y también fomenta la envidia que desemboca en una necesidad de aparentar, de cultivar las apariencias… Todo eso provoca tensiones de toda clase y, en último término, lleva a la infelicidad.
     El monje sentado le extendió el brazo al padre Lesmes para que le ayudase a levantarse mientras iba comentando:
     ─Parece ser cierto que mientras la influencia de la religión disminuye, también crece, por otra parte, la confusión respecto a qué es un comportamiento correcto en la vida. Desde la vida monástica queremos hacer, y hacemos, una especie de llamada de atención; los seres que formamos una amplía comunidad y mantenemos una relación estrecha debemos propiciar un comportamiento que sea capaz de reconocer, y respetar, los intereses de los demás junto con los nuestros.
     Y ya de pie añadió:
     ─Y ahora debemos intentar dormir un poco. Si nos descuidamos aquí pronto escucharemos tocar a maitines.
     Me despedí cordialmente y enfilé el corredor hasta mi celda. La conversación, había sido muy provechosa y me había gustado conocer al joven padre Lesmes.
     Busqué en un rincón escondido de mi bolsa el frasco de brandy, lo tenía envuelto en un jersey para evitar que algún indeseado golpe lo quebrara. Bebí un buen trago y me eché en el camastro a la espera de un rápido sueño.
     En la pared, sobre mi cabeza, había una gran cruz que me había pasado desapercibida.

     El primer día del seminario sobre liderazgo que impartí a los novicios jesuitas fue en un edificio antiguo, en una sala amplia y casi vacía. No tuve la precaución de contar cuántos eran los asistentes, ¿trece o catorce? Desde luego a quince no llegaban. Hizo la presentación de rigor el mismo obispo Bergoglio que trazó, en unos minutos, unas líneas sobre mi persona entreveradas de verdades y exageraciones; lo normal de cualquier presentación. Después hilvanó unas excusas y me dejó solo con los estudiantes de jesuita.
     Hablé sobre el liderazgo clásico empresarial, y del de mi empresa en particular, de cómo hacemos para que nuestros equipos desarrollen un modo de liderazgo capaz de mantener a la K. P. Normand a la cabeza de un campo muy competitivo. Hice hincapié en que únicamente la inteligencia y la ambición no siempre se traducen en un éxito continuado. Les comenté también que, a mi juicio, todos somos líderes, y que siempre dirigimos, bien o mal, claro. También puse especial énfasis en que ser líder es un proceso, que esa tarea nunca termina, que se trata también de una manera de vivir que sale de dentro y determina quiénes somos. Terminé citándoles una frase del que fuera presidente norteamericano Harry Truman: «El liderazgo es el arte de persuadir a la gente para hacer lo que ya debería de haber hecho».
Ignacio Pérez Blanquer
Académico de Santa Cecilia

5 comentarios:

  1. Pilar Nacarino M.2 de junio de 2017, 19:22

    Me encanta. Las reflexiones sobre lo qué significan la religión, sus valores y lo que el progreso aporta a la sociedad, muchas cosas pero la conduce hacia la infelicidad, es para pensar mucho, creo que es una realidad.
    La importancia que tiene el éxito en el mundo actual, queda bien patente en la segunda parte.

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  2. Muy bonito, sabe a poco y espero los relatos con mucho interés cada semana. Muchas gracias.

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  3. Me ha gustado mucho el razonamiento sobre la "llamada" . La vocación de cada uno, que no necesariamente tiene que ser religiosa. El personaje se integra mas cada dia en la vida del monastetio. A ver donde nos lleva ėsto y su amistad con el futuro Francisco I. Gracias.

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  4. Metafísico estás, tocayo. Me gusta el análisis que el padre Lesmes hace del sueño y, sobre todo, el párrafo en el que responde a la pregunta del protagonista:<>. Opinión y argumentación que comparto con él.
    Gracias Ignacio por lo que enseñas con tus reflexiones.

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  5. Jesus Almendros Fernandez3 de junio de 2017, 14:10

    Como ya ocurría en el capítulo anterior, en este, vuelve a ponerse de manifiesto la inequívoca diferencia entre tu y los monjes, diferencias de criterio, de percepción, de finalidades buscadas, pero con curiosas coincidencias entre ellos y tu, sobre la relación “causa-efecto” entre el progreso, el avance de la técnica, la búsqueda del éxito y la angustia generada, la envidia y el abandono de la religión como solución al problema. Tu estás entre ellos, pero no eres uno de ellos.
    El cuento explica en si mismo todo el capítulo. Esos sonidos lejanos de nuestra infancia, los hemos olvidado, pero sabemos que están ahí, no los recordamos pero estamos seguros que si los oímos, los reconoceremos. No sabemos como, no sabemos por qué, pero si los escuchamos, sabremos que siguiéndolos encontraremos la infancia perdida, la inocencia.
    Esto me recuerda el cuento de Kafka incluido en “El Proceso”. Un hombre espera delante de las puertas de la ciudad prohibida a que el portero las abra para dejarle entrar. pero el portero no las abre y el hombre se hace viejo y se muere. Entonces el portero lamenta su muerte porque él sabía que el único hombre que hubiera podido entrar en la ciudad prohibida, era él.
    Como “leymotiv”, la figura de Bergoglio continua planeando sobre ti, sobre el personaje moderno, organizador y triunfador que representas, fuera del monasterio. Los dos, el hombrfe de mundo y el recluido en el silencio del monasterio, son las dos caras de un mismo hombre, quizás las dos caras de todos los hombres.

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