jueves, 15 de diciembre de 2011

DEL CLAVECÍN A LA CELESTA (XII)


Cuenta el piano con antecedentes y variantes numerosas: la espineta, el clavicordio, el clavicémbalo, la virginal -deriva el nombre de la predilección sentida por las muchachas hacia este medio de expresión musical- la celesta.... Casi todos estos instrumentos pertenecen ya a la historia, y sólo algunos -el clavicémbalo o clavecín y la celesta, por ejemplo,- son utilizados hoy. Hay en ellos una emoción de nostalgia, un acento de épocas desvanecidas. El clavecín llena todo un período de la historia de la música. Alcanzó su apogeo en los días pulidos y madrigalescos del siglo XVIII, merced a Couperin y Rameau, en Francia, a Scarlatti en Italia, a Bach y Haendel en Alemania. Sin este instrumento -rico en precisión y delicadeza- no se concebía una ejecución de músicos de cámara, de concierto de teatro, incluso de iglesia. Ante el clavecín se sentaba el director del conjunto musical y en torno suyo los restantes intérpretes, el pequeño coro. Algunos compositores como Rossini lo hace sonar acompañando al recital de su magnífico Barbero de Sevilla, y actualmente la gracia dieciochesca del clavecín tienta a muchísimos ejecutantes. A ese instrumento debe parte de su internacional renombre la gran clavecinista polaca Wanda Landowska. Elemento accesorio empleado algunas veces en la orquesta sinfónica de hoyes la celesta: una especie de piano, inventado por el francés Augusto Martel en 1887. Se producen sus sonidos merced a unos martillitos que golpean sobre láminas de acero. Su timbre es dulce, agudo y penetrante. Sain-Saens, Tchaikowsky, Ricardo Strauss, Puccini, han conseguido finísimos efectos musicales mediante la intervención de la celesta. Recuérdese, entre la obra de esos músicos, El caballero de la Rosa, de Strauss: una hermosa página musical a cuya belleza contribuye poderosamente aquel instrumento.

Pedro Salvatierra Velázquez
Concertista y profesor de Conservatorio

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