sábado, 13 de enero de 2018

EL MUNDO DE LA MÚSICA. Cap. XV. La música española siglos XIX y XX (4)

Enrique Granados (1867-1916)
            Compositor y pianista español, nació en Lérida y pereció ahogado en el naufragio del buque inglés S/S Sussex, torpedeado en el Canal de la Mancha. Estudió piano, en Barcelona, con los maestros Jurnet y Pujol, y armonía y composición con Felipe Pedrell. En París terminó su formación musical y formó, con Pau Casals y Jacques Thibaut, un famoso trío que recorrió toda Europa. Sus programas incluían algunas obras compuestas por él. De vuelta en Barcelona, se dedicó a la composición, a la dirección de orquesta y a la enseñanza. Creó, en 1900, la Academia Granados y la Sociedad de Conciertos Clásicos.
            El ritmo y la armonía no eran los puntos fuertes del arte de Granados. De estilo contenido y aristócrata, contrasta con la fuerza e intensidad de Albéniz. En él, el sentimiento prevalece sobre la pasión; el ensueño sobre las sensaciones. Su epicentro musical no es Andalucía, sino el Madrid ochocentista de Goya y de Ramón de la Cruz. Aunque nadie más alejado del sentimiento trágico de Goya como él, los motivos goyescos obsesionaron su imaginación creadora. Su obra más representativa: Goyescas, nace como suite para piano y, posteriormente, le servirá de base para la composición de una ópera del mismo título, estrenada en el Metropolitan de New York.
Obras más conocidas:
§   Piano: Danzas españolas (12);Goyescas; Capricho español; Aparición;
  Barcarola; Cuentos de juventud; Escenas poéticas (libro de horas);
  Escenas románticas; Allegro de concierto; bocetos; Gavotas (2);
  Cartas de amor; Estudios; Mazurcas, Valses poéticos; Oriental;
  Rapsodia aragonesa; Marchas militares…

§  Vocales: Tonadillas al estilo antiguo (10); Canciones amatorias;
    Canto gitano; L`hierba d’amore
§  Orquesta: Dante (Con mezzosoprano solista); Elisenda (con piano solista)
     
§  Ópera: Goyescas (ópera en dos actos y tres cuadros).

§  Zarzuelas: Miel de la Alcarria; María del Carmen; Petrarca; Picarol;

§  Música de cámara: Preludios (voces y piano); Quinteto con piano;
 Sonata (voces y piano); Romanza (violín y piano)
 Danza gallega (violonchelo y piano)






Manuel de Falla (1876-1946)
Manuel María de los Dolores Falla y Matheu, nació en una casa de la gaditana Plaza de Mina, nº 3, un 23 de noviembre de 1876, cuando Cádiz era todavía el puerto que engarzaba las dos orillas atlánticas. Cuando, desde sus torres miradores, daba la bienvenida a los barcos que arribaban, y la despedida a los que zarpaban, y éstos contestaban a su saludo con la atronadora voz  de su bronco tifón y le decían adiós echando al aire los penachos  blancos o los nubarrones negros que adornaban sus chimeneas.
 Allí, en el acomodado seno familiar transcurren los años de su niñez, los dos primeros septenios de los diez en los que él divide su vida. En una carta que escribió a su biógrafo Roland Manuel describe así su infancia:
<<…en mi primerísima infancia, cuando yo sólo tenía dos o tres años (…) los cantos, las danzas y las historias de la “Morilla” me abrieron las puertas de un mundo maravilloso>>. (la “Morilla” era la sirvienta de la casa familiar)
            En la citada carta, Manuel de Falla, recuerda quien fue su primera profesora de Música: <<… Eloísa Galluzo, una amiga de mi buena madre y, por cierto, una excelente pianista, se encargó de mi iniciación a la música>>.
             Manuel de Falla estudió armonía y composición en Cádiz con Alejandro Odero y Enrique Broca, y aunque su preparación musical era la que se podía esperar de una ciudad de provincia en la linde sur de Europa, Cádiz contaba con   la interpretación anual de las  Siete palabras del Salvador en la Cruz, de Haydn, a la que el niño Falla asistía cada año con su madre, hasta que por primera vez, a los diecisiete años, asistió a un concierto sinfónico y escuchó la música de Grieg y de Beethoven, despertando en él la ilusión de ser compositor. Pero antes que  músico quería ser escritor y, en colaboración con algunos amigos, crea las revistas literarias manuscritas: El Burlón y El Cascabel.
            Pronto Cádiz se le queda pequeño y, en 1897, comienza a desplazarse periódicamente a Madrid para trabajar con el pianista José Tragó que había estudiado en París con Georges Mathias, discípulo que fue de Chopin. Pero es a partir de 1901, cuando conoce a Felipe Pedrell, será quien le haga evolucionar hacia un nacionalismo de nuevo cuño y marcará de manera decisiva sus convicciones estéticas y proceder en su carrera musical.
            En 1904, Falla obtuvo el premio de la Real Academia de Bellas Artes por   la mejor obra teatral de un compositor español: La vida breve, ópera en dos actos, única obra que respeta el esquema de ópera tradicional, en la que el estilo de música andaluz se mezcla con reminiscencias del drama lírico de Massenet, inspirada en el libro Larga historia de “La vida breve” de su amigo, el gaditano Fernández Shaw, a quien conocía desde niño.
En 1907, con la partitura de La vida breve y poco más bajo el brazo, se encamina hacia París y entra de lleno en su quinto septenio. Allí, por mediación de su maestro Paul Dukas, conoce al siempre generoso Albéniz, quien mediará ante  la corona española, a través del marqués de Borja, para conseguirle una sustanciosa beca de mil francos. Entabló una íntima amistad con Debussy y Ravel, que le enseñaron a ver la música desde nuevas perspectivas y la manera de expresarlas, sin llegar a convertirse en impresionista.
 En 1909, al escribir las Cuatro piezas españolas, dice que lo que quiere es expresar musicalmente la impresión, recibida por él, del carácter  y del ambiente de esas cuatro ramas tan distintas de la raza española. Falla configura las cuatro piezas como una suite pianística, mas no renuncia a la estructura genérica de copla y danza.
Aragonesa: es la pieza que abre la serie. Falla crea una estilizada jota en la que mantiene los principios rítmicos y melódicos que caracterizan la popular danza aragonesa.
Cubana: esta suave y cadenciosa pieza surge poco después del desastre de 1898, cuando se perdió Cuba: la “Perla del Caribe”, siempre tan unida a Cádiz. La nostalgia colonial impregna esta pieza con ritmo de guajira.
Montañesa: la escribió tras una gira de cinco conciertos por el norte de España, que él describe así: << ¡Qué emoción me produjo el ambiente y el paisaje  de aquella parte de mi país!… Las campanas lejanas, las canciones lentas y tristes, las danzas, y todo ello con el imponente fondo de las montañas nevadas…>>. No cabe duda que la vocación impresionista está explícita en la descripción y en el subtítulo de la pieza: “Paisaje”.
Andaluza: la última del ciclo, una pequeña obra maestra de sensualidad a flor de piel, de temática genuinamente andaluza, es nítidamente la precursora de la Fantasía Bética. Aires de polo, fandango y malagueña, cohabitan libremente dentro de una típica estructura de copla y danza.



Cuando Falla retorna de París, en noviembre de 1914, tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, entre los papeles que porta bajo el brazo trae los apuntes de Noche en los jardines de España, obra concebida y muy difundida en sus primeros años como <<Nuits dans les jardins dÊspagne>>, lo que da cuenta del carácter afrancesado, sin mengua del españolismo, que entraña la partitura de estas tres impresiones sinfónicas. En los tres nocturnos que componen la obra, se combinan armoniosamente la sugerente atmósfera impresionista con los ritmos y acentos genuinamente autóctonos: desde la copla al zorongo o el polo, incluso la soleá, copla del último de los tres nocturnos vinculada con la soleá del cantaor malagueño Juan Breva.
La obra está inspirada en el libro Jardins d`España, del pintor catalán Santiago Rusiñol y dedicada al pianista, también catalán, Ricardo Viñes. Fue proyectada originalmente como una serie de cuatro nocturnos para piano solo, dos de los cuales fueron descartados por Falla, que recompone el proyecto inicial, quedando limitado a tres movimientos para orquesta y piano concertado.
Los títulos de los tres nocturnos son representativos de su vocación andalucista:
1º) En el Generalife, (allegro tranquilo e misterioso)
2º) Danza lejana, (allegro giusto)
3º) En los jardines de la sierra de Córdoba, (vivo)
Los dos últimos aparecen ligados sin solución de continuidad. Ambos recogen aires de danza. El primero, más lánguido y sosegado, irá evolucionando hasta estallar en el rítmico y brillante movimiento que cierra la tríada, con inequívocos acentos de zambra y terminan desvaneciéndose suavemente en un  leve pianísimo.
Este sexto y corto septenio – 1914/1920 -, aunque establecido en Madrid, está marcado por continuos viajes por la geografía española, así como por la estrecha y reciente amistad con el matrimonio de dramaturgos Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga. Con ellos, más con María que con Gregorio, colabora en innumerables proyectos: el ballet  El amor brujo, “gitanería” en la que se alternan y combinan danzas, canciones y recitados, escrita expresamente para Pastora Imperio; la pantomima El corregidor y la molinera, estrenada en el teatro Eslava de Madrid, que revisada y re-orquestada, en 1919, para los ballets rusos de Diaghilev, constituyó uno de de los mayores éxitos de la compañía, con el nuevo título de  El sombrero de tres picos.  Una inconclusa ópera cómica – Fuego fatuo – y diversa música incidental.  En ellas traza los más ricos y variados retratos de la vida andaluza. En  El amor brujo y Fuego fatuo, la pasión y la violenta intensidad del amor entre dos gitanos. En El sombrero de tres picos, la gracia, el genio y la alegría incontenible.




            Cuando en 1920, Falla se va a Granada buscando, según dice su amigo Juan Ramón Jiménez, silencio y tiempo. No encontró ni lo uno ni lo otro, pero Granada le dio armonía, sintonía  y eternidad. Fue un personaje popular y querido por todos, reconocido como una de las figuras claves de la cultura española. Pronto se inserta en la vida intelectual granadina poblada de ciudadanos tan ilustres como el pintor y escultor Miguel Cerón; Fernando de los Ríos acreditado poeta y matemático; el historiador y crítico literario Melchor Fernández Almagro; Antonio Gallego Burín, periodista e historiador de arte, y alcalde de Granada; Emilio García Gómez, filólogo y arabista, Académico de la Lengua y director de la Real Academia de  la Historia; el pintor José María Rodríguez Acosta; Andrés Segovia, guitarrista considerado como el padre del movimiento moderno de la guitarra clásica; y, sobre todo, Federico García Lorca, con quien traba una estrecha amistad basada en una admiración mutua.
            La llegada a Granada conlleva un giro inesperado y sorpresivo en su evolución estética tras la Fantasía Bética, primera obra granadina y última del periodo andalucista.  El título de Bética no tiene ninguna connotación sevillana, sino que pretende rendir homenaje a la raza latino-andaluza. El comedido y mesurado compositor estalla en esta obra desgarrada, violenta, áspera, síntesis y culminación de su periodo andaluz. Con ella, Falla, excelente pianista, recurre a todas las posibilidades técnicas y expresivas del piano, alcanzando la cima del “pianismo” al transponer en el teclado los efectos de la guitarra flamenca. En la Fantasía Bética: lenguaje, ritmos, cadencias, modulaciones,.. Falla rebusca en lo más ancestral de la cultura de su tierra milenaria, hurgando la corteza hasta llegar a las entrañas de la antigua Bética romana.

Con  Fantasía Bética, última obra del periodo andalucista, su música deja de ser la fascinadora, sensual e impresionista de Andalucía, para dar paso a otro lenguaje en el que se impone la austeridad y sobriedad de las tierras altas de Castilla. Se adentra en la fría y orgullosa región castellana, rica en contrastes, para ensanchar la mirada hacia un folklore más remoto y adecuado a su creciente misticismo. Tomás Luis de Victoria, Cristóbal de Morales, Francisco Guerrero y la literatura del Siglo de Oro, son las nuevas referencias de esta nueva etapa, castellana y neoclásica, que aportará obras tan bellas y hermosas como el Retablo de Maese Pedro, fantasía instrumental – pieza para títeres – tal y como se desarrolla en el episodio del Quijote de Cervantes.  Psiché composición sobre un poema de Jean-Aubry, en la que Falla traslada la escena mitológica, de Psiché y Cupido, a la Alhambra, recordando la estancia de Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, e imaginando un concierto de la corte en el tocador de la Reina, situado en una de las torres del Palacio de la Alhambra. El Soneto a Córdoba, composición para soprano y arpa o piano, en homenaje a Góngora en el tercer centenario de su muerte.  Todas ellas concebidas íntegramente en la capital nazarí.
La Suite Homenajes “Pedrielana”, en honor de su maestro Felipe Pedrell, incluye  Hommage pour`Le Tombeau  dedicado a sus amigos Claude Debussy y Paul Dukas.
            Durante su estancia en Granada, alterna su labor creadora con una intensa actividad social y epistolar. Recibe en su Carmen “La Antequeruela” un sinfín de ilustres visitantes: Eugenio d’Ors, Alfredo Casella, Juan Ramón Jiménez, Santiago Rusiñol, Maurice Ravel, Josep María Sert o Ignacio Zuloaga, así como a todo el mundo musical español, con su discípulo y colaborador Ernesto Halffter a la cabeza; y aún le queda tiempo y ganas para embarcarse en aventuras como la organización del Concurso de Cante Jondo de Granada (1922), o la formación de  la Orquesta Bética de Cámara de Sevilla (1924).
            En 1928 comienza la aventura inacabada de La Atlántida, cantata u oratorio, - como a él le gustaba llamarla -, basada en el poema de Jacinto Verdaguer, con ilustraciones de su amigo Josep María Sert. A partir de ese momento, y tras el concierto para clavicémbalo y el soneto a Córdoba, inicia un largo periodo de silencio creativo. Pasa años enfrascado en su proyecto de La Atlántida, disfrutando de  la compañía de su amigo Federico, con quien tantas veces recorrió los pueblos de la Alpujarra “granaína”, hasta que, el 19 de agosto de 1936, el asesinato de su querido amigo lo sumerge en la zozobra de la desazón y su sueño granadino se derrumba. Así, inmerso en la desolación y en el espanto ante el horror nacional, permanece recluido hasta 1939 que decide, después de una intensa lucha de sentimientos encontrados, poner rumbo a Argentina, donde afrontará los últimos siete años de su vida, y desde donde regresará y, ya muerto, surcará de nuevo el océano Atlántico, escenario virtual de su inacabada Atlántida, en un buque de la armada española para ser sepultado en la cripta de la Catedral de Cádiz.
            <<Si un rasgo encontramos en Falla que se proyecte a través de todas y cada una de sus obras, es precisamente su propia personalidad, su espiritualidad entendida no tanto como expresión de unos principios religiosos concretos sino como identificación de su creatividad con lo más auténtico y genuino de las distintas circunstancias históricas, religiosas o mitológicas que han generado el argumento de cada obra. Falla es incansable en la búsqueda de la esencia, y lo esencial se halla implícito, por un lado, en la más pura tradición clásica heredada de sus más directos ancestros, los grandes polifonistas del Renacimiento, y por otro en la música popular. Ambas fuentes de inspiración determinan la concepción de toda su obra>>.
(Edmond Colomer)

            La Atlántida quedó inconclusa a la muerte de Falla. Fueron sus herederos los que pidieron a Ernesto Halfter, su discípulo y hombre de confianza, que se encargara de acabarla. Así lo hizo, y a principios de 1961 la obra estaba terminada y dispuesta para su estreno. Ese mismo año, la noche del 24 de noviembre, se estrenó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, dirigida por Eduardo Toldrá.
Academia de Bellas Artes Santa Cecilia

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